El ciclo de luchas del Puerto de Barcelona es un ejemplo más de las movilizaciones obreras autónomas de la Transición, aunque se trata de un episodio especialmente significativo por la duración del mismo, la creatividad desplegada en las formas de lucha y la dimensión que llegó a adquirir como embrión organizativo de la autonomía de los trabajadores portuarios, que se materializaría en la Coordinadora, la organización asamblearia que aglutinaría a los estibadores de todos los puertos españoles. Significativo por sus contribuciones, pero también por sus debilidades, que han conducido a la situación actual. Rememorar lo que se ha vivido intensamente, lleva a sus protagonistas a hablar tanto desde la ilusión con que vivieron aquellos momentos, de las ganas que le pusieron y la verdadera pasión que derrocharon, como desde la decepción de ver cómo aquella acción se enmarcaba en el contexto del pacto de transición que limitaba sustancialmente el efecto de la lucha. Porque, visto tan de lejos, y cuando ya todo esto pertenece a la memoria, ya no se sabe si los estibadores eran víctimas de ese cuadro, al cual se tenían que sujetar, si no actuaban dentro de un marco preestablecido. Por eso, quienes reflexionan hoy acerca de su experiencia de entonces, están un poco “entre aquella ilusión y este desencanto”.
La incorporación de los estibadores a la lucha sindical autónoma fue relativamente tardía, cuando las tendencias autónomas ya acumulaban unos cuantos años de experiencia. “Nosotros nacimos en el punto de inflexión en el movimiento obrero autónomo que fue 1976. Aunque las luchas en el puerto habían comenzado en 1974, nos constituimos como parte del movimiento autónomo cuando este movimiento ya había vivido sus momentos más álgidos. En cierto modo, nosotros éramos el vagón de cola de la autonomía obrera. Y cuando digo nosotros me refiero no sólo al puerto de Barcelona sino a todos los puertos de la Península y que tuvo consecuencias a nivel europeo, en la medida que fuimos un elemento de referencia para la autoorganización de los estibadores en varios puertos de Europa. Nacimos, pues, como siempre en el proceso de constitución de las tendencias autónomas, a raíz de las reivindicaciones concretas, que era como nosotros queríamos llegar a la contradicción total con el capital en aquel momento. Planteando reivindicaciones que nosotros pensábamos que el capital no podría satisfacer, se llegaría a una contradicción tal que lo podríamos poner en jaque y eliminarlo, simplemente, eso era lo que queríamos, queríamos hacer una revolución. A partir de aquellas reivindicaciones nuestras, que eran realmente pretenciosas, llegamos a una forma de organización asamblearia, autónoma, anticapitalista, de delegados revocables, sin liberados; cosas que pertenecían a toda esa teoría del área de la autonomía”.
Esta afirmación autónoma de los estibadores se vio favorecida por la torpeza de los sindicatos semioficiales (CCOO, UGT, USO) que ya habían iniciado el asalto a la antigua CNS (Sindicato Vertical). Una torpeza fruto de su oportunismo porque cometieron el error, en la jornada de lucha de noviembre de 1976, convocada por la COS (Coordinadora de Organizaciones Sindicales), de no defender ni a sus propios despedidos en las fábricas. Como en anteriores ocasiones, la jornada de lucha, en muchos casos, fue más allá de las pretensiones de los sindicatos convocantes, lo que acarreó despidos y detenciones. Sin embargo, aquella jornada de lucha simbólica, para los estibadores fue, en realidad, una huelga que se hizo contra la patronal. La patronal despidió a siete trabajadores y los sindicatos dijeron “ha sido sólo un día de huelga, que nadie se movilice”. “Pero nosotros no estábamos dispuestos a dejar de lado a los seis despedidos que había habido en el puerto, algunos precisamente de CCOO, aunque para nosotros eran unos compañeros más. Decidimos defender su readmisión en contra de nuestros representantes sindicales que ya eran de UGT, CCOO, y algunos todavía del Sindicato Vertical. Se resistían a aceptar las decisiones solidarias de los trabajadores, pero finalmente la asamblea los obligó a dimitir, les hizo romper el carnet de enlaces sindicales en la propia asamblea y se nombró allí mismo un comité de delegados que a partir de entonces fue el que organizó el destino y la forma de nuestras decisiones. Los sindicatos quedaron arrinconados y se instituyó la práctica de la asamblea diaria. Eso en el puerto es fácil, somos una especie de mercado de trabajo al que cada día concurrimos en un lugar determinado y desde allí nos destinan a trabajar a cada barco. Fue muy fácil que cada mañana pudiéramos decidir cada detalle, cada cuestión, cada asunto acerca de lo que ocurría en nuestra vida colectiva y en nuestro trabajo”.
Este proceso tenía lugar en un contexto social y laboral en el que se extendía una predisposición subjetiva favorable a la insubordinación autónoma de los trabajadores de entonces, además de contar con la ilusión de mucha gente que había recogido el relevo histórico de sus padres y abuelos. Muchos desenterraban un carnet que su abuelo había dejado en un baúl escondidísimo, y se acordaba de lo que les había oído contar de la FAI, de la CNT, de cómo habían llegado a colectivizar el puerto durante la guerra de 1936-39. Eso hizo que la dinámica asamblearia surgiera con una fuerza tremenda.
A partir de ese momento, se fueron definiendo una serie de reivindicaciones, algunas descaradísimas, con aumentos salariales del 20 y 25%, los precios del destajo entonces eran bajos y las condiciones del trabajo en las bodegas duras. Simplemente se trataba de una propuesta que surgía y se discutía en la asamblea, espontáneamente, y así se iban elaborando todos los puntos a reivindicar hasta confeccionar plataformas muy amplias. Los delegados lo presentaban a la patronal y, a partir de ahí, empezaba la lucha. Una de las grandes reivindicaciones fue la cotización por el 100% del sueldo a la Seguridad Social. En aquel tiempo, los patronos tenían muchas maneras de reducir sus cotizaciones. Los patronos fijaban una cantidad de cotización, por ejemplo, 1500 pesetitas por día, aunque el destajo subiera más, pero luego las prestaciones por enfermedad, las pensiones de jubilación de la gente, de las viudas, etc., eran pésimas. “Así, alguien proponía, la cotización al 100%, pues la cotización al 100% quedaba plasmada en el papel, y se convertía en un eje de la lucha. Además, estaban los fondos para ayudar a las viudas. Había muchas viudas, los portuarios se morían pronto, no sé si por la mala vida que llevaban o por el trabajo duro que habían hecho, probablemente coincidían las dos cosas. Pues bueno, bastaba que alguien propusiese fondos de ayuda social para ayudar a las viudas, que también se plasmaba en el papel”.
Otra gran reivindicación de aquel tiempo fue la amnistía total, pero no sólo la amnistía política, sino la amnistía laboral. Esto la ley no lo contemplaba, pero a nosotros nos pareció que tenía que haberlo hecho y lo pusimos también en nuestro papel. “Queríamos que todos los estibadores que habían sido despedidos, fuera por el motivo que fuese, volvieran al puerto. La mayoría de ellos había sido despedido por robo; uno lo había sido por pegar una puñalada a un patrón; otros lo fueron por broncas con patrones y acabar a puñetazos, otros por peleas entre ellos; pero nosotros creíamos que tenían que volver, también lo pusimos en las reivindicaciones. La lucha empezó así, con esas plataformas reivindicativas elaboradas en la asamblea”.
La fuerza que daba a los estibadores su acción unitaria y autónoma, junto con el hecho de intervenir en un sector económicamente estratégico (más del 60% de las mercancías que se importan y se exportan tienen a los puertos como centros neurálgicos), evidentemente, todo ello favoreció que se consiguieran TODAS las reivindicaciones antes mencionadas y muchas más. Y sobre todo, lo que consiguieron los estibadores fue un poder real y firme sobre sus propias condiciones de trabajo y sobre el conjunto de las actividades del puerto. Hasta tal punto era así que, “podíamos decir que en el trabajo del puerto, prácticamente, mandábamos nosotros. Este era el gran reproche que nos hacía el patrón, que nosotros éramos los que mandábamos en el puerto, cosa que no nos parecía mal, después de que ellos habían mandado tanto tiempo”. La lucha se fue enconando, evidentemente, porque la patronal no estaba dispuesta a ir cediendo en este tipo de cosas. Los patronos se fueron organizando también. Hasta entonces no estaban organizados, pues los patronos tenían su representación dentro del sindicato vertical. De hecho, las organizaciones patronales también datan de los años de la transición y también estaban contagiadas por el clima autónomo. “Me acuerdo que ANESCO, que es la organización de las empresas portuarias, copió bastante de nuestra manera de organizarnos; también se hicieron autónomos. En la asociación, las empresas no tenían los votos en función del número de acciones, sino que a cada empresa correspondía un voto. Ellos también lo hicieron bastante a nuestra manera porque vieron que funcionaba. Pero lo cierto es que llegamos a momentos de lucha realmente fuertes”.
Un breve repaso histórico
Después de la huelga de 1976 y durante los dos años siguientes se da un movimiento de coordinación entre los puertos españoles que desembocará en la formación de la Coordinadora Estatal de Estibadores Portuarios. En cada puerto habían tenido lugar conflictos en torno a los convenios locales de cada puerto y, a partir de ahí, se ve la necesidad de ir hacia un convenio de sector. Se suceden luchas en los puertos canarios, Galicia, Asturias, País Vasco, Andalucía, Barcelona y Levante. Desde la CNS hubo intentos por mantener su hegemonía sindical después de la caída del sindicato vertical que ya se veía próxima. Fue en el intento de abortar la organización de los verticalistas y con la coordinación de las luchas concretas de los puertos como se fraguó La Coordinadora.
Durante el año 1979 se inicia una fuerte lucha por el convenio nacional y contra el intento de desaparición de la OTP (la empresa de los portuarios) y la privatización de los puertos. En junio del 80 se firmó el convenio pero las empresas de los puertos no lo cumplieron. Entonces, se inicia una huelga selectiva contra las cuatro empresas más fuertes, con el fin de derrotarlas de una en una; método que acabó dando resultado positivo al enfrentar a las empresas entre sí, ya que unas trabajaban y otras no. Fue tal la derrota de la patronal que su asociación nacional de empresas estibadoras (Anesco) declaró: “perdida la batalla sindical, vamos a emprender la batalla política”. Es así como en octubre de 1980 consiguen un real decreto del gobierno de UCD que venía a modificar las condiciones de trabajo en los puertos, neutralizando lo conseguido en el convenio. El puerto de Barcelona decide boicotear el decreto y se inicia nuevamente la huelga selectiva contra las cuatro empresas más grandes y más belicosas contra el anterior convenio. Los demás puertos se van sumando a la lucha a medida que se radicaliza en Barcelona y Canarias, principalmente.
La patronal y el Gobierno respondieron con el despido de 172 estibadores en Barcelona y la ocupación de los muelles por esquiroles protegidos por la policía y la Guardia Civil (en Las Palmas se siguió un proceso similar).
“La huelga siempre era salvaje, primero porque no existía una regulación legal de la misma, que empezaba a gestarse entonces, pero también porque nosotros no estábamos muy de acuerdo con pedir permiso al Gobierno Civil, así que la seguíamos haciendo salvaje”. Las empresas suplantaron a los estibadores con esquiroles protegidos por la policía. En el puerto de Barcelona hubo más de 500 esquiroles; gente de extracción muy pobre, muy lumpen, organizados por Fuerza Nueva y por los sindicatos fachas que entonces existían. La reacción de los estibadores estuvo a la altura de la situación. Bloquearon con contenedores las zonas del puerto donde estaban los esquiroles, porque la lucha contra los esquiroles fue fortísima y muy violenta. “Donde los pillábamos había enfrentamientos muy serios; hubo gente muy malherida, de ellos y de nosotros, de ellos más porque nosotros estábamos mejor organizados; su defensa la tenían en la policía; pero claro, la policía trabaja con un horario, y había momentos en que se despistaban y era cuando aprovechábamos nosotros para arremeter contra los esquiroles. Cuando los dejaban en casa, la poli les decía adiós y nosotros estábamos en la esquina, antes de que llegaran a su casa y, claro, allí caían. Y cuando salían del hospital Pere Camps, adonde los habían llevado para curarlos, otro grupo de estibadores los estaba esperando para ver cómo habían quedado, en fin, la cosa fue muy fuerte. A veces, los esquiroles también se caían de los barcos al agua”. Por otra parte, en Las Palmas, el 24 de julio del 80, en una manifestación de familiares de estibadores, un coche arremete contra ellos y mata a Belén María, hija de un estibador. Pararon todos los puertos del país. El conflicto cada vez se extendía y radicalizaba más.
La organización y control de los estibadores de su propia lucha también se hizo extensible en cuanto a las relaciones con la prensa. En la prensa había entonces toda una sección de información laboral. Así como ahora, en la sección final de todos los periódicos, hablan de finanzas, de economía, en aquel tiempo hablaban de conflictos obreros, que entonces tenían cierta entrada en la prensa. “Nos cuidamos mucho de que hablaran de la manera como nosotros queríamos, que informaran de nuestro conflicto. En la Barceloneta, el barrio donde básicamente nos movíamos, aparte de que muchos portuarios eran de allá, conseguimos que nuestra lucha tuviera un amplio respaldo. Además, como ganábamos menos, consumíamos menos, y era allí donde consumíamos, y eso también les iba mal a ellos. Los comerciantes se pusieron a nuestro favor, como la gente del barrio”. De modo que, cuando había lucha por aquellas zonas, no sólo eran los estibadores los que iban contra la policía, sino que desde los balcones les caían macetas y alguna bombona de butano... Se llegó a momentos de tensión muy intensa. Otro capítulo de la acción fue la lucha contra los camiones que entraban a las empresas donde había estibadores despedidos. Bloquear el tráfico de camiones era una baza importante para hacer que la actividad de las empresas se detuviera; por eso, a los camiones que se prestaban a trabajar los perseguían con tirachinas y bolas de acero, de una manera bastante expeditiva, sobre todo rompiendo los cristales de delante. Fue un momento de verdadera creatividad en cuanto a los métodos de lucha que incluso iban más allá de lo que se les podía ocurrir a los líderes; la gente le echó verdadera imaginación a todas aquellas luchas.
La batalla política declarada por la patronal y los decretos que iba promulgando el Gobierno no sólo buscaban derrotar a los estibadores en sus conquistas laborales y reestructurar el sector, sino acabar con la Coordinadora, que ya se había extendido en el año 81 por todos los puertos del país, donde alcanzó unos 12.000 afiliados, y donde había contribuido a desencadenar fuertes huelgas. Hay que reconocer que para entonces, la Coordinadora suponía un escollo considerable y la solidaridad entre los estibadores era muy fuerte, de modo que barcos que habían sido cargados por esquiroles en un puerto no se descargaban en el puerto de destino. Esto incluso llegó a cundir a través de un congreso internacional en el que se establecieron relaciones con portuarios autónomos y organizaciones de base de otros países (Italia, Inglaterra, Alemania, Holanda, Dinamarca, Francia). La cosa iba tomando bastante envergadura. Fue entonces cuando la patronal decidió afrontar una lucha política contra todo este movimiento que tomaba un cariz realmente grave para sus intereses. La UCD en el Gobierno, sacó un decreto que trataba de modificar las condiciones de trabajo de los estibadores, que son muy peculiares. No es cuestión de entrar aquí a describir la forma de organización del trabajo portuario en detalle, pero baste decir que por sus características daba a los estibadores una capacidad de gestión y control sobre su propia actividad que, en consecuencia, suponía un recorte a la capacidad de control del trabajo por parte del capital. Lo que perseguía el decreto de UCD era precisamente modificar esas condiciones de trabajo de donde arrancaba la fuerza de los trabajadores portuarios y liquidar a la Coordinadora. Con su acción, los estibadores tomaron conciencia práctica de su poder real sobre la actividad del puerto. “De hecho, nuestra fuerza real se fundamentaba en utilizar la organización del trabajo en las tareas portuarias contra la patronal. Era a partir de la situación real, concreta, en el puesto de trabajo desde donde se articulaba la asamblea y la capacidad para imponer nuestro poder en los muelles.
De ahí que los decretos persiguieran modificar la situación objetiva dentro de una nueva organización del trabajo que nos despojara de nuestra fuerza”.
A partir de octubre del 80, la lucha se centró en ir contra este decreto y se prolongó durante el año siguiente. Continuaron los despidos. Pero hubo aspectos de la lucha verdaderamente importantes y que son especialmente significativos de cómo se produce una transformación de la subjetividad en momentos generalizados de la lucha. Subvirtiendo, incluso, algunos de los prejuicios más arraigados, como son los que se relacionan con el dinero. Así fue como, en el proceso de la resistencia a la ofensiva política del Gobierno y la patronal, se llevó a cabo la socialización de los salarios de los 2.300 trabajadores del puerto.
Dada la naturaleza del trabajo de los estibadores, de carácter rotativo, cada día se trabaja para una empresa diferente, se trabaja a destajo y se cobra el salario diariamente, de manera que cada día es diferente, así que se decidió poner en común el jornal diario de cada uno para repartirlo entre todos. Cada día, al final de la jornada, un componente de cada “mano” (grupo de trabajo) iba a un barecito que hay en la Barceloneta y ponía todo el dinero ganado por el grupo encima de la mesa. Allí había dos compañeros que lo recogían y, a la mañana siguiente, repartían la cantidad decidida por la asamblea a cada estibador, para todos el mismo jornal, sin diferencia de categorías, incluidos despedidos y sancionados; de manera que nadie, a nivel económico, sufrió más que el que estuvo trabajando. “Nadie se pudo quejar en un año y medio que estuvieron despedidos porque sus condiciones, aparte de que no trabajaban, eran exactamente las mismas que las de los que estábamos trabajando. Del salario se reservaba una cantidad de dinero como caja de resistencia. Logramos acumular un fondo muy importante que nos permitía resistir mucho tiempo”.
