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jueves, 29 de enero de 2009

"Al descubierto: Guerra de Iraq" dirigido por Robert Greenwald, 2004.

¿Cómo una administración en el gobierno es capaz de poner en funcionamiento toda su maquinaria militar para destruir un país? ¿Cómo una camarilla de políticos puede emprender un acontecimiento sanguinario con el beneplácito de periodistas y pobalción? ¿Cómo puede ser posible que ocurra todo esto mientras se habla de libertad, democracia y justicia?



lunes, 26 de enero de 2009

Las reglas del caos.

(Fragmento de la contribución de Santiago Alba Rico al libro de Ediciones del Oriente y del Mediterráneo ‘Iraq bajo ocupación: Destrucción de la identidad y la memoria)

Hay misteriosas proporciones estadísticas que, arbitrarias o no, iluminan conexiones dolorosas y hasta acusatorias. ¿Qué relación hay entre el uso de pesticidas sintéticos y la disminución de las colonias de abejas en EEUU? ¿Entre el nivel de estudios y la longevidad? ¿Entre el aumento de la obesidad occidental y el adelgazamiento del hielo polar? El 15 de febrero del año 2003, un mes antes de que las primeras bombas cayeran sobre Bagdad y (re)comenzara con ellas el cómputo de cadáveres, millones de personas en todo el mundo salieron a la calle a clamar su humanidad contra la invasión. No había muerto aún nadie y las plazas bullían ya de voces: 1 millón en Madrid, otro en Barcelona, otro en Londres y otro en Roma, cientos de miles en Nueva York, en Berlín, en Tokio, en Valencia, en París. Un año después, en el primer aniversario de la invasión, habían muerto en Iraq al menos 10.000 civiles —según un cálculo de Amnistía Internacional— y sólo 70.000 personas se manifestaron en Madrid, 150.000 en Barcelona, un poco más en Roma, 25.000 en Londres, 10.000 en Nueva York y París. Dos años después, en el segundo aniversario de la invasión, habían muerto al menos 100.000 iraquíes y, en virtud de esta enigmática relación proporcional, se manifestaron 45.000 personas en Londres, 12.000 en Roma, 3.000 en Barcelona. Tres años después, cuatro años después, cinco años después, a medida que el número de víctimas ha ido aumentando —a 600.000, a 700.000, a 800.000— el número de manifestantes en todo el mundo no ha dejado de disminuir. Hoy la cifra de muertos iraquíes ha superado el millón, tantos como madrileños vivos se reunieron en febrero del 2003 para tratar de impedir la invasión.


La perversión aritmética

Unos y otros han desaparecido. Dolorosa y hasta acusatoria conexión: se diría que la misma violencia que ha matado a un millón de iraquíes en cinco años ha descontado un millón de europeos de las calles de Madrid, Londres y París; cada muerto se ha llevado de la mano a un vivo; cada cadáver en Bagdad y Faluya ha dejado un hueco en Barcelona y Berlín. ¿Qué relación hay entre la multiplicación de los muertos y la desmovilización de los vivos? ¿Entre el aumento cuantitativo de las víctimas y la degradación cualitativa de los mirones? ¿Entre un niño menos y una indiferencia más? La conclusión de un extraterrestre podría ser ésta: los europeos se manifestaron a gritos en el año 2003 porque EEUU todavía no habían matado a nadie en Iraq; ahora que han matado ya a un millón, se han quedado tranquilos. Cuando maten a un millón más, se sentirán contentos. Y cuando maten a tres millones, volverán a salir a la calle, ahora a aplaudir la Ocupación.

