
Comenzábamos a vivir con la culpa. ¿Quién había muerto por ti?, como preguntaba Retamar. ¿A quién habían detenido porque habías dado la cita equivocada? ¿Por qué no habías estado en Ciencias Biológicas cuando empezaron los tiros? ¿Qué mierda hacías durmiendo mientras los granaderos asaltaban voa 7? ¿Cómo demonios tú no estabas preso? La supervivencia con la culpa. Un cóctel maldito para los próximos meses. Sin embargo el movimiento no estaba derrotado, continuaba dando señales de vida por todos los lados. De repente cuando cruzabas Insurgentes, a tu lado, un autobús pintado, brigadas relámpago que aparecían surgidas de la nada, lanzaban su mensaje de denuncia y se mimetizaban con la ciudad. Los supervivientes nos estábamos volviendo más viejos, más rabiosos, más solitarios. Se sabía que había una comisión del CNH negociando, pero las asambleas estaban desmontadas, algunas escuelas eran abandonadas antes de que fueran tomadas por el ejército o la policía, quedaban los patios vacíos, el último apagaba el switch general y cerraba la puerta con candados. Los estudiantes se replegaban organizados en brigadas de propaganda. Los contactos perdidos, la gente no llegaba a la cita, las horas sin sueño.
Me reuní con la coordinadora de una brigada de la facultad, distribuían propaganda sacada de un mimeógrafo salvado de la represión milagrosamente y guardado en el closet de la recámara de una actriz de teatro, cuyo marido no sabía que allí se imprimía en las mañanas. Me contaba ilusionada que metían volantes en bolsas de pan y los cubrían con bolillos. Al día siguiente el contacto se perdió. A esa brigada la habían baleado a la salido del cine Alameda.
El Doc me estaba esperando con su blusa blanca bien planchada y fumando en su volkswagen verde para ir a buscar un mimeógrafo en la casa de Salvador El Indio, al que habían detenido el día anterior. Era una apuesta. El Indio sabía que si daba la dirección de su casa, le caerían el mimeógrafo y lo fundían para siempre en Lecumberri. Esperaría a que nosotros lo sacáramos. Aguantaría los interrogatorios. Era de noche. El Doc, silencioso, manejó hasta una calle solitaria. Creo que era en la Narvarte. Pasamos frente a la casa de Salvador dos veces. No se veía nada raro. El Doc y yo no nos queríamos, habíamos estado enamorados de la misma mujer. Pero esa noche, yo veía su rostro oscuro y el cigarrillo y sabía que primero se moría de apendicitis que dejarme tirado, que nunca tendría la espalda tan cubierta, que ni mi madre me protegería tanto. Sin decirlo sabíamos que no podíamos dejar que detuvieran a otro."
Extracto del libro 68 de Paco Ignacio Taibo II Traficantes de Sueños 2006

Este texto se sitúa en el movimiento estudiantil del 68 en México. El 2 de octubre de 1968 el ejército mexicano masacró un mitin en Tlatelolco y provocó una matanza.
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