Lo que más molestó al patrón fue que no tuviera ninguna repercusión el hecho de ser despedido o sancionado. Esa capacidad de organizarse y ser solidario hizo que el despido no supusiera ningún desgaste económico, pero que fuera tremendamente negativo para la patronal. Por medio de este sistema de salario socializado, los estibadores llegaron a acumular una gran cantidad de dinero. Empresas y Gobierno veían que con este sistema tenían mucha capacidad de resistencia a nivel económico. Las huelgas, los bajos rendimientos y las acciones más imaginativas no cesaban. Finalmente, esta lucha contra el primer decreto, elaborado por el gobierno de UCD, se saldó también con una victoria de los estibadores porque las empresas tuvieron que desistir de su gran arma, los esquiroles, ya que no se podía garantizar ni la seguridad del trabajo, ni la de los esquiroles en el puerto. Las barreras de contenedores para la “protección” de los esquiroles no se aguantaban y se caían, los esquiroles también se caían de los barcos al agua, las mercancías que salían cargadas por esquiroles no llegaban o llegaban en malas condiciones a las fábricas, a los denominados puertos “alternativos”, hacia donde se desviaban la carga y descarga de las mercancías de los puertos en huelga, se les quemaban las mercancías en las explanadas y no se sabía cómo: verdaderos montones de pilas de algodón que salían ardiendo y nadie sabía cómo... Realmente, la patronal vio que no había manera de imponer ese decreto por la fuerza.
La lucha iniciada contra el decreto en el 80 acabó en 1982 con la sentencia del tribunal central que declaraba ilegales a los esquiroles, y las declaraciones de nulidad de los 172 despidos y más de 4000 sanciones, además de la derogación del decreto del gobierno de UCD. Sin embargo, la expulsión real de todos los esquiroles del puerto y la reincorporación al trabajo de todos los compañeros todavía exigiría más de un año de lucha.
Se volvió a conseguir un acuerdo marco. Una acuerdo que perseguía dar una mayor coherencia al colectivo portuario en todos los puertos de España, que la composición de las “manos” fueran similares, que los niveles salariales fueran comunes, que las condiciones de trabajo y seguridad en el empleo estuvieran fijadas a nivel nacional... Esto fue lo que presentó la Coordinadora contra aquellos decretos y tuvieron que acabar aceptándolo porque los estibadores utilizaron una forma de lucha singular e imaginativa, consistente en no atacar a todas empresas a la vez, sino mediante un sistema de huelga selectiva. Se hacía huelga a unas empresas y a otras no. Huelgas por horas, en las horas pares, por ejemplo, para no abandonar el puesto de trabajo y no ser suplantados por esquiroles. Por otra parte, las condiciones de competencia de aquel momento entre las grandes empresas, que empezaban a surgir, y las pequeñas que veían que las acabarían absorbiendo, contribuían a que en el bando de la patronal no se pusiesen de acuerdo. “Cuando hacíamos huelga a las grandes empresas, las pequeñas se frotaban las manos porque la carga y descarga de los barcos iba para ellas. Esto les hizo un daño terrible porque no pudieron ponerse de acuerdo para ganarnos aquella batalla política ante el acuerdo marco que les proponíamos. Las pequeñas, viendo que les interesaba la situación, lo empezaron a firmar y, claro, cuando nos quedaban tres o cuatro que no firmaban, y eran las más grandes, las poníamos en serios problemas; algunas empresas muy importantes llegaron a desaparecer. Finalmente, acabaron derogando el decreto, viendo que no tenían capacidad para imponerlo, y empezaron a surgir en todos los puertos los acuerdos marco, donde se establecían nuestras condiciones de trabajo a nivel general. Luego, cada puerto luchaba por sus convenios particulares”.
Esta situación se mantuvo así hasta el año 1986, cuando se empieza a instaurar el consenso en los puertos. Con el acceso de los socialistas al Gobierno se había intensificado la reestructuración iniciada con el gobierno de UCD, la denominada reconversión industrial que, en el caso de los puertos, exigía un cambio radical en la organización del trabajo y en la capacidad de gestión y control que los estibadores tenían sobre su propia actividad. Los socialistas, con su aureola de partido de izquierda, pero también por su proximidad a la realidad social, son los encargados de desactivar la conflictividad portuaria, siguiendo un plan a largo plazo. El Gobierno socialista sabía por la experiencia de los años anteriores que la reforma portuaria mediante el enfrentamiento directo con los trabajadores estaba abocada al fracaso o supondría unos costes demasiado elevados. Sabía, por tanto, que tenía que encontrar la manera de consensuar la reforma y hacerlo, además, con la Coordinadora, ya que las otras centrales sindicales apenas tenían influencia en los puertos. En primer lugar, se trataba de convencer a los líderes que la situación de poder que tenían no podía continuar. Así fue como se comenzó a consensuar en los despachos del ministerio con los representantes de Coordinadora la reestructuración de la actividad portuaria. “Convenía que fuésemos capaces de crear un marco de relaciones más o menos tranquilas y estables en los puertos donde todos pudiéramos coexistir. Y, realmente, fueron picando el anzuelo. La verdad es que nuestra lucha, o bien tenía esta salida, o bien estábamos ya al borde del colapso, porque más allá, prácticamente no se podía ir, y en la medida que el entorno general no acompañaba, que no había una situación a nivel general donde las luchas obreras hubieran ido a esa situación de poder y dominio en las fábricas y centros de trabajo, la nuestra por sí sola no podía continuar más allá. El cansancio de los colectivos ante una lucha tan larga también juega su papel. Aquí nuestros compañeros más avispados empezaron a admitir ese capote que les lanza la patronal y el Gobierno”. A ello contribuye también el proceso de anquilosamiento de la dinámica asamblearia y la burocratización de la Coordinadora, en el que pasan a jugar un papel fundamental los especialistas (abogados), los asesores y los negociadores. Su función consiste en crear las bases del consenso, en manejar el pacto. El PSOE, en el Gobierno desde 1982, saca un nuevo decreto porque ve que existen las condiciones favorables para su imposición. Los socialistas no tenían prisa, sabían a quién se enfrentaban y no querían fracasar. Así, durante el periodo 1982-86, sus técnicos estudian y planean lo que se plasmará en el decreto de 1986. CCOO y UGT, cuya influencia en los puertos es casi nula, se prestan al juego de intrigas para derrotar a la Coordinadora. Paralelamente, el Gobierno va dejando pudrir la situación de la OTP (la empresa de los estibadores) hasta niveles insostenibles. Hasta que en octubre de 1986 sacan el nuevo decreto, cuando la situación ya está madura. Para entonces, los especialistas y los cargos de Coordinadora estaban dispuestos a colaborar en su aplicación. Por el contrario, en los puertos donde no se asumió esta decisión, la situación fue traumática hasta bien entrados los años 90 (Canarias se llevó la peor parte), pero la cohesión de Coordinadora estaba bastante deteriorada, todos los puertos intentaban salvar los restos del naufragio ante la falta de acuerdos claros y combativos. Lentamente y con habilidad, con grandes traumas, pero sofocados sin que trascendieran en exceso, se fue aplicando la reconversión no sólo laboral, sino sindical. Las discusiones en Coordinadora fueron amplias y agrias. Los dirigentes de la negociación en nombre de Coordinadora tenían una coartada para justificar el giro político de Coordinadora en la situación general de la clase obrera, que había entrado en una fase de claro reflujo. Es decir, “nos cobijamos en el entorno para explicar nuestras claudicaciones”.
“En ese momento se produce una lucha interna muy fuerte entre nosotros, unos por mantener aquel movimiento del que, realmente, estábamos enamorados y que si no se le daba una forma de cara al futuro corría el riesgo de desaparecer, cosa que la gente no quería. No eran tiempos de grandes luchas y avances, pero teníamos fuerza suficiente para mantener ciertas conquistas laborales y, sobre todo, el espíritu, la forma y la práctica de la organización. Por el contrario, el sector dominante en la estructura de Coordinadora prefería el consenso con la patronal y, a costa de concesiones claramente negativas para los intereses de los trabajadores, mantener una estructura para perpetuarse en el poder sindical de los puertos y en los cargos. La organización ya era algo estable, con forma legal (la decisión de su legalización ya fue difícil y muy discutida en su día, y para algunos ya suponía una claudicación). La organización se convierte en un órgano de gestión más que de lucha. En una asamblea de Coordinadora se llega incluso a declarar, en la línea programática, que dejamos de ser una organización de base para ser una organización de cuadros, reforzando todo lo institucional y representativo en detrimento de la asamblea como órgano de decisión, que casi desaparece”. De este modo, se refuerza la estructura burocrática en detrimento de la acción y la participación colectiva, siempre más compleja y difícil de barajar. Aparecen los “liberados” en la práctica, bajo formas disimuladas, ya que no se pueden declarar debido al rechazo histórico y a que los propios estatutos de Coordinadora no lo permiten. Lo que antes era trabajo político voluntario se convierte en retribuido, las cuotas y las finanzas se encarecen y como en el resto de organizaciones sindicales, los representantes se alejan del puesto de trabajo y, por tanto, de la realidad diaria de los trabajadores a quienes representan. Los delegados se perpetúan en los cargos y aparecen las jerarquías entre ellos, algo imposible en el pasado. La asamblea se convierte en refrendataria más que decisoria. La información queda en manos de asesores y de una minoría de delegados. “La Estiba”, que fue un auténtico órgano de expresión, discusión y difusión de la vida portuaria, con proyección hacia otros sectores de la población asalariada, adopta un aire completamente distinto a partir del inicio de los años 90, introduce publicidad de las empresas y se consagra como órgano publicitario del sindicato y sus dirigentes. El pacto social, cuyas bases habían sentado sindicatos y personal una década antes, en el contexto del pacto de transición democrática para el resto de sectores de actividad, se realiza en el puerto una década después. El objetivo es la paz laboral a toda costa. De este modo, se opera la reconversión de Coordinadora, y lo que nació y fue una organización de lucha, se convierte en un sindicato de gestión. Las páginas de la Estiba (ver números 55 y 56) dieron fe de este giro político impulsado por los representantes (pasar de sindicato de confrontación a sindicato de concertación, copiando la fórmula de los otros sindicatos) y de las críticas que provocó. En cualquier caso, a partir de entonces, se consensúa en la práctica el Decreto y se colabora con las empresas y el gobierno en su aplicación. Se consensúa y participa en la imposición de un nuevo régimen disciplinario, se rebajan las plantillas hasta mínimos alarmantes, se aumentan hasta límites inaceptables las jornadas de trabajo, se rebajan sustancialmente las tarifas de destajo, etc., a cambio de mantener la posición sindical en los puertos y, con la excusa de contener el ataque patronal, mantener la representatividad en las mesas paritarias frente a las otras centrales sindicales. Se consolida así el pacto por la paz social, contra la huelga y la acción, e incluso algunos estibadores pasan a formar parte de la estructura empresarial como garantía de colaboración sindical en la promoción del puerto.
A partir de ahí, en el colectivo trabajador cunde la desmoralización y el desánimo. La represión laboral y la persecución de la disidencia hace que cunda el miedo y la adulación, y que el enchufismo se imponga como modo de acceso a toda una serie de prebendas administradas conjuntamente por la empresa y los representantes sindicales. Prebendas que significan, por ejemplo, la posibilidad de hacer horas extraordinarias a voluntad (doblar la jornada) y hacer dinero a cambio de sumisión. Por supuesto, la fidelización de los trabajadores a la estructura corporativa de sindicatos y patronal no es algo privativo del puerto. Como en el caso de la siderurgia, astilleros o minas, se trata de obtener paz social a cambio de dinero. En el caso de la reestructuración portuaria, la desactivación de un colectivo fuertemente consolidado en una intensa experiencia de lucha, ha exigido por parte de gobierno y capital un plan a medio plazo de extinción generacional consistente en jubilaciones anticipadas, paralización de los trabajadores activos mediante la posibilidad de hacer dinero a costa de destajos y horas extras sin control, mientras que los jóvenes trabajadores llegan al puerto sin la tradición de lucha de sus padres y con unas condiciones de trabajo totalmente diferentes, resultado de la reestructuración contemplada en el Decreto de 1986.
“A partir de 1986, lo que hasta entonces fue un ascenso hacia la gloria, se convierte en una carrera para morir de éxito. Nos regodeamos en el poder que teníamos pero lo que era poder de la asamblea han pasado a administrarlo los representantes, a veces en contra de ésta. Ya no está bien parar barcos, la gente no sabe lo que más le interesa. Lo que había sido solidaridad entre nosotros, se ha convertido hoy en competitividad. El afán de dinero es lo que prima y para ello se desprecian y sacrifican las condiciones de trabajo y la seguridad. Productividad, profesionalidad, competencia, es el lenguaje de la nueva época. Antes se tenía una gran pasión por el tiempo libre, por trabajar menos. En el puerto el trabajo es discontinuo, es posible que haya días que no te toque trabajar y en otro tiempo cobraba importancia la socialidad y el ocio. Hoy no, hoy tenemos que “dar servicio”, como nos dicen los representantes sindicales; eso supone que tenemos que trabajar cuantas jornadas podamos, lo importante es ganar dinero, no importan las condiciones, aunque me tenga que comer un bocadillo sobre la máquina, no importan las horas, ni la supresión de los descansos obligatorios, ni la seguridad en el trabajo, se han disparado los accidentes. No se apoya a los compañeros sancionados o represaliados. Este es el lenguaje y el comportamiento que hemos aprendido en estos años y que, antes, habíamos aprendido a contradecir. Sin embargo, hoy forma parte de nuestro acervo ideológico. Lo que antes era poder de los delegados, que les venía de la asamblea, ahora es poder que el patrón deja administrar a los delegados para derrotar a la asamblea. Es otra manera de poder, siguen teniéndolo, pero ya sentimos que la vinculación entre representantes y representados ha quedado rota. El ser representante hoy se ha convertido en una forma de estatus social y de ascenso laboral. Hay regímenes disciplinarios para la gente nueva que hemos aceptado, está entrando mucha gente nueva porque nos vamos jubilando; a toda la gente nueva se le aplican otras condiciones de trabajo y régimen disciplinario, incluso se les llegó a prohibir que se relacionaran con los viejos para desterrar los antiguos vicios. Hay un intento de borrar las huellas del pasado inmediato, la memoria de la lucha, que los propios dirigentes de la Coordinadora están llevando a cabo para evitar cualquier continuidad entre la generación que vivió el ciclo de luchas de la reestructuración de los años 70 y 80, y la de los jóvenes portuarios recientemente incorporados. Esto ha enrarecido mucho las relaciones entre nosotros. La gente tiene un gran recuerdo de lo que fueron aquellos años, del nivel de solidaridad, de amistad, de conocimiento entre nosotros. Hoy las relaciones son mucho más desconfiadas, individuales, mucho más torvas, más interesadas. Queremos el interés inmediato de conseguir el salario lo más rápido posible e irnos. Se ha ido transformando nuestra ideología, nuestra manera de trabajar, nuestro lenguaje, todo, y hoy yo diría que estamos siendo víctimas de esta derrota, no sé calificarla de otra manera. Mantenemos la organización, pero como una reliquia, desactivada, presa de los líderes, del sectarismo y como sindicato gremial que ha perdido toda conexión con otros colectivos o cultura obrera. Quizá este era el límite del asambleísmo. No hemos tenido la capacidad de disolver una forma de organización que dio todo lo que tenía que dar de sí en su momento y que si se empeña en transcenderse se desvirtúa y degenera”.
Entre tanto, cabe preguntarse qué ocurrirá con la gente recientemente incorporada, si va a ser capaz de crear nuevas formas de oponerse cuando les sea insostenible un tipo de explotación que es cada vez mayor. Porque todas las conquistas del pasado se van perdiendo. La gran decepción para la gente que vivió con ilusión aquello, es que todo esto se está haciendo con el consenso de los compañeros. La asamblea ha sido vaciada de su contenido, secuestrada por los funcionarios sindicales, como ha ocurrido en todos los centros de trabajo donde imperan los otros sindicatos. La asamblea, sin embargo, sigue funcionando aunque reúne poquísimo, y cuando lo hace es más refrendataria que decisoria, una formalidad que sólo sirve para que los representantes hablen en nombre de los trabajadores sin consultarlos, porque creen saber mejor que ellos lo que realmente interesa a los trabajadores. Así se imponen las negociaciones, como siempre lo han hecho los sindicatos.
“Esta es un poco la situación a la que hoy hemos llegado. Quizás porque nuestras luchas no tengan más remedio que ser luchas puntuales, con un objetivo y una manera de conseguirlo pero también de diluirse. Me parece que, en la medida que te empeñas en permanecer en el tiempo y permanecer en este tiempo, que es el tiempo del capital, ya has hecho una concesión fundamental en la permanencia misma que, de un modo u otro, sirve a los intereses del capital, porque de lo contrario, el capital no lo permitiría. Yo creo que éste ha sido otro de nuestros grandes errores, que nuestra lucha, a diferencia de la de Vitoria, no se acabó, sino que continuó, pero con unas lacras graves, y que no sé si algún día irá despertando una nueva conciencia entre la nueva gente, porque los viejos, a fuerza de repetir el discurso, nos falta hasta credibilidad en nosotros mismos; una conciencia que venga a zarandear toda esta estructura que un día tuvo su valor, o bien que sepan liquidarla, que quizás es lo que le haga falta, y crear una nueva, la que sea necesaria. Por otra parte, alguna de las certezas de entonces, ya no parecen tan claras. Teníamos clarísimo que eran los trabajadores quienes teníamos que hacer la revolución, desde la fábrica. Esa especie de etnocentrismo también lo hemos perdido y quizás el aire nuevo nos venga de otros lugares, desde otros sectores y la cuestión del trabajo, realmente, no tenga la importancia que le dábamos. En fin, lo que fue nuestra lucha, yo creo que entra perfectamente en el marco de las luchas autónomas”.
Nexo Autonomía, octubre 2001
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martes, 17 de febrero de 2009
martes, 20 de enero de 2009
La Huelga de 1970 en Granada.
El imperio de los empresarios
Abiertamente alzamos la palabra
desde la tierra dura y las raíces.
De cada golpe duro recibido
os damos testimonio abiertamente.