Poco importa si esta conexión es manifiestamente absurda; lo que importa es que nos conecte (a algo, a alguien, en alguna parte); lo que importa es que nos obligue a preguntarnos por el poder de las grandes cifras. Según la organización estadounidense Opinion Research Business, en febrero de 2008 habrían muerto, como consecuencia de la ocupación, 1.033.239 iraquíes —y sólo los últimos nueve, tan concretos, son como un hachazo en la conciencia. Desde que somos niños, nuestros padres, nuestros profesores, nuestros gobiernos nos insisten en que la violencia es inútil, en que la violencia no sirve para nada, en que la violencia no reporta jamás ningún beneficio. Es cierto para las violencias pequeñas. El sentido común no acepta de buen grado que se viole a un niño, se apalee a una mujer o se acuchille a un anciano. Pero se pasa del escándalo a la resignación, cuando no a la fascinación, si se trata de 500.000 niños, 500.000 mujeres y 500.000 ancianos. Como las grandes deudas, las grandes violencias se suprimen a sí mismas, justifican su existencia a partir de sus propias condiciones de posibilidad, se legitiman en la acción misma de su despliegue: la propia cifra muestra la autoridad del criminal al mismo tiempo que la insignificancia de su víctima. El que mata a un millón de personas vale un millón de veces más que el que muere una sola vez en medio de esa gravilla a la que suma su cuerpo y que, por su propio exceso, sólo admite un registro estadístico. El gesto mismo de suprimir un conjunto ilumina la irrelevancia —y reemplazabilidad— de los individuos que forman parte de él.


Por muy banal que nos parezca, es necesario insistir en la contradicción esencial entre numerar y nombrar. De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz temblorosa nos dice en la obscuridad: “Han matado a Pedro”. Puede que luego descubramos con alivio que el mensajero se ha equivocado de dirección y que no conocemos a la víctima, pero este “han matado a Pedro” desencadena en nosotros, antes de cualquier reflexión, una sacudida de horror, un dolor penetrante muy abajo y muy en el centro, en los aledaños de nuestro propio nombre. Es que nos impresiona que un desconocido se llame Pedro.

De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz temblorosa nos revela: “Han matado a Ahmed”. Esto ya nos impresiona un poco menos porque Ahmed es precisamente un nombre desconocido o, si se quiere, el nombre de lo desconocido.

De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz temblorosa nos anuncia: “Han matado a cinco”. Esto nos impresiona aún menos, pues “cinco” no es más que una manera de representarnos los dedos de una mano.

En esta escala descendente, sin embargo, todavía podemos recibir una noticia que nos impresione aún menos, una información que nos rodea sin tocarnos, que nos deja siempre fuera, que no podemos coger ni con un nombre ni con una mano. De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz temblorosa nos informa: “Han matado a un millón”. ¡Un millón! Son tantos que nos hacen reír; son tantos que ya nos parecen pocos. Por encima de ciertas cifras, cuando se nos acaban los dedos (o el árbol genealógico o las letras del alfabeto) el número es sólo un vicio y no podemos parar de contar. Es el salto mental a la infinitud, ese desprendimiento místico de las cosas que encontramos por igual, bajo la forma de una perversión aritmética, en la voluntad económica de acumulación y en la voluntad deportiva del record (cuya unión subjetiva, por cierto, resume con mucha exactitud el motor psicológico del capitalismo). Nombrar tiene los límites del mundo; contar sólo los del número. El donjuanismo, por ejemplo, no es la pasión gozosa por las mujeres sino la manía agotadora de contarlas; la codicia no es la pasión acumulativa de adquirir riquezas sino la tentación imperativa de contar monedas; el militarismo, por su parte, no es la pasión criminal de matar enemigos sino el gusto morboso de contar los muertos. Lo que tienen en común estas tres perversiones aritméticas —el donjuanismo, la avaricia, el belicismo— es el desprecio místico por los otros y eso no tiene final, no acaba nunca, siempre quiere sumar un cero más. No se puede ir más allá del nombre; no se puede salir nunca del número, por el que rodamos pendiente abajo, sin encontrar satisfacción, de una cifra a otra mayor, en pequeños guarismos interminables siempre inferiores al infinito.