Los sucesos que vamos a contar acerca de la lucha que tuvo lugar en la ciudad de Granada en el año 1970, durante la negociación de un nuevo convenio del ramo de la construcción, vinieron provocados por un antiguo malestar entre el pueblo trabajador granadino. Aquel trágico episodio de la lucha de clases, tuvo lugar en una ciudad que no había conocido una movilización de semejantes dimensiones en los treinta años anteriores. Las razones de esta parálisis son varias y en gran medida pueden remontarse a la gran derrota de 1936. Granada sufrió una brutal represión desde los comienzos de la guerra como consecuencia de la sublevación militar que se hizo con el control de la capital. La patronal, con el apoyo decidido de militares, guardias civiles y pistoleros falangistas, hizo pagar cara la fuerte conflictividad social que había caracterizado a la ciudad y a la provincia durante la primera mitad de la década de los treinta. Objetivo fundamental de esta represión fue el aniquilamiento total de todo el entramado organizativo de los trabajadores que tanto esfuerzo había costado levantar durante los años anteriores. Derrotados, sometidos al terror impuesto por los vencedores y devorados por el luto de sus familiares y compañeros asesinados, en las décadas posteriores a la guerra la clase obrera granadina apenas tuvo fuerzas o capacidad de respuesta. Vivió así una larga noche de miseria, explotación extrema y humillación. De hecho, en 1947, si bien el coste de la vida se había multiplicado, los empresarios granadinos todavía seguían pagando los mismos jornales de antes de la guerra.
En todo caso, los síntomas de una sorda rebelión se manifestaron entonces en el instinto de fuga de miles de personas, que se animaban a emigrar, a volver a empezar lejos de tanta miseria inducida. Indudablemente, contribuyó también el pertinaz estancamiento de su medio agrario. De este modo, entre 1950 y 1970 Granada perdió casi 300.000 personas, la mitad de su población. Cada año unos 15.000 granadinos y granadinas hacían las maletas y se marchaban, fundamentalmente con destino a Cataluña, pero también a otras regiones y a los países europeos más ricos. También fue mucha la gente de los pueblos que se instaló en la ciudad de Granada. Los que se quedaron debieron soportar las durísimas condiciones de trabajo de una economía subdesarrollada, instalada a su vez en un Estado subdesarrollado en la periferia de Europa occidental. De este modo, lejos de resolver los graves problemas estructurales de la provincia, el desarrollo económico del capitalismo español en la década de 1960 hizo de Granada la periferia de la periferia. Marginada por todos los planes de desarrollo del Franquismo, la Granada de 1970 era una ciudad agrícola sin desarrollo ni industrialización, compuesta por funcionarios y administrativos, por una población que vivía del comercio, los transportes, pequeños talleres de diversa índole y un sector de la construcción que había ido desarrollándose paulatinamente a lo largo de la década anterior. A parte de eso Granada era, como tantas otras zonas del Estado, un mercado de consumo de lo que se elaboraba en otras regiones.
En una ciudad así, los obreros de la construcción constituían el sector mayoritario de la población trabajadora. Se trataba fundamentalmente de gentes recién llegadas del campo. Personas que habían sufrido una gran transformación de sus condiciones de vida. Desarraigados de la vida rural, experimentaron el tránsito hacia una forma de vida más mercantilizada, más dependiente del salario. Pero los salarios de los albañiles apenas daban margen, y mucho menos permitían buscar consuelo en los incipientes hábitos del consumo de masas que se habían ido extendiendo en otras zonas del Estado. Amparados por la abundante mano de obra y la legislación favorable, los empresarios del sector exprimían al máximo a la clase obrera local, repartiendo unos salarios de hambre. De hecho, las lamentables condiciones de trabajo en el sector de la construcción de Granada pueden resumirse así: los obreros peones cobraban unas 1.200 pesetas semanales, en las que estaban incluidas las pagas, los permisos y el plus familiar. Las jornadas eran de 10 horas y se trabajaba seis días a la semana, y además estaban generalizados el sistema de destajos2 y las horas extra, lo que provocaba un alto nivel de paro. Los contratos eran generalmente de 4 ó 6 meses, previo periodo de prueba de 15 días. Así era habitual que los obreros pasasen de una empresa a otra de forma recurrente, además de que fuesen frecuentes los periodos de inactividad. Cada cierto tiempo los trabajadores eran despedidos o trasladados de empresa, se evitaba de este modo que llegasen a formar parte de la plantilla, manteniendo un permanente estatuto de eventuales. El fraude a la Seguridad Social era práctica frecuente por parte de la patronal, además de que muchas de las empresas que hacían contrato no diesen de alta a los trabajadores.
En la hoja de salario casi nunca se reflejaba el salario real, e incluso algunas empresas obligaban a los obreros a firmar un recibo en el que constaba que debían dinero a la empresa. Gracias a estos procedimientos las empresas resultaban invulnerables frente a las reclamaciones ante Magistratura.3 Los índices de siniestralidad laboral eran altísimos, debido en gran medida a la presión bajo la que se trabajaba. Por otra parte, para mantener la paz en los tajos, eran frecuentes los malos tratos y las vejaciones cotidianas por parte de los encargados:
A las 8 comenzábamos a trabajar. Como peón de encofrado desarrollaba mi trabajo a la intemperie. Recuerdo que en el invierno de 1969 trabajábamos en el barrio de la Plaza de Toros. Comenzó a nevar. El empresario se situó en medio de la planta superior del bloque, aún sin cubrir, donde trabajábamos encofradores y ferrallistas, embutido en su abrigo, sus guantes de piel, su bufanda, su sombrero y su paraguas. Nos miraba retándonos, a ver quien era el valiente de protegerse de la nieve o de la lluvia en la planta inferior o en exigir un impermeable a la empresa, ambas posibilidades estaban recogidas en el convenio de la construcción. Ninguno nos atrevimos a hacerlo.4
Los despidos o la no renovación de contrato a quienes protestaban, unidos al miedo impuesto por el Estado franquista, hacían el resto.
Prepararse para luchar
Es esta nuestra voz y nuestra lucha,
nuestra sangre vertida, inevitable
como el sudor amargo de las horas
trabajadas sin fin y sin principio.
En estas condiciones organizarse resultaba una tarea complicada. La estructura empresarial era minifundista y la ciudad apenas contaba con empresas que tuvieran más de cinco empleados. A finales de los años sesenta, las organizaciones militantes que tenían presencia efectiva en Granada eran el Partido Comunista de España junto a Comisiones Obreras y un equipo muy activo de la Hermandad Obrera de Acción Católica. Sus respectivos estilos de militancia eran muy distintos. Los comunistas se habían ido consolidando desde comienzos de los años sesenta en algunas zonas de la capital y de los pueblos cercanos.5 Las CCOO habían aparecido en Granada en 1965, pero a diferencia de otras zonas del Estado éstas no surgieron a partir de procesos asamblearios amplios, sino de la decisión política del PCE de constituirlas como movimiento socio-político que actuara según las consignas del Partido.6 Aprovechando un contexto de aparente liberalización de la Dictadura y con el fin de poder desarrollar prácticas reformistas, los comunistas consiguieron introducirse en el Sindicato Vertical. En las elecciones sindicales de 1966 llegaron así a copar la sección de albañilería del Sindicato de la Construcción. Por su parte los militantes de la HOAC realizaban un intenso trabajo de base en el desaparecido barrio de La Virgencica. Este barrio estaba formado por un conjunto de albergues adosados prefabricados, de un tamaño minúsculo. Fue construido en la zona norte de la ciudad con el fin de acoger a la población de los antiguos barrios populares, como el Albaicín y las cuevas del Sacromonte afectados por las inundaciones del otoño-invierno de 1962-1963. La Virgencica era un barrio de población fundamentalmente obrera, donde la mayoría de los varones trabajaba en la construcción y las mujeres en el servicio doméstico. Algunos de sus habitantes eran militantes comunistas o cristianos y convivían con muchas personas que, sin militar en ninguna organización, tenían un elevado sentido de su dignidad. A pesar del supuesto carácter provisional de los alojamientos, la estancia en esta barriada improvisada se fue prologando en medio de unas condiciones de vida paupérrimas: las viviendas resultaban espantosamente calurosas en verano y muy frías en invierno, debido a su estructura de placas de cemento de sólo diez centímetros de grosor. A esto se añadían graves carencias en la gran mayoría de los servicios básicos, como asfaltado, iluminación, transporte, escuelas, recogida de basuras, etc. Estas circunstancias propiciaron que en 1967 y por iniciativa de un grupo de militantes de la HOAC procedentes de Bilbao e instalados en el barrio, se consiguiera legalizar una Asociación de Vecinos, una de las primeras de todo el Estado.7 El local de la asociación era la parroquia, desde la cual se planificaban multitud de acciones en asambleas semanales con el fin de conseguir mejoras para el barrio y en las cuales las mujeres tenían un papel destacado. A diferencia de la gente del PCE, los militantes de la HOAC estaban más interesados en impulsar procesos de autoorganización. A través de la asociación priorizaban la formación y la toma de conciencia de las personas con el fin de que lucharan por sus derechos, no sólo en el barrio sino también en sus lugares de trabajo, animándolas y proporcionándoles herramientas para que pudieran desarrollar formas de organización, siempre según el principio de que debían ser ellas mismas las protagonistas de su liberación. En la asociación se iban dando ideas de la injusticia que existe, el porqué existe, los mecanismos que existen. Y como el mundo obrero no puede salir de esa situación como no sea uniéndose, formándose y preparándose para luchar contra esta situación y tratar de que las cosas cambien.8
En los años finales de la década de los sesenta fueron estableciéndose contactos entre los militantes varones de ambas organizaciones y personas independientes, todos ellos trabajadores de la construcción, que confluían en las obras procedentes de casi todos los barrios de la ciudad, además de los pueblos cercanos. En los tajos, la hora del bocadillo resultaba fundamental para el conocimiento mutuo y para generar las primeras inquietudes políticas. Entre quejas y chistes, se leían periódicos en voz alta y se charlaba recordando todo lo que se había luchado en el pasado y todo lo que quedaba por hacer: Los centros de trabajo eran verdaderas escuelas, donde los jóvenes aprendíamos el sentido de la vida y las razones para luchar por una vida distinta. En las horas del bocadillo, a las diez de la mañana, y de la comida del mediodía, todos los trabajadores se reunían alrededor de un fuego, si era invierno, o alrededor de un botijo de agua, si era verano. En esas mini asambleas se podía hablar de todo, y casi en total libertad, siendo así como muchos de los que ahora tenemos más de cincuenta años forjamos nuestro espíritu de rebeldía.9 Este clima de crecimiento colectivo y de expansión de la conciencia de eplotación, ayudó a que los militantes pudieran impulsar de forma muy participativa la elaboración de un anteproyecto del convenio provincial de la construcción. En la medida en que las autoridades franquistas consideraban Granada como una provincia «tranquila», los albañiles contaron con un margen de maniobra bastante amplio, utilizando muchos de los instrumentos legales que la fachada aperturista del
régimen ponía a disposición de los representantes obreros de aquellos años. Esto se expresó fundamentalmente en dos aspectos: la elaboración de una encuesta entre los trabajadores con el fin de que ellos mismos pudiesen definir sus demandas concretas y de desarrollar asambleas con carácter informativo en el local del Sindicato. De este modo, algunos miembros de la parte social,10 antes de comenzar las negociaciones del convenio, imprimieron un cuestionario-encuesta con preguntas relativas a los salarios, la duración de la jornada laboral, las horas extra, los destajos, los despidos, las nóminas, las plantillas, etc. Se imprimieron unos 400 ejemplares, que fueron repartidos a través del propio Sindicato entre trabajadores de distintas empresas y que sirvieron de base para la discusión de las mejoras laborales. Pasado un tiempo, muchos de los que habían recibido la encuesta comenzaron a reunirse en los locales de la asociación de vecinos de La Virgencica y en otros puntos de la ciudad con el propósito de elaborar el anteproyecto del convenio. Por estas asambleas pasaron entre 100 y 200 personas. Las demandas fundamentales, recogidas en el anteproyecto, fueron: la reducción de las diferencias salariales entre las diversas categorías, un salario para el peón de 240 pesetas por 8 horas a rendimiento normal, la eliminación de las horas extraordinarias y los destajos que embrutecían al trabajador y aumentaban el paro, así como reducir al mínimo posible la eventualidad y los despidos. Los trabajos de comunicación entre los albañiles granadinos acerca de la marcha del convenio, realizados tanto por parte de los militantes de las organizaciones como por personas independientes que fueron sumándose al proceso, prepararon el terreno para que la asistencia a las asambleas informativas se convirtieran en un acontecimiento masivo.11 Se pretendía, y se insistió en ello desde el principio, que lo acordado con la patronal no tuviera validez hasta que la asamblea lo diera por bueno. Por otra parte, el objetivo de los militantes que planificaron la elaboración del convenio de 1970 no era conseguir un acuerdo definitivo, sino más bien instalar una dinámica en la cual se pudiera negociar un nuevo convenio cada año, de tal forma que sirviera de base para aumentar el grado de conciencia y organización de la clase obrera en Granada. En la medida en que pudieron desarrollarse reuniones y asambleas masivas con relativa normalidad, las expectativas y la presión para sacar adelante el convenio fueron tomando cuerpo. Efectivamente las reuniones de los trabajadores, la posibilidad de contrastar opiniones y tomar conciencia de la fuerza de su número y gozar juntos del sentimiento, hasta entonces desconocido, de estar todos unidos en una lucha concreta con el propósito de acabar con tanta injusticia, constituían la mejor arma para afrontar el conflicto.
Cómo se llegó a la huelga
Nos escuece la piel, esta segunda
piel de hombre nocturno, que no surge
desde la luz, sino desde la muerte,
bajo la lluvia, el sol y el latigazo.
Las negociaciones para la firma del nuevo convenio se iniciaron el 17 de junio de 1970. Frente a la actitud intransigente de los empresarios, que aparte de no ceder pretendieron negociar de espaldas a los trabajadores, se convocó la primera asamblea informativa en el salón de actos del Sindicato el día 30 de ese mismo mes. Asistieron 700 albañiles. La parte social volvió a solicitar permiso para convocar otra nueva asamblea el 7 de julio, coincidiendo con la tercera sesión de la comisión deliberadora, a la que asistieron más de mil trabajadores. Salvo los más mayores, nadie más recordaba algo semejante en Granada y, a pesar de la buena voluntad, la falta de experiencia provocaba que predominara cierto caos comunicativo. Por otra parte el peligro ya se dejaba intuir. Perfectamente informada de la marcha de los acontecimientos, la policía secreta se apostó desde el primer momento en las escaleras del edificio del Sindicato con el fin de amedrentar a los trabajadores. Al término de esta gran asamblea informativa se acordó celebrar una tercera al día siguiente. Esta asamblea no pudo celebrarse y se aplazó para el día 16 y posteriormente para el día 20, coincidiendo esta vez con la cuarta sesión de la comisión deliberadora del convenio. La actitud de la patronal era tan cerrada que muchos sospechaban que la ruptura no tardaría en producirse. Y así fue. El clima de tensión que dominó la cuarta sesión de la comisión deliberadora provocó la ruptura de las negociaciones. El punto de desacuerdo fue principalmente la cuestión del salario. Los trabajadores habían rebajado su petición inicial de 300 pesetas diarias, y ahora pedían 240 de sueldo íntegro para los peones de albañil, mientras que los empresarios no estaban dispuestos a ofrecer más que 170 pesetas divididas en tres partes: el salario, un plus de asistencia al trabajo y un plus de constancia. Los empresarios rechazaron también la petición de que, con el propósito de mitigar la eventualidad en el empleo, se adquiriera la categoría de obrero fijo a los cuatro meses de trabajo, antes eran precisos seis. Igualmente se rechazó la petición de los trabajadores de convertir todas las fiestas del calendario laboral en absolutas, abonables y sin recuperación y se dejó sin resolver la cuestión de la percepción de indemnizaciones en caso de accidentes y enfermedades profesionales. Pese a que los representantes obreros hicieron reiteradas concesiones, la obstinada negativa de la patronal hizo imposible seguir con las deliberaciones.
Las posibilidades legales de obtener sus demandas se estaban agotando en esta situación. Según la legislación laboral vigente, si no se había producido el acuerdo entre las partes, aún quedaba la posibilidad de nuevas negociaciones, cambiando el presidente. Si éstas fracasaban quedaba el recurso a la Norma de Obligado Cumplimiento. En cualquier caso estas posibilidades estaban totalmente fuera del alcance de la acción legal de los representantes de los obreros y dependían exclusivamente de las autoridades franquistas.
La ruptura de la negociación del convenio fue comunicada en la asamblea masiva que se celebró la tarde del mismo día 20 de julio. Ante un auditorio de miles de personas, abarrotado el salón de actos del Sindicato y muchos esperando en la calle, se fueron leyendo las propuestas y contraofertas de ambas partes negociadoras y la nota definitiva de ruptura. El ambiente estaba tan cargado de frustración e impaciencia, que durante la lectura del acta se abucheó continuamente al presidente de la parte social con gritos de «¡al grano, al grano!». El mensaje de la patronal estaba claro y a la desesperación de los trabajadores se unió una profunda indignación. Aquel salón de actos ardía de calor y de rabia. Una vez leídos los puntos de desacuerdo, se cedió el micrófono a todo aquel que tuviera algo que decir y comenzaron a llover las propuestas para ejercer presión sobre los patronos. Todos compartían la sensación de que se habían agotado las posibilidades de negociación y de que habría que recurrir a otros medios con el fin de obligar a ceder a los patronos. Los militantes de las diversas organizaciones apostaban por la moderación: se propuso que el Sindicato diera dos días de huelga pagada, propuesta que el presidente de la parte social dijo que no podía respaldar, por lo que nuevamente fue abucheado. Otra propuesta fue la de no desalojar el edificio de Sindicatos hasta que se diera una respuesta positiva a las reivindicaciones, pero el intenso calor que hacía en el recinto motivó que esta invitación no fuera bien acogida. Frente a todas estas propuestas, la asamblea se inclinaba con decisión hacia la huelga indefinida como método de presión. Muchos militantes seguían sin verlo claro y los que intervinieron hicieron grandes esfuerzos por evitar esta salida. Se dudaba fundamentalmente de la preparación de la clase obrera granadina para una huelga, ya que en intentos de movilización anteriores se había mostrado bastante indiferente.
Tampoco se había creado una caja de resistencia ni existía una logística capaz de solucionar las consecuencias derivadas de la prolongación del conflicto. Los reacios a la huelga, en su mayoría personas con más experiencia política, apostaban en cambio por trabajar a un ritmo lento, lo que también resultaba muy perjudicial para la patronal y no era tan arriesgado para los trabajadores. Pero estos militantes no pudieron, no quisieron o no se atrevieron a desobedecer el sentir general de una asamblea en la que toda intervención partidaria de la huelga era recibida con ovaciones. Finalmente se dio un tiempo para pensar y llegó el momento de la votación a mano alzada. Una abrumadora mayoría decidió: «Huelga; mañana todos aquí a las 8 para pasar juntos por los tajos y recoger a los que faltan, a los que no están presentes aquí».
La asamblea terminó a las diez y media de la noche. Había durado tres horas. En esos momentos se había convertido en el máximo órgano dirigente, con un desarrollo rápido, ordenado y claro en comparación con todas las asambleas anteriores. Después de la experiencia vivida desde junio, la asamblea había madurado como forma de organización, en un proceso que siendo participativo desde la base, había permitido una gran identificación colectiva con la discusión del convenio. El hecho de que la ruptura de las negociaciones se asumiera como una decisión de todos era prueba de ello. Sin duda éste era el convenio de la mayoría de los trabajadores de la construcción de Granada, lo sentían como propio y estaban dispuestos a sacarlo adelante mediante la huelga, asumiendo todas las consecuencias que se derivaran de tal decisión. Así fue como al término de la asamblea, la noticia de la convocatoria del paro para el día siguiente voló de boca en boca por los barrios y pueblos cercanos. Esa noche se durmió poco.
Comienza la huelga
No fueron tres tan solo. Nos quedamos
todos sobre la tierra sorprendida,
descubriendo de pronto, una vez más,
las ocultas razones de las cosas.
Desde antes de las 8 de la mañana del día siguiente, lunes 21 de julio, los trabajadores se fueron concentrando en el bulevar, frente al edifico de Sindicatos, hasta contar más de 6.000 personas:
Desde los distintos puntos extremos de Granada, grupos de albañiles acudieron a la cita de las ocho de la mañana recogiendo por el camino a los compañeros de las obras que no se habían enterado por no haber asistido al acto el día anterior. No hubo necesidad de amenazas, al menos este testigo no las presenció. Algunos autobuses de obras lejanas a la capital partieron con obreros que, dado lo precipitado de la decisión, y por la falta absoluta de organización previa, no llegaron a decidirse a acudir a los Sindicatos.12
El paro era casi absoluto en Granada y en los pueblos de los alrededores, donde se calcula que lo habían secundado más de 12.000 trabajadores. Dadas las facilidades que habían recibido por parte de las autoridades en la fase previa del proceso, muchos acudieron convencidos de que aquella concentración era legal. Con su presencia pacífica los albañiles presionaban para hacer visible la necesidad de proseguir las negociaciones del convenio y de que fueran atendidas convenientemente sus peticiones. Casi todos planeaban pasar allí juntos la jornada, y por ese motivo el lugar estaba lleno de motos y de bicicletas aparcadas con cestas de comida, justo delante de un nutrido grupo de la policía armada que custodiaba el edificio:
Había un cierto aire de inocencia en todos los allí presentes. Era la primera vez que casi el cien por cien de los asistentes participábamos en un acto así, imaginado solamente por los libros. La mayoría íbamos con ropa de domingo y comentábamos con cierta euforia el éxito que hasta ese momento estaba teniendo la convocatoria. Recuerdo a algunos chicos del club juvenil de la parroquia (del barrio de La Virgencica) cuyos rostros expresaban la alegría y la emoción que estaban viviendo en su interior. Era como una especie de bautismo de fuego.13
Ante la enorme energía allí concentrada y el entusiasmo reinante, comenzaron a llegar las iniciativas de movilización. La concentración se dirigió entonces en dirección al cercano Camino de Ronda, con la intención de que se sumaran a la huelga algunas obras que todavía no lo habían hecho, era la zona en la que por entonces se construían los nuevos edificios universitarios. De este modo, un enorme piquete de miles de personas marchó con tranquilidad por las aceras, parando todas las obras y recogiendo a más albañiles de los tajos. A pesar de la actitud reiteradamente pacífica de los manifestantes, que no cortaron el tráfico e incluso pidieron ser escoltados por los guardias, la policía les salió al encuentro, dándoles tres minutos para disolverse.
Para evitar el enfrentamiento y para dar a entender que la suya era una protesta exclusivamente económica, muchos de los albañiles levantaron el brazo y comenzaron a gritar «¡Franco, Franco, Franco…!», lo que no evitó la carga policial. Ante los golpes, la multitud retrocedió hasta una zona en obras donde había abundante material y desde allí contraatacaron. Una espesa lluvia de piedras hizo retroceder a la policía y produjo cinco heridos en sus filas. El encuentro duró apenas diez minutos y visto el resultado, y sin disolverse, la gente decidió regresar a la puerta del Sindicato. En el camino de vuelta ambas partes, policías y trabajadores, trataron mutuamente de calmarse los ánimos tras este primer estallido de violencia. Pese a todo, nadie parecía presagiar lo que luego pasó.
Un intermedio de calma. De las 9 a las 11 de la mañana los albañiles se volvieron a concentrar pacíficamente en el bulevar, algunos conversando incluso con la fuerza pública y comentando con humor el enfrentamiento reciente, ya que muchos de ellos eran conocidos, vivían en los mismos barrios y procedían de los mismos pueblos. Con intermitencia la multitud concentrada iba exigiendo soluciones concretas, lo que motivó que se creara una comisión de representantes obreros con el propósito de ir a hablar con el delegado provincial de trabajo y con las autoridades sindicales, que les presionaron para que acabaran con la huelga. Hacia las 11 los miembros de esta comisión hablaron ante la multitud con un megáfono prestado por la policía y propusieron disolver la concentración, pidiendo a los albañiles que se reintegraran al trabajo a las 2 de la tarde y que ellos tratarían de que se les abonase el salario de la mañana, garantizando que las negociaciones del convenio continuarían. Esta opción fue rechazada por la multitud. En esos momentos una persona agarró el megáfono y propuso continuar la huelga y convocar otra asamblea para el día siguiente a las 8 de la mañana, lo que fue aceptado. Los albañiles granadinos eran en ese momento plenamente conscientes de que la patronal no iba a ceder por las buenas y que sólo su propia fuerza, puesta en práctica mediante la huelga, podría servir como instrumento de presión para alcanzar sus reivindicaciones. Había miedo, sin duda, sabían que estaban participando en un acto sin precedentes en la reciente historia de la clase obrera granadina. Pero sus decisiones no eran fruto de un momento de euforia, tal y como lo prueba el mes de asambleas que llevaban a sus espaldas y el hecho de que se hubieran concentrado varios miles de personas en actitud firme y resuelta, sin llamamientos o consignas de ningún grupo político.
A pesar de la calma que había caracterizado a la policía tras el primer enfrentamiento de la mañana, sobre el mediodía se produjo súbitamente un cambió de actitud. La explicación de la anterior calma policial parece indicar que aquel intervalo de tiempo fue utilizado por el gobernador civil para pedir refuerzos policiales a Málaga y a Jaén.
Ante el rechazo manifiesto de los trabajadores a acatar las condiciones impuestas por las autoridades sindicales, las fuerzas del orden se replegaron, ordenando la dispersión y anunciando una carga si al tercer toque de corneta no se había dispersado la multitud. Nadie llegó nunca a oír el tercer toque. Al segundo toque comenzaron los golpes y se inició una desbandada en la que los trabajadores quedaron divididos en dos grupos desiguales.
La mayoría de los obreros se replegaron hacía la zona de La Caleta con lgunos heridos. Al llegar a la altura de la calle Doctor Oloriz se dio una coincidencia que fue determinante para el desarrollo posterior de los acontecimientos. Tropezaron con un camión cargado de bovedillas que bajaba por la calle y que tuvo de detenerse al toparse con la multitud. Inmediatamente, algunos jóvenes treparon al camión y empezaron a arrojar contra la calzada los materiales de obra, haciéndolos añicos.
Esos cascotes fueron utilizados junto con trozos arrancados del pavimento como munición por parte los trabajadores, que iniciaron entonces una contraofensiva a pedradas, primero obligando a la policía a replegarse hasta los Sindicatos, y después a escapar y a buscar refugio donde pudieran.
Las bombas de humo demostraban una escasa eficacia, ya que la mayoría eran devueltas por los albañiles, que en su avance volcaron y destrozaron todos los vehículos policiales que encontraron a su paso. El nivel de violencia que llegó a adquirir el enfrentamiento fue brutal. Fue en esos momentos de enorme confusión cuando, mezclados con los gritos de calma que nadie escuchaba, empezaron a sonar los disparos. Desenfundando y abriéndose paso a tiros, la policía lanzó un ataque definitivo persiguiendo a la gente que se dispersaba por las calles. Pese a los disparos, la determinación de algunos albañiles era tan grande, que durante un cierto tiempo sostuvieron el enfrentamiento:
Hasta entonces los policías nos atacaban con las porras y botes de humo, pero de pronto empezaron a disparar los tiros, primero al aire y después a todo lo que se movía, muriendo entonces los tres compañeros. Aunque pueda parecer mentira, en los primeros momentos, los trabajadores no tuvieron miedo de los disparos, pero cuando se empezó a ver a los compañeros tirados en el suelo cubiertos de sangre, la cosa cambió. Cada cual empezó a refugiarse donde podía, carreras por las calles, lanzamiento de ladrillos, detenciones, etc.14
No todos los tiros se hicieron con intención de dar en el blanco, hubo muchos al aire. Pero tras la tremenda confusión de la batalla el resultado resultó desolador: tres muertos y decenas de heridos, muchos con disparos en las piernas o en zonas vitales. Por parte de la policía hubo unos 30 heridos, algunos de extrema gravedad. Salvo los que hubieron de ser ingresados por la gravedad de sus heridas, la mayoría de los trabajadores heridos fueron atendidos en clínicas particulares debido al temor a la represión. Más de un centenar de obreros fueron detenidos, muchos al ir a recoger sus vehículos a la puerta de los Sindicatos donde los esperaba la policía secreta.
La huelga continúa
No hemos llorado, es cierto. Este dolor
no nos cabe en las lágrimas desnudas.
Sólo tiene lugar si es compartido
por cada hombre, y transformado en actos.15
Al día siguiente, martes 22 de julio, a pesar del pánico y de la consternación presentes en Granada, la huelga continuaba. La Guardia Civil vigilaba todas las entradas a la ciudad y en los retenes se impedía el paso a los albañiles de los pueblos cercanos. Por orden del gobernador civil, los tres muertos del día anterior habían sido urgentemente enterrados en secreto para evitar altercados públicos. El grueso de los trabajadores se encontraba desconcertado. Nadie podía asegurar que la huelga continuaría, y algunas personas se estaba presentando de nuevo en las obras. Únicamente en el pueblo de Maracena, de donde procedía uno de los trabajadores asesinados, se vivía una situación de huelga general. En ese momento surgió la iniciativa de un grupo de trabajadores cercanos a la HOAC de encerrase en la catedral de Granada. Los objetivos del encierro eran los de realizar un funeral por los muertos, reforzar las decisiones colectivas que se habían tomado y celebrar asambleas con el propósito de decidir cómo continuar con la lucha. La labor mediadora de los curas obreros fue decisiva para obtener garantías, por parte el deán de la catedral, de que podrían permanecer allí. Los curas obreros también fueron fundamentales con el fin de ayudar a calmar los ánimos e impedir, por ejemplo, que la gente se lanzase al asalto de la sede del diario Ideal y de otros periódicos de la ciudad, que ya habían empezado a publicar falsedades respecto a lo sucedido el día anterior.16
La catedral se mantuvo abierta todo el día y la gente comenzó a acudir. Mil personas, hombres y mujeres, llegaron a vencer el miedo, reuniéndose allí en asamblea permanente. Los reunidos decidieron organizarse en grupos de discusión para confluir luego en sucesivas asambleas generales. En estas asambleas se ponían en común los puntos de acuerdo y se aprobaban los escritos elaborados para los medios y las autoridades, pero sobre todo para el resto de los trabajadores de la construcción de Granada. La inteligencia colectiva y el sentimiento de ser una comunidad en lucha les ayudó a protegerse de la evidente presencia de infiltrados dentro de la catedral. Todas las personas que participaron en esas asambleas fueron obligadas a mostrarse al resto, a ser reconocidos por sus compañeros a mano alzada. Gracias a este procedimiento más de un policía de paisano se vio obligado a abandonar furtivamente el lugar. Todos los comunicados que se redactaron iban firmados por «El grupo de trabajadores de la catedral» y son una muestra de la conciencia adquirida en ese momento:
– El estar juntos nos está metiendo en un ambiente de unión, estamos informados, nos sentimos fuertes, seguros. Las mujeres están incorporadas a nosotros. Granada entera, además, se está enterando de nuestros problemas, de lo que pretendemos, y de cómo nos estamos comportando.
– Si la huelga la hiciéramos en nuestras casas, permaneceríamos incomunicados, y no sabríamos qué hacer en cada momento. Aquí nos vemos, hablamos, discutimos y vamos aclarando nuestras ideas, al mismo tiempo que nos afirmamos en nuestra decisión.
– Sentimos sobre nosotros la responsabilidad de que todos los obreros españoles tienen la vista fija en lo que estamos haciendo, en lo que hemos de hacer. Creemos que estamos realizando algo que será muy importante en la historia obrera de España.
Por la noche, cuando llegó la hora de cerrar las puertas, los que quisieron se quedaron encerrados, los demás se fueron. Paradójicamente las mujeres que estaban participando de la lucha también quisieron quedarse a dormir, pero después de ser valorado en la asamblea, se les dijo que no. Los trabajadores encerrados querían transmitir una actitud ejemplar y evitar las habladurías, sin embargo sus precauciones fueron inútiles. Los medios mintieron igualmente, diciendo que mujeres y niños habían dormido en la catedral.
Al día siguiente la policía cercó el lugar y ya no dejó entrar a nadie. Tampoco dejaron entrar comida. Su objetivo era que el encierro sucumbiera por falta de apoyo y alimentos. De hecho fueron detenidos y torturados en comisaría algunos de los encerrados que habían salido de la catedral para comprar cervezas con el dinero recogido de una colecta. Pese a las presiones del gobernador, las autoridades eclesiales apoyaban el encierro y no permitieron que la policía entrara a cesalojarlos.17 El carácter espontáneo de esta acción y el hecho de que fuera secundada por un gran número de personas, provocó extrañas reacciones en algunos dirigentes de CCOO y del PCE, que lo interpretaron como una grave amenaza hacia el protagonismo de sus organizaciones:
El número de concentrados fue disminuyendo con rapidez, debido en parte, a que CCOO no participó en él. Yo fui testigo de cómo un militante destacado de ese sindicato pedía a su hijo que abandonase el encierro porque estaba manipulado por los curas […] después un militante (la misma persona) muy importante de este sindicato y del PCE repartía panfletos en la Plaza de las Pasiegas a dos pasos de la policía, que rodeaba la catedral, provocando su detención, como así sucedió y queda reseñado en los relatos que se hicieron de aquellos días. En esta ocasión también estaban firmados con sus siglas.18
De este modo, y dado que se permitía salir a quien lo deseara con garantías de que no se le haría nada, al día siguiente, día 23, mucha gente se fue descolgando del encierro. El día 24, salieron finalmente unas 80 personas.17
Mientras tanto, en el exterior y presionados por las autoridades, los miembros de CCOO hicieron llamamientos por radio y prensa para que finalizara la huelga. El día 23 la policía les permitió entrar en la catedral y hablar con los encerrados. Tras este diálogo los encerrados redactaron un escrito a las autoridades, en el que consideraban más conveniente reanudar las conversaciones del convenio, siempre y cuando los trabajadores decidieran regresar al trabajo de forma voluntaria. Pero la huelga continuaba. En un comunicado conjunto de las dos partes, social y económica, se pidió la reanudación de las deliberaciones. Ante estas peticiones de reanudación de las negociaciones del convenio, respaldadas además por la huelga, la Delegación de Trabajo accedió a la continuación de las deliberaciones, poniendo como condición la vuelta al trabajo. Sin embargo, ésta no se produjo hasta el día 29. Cuando los obreros de la construcción volvieron al trabajo, lo hicieron imponiendo también sus condiciones, que se expresaron en una hoja difundida por un grupo de trabajadores el día 30 de julio. En pocas palabras, planteaban dar un plazo de una semana para la firma del convenio. Si pasado ese plazo no se llegaba a un acuerdo, se amenazaba con nuevas acciones. De este modo, se reconocía por una parte que la vuelta al trabajo era una condición para sacar adelante un convenio digno. Sin embargo, y por otra parte, se pedía a los trabajadores que mantuvieran actitudes de protesta, como la de trabajar sólo 8 horas, sin horas extraordinarias ni destajos y la de recordar antes del trabajo, durante una semana, en pie y en silencio, a los compañeros muertos. Para garantizar un seguimiento de la discusión del convenio, durante esa semana proponían que se presentasen los enlaces en Sindicatos a las seis y media. Donde no hubiera enlaces, deberían elegirse dos compañeros que fuesen a Sindicatos todos los días. Finalmente se hacían llamamientos a la solidaridad económica entre los propios trabajadores:
El que necesite dinero, que lo pida. El que tenga dinero que lo de al que le hace falta. Y esto que lo hagan también los otros gremios y ramos. Ya hay quien parte el jornal con otro que no puede trabajar. No nos olvidemos de los heridos y detenidos. Se hace todo lo que se puede. Pero que nadie pase necesidad por querer conseguir lo que es justo. PODEMOS y debemos apoyarnos unos a otros.
Durante aquellas semanas las acciones de solidaridad en todo el Estado y a nivel europeo con la lucha de los albañiles granadinos fueron espectaculares. Se recaudaron fondos para ayudar a las familias de los muertos, a los heridos, a los represaliados y despedidos por las acciones y con el fin de continuar la lucha. Se consiguió una apreciable cantidad de dinero, descontando el famoso millón de pesetas que ETA anunció haber obtenido en un atraco para destinarlo a las familias de los obreros muertos y del cual nunca se supo nada. Finalmente, en la madrugada del día 3 de agosto, antes de que terminara el plazo, se firmó el nuevo convenio colectivo provincial de la construcción. La noticia apareció en la prensa al día siguiente.