La paradoja de la “guerra humanitaria” —dicho sea de paso— es que ha inyectado el número en las venas del pacifismo, y ahora somos los buenos, los sensibles, los humanos, los que pedimos dosis cada vez mayores. “Nosotros no contamos a los muertos”, declaraba el general Franks tras los primeros bombardeos de Afganistán en el año 2001. No es que despreciase tanto a sus víctimas que no se molestase en contarlas; tampoco es que se jactase de que fuesen incontables; es que el “humanitarismo” de la misión obligaba a matar cuerpos y al mismo tiempo a ocultar su número. En otros tiempos, cuando la guerra era tan noble y romántica como ahora lo es el vegetarianismo, el soldado podía exhibir con orgullo las muescas marcadas en la culata de su fusil, y contarlas una y otra vez con el mismo embeleso con el que el enamorado cuenta los lunares en la espalda de su amada. Hoy, afortunadamente, ya no se pueden reivindicar el lebensraum o la raza, pero este progreso innegable, que no impide seguir matando, reprime en cambio la exhibición deportiva de los botines de guerra. La Historia de Tito Livio está llena de cifras increíbles de enemigos muertos a manos del ejército romano; hoy el recuento lo hacen organizaciones médicas y observatorios humanitarios contra el pudor culpable de los informes oficiales. La perversión aritmética del militarismo debe embridar su acucia contable y ocultar los cadáveres, lo que induce del otro lado —del de la verdad y la defensa de las víctimas— la exigencia de un recuento y, enseguida, la inevitable complacencia en la formidable capacidad asesina del ocupante. Mientras que los que matan son contenidos en su pasión aritmética por el “humanitarismo” políticamente correcto, los buenos, los sensibles, los humanos, acabamos cediendo, contra los asesinos, a la tentación vertiginosa de los números propia del militarismo.

El testigo extraterrestre de nuestras protestas en Occidente tendría quizás razón: los que aún salimos a la calle para clamar contra la guerra demandamos en realidad un muerto más, mil muertos más, cien mil muertos más; queremos cifras más altas que poder reprochar al imperialismo; nos complacemos en arrancar al criminal una verdad que ha arrancado del mundo a un millón de iraquíes. No nos basta ya un millón. Un millón son pocos. Un millón es una cifra pequeña, siempre por debajo de la maldad infinita del enemigo. Queremos otro y otro y otro, para desnudar su radical ignominia y reforzar nuestras razones contra él, sin comprender que —paradoja dentro de la paradoja— nuestro militarismo contable, a medida que asciende la escala de los números, atenúa sin querer la existencia de las víctimas y amortigua, por lo tanto, la fuerza de nuestra denuncia. La destrucción de Iraq destruye implacablemente también el espíritu de los buenos, los sensibles, los humanos: ya que no podemos derrotarlo, nos alegramos de que el imperialismo sea tan inhumano, y esta alegría, con su expresión contable siempre insatisfecha, acaba por imprimir al pacifismo occidental, a poco que nos descuidemos, el mismo desprecio místico por el otro que caracteriza al donjuanismo, a la codicia y al belicismo.


El nombre o la vida

Hay que huir, sí, de las cifras espectaculares lo mismo que de las imágenes espectaculares. El nombre es el ancla con que los cuerpos a la deriva se enganchan a la realidad. El número los desengancha de nuevo. Podemos afirmar simultáneamente los nombres de Ahmed y de Reduan, pero no podemos sumarlos sin negar lo más propio de cada uno de ellos: precisamente su nombre propio. El paso del nombre propio al nombre común, que es la condición del socialismo, es la condición también de toda contabilidad y, por eso mismo, de toda manipulación colectiva, para el bien y para el mal. Desde el comienzo de la invasión, EEUU ha matado en Iraq a un millón. Un millón, ¿de qué? ¿De hombres? No, pues no se mata tan fácilmente, no mueren de esa manera, en nidadas o a puñados, sino los animales inferiores, los insectos notablemente, moscas u hormigas, que pueden exterminarse de un pisotón. ¿De hayyis? Así es como el ingenio despectivo de los marines llama a los iraquíes, apelativo de una especie paralela caracterizada por sus extraños hábitos religiosos. ¿De perros o conejos? Quizás, a juzgar por la contratación por parte del Pentágono —informa en septiembre del 2007 el National Defense Magazine— de cazadores que incorporen la experiencia de las sabanas de África al entrenamiento de los soldados ocupantes. El paso del nombre propio al nombre común o, más exactamente, el uso del nombre propio como nombre común, a modo de operador clasificatorio, ha constituido siempre uno de los expedientes espontáneos del racismo: el colonialismo europeo dividió cómodamente el mundo árabe en “Fátimas” y “Mohamades” para no tener que reconocer ninguna individualidad a los nativos y confirmar así —pues respondían a la llamada— que en realidad no la tenían. De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y una voz anuncia: “Han matado a una Fátima”, y la imaginamos —a la “fátima”— sin mucho entusiasmo, perseguida quizás por los tejados, colándose por una grieta de la cocina, arrinconada finalmente en una despensa. Y si la voz nos dijera: “Han matado a un millón de Fátimas”, la sensación que nos acometería de inmediato es la de que, en efecto, había demasiadas.