Lo que se ganó y lo que se perdió
Los resultados del convenio fueron, sobre el papel, mediocres. La decepción mayúscula. Y todo esto teniendo en cuenta que existían pocas garantías de que los empresarios fueran a llevar a la práctica lo pactado. Todas las peticiones fueron sistemáticamente rebajadas por la patronal, especialmente las referidas al salario, donde tan solo se obtuvieron 175 pesetas para los peones. La imposibilidad de poder realizar asambleas masivas, una vez se volvió al trabajo, unido al hecho de que el convenio ya había sido firmado y a que los despidos y el aumento del paro no se hicieron esperar, motivaron que la presión de los trabajadores los debilitara aún más. Esto provocó que algunos militantes autónomos y cercanos a la HOAC lamentaran haber mantenido la lucha tan apegada a los márgenes legales. Aunque la lucha por el nuevo convenio de la construcción era un buen punto de partida, la acción quedó demasiado encerrada en ese cauce. Su principal autocrítica no provenía tan solo de su inexperiencia y de su corta visión en lo que se refiere a los objetivos, sino sobre todo a la falta de confianza que demostraron en la clase obrera. La radicalidad obrera del día 21 superó todas sus previsiones. Nadie la esperaba, nadie la mencionó. A pesar de haber sufrido una brutal represión desde el primer día de huelga, la voluntad de lucha de los albañiles granadinos fue tal que, aún varios días después, cuando se pensaba que la gente no daba ya más de sí, se propuso la vuelta al trabajo imponiéndose de nuevo el impulso de los trabajadores sobre la previsión de los militantes. Los obreros continuaron la huelga durante varios días más. Finalmente se volvió al tajo para que se firmara el convenio y una vez firmado, a pesar del gran descontento con que fue acogido, no se planteó reemprender los paros. Con la firma del convenio se había renunciado de antemano a ir más allá en la movilización y a detener la combatividad de la clase obrera. Esto fue lo que luego pesó sobre los militantes. Pensaron que los logros alcanzados eran suficientes por el momento y que la situación no daba para más. Y lo que no daba para más era el objetivo planteado: firmar el convenio y hacerlo cumplir, aunque el de 1970 no fuera un convenio más. Para estos militantes se hizo evidente que conseguir la firma de un convenio, por muy amplios niveles de peticiones que se incluyeran en el anteproyecto, no debía constituirse en el objetivo central de la lucha.19
Otra conclusión de la huelga de 1970, fue que las asambleas eran lugares determinantes, los espacios en los que se desarrollaban las más amplias posibilidades de concienciación y movilización de la clase obrera. Las autoridades franquistas aprendieron la lección tras haber dado permiso para realizar asambleas masivas. Precisamente fue ese el motivo para que no se permitieran las asambleas masivas durante la discusión del nuevo convenio de la construcción de Córdoba en 1970-1971. De hecho, en Granada, la falta de asambleas fue la causa central que motivó la pérdida de fuerza de los trabajadores. Al perderse el elemento aglutinador, el cauce de comunicación, discusión y decisión colectivo, descendió el nivel de cohesión y de presión. Esta imposibilidad de convocar y realizar asambleas hizo que reconquistasen un mayor protagonismo las acciones en las que participaban un número reducido de trabajadores. Fue el momento en el que los militantes volvieron a tener importancia, a pesar de que sus llamamientos tuvieran cada vez menos eco. La relación entre los miembros de la HOAC y los de CCOO se fue degradando a pesar de los intentos de coordinación. El motivo principal de los desencuentros se dio al plantearse acciones de mayor envergadura, como los paros de los días 21 de agosto, 21 de septiembre y 21 de octubre. Estos fueron convocados con el fin de recordar la fecha en la que murieron los tres compañeros y también de presionar para afianzar y ampliar los logros alcanzados con el convenio, la jornada de 8 horas y la lucha contra las represalias.
La intención de CCOO de instrumentalizar la lucha de los albañiles para servir a los objetivos de agitación política del PCE y su mala disposición a colaborar en igualdad de condiciones con otros grupos, acabó por destruir la labor de este grupo de coordinación. Los paros del 21 de octubre de 1970 fueron el último rebrote significativo de la huelga, aunque por culpa del desgaste señalado, ni estuvieron a la altura ni tuvieron la tensión de las dos semanas de julio.
Dada la dispersión del tejido empresarial granadino y debido a la imposibilidad de formar asambleas y de crear cauces de coordinación de los trabajadores a niveles más amplios, se pensaron otras formas de mantener la tensión y la unidad mediante las comisiones de empresa, las reuniones de barrio y los llamamientos. Sin embargo, no cuajó el intento de crear comisiones de empresa. Una vez se perdió la posibilidad de poder desarrollar asambleas masivas, las comisiones de empresa no consiguieron elevar el grado de organización, así como tampoco consiguieron una mayor eficacia. La prueba de que no resultaba inconveniente para los trabajadores crear estas comisiones, fue que en las empresas grandes, debido a la mayor concentración de trabajadores, se pudieron firmar varios acuerdos que mejoraban las condiciones recogidas en el convenio.
Tampoco cuajaron las convocatorias de huelga u otro tipo de presiones, como forma de solidaridad con los represaliados. El nivel de conciencia de la clase obrera en Granada creció mucho con motivo de la huelga de julio, tal y como lo muestra el tejido de organizaciones políticas que aparecieron en la ciudad durante la década siguiente. Sin embargo, los tres muertos de 1970 contribuyeron a que el miedo siguiera calado hasta el tuétano. Ésta es quizás la causa, junto a la falta de organización y de experiencia, de porqué no pudo llevarse a cabo, en ningún momento, una huelga general comarcal en solidaridad con los albañiles.
En cualquier caso, la experiencia de la huelga sirvió para que los convenios de los años sucesivos vinieran acompañados de unos cuantos días de paro en apoyo a las demandas. Se dejó sentir también un cierto cambio de las actitudes en el trabajo, por ejemplo en el trato hacia los albañiles y especialmente entre los propios albañiles. Las prácticas de solidaridad se volvieron así algo frecuente:
Y además los encargados lo sabían, porque sabían que la gente tenia una posibilidad y una mentalidad de unirse. Que no es como antiguamente, cuando antes de esto, cada uno iba a lo suyo y si el encargado la tomaba con uno pues los demás miraban para otro lado [...] Y yo recuerdo que ponían una espuerta en la puerta de la oficina y conforme venía la gente y salían y había una espuerta para echar dinero en solidaridad con los que habían sido represaliados. Bueno pues se echaba tanto dinero que sobraba para darles la quincena a aquellos que habían sido expulsados.20
Algunas partes del convenio fueron hechas cumplir en la práctica gracias a la presión de los propios trabajadores. Para los albañiles granadinos se debía poder vivir dignamente trabajando 8 horas. Una reivindicación que se vivía además como un objetivo solidario, en la misma medida en que las horas extra y los destajos aumentaban las cifras de paro y la emigración. Acciones cotidianas como la de trabajar sólo 8 horas se mantuvieron durante mucho tiempo, al igual que el trabajo a bajo rendimiento, que también se mantuvo durante las semanas siguientes a la huelga, con el objetivo de presionar para conseguir las mejoras pedidas que el convenio no alcanzó a reconocer. Otras formas de presión consistieron en no firmar hojas en blanco, en hacer denuncias en el Sindicato y en la Delegación de Trabajo. De hecho llegaron numerosas denuncias a la Delegación por despidos en represalia contra los trabajadores.
En julio de 1970 a los trabajadores les faltó quizás la prudencia y la sangre fría para plantear una presión combinada que pudiera romper la intransigencia patronal, por medio de paros parciales y de bajo rendimiento hasta llegar a la huelga total. Los albañiles granadinos, sin la tutela de ninguna organización, escogieron en cambio la alternativa más difícil y lo hicieron asumiendo todas sus consecuencias. La dureza extrema de la represión se debió tanto a la falta de experiencia de una policía que no supo reaccionar ante aquel estallido de cólera popular, como al peligro que para el Franquismo representaba la extensión de la protesta obrera, asamblearia y multitudinaria, en territorios distintos de los focos tradicionales de contestación, en las zonas industriales.
En un contexto de escasa organización obrera, los militantes cristianos tuvieron un papel destacado y por ello fueron los más condenados, tanto por la prensa y las autoridades como por ciertos sectores antifranquistas. A pesar de sus errores, su enorme prestigio entre los trabajadores y su alto grado de formación contribuyeron decisivamente a que las decisiones de la asamblea fueran respetadas al máximo y a que el PCE no se hiciera con el control de la movilización. Sin sus informes y análisis y sin las homilías que redactaron esta lucha no habría calado tan hondo en muchas capas de la población. Muchos de estos militantes cristianos y autónomos se instalaron junto a la población originaria del barrio de La Virgencica en los actuales Polígonos de la Cartuja y Almanjayar. Con ellos también se movió la organización que habían creado y al poco tiempo apareció una Asociación de Vecinos del Polígono. Con los años se volvieron a plantear grandes movilizaciones en este barrio, como el encierro en el palacio del arzobispo para protestar contra el paro, en el año 1975. De allí surgieron también las cooperativas de trabajadores de la construcción.21 No obstante, lo que pudo haber sido uno de los barrios más combativos de la ciudad de Granada, no pudo resistir la progresiva y espantosa degradación que sufrió desde finales de los setenta. La posterior avalancha de droga y delincuencia sepultó aquel proyecto de construir, desde la base, un barrio distinto. Las gentes más comprometidas acabaron por dispersarse.
Décadas más tarde la situación en el sector de la construcción de Granada vuelve a ser terrible. A rasgos generales no ha cambiado gran cosa: sigue siendo uno de los principales sectores de la economía provincial y la precariedad y los accidentes laborales están a la orden del día. Aquellos tres trabajadores que fueron asesinados por la policía el 21 de julio de 1970 son recordados cada año. Por tradición ese día no se trabaja en la construcción de Granada y los sindicatos mayoritarios aprovechan la ocasión para hacer un acto, generalmente una concentración junto a un monumento ubicado en la conocida plaza de La Caleta, cerca de donde los mataron. Si se mira de cerca el bajorrelieve del monumento, vemos que algunos de los trabajadores que se hayan esculpidos aparecen portando pancartas con las siglas de CCOO, UGT y hasta CGT. Eso no sucedió nunca. Ni la UGT, ni nada parecido a la CGT existían en aquella época en Granada. Tampoco en 1970 se llevaban pancartas con siglas de organizaciones ilegales, principalmente porque los propios albañiles nunca lo hubieran permitido. Pero a pesar de ser conscientes del error cometido, todas estas observaciones históricas no parecen relevantes. En otro lateral del monumento podemos leer con grandes letras «Democracia» y sin embargo sabemos que los miles de albañiles granadinos que participaron en la huelga de 1970 no se movilizaron por consignas políticas, sino que lo hicieron por mejorar sus condiciones de vida y que únicamente fueron ellos los protagonistas de su lucha. En el intento mataron a tres de ellos. Se llamaban Antonio Huertas Remigio, un chico de 22 años de Maracena; Manuel Sánchez Mesa, de 24 años y vecino de Armilla; y Cristóbal Ibáñez Encinas de 43 años y padre de cinco hijos. Ellos escribieron este capítulo de la sangrienta historia de Granada.
Granada, 2007.
Abiertamente alzamos la palabra
desde la tierra dura y las raíces.
De cada golpe duro recibido
os damos testimonio abiertamente.
Los sucesos que vamos a contar acerca de la lucha que tuvo lugar en la ciudad de Granada en el año 1970, durante la negociación de un nuevo convenio del ramo de la construcción, vinieron provocados por un antiguo malestar entre el pueblo trabajador granadino. Aquel trágico episodio de la lucha de clases, tuvo lugar en una ciudad que no había conocido una movilización de semejantes dimensiones en los treinta años anteriores. Las razones de esta parálisis son varias y en gran medida pueden remontarse a la gran derrota de 1936. Granada sufrió una brutal represión desde los comienzos de la guerra como consecuencia de la sublevación militar que se hizo con el control de la capital. La patronal, con el apoyo decidido de militares, guardias civiles y pistoleros falangistas, hizo pagar cara la fuerte conflictividad social que había caracterizado a la ciudad y a la provincia durante la primera mitad de la década de los treinta. Objetivo fundamental de esta represión fue el aniquilamiento total de todo el entramado organizativo de los trabajadores que tanto esfuerzo había costado levantar durante los años anteriores. Derrotados, sometidos al terror impuesto por los vencedores y devorados por el luto de sus familiares y compañeros asesinados, en las décadas posteriores a la guerra la clase obrera granadina apenas tuvo fuerzas o capacidad de respuesta. Vivió así una larga noche de miseria, explotación extrema y humillación. De hecho, en 1947, si bien el coste de la vida se había multiplicado, los empresarios granadinos todavía seguían pagando los mismos jornales de antes de la guerra.
En todo caso, los síntomas de una sorda rebelión se manifestaron entonces en el instinto de fuga de miles de personas, que se animaban a emigrar, a volver a empezar lejos de tanta miseria inducida. Indudablemente, contribuyó también el pertinaz estancamiento de su medio agrario. De este modo, entre 1950 y 1970 Granada perdió casi 300.000 personas, la mitad de su población. Cada año unos 15.000 granadinos y granadinas hacían las maletas y se marchaban, fundamentalmente con destino a Cataluña, pero también a otras regiones y a los países europeos más ricos. También fue mucha la gente de los pueblos que se instaló en la ciudad de Granada. Los que se quedaron debieron soportar las durísimas condiciones de trabajo de una economía subdesarrollada, instalada a su vez en un Estado subdesarrollado en la periferia de Europa occidental. De este modo, lejos de resolver los graves problemas estructurales de la provincia, el desarrollo económico del capitalismo español en la década de 1960 hizo de Granada la periferia de la periferia. Marginada por todos los planes de desarrollo del Franquismo, la Granada de 1970 era una ciudad agrícola sin desarrollo ni industrialización, compuesta por funcionarios y administrativos, por una población que vivía del comercio, los transportes, pequeños talleres de diversa índole y un sector de la construcción que había ido desarrollándose paulatinamente a lo largo de la década anterior. A parte de eso Granada era, como tantas otras zonas del Estado, un mercado de consumo de lo que se elaboraba en otras regiones.
En una ciudad así, los obreros de la construcción constituían el sector mayoritario de la población trabajadora. Se trataba fundamentalmente de gentes recién llegadas del campo. Personas que habían sufrido una gran transformación de sus condiciones de vida. Desarraigados de la vida rural, experimentaron el tránsito hacia una forma de vida más mercantilizada, más dependiente del salario. Pero los salarios de los albañiles apenas daban margen, y mucho menos permitían buscar consuelo en los incipientes hábitos del consumo de masas que se habían ido extendiendo en otras zonas del Estado. Amparados por la abundante mano de obra y la legislación favorable, los empresarios del sector exprimían al máximo a la clase obrera local, repartiendo unos salarios de hambre. De hecho, las lamentables condiciones de trabajo en el sector de la construcción de Granada pueden resumirse así: los obreros peones cobraban unas 1.200 pesetas semanales, en las que estaban incluidas las pagas, los permisos y el plus familiar. Las jornadas eran de 10 horas y se trabajaba seis días a la semana, y además estaban generalizados el sistema de destajos2 y las horas extra, lo que provocaba un alto nivel de paro. Los contratos eran generalmente de 4 ó 6 meses, previo periodo de prueba de 15 días. Así era habitual que los obreros pasasen de una empresa a otra de forma recurrente, además de que fuesen frecuentes los periodos de inactividad. Cada cierto tiempo los trabajadores eran despedidos o trasladados de empresa, se evitaba de este modo que llegasen a formar parte de la plantilla, manteniendo un permanente estatuto de eventuales. El fraude a la Seguridad Social era práctica frecuente por parte de la patronal, además de que muchas de las empresas que hacían contrato no diesen de alta a los trabajadores.
En la hoja de salario casi nunca se reflejaba el salario real, e incluso algunas empresas obligaban a los obreros a firmar un recibo en el que constaba que debían dinero a la empresa. Gracias a estos procedimientos las empresas resultaban invulnerables frente a las reclamaciones ante Magistratura.3 Los índices de siniestralidad laboral eran altísimos, debido en gran medida a la presión bajo la que se trabajaba. Por otra parte, para mantener la paz en los tajos, eran frecuentes los malos tratos y las vejaciones cotidianas por parte de los encargados:
A las 8 comenzábamos a trabajar. Como peón de encofrado desarrollaba mi trabajo a la intemperie. Recuerdo que en el invierno de 1969 trabajábamos en el barrio de la Plaza de Toros. Comenzó a nevar. El empresario se situó en medio de la planta superior del bloque, aún sin cubrir, donde trabajábamos encofradores y ferrallistas, embutido en su abrigo, sus guantes de piel, su bufanda, su sombrero y su paraguas. Nos miraba retándonos, a ver quien era el valiente de protegerse de la nieve o de la lluvia en la planta inferior o en exigir un impermeable a la empresa, ambas posibilidades estaban recogidas en el convenio de la construcción. Ninguno nos atrevimos a hacerlo.4
Los despidos o la no renovación de contrato a quienes protestaban, unidos al miedo impuesto por el Estado franquista, hacían el resto.
Prepararse para luchar
Es esta nuestra voz y nuestra lucha,
nuestra sangre vertida, inevitable
como el sudor amargo de las horas
trabajadas sin fin y sin principio.
En estas condiciones organizarse resultaba una tarea complicada. La estructura empresarial era minifundista y la ciudad apenas contaba con empresas que tuvieran más de cinco empleados. A finales de los años sesenta, las organizaciones militantes que tenían presencia efectiva en Granada eran el Partido Comunista de España junto a Comisiones Obreras y un equipo muy activo de la Hermandad Obrera de Acción Católica. Sus respectivos estilos de militancia eran muy distintos. Los comunistas se habían ido consolidando desde comienzos de los años sesenta en algunas zonas de la capital y de los pueblos cercanos.5 Las CCOO habían aparecido en Granada en 1965, pero a diferencia de otras zonas del Estado éstas no surgieron a partir de procesos asamblearios amplios, sino de la decisión política del PCE de constituirlas como movimiento socio-político que actuara según las consignas del Partido.6 Aprovechando un contexto de aparente liberalización de la Dictadura y con el fin de poder desarrollar prácticas reformistas, los comunistas consiguieron introducirse en el Sindicato Vertical. En las elecciones sindicales de 1966 llegaron así a copar la sección de albañilería del Sindicato de la Construcción. Por su parte los militantes de la HOAC realizaban un intenso trabajo de base en el desaparecido barrio de La Virgencica. Este barrio estaba formado por un conjunto de albergues adosados prefabricados, de un tamaño minúsculo. Fue construido en la zona norte de la ciudad con el fin de acoger a la población de los antiguos barrios populares, como el Albaicín y las cuevas del Sacromonte afectados por las inundaciones del otoño-invierno de 1962-1963. La Virgencica era un barrio de población fundamentalmente obrera, donde la mayoría de los varones trabajaba en la construcción y las mujeres en el servicio doméstico. Algunos de sus habitantes eran militantes comunistas o cristianos y convivían con muchas personas que, sin militar en ninguna organización, tenían un elevado sentido de su dignidad. A pesar del supuesto carácter provisional de los alojamientos, la estancia en esta barriada improvisada se fue prologando en medio de unas condiciones de vida paupérrimas: las viviendas resultaban espantosamente calurosas en verano y muy frías en invierno, debido a su estructura de placas de cemento de sólo diez centímetros de grosor. A esto se añadían graves carencias en la gran mayoría de los servicios básicos, como asfaltado, iluminación, transporte, escuelas, recogida de basuras, etc. Estas circunstancias propiciaron que en 1967 y por iniciativa de un grupo de militantes de la HOAC procedentes de Bilbao e instalados en el barrio, se consiguiera legalizar una Asociación de Vecinos, una de las primeras de todo el Estado.7 El local de la asociación era la parroquia, desde la cual se planificaban multitud de acciones en asambleas semanales con el fin de conseguir mejoras para el barrio y en las cuales las mujeres tenían un papel destacado. A diferencia de la gente del PCE, los militantes de la HOAC estaban más interesados en impulsar procesos de autoorganización. A través de la asociación priorizaban la formación y la toma de conciencia de las personas con el fin de que lucharan por sus derechos, no sólo en el barrio sino también en sus lugares de trabajo, animándolas y proporcionándoles herramientas para que pudieran desarrollar formas de organización, siempre según el principio de que debían ser ellas mismas las protagonistas de su liberación. En la asociación se iban dando ideas de la injusticia que existe, el porqué existe, los mecanismos que existen. Y como el mundo obrero no puede salir de esa situación como no sea uniéndose, formándose y preparándose para luchar contra esta situación y tratar de que las cosas cambien.8
En los años finales de la década de los sesenta fueron estableciéndose contactos entre los militantes varones de ambas organizaciones y personas independientes, todos ellos trabajadores de la construcción, que confluían en las obras procedentes de casi todos los barrios de la ciudad, además de los pueblos cercanos. En los tajos, la hora del bocadillo resultaba fundamental para el conocimiento mutuo y para generar las primeras inquietudes políticas. Entre quejas y chistes, se leían periódicos en voz alta y se charlaba recordando todo lo que se había luchado en el pasado y todo lo que quedaba por hacer: Los centros de trabajo eran verdaderas escuelas, donde los jóvenes aprendíamos el sentido de la vida y las razones para luchar por una vida distinta. En las horas del bocadillo, a las diez de la mañana, y de la comida del mediodía, todos los trabajadores se reunían alrededor de un fuego, si era invierno, o alrededor de un botijo de agua, si era verano. En esas mini asambleas se podía hablar de todo, y casi en total libertad, siendo así como muchos de los que ahora tenemos más de cincuenta años forjamos nuestro espíritu de rebeldía.9 Este clima de crecimiento colectivo y de expansión de la conciencia de eplotación, ayudó a que los militantes pudieran impulsar de forma muy participativa la elaboración de un anteproyecto del convenio provincial de la construcción. En la medida en que las autoridades franquistas consideraban Granada como una provincia «tranquila», los albañiles contaron con un margen de maniobra bastante amplio, utilizando muchos de los instrumentos legales que la fachada aperturista del
régimen ponía a disposición de los representantes obreros de aquellos años. Esto se expresó fundamentalmente en dos aspectos: la elaboración de una encuesta entre los trabajadores con el fin de que ellos mismos pudiesen definir sus demandas concretas y de desarrollar asambleas con carácter informativo en el local del Sindicato. De este modo, algunos miembros de la parte social,10 antes de comenzar las negociaciones del convenio, imprimieron un cuestionario-encuesta con preguntas relativas a los salarios, la duración de la jornada laboral, las horas extra, los destajos, los despidos, las nóminas, las plantillas, etc. Se imprimieron unos 400 ejemplares, que fueron repartidos a través del propio Sindicato entre trabajadores de distintas empresas y que sirvieron de base para la discusión de las mejoras laborales. Pasado un tiempo, muchos de los que habían recibido la encuesta comenzaron a reunirse en los locales de la asociación de vecinos de La Virgencica y en otros puntos de la ciudad con el propósito de elaborar el anteproyecto del convenio. Por estas asambleas pasaron entre 100 y 200 personas. Las demandas fundamentales, recogidas en el anteproyecto, fueron: la reducción de las diferencias salariales entre las diversas categorías, un salario para el peón de 240 pesetas por 8 horas a rendimiento normal, la eliminación de las horas extraordinarias y los destajos que embrutecían al trabajador y aumentaban el paro, así como reducir al mínimo posible la eventualidad y los despidos. Los trabajos de comunicación entre los albañiles granadinos acerca de la marcha del convenio, realizados tanto por parte de los militantes de las organizaciones como por personas independientes que fueron sumándose al proceso, prepararon el terreno para que la asistencia a las asambleas informativas se convirtieran en un acontecimiento masivo.11 Se pretendía, y se insistió en ello desde el principio, que lo acordado con la patronal no tuviera validez hasta que la asamblea lo diera por bueno. Por otra parte, el objetivo de los militantes que planificaron la elaboración del convenio de 1970 no era conseguir un acuerdo definitivo, sino más bien instalar una dinámica en la cual se pudiera negociar un nuevo convenio cada año, de tal forma que sirviera de base para aumentar el grado de conciencia y organización de la clase obrera en Granada. En la medida en que pudieron desarrollarse reuniones y asambleas masivas con relativa normalidad, las expectativas y la presión para sacar adelante el convenio fueron tomando cuerpo. Efectivamente las reuniones de los trabajadores, la posibilidad de contrastar opiniones y tomar conciencia de la fuerza de su número y gozar juntos del sentimiento, hasta entonces desconocido, de estar todos unidos en una lucha concreta con el propósito de acabar con tanta injusticia, constituían la mejor arma para afrontar el conflicto.
Cómo se llegó a la huelga
Nos escuece la piel, esta segunda
piel de hombre nocturno, que no surge
desde la luz, sino desde la muerte,
bajo la lluvia, el sol y el latigazo.
Las negociaciones para la firma del nuevo convenio se iniciaron el 17 de junio de 1970. Frente a la actitud intransigente de los empresarios, que aparte de no ceder pretendieron negociar de espaldas a los trabajadores, se convocó la primera asamblea informativa en el salón de actos del Sindicato el día 30 de ese mismo mes. Asistieron 700 albañiles. La parte social volvió a solicitar permiso para convocar otra nueva asamblea el 7 de julio, coincidiendo con la tercera sesión de la comisión deliberadora, a la que asistieron más de mil trabajadores. Salvo los más mayores, nadie más recordaba algo semejante en Granada y, a pesar de la buena voluntad, la falta de experiencia provocaba que predominara cierto caos comunicativo. Por otra parte el peligro ya se dejaba intuir. Perfectamente informada de la marcha de los acontecimientos, la policía secreta se apostó desde el primer momento en las escaleras del edificio del Sindicato con el fin de amedrentar a los trabajadores. Al término de esta gran asamblea informativa se acordó celebrar una tercera al día siguiente. Esta asamblea no pudo celebrarse y se aplazó para el día 16 y posteriormente para el día 20, coincidiendo esta vez con la cuarta sesión de la comisión deliberadora del convenio. La actitud de la patronal era tan cerrada que muchos sospechaban que la ruptura no tardaría en producirse. Y así fue. El clima de tensión que dominó la cuarta sesión de la comisión deliberadora provocó la ruptura de las negociaciones. El punto de desacuerdo fue principalmente la cuestión del salario. Los trabajadores habían rebajado su petición inicial de 300 pesetas diarias, y ahora pedían 240 de sueldo íntegro para los peones de albañil, mientras que los empresarios no estaban dispuestos a ofrecer más que 170 pesetas divididas en tres partes: el salario, un plus de asistencia al trabajo y un plus de constancia. Los empresarios rechazaron también la petición de que, con el propósito de mitigar la eventualidad en el empleo, se adquiriera la categoría de obrero fijo a los cuatro meses de trabajo, antes eran precisos seis. Igualmente se rechazó la petición de los trabajadores de convertir todas las fiestas del calendario laboral en absolutas, abonables y sin recuperación y se dejó sin resolver la cuestión de la percepción de indemnizaciones en caso de accidentes y enfermedades profesionales. Pese a que los representantes obreros hicieron reiteradas concesiones, la obstinada negativa de la patronal hizo imposible seguir con las deliberaciones.
Las posibilidades legales de obtener sus demandas se estaban agotando en esta situación. Según la legislación laboral vigente, si no se había producido el acuerdo entre las partes, aún quedaba la posibilidad de nuevas negociaciones, cambiando el presidente. Si éstas fracasaban quedaba el recurso a la Norma de Obligado Cumplimiento. En cualquier caso estas posibilidades estaban totalmente fuera del alcance de la acción legal de los representantes de los obreros y dependían exclusivamente de las autoridades franquistas.
La ruptura de la negociación del convenio fue comunicada en la asamblea masiva que se celebró la tarde del mismo día 20 de julio. Ante un auditorio de miles de personas, abarrotado el salón de actos del Sindicato y muchos esperando en la calle, se fueron leyendo las propuestas y contraofertas de ambas partes negociadoras y la nota definitiva de ruptura. El ambiente estaba tan cargado de frustración e impaciencia, que durante la lectura del acta se abucheó continuamente al presidente de la parte social con gritos de «¡al grano, al grano!». El mensaje de la patronal estaba claro y a la desesperación de los trabajadores se unió una profunda indignación. Aquel salón de actos ardía de calor y de rabia. Una vez leídos los puntos de desacuerdo, se cedió el micrófono a todo aquel que tuviera algo que decir y comenzaron a llover las propuestas para ejercer presión sobre los patronos. Todos compartían la sensación de que se habían agotado las posibilidades de negociación y de que habría que recurrir a otros medios con el fin de obligar a ceder a los patronos. Los militantes de las diversas organizaciones apostaban por la moderación: se propuso que el Sindicato diera dos días de huelga pagada, propuesta que el presidente de la parte social dijo que no podía respaldar, por lo que nuevamente fue abucheado. Otra propuesta fue la de no desalojar el edificio de Sindicatos hasta que se diera una respuesta positiva a las reivindicaciones, pero el intenso calor que hacía en el recinto motivó que esta invitación no fuera bien acogida. Frente a todas estas propuestas, la asamblea se inclinaba con decisión hacia la huelga indefinida como método de presión. Muchos militantes seguían sin verlo claro y los que intervinieron hicieron grandes esfuerzos por evitar esta salida. Se dudaba fundamentalmente de la preparación de la clase obrera granadina para una huelga, ya que en intentos de movilización anteriores se había mostrado bastante indiferente.
Tampoco se había creado una caja de resistencia ni existía una logística capaz de solucionar las consecuencias derivadas de la prolongación del conflicto. Los reacios a la huelga, en su mayoría personas con más experiencia política, apostaban en cambio por trabajar a un ritmo lento, lo que también resultaba muy perjudicial para la patronal y no era tan arriesgado para los trabajadores. Pero estos militantes no pudieron, no quisieron o no se atrevieron a desobedecer el sentir general de una asamblea en la que toda intervención partidaria de la huelga era recibida con ovaciones. Finalmente se dio un tiempo para pensar y llegó el momento de la votación a mano alzada. Una abrumadora mayoría decidió: «Huelga; mañana todos aquí a las 8 para pasar juntos por los tajos y recoger a los que faltan, a los que no están presentes aquí».
La asamblea terminó a las diez y media de la noche. Había durado tres horas. En esos momentos se había convertido en el máximo órgano dirigente, con un desarrollo rápido, ordenado y claro en comparación con todas las asambleas anteriores. Después de la experiencia vivida desde junio, la asamblea había madurado como forma de organización, en un proceso que siendo participativo desde la base, había permitido una gran identificación colectiva con la discusión del convenio. El hecho de que la ruptura de las negociaciones se asumiera como una decisión de todos era prueba de ello. Sin duda éste era el convenio de la mayoría de los trabajadores de la construcción de Granada, lo sentían como propio y estaban dispuestos a sacarlo adelante mediante la huelga, asumiendo todas las consecuencias que se derivaran de tal decisión. Así fue como al término de la asamblea, la noticia de la convocatoria del paro para el día siguiente voló de boca en boca por los barrios y pueblos cercanos. Esa noche se durmió poco.
Comienza la huelga
No fueron tres tan solo. Nos quedamos
todos sobre la tierra sorprendida,
descubriendo de pronto, una vez más,
las ocultas razones de las cosas.
Desde antes de las 8 de la mañana del día siguiente, lunes 21 de julio, los trabajadores se fueron concentrando en el bulevar, frente al edifico de Sindicatos, hasta contar más de 6.000 personas:
Desde los distintos puntos extremos de Granada, grupos de albañiles acudieron a la cita de las ocho de la mañana recogiendo por el camino a los compañeros de las obras que no se habían enterado por no haber asistido al acto el día anterior. No hubo necesidad de amenazas, al menos este testigo no las presenció. Algunos autobuses de obras lejanas a la capital partieron con obreros que, dado lo precipitado de la decisión, y por la falta absoluta de organización previa, no llegaron a decidirse a acudir a los Sindicatos.12
El paro era casi absoluto en Granada y en los pueblos de los alrededores, donde se calcula que lo habían secundado más de 12.000 trabajadores. Dadas las facilidades que habían recibido por parte de las autoridades en la fase previa del proceso, muchos acudieron convencidos de que aquella concentración era legal. Con su presencia pacífica los albañiles presionaban para hacer visible la necesidad de proseguir las negociaciones del convenio y de que fueran atendidas convenientemente sus peticiones. Casi todos planeaban pasar allí juntos la jornada, y por ese motivo el lugar estaba lleno de motos y de bicicletas aparcadas con cestas de comida, justo delante de un nutrido grupo de la policía armada que custodiaba el edificio:
Había un cierto aire de inocencia en todos los allí presentes. Era la primera vez que casi el cien por cien de los asistentes participábamos en un acto así, imaginado solamente por los libros. La mayoría íbamos con ropa de domingo y comentábamos con cierta euforia el éxito que hasta ese momento estaba teniendo la convocatoria. Recuerdo a algunos chicos del club juvenil de la parroquia (del barrio de La Virgencica) cuyos rostros expresaban la alegría y la emoción que estaban viviendo en su interior. Era como una especie de bautismo de fuego.13
Ante la enorme energía allí concentrada y el entusiasmo reinante, comenzaron a llegar las iniciativas de movilización. La concentración se dirigió entonces en dirección al cercano Camino de Ronda, con la intención de que se sumaran a la huelga algunas obras que todavía no lo habían hecho, era la zona en la que por entonces se construían los nuevos edificios universitarios. De este modo, un enorme piquete de miles de personas marchó con tranquilidad por las aceras, parando todas las obras y recogiendo a más albañiles de los tajos. A pesar de la actitud reiteradamente pacífica de los manifestantes, que no cortaron el tráfico e incluso pidieron ser escoltados por los guardias, la policía les salió al encuentro, dándoles tres minutos para disolverse.
Para evitar el enfrentamiento y para dar a entender que la suya era una protesta exclusivamente económica, muchos de los albañiles levantaron el brazo y comenzaron a gritar «¡Franco, Franco, Franco…!», lo que no evitó la carga policial. Ante los golpes, la multitud retrocedió hasta una zona en obras donde había abundante material y desde allí contraatacaron. Una espesa lluvia de piedras hizo retroceder a la policía y produjo cinco heridos en sus filas. El encuentro duró apenas diez minutos y visto el resultado, y sin disolverse, la gente decidió regresar a la puerta del Sindicato. En el camino de vuelta ambas partes, policías y trabajadores, trataron mutuamente de calmarse los ánimos tras este primer estallido de violencia. Pese a todo, nadie parecía presagiar lo que luego pasó.
Un intermedio de calma. De las 9 a las 11 de la mañana los albañiles se volvieron a concentrar pacíficamente en el bulevar, algunos conversando incluso con la fuerza pública y comentando con humor el enfrentamiento reciente, ya que muchos de ellos eran conocidos, vivían en los mismos barrios y procedían de los mismos pueblos. Con intermitencia la multitud concentrada iba exigiendo soluciones concretas, lo que motivó que se creara una comisión de representantes obreros con el propósito de ir a hablar con el delegado provincial de trabajo y con las autoridades sindicales, que les presionaron para que acabaran con la huelga. Hacia las 11 los miembros de esta comisión hablaron ante la multitud con un megáfono prestado por la policía y propusieron disolver la concentración, pidiendo a los albañiles que se reintegraran al trabajo a las 2 de la tarde y que ellos tratarían de que se les abonase el salario de la mañana, garantizando que las negociaciones del convenio continuarían. Esta opción fue rechazada por la multitud. En esos momentos una persona agarró el megáfono y propuso continuar la huelga y convocar otra asamblea para el día siguiente a las 8 de la mañana, lo que fue aceptado. Los albañiles granadinos eran en ese momento plenamente conscientes de que la patronal no iba a ceder por las buenas y que sólo su propia fuerza, puesta en práctica mediante la huelga, podría servir como instrumento de presión para alcanzar sus reivindicaciones. Había miedo, sin duda, sabían que estaban participando en un acto sin precedentes en la reciente historia de la clase obrera granadina. Pero sus decisiones no eran fruto de un momento de euforia, tal y como lo prueba el mes de asambleas que llevaban a sus espaldas y el hecho de que se hubieran concentrado varios miles de personas en actitud firme y resuelta, sin llamamientos o consignas de ningún grupo político.