El paso de lo representable a lo contable se acomete también en Iraq a través de la homonimia criminalizadora. El nombre propio se convierte —a tal punto ha llegado la destrucción— en el signo individual de un pecado colectivo, en una mancha común de nacimiento que hay que borrar tachando el cuerpo que lo porta. En junio de 2006, en pleno paroxismo de los escuadrones de la muerte —cobertura sectaria de la guerra contra la resistencia—, cuando las calles de Bagdad amanecían cubiertas de cadáveres torturados, la sombra estremecedora de una “cacería de nombres” venía a replicar y prolongar el nihilismo de las grandes cifras.

“Una mañana —escribe el periodista Nir Rosen— se encontraron 14 cuerpos, todos con sus carnet de identidad en el bolsillo, todos llamados Omar. Omar es un nombre sunní. En Bagdad, en estos días, nadie corre más peligro que lo hombres llamados Omar. Otro día un grupo de cuerpos aparece con las manos plegadas sobre el vientre, la mano derecha sobre la izquierda, postura típica de la oración sunní. Es un mensaje. En estos días mucho sunníes están adquiriendo papeles falsos con nombres neutrales. Las milicias sunníes se toman la revancha, paran los autobuses y piden los carnés de identidad a los pasajeros. Los que pertenecen a la religión shií son ejecutados.” [1]
La guerra contra los hombres es inseparable de la guerra contra los nombres: hacer desaparecer los cuerpos y hacer desaparecer, al mismo tiempo, las letras de Omar, de Ozman, de Abu Bakr, de Aicha y —del otro lado— de Husein, de Abdul Zahara, de Fátima, de Zohra. De pronto, en medio de la noche, llaman a la puerta y Omar oye una voz temblorosa que le anuncia desde el zaguán: “Han matado tu nombre”. El desprecio aritmético desde el aire va acompañado en Iraq de esta presión brutal a ras de tierra cuyo efecto desconfigurador es el más radicalmente concebible: la autonegación. Es difícil imaginar una violencia más eficaz que ésta que obliga a un ser humano a arrancarse su propio nombre como si fuese un tumor maligno o un parásito mortal, a quitárselo de encima como quien se sacude un animal de presa o el fuego que ha prendido en la ropa. La destrucción de Iraq apunta a la raíz misma de la identidad, al lazo mismo donde se anudan la individualidad y la historia: los iraquíes ya no quieren llamarse por sus nombres, ya no quieren su propio nombre. La Ocupación los ha parado en la calle y les ha puesto un cuchillo en el cuello: el nombre o la vida. Pero sin nombre sólo queda precisamente la sombra llamada carne —la cosa más vulnerable del mundo— que cualquiera puede derribar sin escándalo y sin peligro.

[…]

Los beneficios de la violencia

La violencia es la cosa más útil del mundo. Si es lo suficientemente grande, ya lo hemos visto, no sólo destroza los cuerpos; abate también todas las objeciones y prejuicios pacifistas. El manual escolar estadounidense muestra a los niños occidentales toda la belleza de “machacar” a los iraquíes con misiles rocket y bombas smart y de “barrer” la resistencia con “tanques, artillería y helicópteros”. El “ataque más masivo de la historia” se justifica a sí mismo con todos sus resplandores, mientras que las trampas explosivas en las carreteras, tan primitivas y sombrías, no hacen tanto daño como para pensar que sirvan a un fin noble y democrático. Si los iraquíes abrigasen buenas intenciones, tendrían F-16. Las malas intenciones se arman siempre de cuchillos y pistolas, y las peores lanzan piedras.