A pesar de la calma que había caracterizado a la policía tras el primer enfrentamiento de la mañana, sobre el mediodía se produjo súbitamente un cambió de actitud. La explicación de la anterior calma policial parece indicar que aquel intervalo de tiempo fue utilizado por el gobernador civil para pedir refuerzos policiales a Málaga y a Jaén.
Ante el rechazo manifiesto de los trabajadores a acatar las condiciones impuestas por las autoridades sindicales, las fuerzas del orden se replegaron, ordenando la dispersión y anunciando una carga si al tercer toque de corneta no se había dispersado la multitud. Nadie llegó nunca a oír el tercer toque. Al segundo toque comenzaron los golpes y se inició una desbandada en la que los trabajadores quedaron divididos en dos grupos desiguales.
La mayoría de los obreros se replegaron hacía la zona de La Caleta con lgunos heridos. Al llegar a la altura de la calle Doctor Oloriz se dio una coincidencia que fue determinante para el desarrollo posterior de los acontecimientos. Tropezaron con un camión cargado de bovedillas que bajaba por la calle y que tuvo de detenerse al toparse con la multitud. Inmediatamente, algunos jóvenes treparon al camión y empezaron a arrojar contra la calzada los materiales de obra, haciéndolos añicos.
Esos cascotes fueron utilizados junto con trozos arrancados del pavimento como munición por parte los trabajadores, que iniciaron entonces una contraofensiva a pedradas, primero obligando a la policía a replegarse hasta los Sindicatos, y después a escapar y a buscar refugio donde pudieran.
Las bombas de humo demostraban una escasa eficacia, ya que la mayoría eran devueltas por los albañiles, que en su avance volcaron y destrozaron todos los vehículos policiales que encontraron a su paso. El nivel de violencia que llegó a adquirir el enfrentamiento fue brutal. Fue en esos momentos de enorme confusión cuando, mezclados con los gritos de calma que nadie escuchaba, empezaron a sonar los disparos. Desenfundando y abriéndose paso a tiros, la policía lanzó un ataque definitivo persiguiendo a la gente que se dispersaba por las calles. Pese a los disparos, la determinación de algunos albañiles era tan grande, que durante un cierto tiempo sostuvieron el enfrentamiento:
Hasta entonces los policías nos atacaban con las porras y botes de humo, pero de pronto empezaron a disparar los tiros, primero al aire y después a todo lo que se movía, muriendo entonces los tres compañeros. Aunque pueda parecer mentira, en los primeros momentos, los trabajadores no tuvieron miedo de los disparos, pero cuando se empezó a ver a los compañeros tirados en el suelo cubiertos de sangre, la cosa cambió. Cada cual empezó a refugiarse donde podía, carreras por las calles, lanzamiento de ladrillos, detenciones, etc.14
No todos los tiros se hicieron con intención de dar en el blanco, hubo muchos al aire. Pero tras la tremenda confusión de la batalla el resultado resultó desolador: tres muertos y decenas de heridos, muchos con disparos en las piernas o en zonas vitales. Por parte de la policía hubo unos 30 heridos, algunos de extrema gravedad. Salvo los que hubieron de ser ingresados por la gravedad de sus heridas, la mayoría de los trabajadores heridos fueron atendidos en clínicas particulares debido al temor a la represión. Más de un centenar de obreros fueron detenidos, muchos al ir a recoger sus vehículos a la puerta de los Sindicatos donde los esperaba la policía secreta.
La huelga continúa
No hemos llorado, es cierto. Este dolor
no nos cabe en las lágrimas desnudas.
Sólo tiene lugar si es compartido
por cada hombre, y transformado en actos.15
Al día siguiente, martes 22 de julio, a pesar del pánico y de la consternación presentes en Granada, la huelga continuaba. La Guardia Civil vigilaba todas las entradas a la ciudad y en los retenes se impedía el paso a los albañiles de los pueblos cercanos. Por orden del gobernador civil, los tres muertos del día anterior habían sido urgentemente enterrados en secreto para evitar altercados públicos. El grueso de los trabajadores se encontraba desconcertado. Nadie podía asegurar que la huelga continuaría, y algunas personas se estaba presentando de nuevo en las obras. Únicamente en el pueblo de Maracena, de donde procedía uno de los trabajadores asesinados, se vivía una situación de huelga general. En ese momento surgió la iniciativa de un grupo de trabajadores cercanos a la HOAC de encerrase en la catedral de Granada. Los objetivos del encierro eran los de realizar un funeral por los muertos, reforzar las decisiones colectivas que se habían tomado y celebrar asambleas con el propósito de decidir cómo continuar con la lucha. La labor mediadora de los curas obreros fue decisiva para obtener garantías, por parte el deán de la catedral, de que podrían permanecer allí. Los curas obreros también fueron fundamentales con el fin de ayudar a calmar los ánimos e impedir, por ejemplo, que la gente se lanzase al asalto de la sede del diario Ideal y de otros periódicos de la ciudad, que ya habían empezado a publicar falsedades respecto a lo sucedido el día anterior.16
La catedral se mantuvo abierta todo el día y la gente comenzó a acudir. Mil personas, hombres y mujeres, llegaron a vencer el miedo, reuniéndose allí en asamblea permanente. Los reunidos decidieron organizarse en grupos de discusión para confluir luego en sucesivas asambleas generales. En estas asambleas se ponían en común los puntos de acuerdo y se aprobaban los escritos elaborados para los medios y las autoridades, pero sobre todo para el resto de los trabajadores de la construcción de Granada. La inteligencia colectiva y el sentimiento de ser una comunidad en lucha les ayudó a protegerse de la evidente presencia de infiltrados dentro de la catedral. Todas las personas que participaron en esas asambleas fueron obligadas a mostrarse al resto, a ser reconocidos por sus compañeros a mano alzada. Gracias a este procedimiento más de un policía de paisano se vio obligado a abandonar furtivamente el lugar. Todos los comunicados que se redactaron iban firmados por «El grupo de trabajadores de la catedral» y son una muestra de la conciencia adquirida en ese momento:
– El estar juntos nos está metiendo en un ambiente de unión, estamos informados, nos sentimos fuertes, seguros. Las mujeres están incorporadas a nosotros. Granada entera, además, se está enterando de nuestros problemas, de lo que pretendemos, y de cómo nos estamos comportando.
– Si la huelga la hiciéramos en nuestras casas, permaneceríamos incomunicados, y no sabríamos qué hacer en cada momento. Aquí nos vemos, hablamos, discutimos y vamos aclarando nuestras ideas, al mismo tiempo que nos afirmamos en nuestra decisión.
– Sentimos sobre nosotros la responsabilidad de que todos los obreros españoles tienen la vista fija en lo que estamos haciendo, en lo que hemos de hacer. Creemos que estamos realizando algo que será muy importante en la historia obrera de España.
Por la noche, cuando llegó la hora de cerrar las puertas, los que quisieron se quedaron encerrados, los demás se fueron. Paradójicamente las mujeres que estaban participando de la lucha también quisieron quedarse a dormir, pero después de ser valorado en la asamblea, se les dijo que no. Los trabajadores encerrados querían transmitir una actitud ejemplar y evitar las habladurías, sin embargo sus precauciones fueron inútiles. Los medios mintieron igualmente, diciendo que mujeres y niños habían dormido en la catedral.
Al día siguiente la policía cercó el lugar y ya no dejó entrar a nadie. Tampoco dejaron entrar comida. Su objetivo era que el encierro sucumbiera por falta de apoyo y alimentos. De hecho fueron detenidos y torturados en comisaría algunos de los encerrados que habían salido de la catedral para comprar cervezas con el dinero recogido de una colecta. Pese a las presiones del gobernador, las autoridades eclesiales apoyaban el encierro y no permitieron que la policía entrara a cesalojarlos.17 El carácter espontáneo de esta acción y el hecho de que fuera secundada por un gran número de personas, provocó extrañas reacciones en algunos dirigentes de CCOO y del PCE, que lo interpretaron como una grave amenaza hacia el protagonismo de sus organizaciones:
El número de concentrados fue disminuyendo con rapidez, debido en parte, a que CCOO no participó en él. Yo fui testigo de cómo un militante destacado de ese sindicato pedía a su hijo que abandonase el encierro porque estaba manipulado por los curas […] después un militante (la misma persona) muy importante de este sindicato y del PCE repartía panfletos en la Plaza de las Pasiegas a dos pasos de la policía, que rodeaba la catedral, provocando su detención, como así sucedió y queda reseñado en los relatos que se hicieron de aquellos días. En esta ocasión también estaban firmados con sus siglas.18
De este modo, y dado que se permitía salir a quien lo deseara con garantías de que no se le haría nada, al día siguiente, día 23, mucha gente se fue descolgando del encierro. El día 24, salieron finalmente unas 80 personas.17
Mientras tanto, en el exterior y presionados por las autoridades, los miembros de CCOO hicieron llamamientos por radio y prensa para que finalizara la huelga. El día 23 la policía les permitió entrar en la catedral y hablar con los encerrados. Tras este diálogo los encerrados redactaron un escrito a las autoridades, en el que consideraban más conveniente reanudar las conversaciones del convenio, siempre y cuando los trabajadores decidieran regresar al trabajo de forma voluntaria. Pero la huelga continuaba. En un comunicado conjunto de las dos partes, social y económica, se pidió la reanudación de las deliberaciones. Ante estas peticiones de reanudación de las negociaciones del convenio, respaldadas además por la huelga, la Delegación de Trabajo accedió a la continuación de las deliberaciones, poniendo como condición la vuelta al trabajo. Sin embargo, ésta no se produjo hasta el día 29. Cuando los obreros de la construcción volvieron al trabajo, lo hicieron imponiendo también sus condiciones, que se expresaron en una hoja difundida por un grupo de trabajadores el día 30 de julio. En pocas palabras, planteaban dar un plazo de una semana para la firma del convenio. Si pasado ese plazo no se llegaba a un acuerdo, se amenazaba con nuevas acciones. De este modo, se reconocía por una parte que la vuelta al trabajo era una condición para sacar adelante un convenio digno. Sin embargo, y por otra parte, se pedía a los trabajadores que mantuvieran actitudes de protesta, como la de trabajar sólo 8 horas, sin horas extraordinarias ni destajos y la de recordar antes del trabajo, durante una semana, en pie y en silencio, a los compañeros muertos. Para garantizar un seguimiento de la discusión del convenio, durante esa semana proponían que se presentasen los enlaces en Sindicatos a las seis y media. Donde no hubiera enlaces, deberían elegirse dos compañeros que fuesen a Sindicatos todos los días. Finalmente se hacían llamamientos a la solidaridad económica entre los propios trabajadores:
El que necesite dinero, que lo pida. El que tenga dinero que lo de al que le hace falta. Y esto que lo hagan también los otros gremios y ramos. Ya hay quien parte el jornal con otro que no puede trabajar. No nos olvidemos de los heridos y detenidos. Se hace todo lo que se puede. Pero que nadie pase necesidad por querer conseguir lo que es justo. PODEMOS y debemos apoyarnos unos a otros.
Durante aquellas semanas las acciones de solidaridad en todo el Estado y a nivel europeo con la lucha de los albañiles granadinos fueron espectaculares. Se recaudaron fondos para ayudar a las familias de los muertos, a los heridos, a los represaliados y despedidos por las acciones y con el fin de continuar la lucha. Se consiguió una apreciable cantidad de dinero, descontando el famoso millón de pesetas que ETA anunció haber obtenido en un atraco para destinarlo a las familias de los obreros muertos y del cual nunca se supo nada. Finalmente, en la madrugada del día 3 de agosto, antes de que terminara el plazo, se firmó el nuevo convenio colectivo provincial de la construcción. La noticia apareció en la prensa al día siguiente.
Lo que se ganó y lo que se perdió
Los resultados del convenio fueron, sobre el papel, mediocres. La decepción mayúscula. Y todo esto teniendo en cuenta que existían pocas garantías de que los empresarios fueran a llevar a la práctica lo pactado. Todas las peticiones fueron sistemáticamente rebajadas por la patronal, especialmente las referidas al salario, donde tan solo se obtuvieron 175 pesetas para los peones. La imposibilidad de poder realizar asambleas masivas, una vez se volvió al trabajo, unido al hecho de que el convenio ya había sido firmado y a que los despidos y el aumento del paro no se hicieron esperar, motivaron que la presión de los trabajadores los debilitara aún más. Esto provocó que algunos militantes autónomos y cercanos a la HOAC lamentaran haber mantenido la lucha tan apegada a los márgenes legales. Aunque la lucha por el nuevo convenio de la construcción era un buen punto de partida, la acción quedó demasiado encerrada en ese cauce. Su principal autocrítica no provenía tan solo de su inexperiencia y de su corta visión en lo que se refiere a los objetivos, sino sobre todo a la falta de confianza que demostraron en la clase obrera. La radicalidad obrera del día 21 superó todas sus previsiones. Nadie la esperaba, nadie la mencionó. A pesar de haber sufrido una brutal represión desde el primer día de huelga, la voluntad de lucha de los albañiles granadinos fue tal que, aún varios días después, cuando se pensaba que la gente no daba ya más de sí, se propuso la vuelta al trabajo imponiéndose de nuevo el impulso de los trabajadores sobre la previsión de los militantes. Los obreros continuaron la huelga durante varios días más. Finalmente se volvió al tajo para que se firmara el convenio y una vez firmado, a pesar del gran descontento con que fue acogido, no se planteó reemprender los paros. Con la firma del convenio se había renunciado de antemano a ir más allá en la movilización y a detener la combatividad de la clase obrera. Esto fue lo que luego pesó sobre los militantes. Pensaron que los logros alcanzados eran suficientes por el momento y que la situación no daba para más. Y lo que no daba para más era el objetivo planteado: firmar el convenio y hacerlo cumplir, aunque el de 1970 no fuera un convenio más. Para estos militantes se hizo evidente que conseguir la firma de un convenio, por muy amplios niveles de peticiones que se incluyeran en el anteproyecto, no debía constituirse en el objetivo central de la lucha.19
Otra conclusión de la huelga de 1970, fue que las asambleas eran lugares determinantes, los espacios en los que se desarrollaban las más amplias posibilidades de concienciación y movilización de la clase obrera. Las autoridades franquistas aprendieron la lección tras haber dado permiso para realizar asambleas masivas. Precisamente fue ese el motivo para que no se permitieran las asambleas masivas durante la discusión del nuevo convenio de la construcción de Córdoba en 1970-1971. De hecho, en Granada, la falta de asambleas fue la causa central que motivó la pérdida de fuerza de los trabajadores. Al perderse el elemento aglutinador, el cauce de comunicación, discusión y decisión colectivo, descendió el nivel de cohesión y de presión. Esta imposibilidad de convocar y realizar asambleas hizo que reconquistasen un mayor protagonismo las acciones en las que participaban un número reducido de trabajadores. Fue el momento en el que los militantes volvieron a tener importancia, a pesar de que sus llamamientos tuvieran cada vez menos eco. La relación entre los miembros de la HOAC y los de CCOO se fue degradando a pesar de los intentos de coordinación. El motivo principal de los desencuentros se dio al plantearse acciones de mayor envergadura, como los paros de los días 21 de agosto, 21 de septiembre y 21 de octubre. Estos fueron convocados con el fin de recordar la fecha en la que murieron los tres compañeros y también de presionar para afianzar y ampliar los logros alcanzados con el convenio, la jornada de 8 horas y la lucha contra las represalias.
La intención de CCOO de instrumentalizar la lucha de los albañiles para servir a los objetivos de agitación política del PCE y su mala disposición a colaborar en igualdad de condiciones con otros grupos, acabó por destruir la labor de este grupo de coordinación. Los paros del 21 de octubre de 1970 fueron el último rebrote significativo de la huelga, aunque por culpa del desgaste señalado, ni estuvieron a la altura ni tuvieron la tensión de las dos semanas de julio.
Dada la dispersión del tejido empresarial granadino y debido a la imposibilidad de formar asambleas y de crear cauces de coordinación de los trabajadores a niveles más amplios, se pensaron otras formas de mantener la tensión y la unidad mediante las comisiones de empresa, las reuniones de barrio y los llamamientos. Sin embargo, no cuajó el intento de crear comisiones de empresa. Una vez se perdió la posibilidad de poder desarrollar asambleas masivas, las comisiones de empresa no consiguieron elevar el grado de organización, así como tampoco consiguieron una mayor eficacia. La prueba de que no resultaba inconveniente para los trabajadores crear estas comisiones, fue que en las empresas grandes, debido a la mayor concentración de trabajadores, se pudieron firmar varios acuerdos que mejoraban las condiciones recogidas en el convenio.
Tampoco cuajaron las convocatorias de huelga u otro tipo de presiones, como forma de solidaridad con los represaliados. El nivel de conciencia de la clase obrera en Granada creció mucho con motivo de la huelga de julio, tal y como lo muestra el tejido de organizaciones políticas que aparecieron en la ciudad durante la década siguiente. Sin embargo, los tres muertos de 1970 contribuyeron a que el miedo siguiera calado hasta el tuétano. Ésta es quizás la causa, junto a la falta de organización y de experiencia, de porqué no pudo llevarse a cabo, en ningún momento, una huelga general comarcal en solidaridad con los albañiles.
En cualquier caso, la experiencia de la huelga sirvió para que los convenios de los años sucesivos vinieran acompañados de unos cuantos días de paro en apoyo a las demandas. Se dejó sentir también un cierto cambio de las actitudes en el trabajo, por ejemplo en el trato hacia los albañiles y especialmente entre los propios albañiles. Las prácticas de solidaridad se volvieron así algo frecuente:
Y además los encargados lo sabían, porque sabían que la gente tenia una posibilidad y una mentalidad de unirse. Que no es como antiguamente, cuando antes de esto, cada uno iba a lo suyo y si el encargado la tomaba con uno pues los demás miraban para otro lado [...] Y yo recuerdo que ponían una espuerta en la puerta de la oficina y conforme venía la gente y salían y había una espuerta para echar dinero en solidaridad con los que habían sido represaliados. Bueno pues se echaba tanto dinero que sobraba para darles la quincena a aquellos que habían sido expulsados.20
Algunas partes del convenio fueron hechas cumplir en la práctica gracias a la presión de los propios trabajadores. Para los albañiles granadinos se debía poder vivir dignamente trabajando 8 horas. Una reivindicación que se vivía además como un objetivo solidario, en la misma medida en que las horas extra y los destajos aumentaban las cifras de paro y la emigración. Acciones cotidianas como la de trabajar sólo 8 horas se mantuvieron durante mucho tiempo, al igual que el trabajo a bajo rendimiento, que también se mantuvo durante las semanas siguientes a la huelga, con el objetivo de presionar para conseguir las mejoras pedidas que el convenio no alcanzó a reconocer. Otras formas de presión consistieron en no firmar hojas en blanco, en hacer denuncias en el Sindicato y en la Delegación de Trabajo. De hecho llegaron numerosas denuncias a la Delegación por despidos en represalia contra los trabajadores.