Pero la violencia es útil además porque actualiza el mundo y esto en dos sentidos:

a) Obliga a empezar desde cero. La destrucción de Iraq es la destrucción de todos los depósitos materiales de la memoria: los cuerpos, sí, pero también las centrales eléctricas, las potabilizadoras, los hospitales, las bibliotecas, los museos, las escuelas, las universidades, incluso los archivos —denuncia Hamudi Jasem— de la televisión pública iraquí [2]. No es que no quede nada que recordar. Es que no queda nada con qué recordar. En medio de las ruinas, sobreviven apenas esos hombres “iletrados y rudos” de los que hablaba Platón —restos y efectos de la catástrofe— que constituyen en realidad los mejores aliados de un capitalismo siempre constituyente que vive al día y no puede permitirse nada ya completamente hecho. La guerra fabrica por igual muertos y neoliberales.

b) Obliga a empezar desde cero todos los días. En su absorbente inmediatez, la violencia borra —va borrando— los procesos de producción de los acontecimientos, los andamios comunes instalados en el pasado e impide, por ello mismo, pensar. Impone la más tajante sincronía, los hechos brutos por encima de cualquier análisis. Los pueblos del mundo quieren justicia y acaban resignándose a la paz; quieren paz y acaban resignándose a la seguridad. Según una encuesta, nueve de cada 10 iraquíes, cuando se levantan de la cama, lo que más temen es no llegar vivos a la noche. El obscurecimiento moral, político y democrático que acompaña a todo régimen permanente de terror se traduce en una especie de naturalización de la violencia que sólo beneficia a los violentos. Esta naturalización acusa particularmente a los occidentales, a los que la promueven por interés y a los que la aceptan por temor. Podemos acostumbrarnos a vivir en un país lluvioso y tener que salir siempre de casa con paraguas, pero no debemos acostumbrarnos a vivir en un mundo donde llueven misiles todos los días, donde existen Abu Ghraib, Guantánamo, la Patriot Act, la Ley de Comisiones Militares, la tortura, los secuestros de la CIA, las cárceles secretas.

En este contexto, hay algo no ya frívolo sino inmoral en la sumisión occidental a la actualidad de la violencia, que nos lleva a refugiarnos en la incomprensión o en la condena de cuanto acontece en Iraq, ese avispero de luchas fratricidas y sectarias donde la claridad cartesiana no podrá nunca penetrar. ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que ha pasado? En medio de las ruinas, algunos iraquíes conservan la dignidad intelectual que falta en nuestros periódicos y en nuestros supermercados. Bajo el nombre de Leyla Anwar (noche de las flores o de las luces), una mujer extraordinaria, sensible e implacable, casi siempre cabreada, casi siempre desesperada, siempre acusatoria, siempre dolorosamente lírica, lleva ya algunos años redactando y difundiendo crónicas diarias desde el corazón negro de Bagdad. El 27 de diciembre del año 2007 publicó en su blog un texto titulado El show continua, tan sensato que resulta extravagante, tan simple que complica nuestra simpleza, tan comprensible que no podemos sentirnos inocentes. En él, Leyla explica en pocas palabras qué pasa y qué ha pasado en Iraq. Todos olvidan —dice— lo más evidente, aquello que se puede claramente percibir a condición de no haber estudiado sociología o de no dedicarse a la política. Creo que vale la pena citarlo por extenso:

“A saber:

— en ausencia de un Estado representativo funcional,

— tras el desmembramiento de todas las instituciones civiles y políticas,

— tras cinco años de violencia condensada y concentrada que ha DESTRUIDO totalmente el país,

— con un éxodo masivo y una tasa de mortalidad inmensa,

— con una creciente, debilitadora y provocada pobreza, y una tasa de desempleo de alrededor de un 70%, y alrededor de un 50% de la población que no puede permitirse comprar alimentos,

— con 100.000 iraquíes en las cárceles y un número incontrolable de desaparecidos,

— con la total destrucción de todo el sistema de infraestructuras: destrucción DELIBERADA.

— cuando no se dispone de servicios básicos como agua, electricidad y fuel,

— cuando los hospitales no están operativos, cuando las universidades han sido saqueadas y cerradas, cuando la corrupción es contagiosamente rampante…

Con todo lo anterior, no es posible, sencillamente, hablar de ESTADO FALLIDO, lo que tienen que decidirse a abordar es el problema verdadero: NO EXISTE UN ESTADO en un país que ya no tiene fronteras ni estructuras.

No cabe duda de que esos 600.000 estadounidenses y sus contratistas y escuadrones de la muerte no vinieron de vacaciones. Tenían una misión… Y esa misión era exactamente la que les acabo de enumerar anteriormente: DESTRUIRLO TODO.

Así pues, cuando se han creado, provocado y agrupado todas las condiciones, se llega a una reacción socio-política obvia.

Cuando el estado se desintegra o se destruye salvajemente, la gente se vuelve hacia la religión y sus sectas, sus barrios o sus tribus. Es decir, se agarran a algún punto de referencia, de las anclas que mejor conocen y en las que pueden confiar.

Se llama SUPERVIVENCIA. Y los iraquíes no están haciendo otra cosa que SOBREVIVIR.” [3]

En ausencia de un Estado, cuando se ha asesinado, expulsado o encarcelado a todos los que defienden un proyecto nacional soberano, ¿quiénes gobiernan Iraq? Violentas minorías organizadas, frente a una mayoría desorganizada que nutre gota a gota la legítima resistencia mientras trata de sobrevivir a ras de suelo.


Cuando hablo de “violentas minorías organizadas” no estoy pensando en los grupúsculos de Al-Qaeda o en las distintas milicias ligadas a los partidos y al gobierno shií; estoy pensando también en ellos en la medida en que, por su funcionamiento interno y sus procedimientos de intervención, imitan a ésas otras más poderosas y más globales que administran el planeta y de las que el gobierno y el ejército de EEUU no son más que —respectivamente— su brazo político y su brazo armado. Es curioso que cuando hablamos de “violentas minorías organizadas” pensemos en la mafia calabresa y no en Monsanto; pensemos en la Yihad y no en la casa Coca-Cola; pensemos en los talibán y no en Exxon. ¿La violencia es inútil? ¿No sirve para nada? Si 61 empresas británicas se habían embolsado en los tres primeros años de Ocupación 1.594 millones de euros, sólo en el año 2006 las compañías estadounidenses habían obtenido beneficios de hasta 25.000 millones de dólares, más del doble que en 2004. A la cabeza de todas ellas se encuentra Kellogg Brown Root (KBR), subsidiaria de la petrolera Halliburton, a la que se concedieron contratos por valor de 16.000 millones de dólares. Las cifras altas producen bajas. Cada ciudadano estadounidense paga todos los años de su bolsillo 64 dólares a Halliburton para que mate a 1.033.239 iraquíes. O si se prefiere: cada uno de los iraquíes muertos ha dejado en herencia 16.000 dólares a Halliburton. No se puede matar a mucha gente —¡ay!— sin ganar dinero. La ausencia total de Estado —lo que Naomi Klein llama “capitalismo del desastre”, lubricado en Iraq por la “Operación Adam Smith”— asegura el cumplimiento de esta proporción de hierro: a medida que disminuye el número de vivos, de sanos, de madres, de hermanos, de estudiantes, aumenta la cotización de cien empresas. La violencia no sólo genera violencia. Hay algunos a los que la muerte de Ahmed y Talib y Waad y Raad y Siham y Hamda y Ramda y Hamza y Feisal, al contrario que a nosotros, no les deja indiferentes.

Notas:

1. En: http://bostonreview.net/BR31.6/rosen.php. Niser Rosen es un periodista nacido en Nueva York y que ha trabajado en Iraq sobre el terreno durante más de un año. En castellano, puede leerse la entrevista que le hizo Eric Ruder publicada por IraqSolidaridad: http://www.nodo50.org/iraq/2006/docs/ocup_21-12-06.html.