En julio de 1970 a los trabajadores les faltó quizás la prudencia y la sangre fría para plantear una presión combinada que pudiera romper la intransigencia patronal, por medio de paros parciales y de bajo rendimiento hasta llegar a la huelga total. Los albañiles granadinos, sin la tutela de ninguna organización, escogieron en cambio la alternativa más difícil y lo hicieron asumiendo todas sus consecuencias. La dureza extrema de la represión se debió tanto a la falta de experiencia de una policía que no supo reaccionar ante aquel estallido de cólera popular, como al peligro que para el Franquismo representaba la extensión de la protesta obrera, asamblearia y multitudinaria, en territorios distintos de los focos tradicionales de contestación, en las zonas industriales.
En un contexto de escasa organización obrera, los militantes cristianos tuvieron un papel destacado y por ello fueron los más condenados, tanto por la prensa y las autoridades como por ciertos sectores antifranquistas. A pesar de sus errores, su enorme prestigio entre los trabajadores y su alto grado de formación contribuyeron decisivamente a que las decisiones de la asamblea fueran respetadas al máximo y a que el PCE no se hiciera con el control de la movilización. Sin sus informes y análisis y sin las homilías que redactaron esta lucha no habría calado tan hondo en muchas capas de la población. Muchos de estos militantes cristianos y autónomos se instalaron junto a la población originaria del barrio de La Virgencica en los actuales Polígonos de la Cartuja y Almanjayar. Con ellos también se movió la organización que habían creado y al poco tiempo apareció una Asociación de Vecinos del Polígono. Con los años se volvieron a plantear grandes movilizaciones en este barrio, como el encierro en el palacio del arzobispo para protestar contra el paro, en el año 1975. De allí surgieron también las cooperativas de trabajadores de la construcción.21 No obstante, lo que pudo haber sido uno de los barrios más combativos de la ciudad de Granada, no pudo resistir la progresiva y espantosa degradación que sufrió desde finales de los setenta. La posterior avalancha de droga y delincuencia sepultó aquel proyecto de construir, desde la base, un barrio distinto. Las gentes más comprometidas acabaron por dispersarse.
Décadas más tarde la situación en el sector de la construcción de Granada vuelve a ser terrible. A rasgos generales no ha cambiado gran cosa: sigue siendo uno de los principales sectores de la economía provincial y la precariedad y los accidentes laborales están a la orden del día. Aquellos tres trabajadores que fueron asesinados por la policía el 21 de julio de 1970 son recordados cada año. Por tradición ese día no se trabaja en la construcción de Granada y los sindicatos mayoritarios aprovechan la ocasión para hacer un acto, generalmente una concentración junto a un monumento ubicado en la conocida plaza de La Caleta, cerca de donde los mataron. Si se mira de cerca el bajorrelieve del monumento, vemos que algunos de los trabajadores que se hayan esculpidos aparecen portando pancartas con las siglas de CCOO, UGT y hasta CGT. Eso no sucedió nunca. Ni la UGT, ni nada parecido a la CGT existían en aquella época en Granada. Tampoco en 1970 se llevaban pancartas con siglas de organizaciones ilegales, principalmente porque los propios albañiles nunca lo hubieran permitido. Pero a pesar de ser conscientes del error cometido, todas estas observaciones históricas no parecen relevantes. En otro lateral del monumento podemos leer con grandes letras «Democracia» y sin embargo sabemos que los miles de albañiles granadinos que participaron en la huelga de 1970 no se movilizaron por consignas políticas, sino que lo hicieron por mejorar sus condiciones de vida y que únicamente fueron ellos los protagonistas de su lucha. En el intento mataron a tres de ellos. Se llamaban Antonio Huertas Remigio, un chico de 22 años de Maracena; Manuel Sánchez Mesa, de 24 años y vecino de Armilla; y Cristóbal Ibáñez Encinas de 43 años y padre de cinco hijos. Ellos escribieron este capítulo de la sangrienta historia de Granada.
Granada, 2007.

1 El predominio del campo y de la construcción como actividades económicas en la provincia de Granada era casi total. El tejido industrial de la ciudad se limitaba a la Central Lechera (PULEVA) y las Cervezas Alhambra, existía además algún centro minero en la zona de Alquife, la empresa nacional de Santa Bárbara en El Fargue y una empresa de celulosa instalada en Motril por el Instituto Nacional de Industria.
2 Trabajando a destajo se cobra en función del trabajo realizado. Generalmente el empresario señala un rendimiento mínimo para obtener el salario base y de esa manera consigue aumentar el ritmo de trabajo.
3 Antonio Ramos Espejo, Andalucía campo de trabajo y represión, Granada, Aljibe, 1979, p. 19.
4 Testimonio de José Ganivet Zarcos en A. Quitian, A. Aguado, J. Ganivet y M. Ganivet, Curas obreros en Granada, Alcalá la Real, Asociación Cultural Enrique Toral y Pilar Soler, 2006, p. 261.
5 Entre estos pueblos destaca Maracena, que era conocida como «Rusia la chica».
6 «Junto a la presencia comunista se encontrarán dentro de Comisiones trabajadores independientes y católicos, aunque muy minoritarios en relación con el PCE». En Rafael Morales Ruiz, «La significación histórica de la huelga de la construcción de Granada, 21-29 de julio de 1970» en Delgado, Santiago y Veléz, Antonio José (coord.), El futuro del sindicalismo, Granada, Diputación Provincial de Granada, 1996, p. 21.
7 La Ley de Asociaciones de 1964 fue utilizada para fundar la Asociación de Familias de Rekalde en el mismo barrio de Rekalde de Bilbao, considerada la primera de todo el Estado. Con la copia de sus estatutos se fundó en Granada la Asociación de Vecinos de La Virgencica, que fue la segunda en legalizarse.
8 Así nos lo indicó en una conversación Antonio Quitian, trabajador de la construcción, militante de la HOAC y párroco de La Virgencica en aquella época.
9 Extracto de unas memorias inéditas elaboradas por Pedro Ortega, antiguo trabajador de la construcción, participante en la huelga de 1970 y actualmente militante de la CGT.
10 La parte social estaba constituida por los representantes de los trabajadores, mientras que la parte económica la componían los representantes de los empresarios. Ambas formaban la comisión deliberadora.
11 Un acontecimiento que en aquellos meses tuvo cierta repercusión en Andalucía y que animó sobre todo a los militantes comunistas, fue la huelga general de la construcción que se había producido en Sevilla. La huelga se desarrolló en dos fases: una primera en marzo y una segunda a finales de junio de 1970. Fue la primera huelga general de la construcción en el Estado español tras la Guerra Civil.
12 Testimonio inédito de un testigo anónimo, escrito poco tiempo después de la huelga.
13 Testimonio de José Ganivet Zarcos, op. cit., p. 271.
14 Relato de Pedro Ortega, op. cit.
15 «Granada, julio 1970», de Luis González Palencia, Andalucía tierra cercada, Zero, 1977, p. 91. Este poema con cinco estrofas de autor anónimo, encabezaba el informe escrito por militantes de HOAC sobre la huelga de 1970. Dicho informe y otro más que fue redactado por trabajadores autónomos en 1971, haciendo balance de lo sucedido un año después de la huelga, constituyen las principales fuentes junto a los testimonios orales para conocer lo que sucedió. Ambos nos han sido de gran utilidad.
16 «Granada 1970: tres muertos», Cuadernos Ruedo Ibérico, núm. 26-27, agosto-noviembre de 1970, p. 99.
17 El entonces arzobispo de Granada, Emilio Benavent, se declaró a favor de las reivindicaciones de los trabajadores y defendió la labor de los curas obreros, aun cuando en el momento de la huelga se encontraba de viaje.
18 Testimonio de José Ganivet Zarcos, op. cit., pp. 270 y 274.
19 Todas estas reflexiones, así como los documentos producidos en el trasncurso de la movilización y que han sido citados, fueron recogidos en un informe redactado en 1971 por trabajadores autónomos. En este documento se hacía balance de lo sucedido un año después de la huelga. Este documento constituye unas de las principales fuentes, junto a los testimonios orales, para conocer lo que sucedió. Nos ha sido de gran utilidad.
20 Testimonios de Antonio Quitian en los que también menciona la asistencia masiva de los obreros a los juicios que los enfrentaban con los patrones.
21 Estas cooperativas surgieron para hacer frente a las represalias de los wmpresarios granadinos, que habíamos combatido.
Este texto está escrito por Remigio Mesa Encina y recogido en el libro Luchas autónomas en los años setenta coordinado por Espai en Blanc. Traficantes de Sueños 2008.
martes, 18 de noviembre de 2008
BAHIA DE PASAIA: EMBOSCADA CRIMINAL. 22 de marzo de 1984.

La emboscada en Bahía de Pasaia, en la bocana del puerto donostiarra de Pasai Donibane (Pasajes de San Juan), el 22 de marzo de 1984, supuso el golpe más duro y casi definitivo a los CCAA (Comandos Autónomos Anticapitalistas). Asesinaron a Pelu, Pelitxo, Txapas y Kurro, cuatro activistas autónomos de los cinco que habían salido de Iparralde (de la otra orilla situada en Euzkadi norte) en una lancha neumática, en una matanza diseñada premeditadamente por el Estado y sus cuerpos represivos. Pelu y Pelitxo cayeron en el primer ametrallamiento efectuado por la policía sobre la lancha que los transportaba en el moemento de llegar al lugar acordado. Los tres restantes, Kurro, Txapas y Joseba, fueron retenidos por miembros del Cuerpo Superior de Policía en las rocas situadas en el punto de llegada. Al poco tiempo, Kurro y Txapas fueron fusilados en el mismo lugar en presencia del tercero. Sólo sobrevivió Joseba Merino, que se convertiría en el único testimonio de los hechos. La emboscada fue diseñada con premeditación, utilizando como cebo a Rosa Jimeno, una compañera conocida del entorno antirrepresivo, que fue secuestrada por la policía y obligada a concertar la cita bajo torturas y amenazas de muerte.

TESTIMONIO DE JOSEBA MERINO
"Todo comenzó unos días antes con el secuestro de Rosa Jimeno. La policía la obligó, con torturas y poniéndole una pistola en la nuca, a telefonear a casa diciendo que tenía una amiga embarazada y que iba a pasar unos días fuera para ayudarla. Querían mantener en secreto la detención... al fin y al cabo fue un secuestro. Después la obligaron a contactar con su novio, Kurro, y a concertar una cita en el puerto de Pasaia. Allí, le ataron con una cuerda los pies y la pusieron en el lugar adecuado."

"Llegamos y de lejos, a unos 50 metros, se veía todo normal; vimos que Rosa estaba en el lugar habitual haciendo las señales con la linterna y nos dirigimos tranquilamente hacia allí. Yo llevaba la embarcación y, al llegar, puse el motor en punto muerto y lanzamos amarras mientras nos preparamos para desembarcar.
Éramos cinco y mi perra Beltza. El primero que bajó fue Pelitxo, con una bolsa en la cual iban las armas, el segundo Kurro, y en tercer lugar iba a desembarcar yo, pero antes de hacerlo le dije a Kurro que cogiera a la perra. Yo estaba inclinado en la barca, cogiendo a Beltza, cubierto por unas rocas que tenían un metro de altura y de nuevo le dije a Kurro que la cogiera... De repente, pudimos ver como una cuerda que estaba situada detrás de Rosa, que la teníamos a pocos metros, se tensaba y ella caía súbitamente al suelo. Se oyó un "alto policía" y de continuo, sin dar tiempo alguno, se dio un disparo suelto, que era la señar para que los 20 o más txakurras (policías) disparasen a la vez y controlar, de esta forma, que ninguno se precipitase empezando a disparar antes de lo previsto.
Fue una sorpresa total. La operación fue así: el jefe de la operación dijo a sus hombres que él dispararía un tiro, que serviría de señal para que todos empezaran a disparar; se trataba de cogernos por sorpresa sin tener tiempo de reaccionar. Todo sucedió muy rápido, no pasó ni un segundo entre el alto y las ráfagas. En aquel momento tiraron de la cuerda que sujetaba a Rosa, que cayó al suelo, de forma que no le alcanzaron las balas."

"Estaba agachado contra las rocas, dejé la perra y me lancé al agua. Nadé unas brazadas por debajo del agua, y sintiendo las balas por encima de mí. Salí cerca de unas rocas que hacían como una especie de túnel y me dieron refugio. Aparecí con la nariz sangrando. Estaba todo iluminado con muchos focos. Seguían disparando. Yo me encontraba en la proa cuando se iniciaron las descargas, Pelu y Txapas estaban en la barca, y al no verlos, supuse que se habían tirado al agua. No intentamos huir ni coger las armas que estaban en las bolsas, una de ellas en tierra y la otra aún en la barca. Fue una sorpresa y no se pudo reaccionar.
En cuanto dejaron de disparar aparecieron dos barcas, tipo Zódiac, de la Guardia Civil, que con potentes focos nos buscaron entre las rocas. Me localizaron y a punta de metralleta me hicieron salir del agua, subir a las rocas y ponerme con las manos en la cabeza. Rosa ya no se encontraba allí; sólo vi a Kurro y a los txakurras que lo retenían. Mientras tanto, numerosos policías seguían buscando a los otros compañeros que pudieran estar vivos; al cabo de 2 o 3 minutos trajeron a Txapas con otra embarcación de la Guardia Civil y le hicieron saltar al agua y luego le obligaron a subir a las rocas. En la emboscada habían muerto Pelitxo y Pelu, y la perra. Nos pusieron a los tres en fila con las manos en al cabeza al borde de las rocas y a escasa distancia del mar. Estábamos desarmados pues las armas se habían quedado en las bolsas. Nos ordenaron que nos identificáramos y, al darles el nombre, cuando les dije que era José Luis Merino, uno de ellos me dijo: "tú eres el Coronel"; yo le contesté que no, que yo era Yosua.
Los policías estaban muy nerviosos y, con insultos y amenazas, dijeron que me separara unos metros. Tres txakurras se aproximaron a mis compañeros, dos con metralletas (una Ingram M-10 y una UZI) y el otro con una escopeta de postas tipo Corredora, y sin haber ninguna palabra ni acto por parte de Kurro y Txapas los fusilaron... desde menos de un metro de distancia; cayeron de espaldas a la ría por la fuerza de las muchísimas balas que hicieron impacto en sus cuerpos. Habían fusilado a mis compañeros."

Los sucesos en Bahía de Pasaia se enmarcan en el contexto represivo y de guerra sucia que alentó el gobierno del PSOE con el desarrollo y la aplicación del Plan Especial para la Zona Norte (plan ZEN). Este plan constaba de un aspecto oficial (establecer lazos entre los partidos democráticos para acabar con los enemigos y posibles enemigos del Estado; asignar grandes partidas presupuestarias a las fuerzas de seguirdad y ahogar la financiación de colectivos disidentes; aumentar el número de efectivos policiales con el pretexto de la seguridad ciudadana; evitar expropiaciones bancarias y de grandes superficies; fomentar la seguridad privada; elaborar leyes antiterroristas; creación de la Audiencia Nacional; etc) y de otro aspecto extraoficial (diseñar una estrategia que aunara el caos de las acciones de grupos paramilitares como Antiterrorismo-ETA, Grupos de Intervención Nacional, Alianza Apostólica Anticomunista o Batallón Vasco Español, que desembocó en la creación de los Grupos Antiterroristas de Liberación o GAL). Un Comando Autónomo, por las impunes acciones del GAL y la evidencia de la responsabilidad de cargos del PSOE en su organización, decide atentar contra uno de los cargos del PSE. El objetivo elegido es Enrique Casas Vila, secretario de organización y miembro de la Junta de Seguridad del País Vasco. La muerte de Casas se convirtió en cuestión de Estado. La izquierda abertzale achacó el atentado a la guerra sucia y eliminó políticamente a los Comandos Autónomos dando carta blanca a la represión. García Damborenea, secretario general del PSOE en Bizkaia, ya había vaticinado tras las amenazas por la implicación de su partido en el GAL que "las agesiones se pagarían cinco a uno". Los Comandos Autónomos Anticapitalistas estaban debilitados y acababan de escindir su coordinadora, la realidad asamblearia de la que surgieron estaba en decadencia, lo que facilitó la acción prepotente de las fuerzas de seguridad.

La información y el testimonio están extraídos del libro Emboscada en Pasaia. Un crimen de Estado redactado por un colectivo por La memoria colectiva de la lucha autónoma. 2008.
BARRICADA "Bahía de Pasaia"
El último minuto se arrastra por la esfera
cuando todo brilla con luz artificial.
Algo rompe el silencio, las balas barren la orilla,
ya no hay salida, ni oportunidad.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal. Sangre.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal. Sangre.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal.
Detrás del uniforme queda el anonimato,
en el cuartel un brindis, esta vez fueron cuatro.
Señor gobernador, lávese usted las manos
todo fué correcto, éxito asegurado.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal. Sangre.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal. Sangre.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal.
El último minuto se arrastra por la esfera
cuando todo brilla con luz artificial.
Algo rompe el silencio, las balas barren la orilla,
ya no hay salida, ni oportunidad.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal. Sangre.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal. Sangre.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal.
Detrás del uniforme queda el anonimato,
en el cuartel un brindis, esta vez fueron cuatro.
Señor gobernador, lávese usted las manos
todo fué correcto, éxito asegurado.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal. Sangre.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal. Sangre.
Bahia de Pasaia, emboscada criminal.
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