2. El número de junio de 2007 de la revista Minerva (Círculo de Bellas Artes, Madrid) recogió los testimonios de diferentes directores de cine de Oriente Próximo. Particularmente interesante es la intervención de Hamudi Jasem, ex presidente de la Unión de Cineastas Iraquíes y profesor de la Escuela de Cine de Bagdad. Es ahí donde revela la destrucción de todos los archivos audiovisuales de la televisión pública iraquí: “ Si queremos rodar una película sobre el Iraq de los últimos años tendremos que empezar de cero. Es una catástrofe ”.

3. En inglés: http://arabwomanblues.blogspot.com/2007/12/and-show-goes-on.html; en castellano: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=61140.


Artículo de Santiago Alba Rico extraído de Rebelion.

sábado, 17 de enero de 2009

DAM

DAM "Born Here", árabes de la ciudad de Lod rimando su vida.



jueves, 15 de enero de 2009

Hola, seguimos vivos…

(Este es un texto de Dania, esposa de Mohamed Mussalem, un artista de Gaza y profesor del Departamento de Bellas Artes de la Universidad Al Q'sa.)

Hola,

Seguimos vivos... al menos por ahora,... tras vivir más de una semana de estrés y de horror bajo los bombardeos continuos sobre Gaza. Cerca de nuestra casa han caído más de 15 misiles de F-16. Imagínense lo que viene después. Ventanas hechas añicos, la casa y el suelo temblando bajo tus pies, los niños aterrorizados… Ni siquiera te atreves a ir al baño por miedo a que te caiga el techo encima.


Desde que empezaron las operaciones de las fuerzas terrestres el décimo día, ha habido incursiones en el barrio de Atatra y Salatin, a 500 metros de nuestra casa. Un auténtico infierno toda la noche. Las explosiones se oían muy fuertes. Como si estuvieran justo delante de tu puerta. Se ven humaredas por todas partes. Un cielo gris todo el día. Escaramuzas continuas, [Los helicópteros] Apaches, por mar, nos atacan desde todos los frentes. Lo peor es que nos quedamos sin electricidad y agua, por supuesto, desde el primer día. Hasta las cisternas de los tejados estaban agujereadas por los impactos de los obuses. Los únicos medios de información que teníamos eran el teléfono y la radio. Escuchábamos historias de masacres y recibíamos noticias de amigos y parientes masacrados. Créanme, han masacrado a familias enteras. El hermano de un vecino estaba en la mezquita cuando la bombardearon. Sus otros dos hermanos fueron a ver si lo encontraban entre los escombros, cuando les lanzaron un segundo misil. Los tres hermanos acabaron convertidos en trozos de carne, no ya cadáveres. Se habla poco de cadáveres, sólo de trozos de cuerpos. Los muertos son apenas reconocibles.

Tras dos noches de infierno, decidimos salir. Mis suegros se negaban pero les obligamos. Corríamos peligro. Los tanques bombardeaban sin objetivos concretos y no estábamos a salvo. Nos arriesgamos a salir con un pañuelo blanco, yo, mi marido, mis dos hijos y mis suegros. Ya había hecho el equipaje. Sabía que ese momento tenía que llegar. Gracias a Dios, nadie resultó herido.


Los medios hablaban de una tregua diaria de 13.00 a 16.00 h por razones humanitarias. Pero era todo mentira. Dos mujeres de mi barrio salieron a buscar provisiones para sus hijos. Las mataron. La hermana de mi marido nos alojaba en el centro de la ciudad de Gaza. Otra gente no tenía adonde ir. En las calles, miles de personas, familias enteras que habían huido de sus hogares… Una nueva generación de refugiados.

Dos horas después unos vecinos que no habían salido aún nos informaron de que un obús de un tanque había caído en una parte de nuestro tejado.

Tres días después la Cruz Roja nos informó de que hay una tregua entre las 7.00 y las 11.00 h para que las mujeres vayan a buscar el resto de sus cosas y de los cuerpos que han quedado, porque se prohibía el paso de ambulancias a esta zona militarizada. En el barrio de Al Atatra la Cruz Roja encontró a cuatro niños casi muertos de hambre junto a su madre muerta desde hacía siete días. Los salvaron en el último minuto.

Mi suegra ha ido. Todas las puertas de las casas están rotas y algunas reventadas. El ejército israelí ha registrado todas las casas, incluida la nuestra. Todos nuestros muebles están destrozados y nuestras cosas esparcidas por el suelo.

No puedo resumir estas dos semanas en unas líneas. ¡He dejado mi casa por un piso donde se refugian más de 30 personas! Toda la gente que reside lindando con el Este, Norte, Sur y Oeste se ha desplazado al centro pensando que está más segura. En realidad nadie está a salvo. Ningún palestino en Gaza…


Nos han dicho que el objetivo de esta guerra es exterminar a los miembros de Hamás. Un pretexto más como los anteriores para exterminar y aterrorizar al pueblo palestino. Más de 900 muertos «civiles», de entre los cuales 275 son niños, 97 mujeres «madres», 15 conductores de ambulancia y 5 periodistas en dos semanas. El mensaje es claro: que el pueblo pague su libertad de expresión por haber votado a Hamás. Así la gente acabará odiando a Hamás.

No dejan de transmitir estos mensajes y ocupar las ondas de las cadenas locales para decirnos: todo lo que sufrís es por culpa de Hamás, que os ha traicionado y no ha asumido la responsabilidad de protegeros. Ya ven. Yo siempre he estado en contra de Hamás. No me gustan los islamistas extremistas, ¡pero no soy tan imbécil como para creer estos embustes! Antes de Hamás ya nos bombardeaban, nos insultaban en las fronteras, nos aprisionaban dentro de Gaza. Ante el mundo dicen que se retiraron de Gaza y que «tienen su libertad, ¿de qué se quejan?». Estaba claro que desde la entrada de Hamás en el gobierno, hace dos años ya, sufrimos un bloqueo que nos ahoga. Sueño con tener derecho a viajar y a desplazarme como cualquier otra persona en el mundo, con tener una paz nacional libre.

Los lanzadores de cohetes son otro pretexto para convencer al mundo de que los israelíes son víctimas y tienen derecho a protegerse de los cohetes de fabricación local con toda clase de armas militares, incluso las prohibidas internacionalmente (bombas de fósforo). ¡La mayoría de los israelíes trasladados a los hospitales ―su «lesión» se ha descrito como un estado de pánico y miedo― se cuentan como víctimas! Mientras que un millón y medio de palestinos viven aterrorizados y los hospitales de Gaza ni siquiera tienen medios para intervenir quirúrgicamente a los heridos de verdad.


El conflicto palestino, la complicidad de los gobernantes árabes, también ha servido de tapadera para estos ataques. Dudo que después de todo esto Gaza tenga una vida normal. Estamos conmocionados y dudo que nos repongamos. Dudo que después de esta guerra, si es que termina, pueda tener una casa. Ruego a Dios que nuestros hijos sobrevivan y si vamos a morir, que muramos todos juntos. No quiero vivir para ver cómo masacran a mis hijos ante mis ojos.

Gracias a todos nuestros amigos por enviarnos mensajes de apoyo. Valoro las manifestaciones que se hacen en todo el mundo, las ayudas que recibimos, los actos de solidaridad. Pero, discúlpenme, estoy tan desesperada y tan convencida a la vez de que Israel está bien protegido y sólo cesará el fuego tras haber alcanzado todos sus objetivos imaginarios, porque, en realidad, el objetivo son los civiles. La decisión de poner fin a las operaciones vendrá de sus generales, y no de la presión de la comunidad internacional.


Hay serios problemas para distribuir la ayuda debido a la falta de autoridades especializadas. Sólo están el OOPS* (UNRWA por sus siglas en inglés) y la Cruz Roja, que hace su trabajo en condiciones muy difíciles. La gente no ha perdido el espíritu de solidaridad, pero la catástrofe golpea a todo el mundo. Cada cual tiene su propia historia triste. Yo mismo estoy conmocionado y apenas he tenido fuerzas para escribirles.

Dania y Mohamed

Nota de la traductora:
* OOPS: Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en el Cercano Oriente, cuya oficina en Gaza también ha bombardeado el ejército israelí.

Carta extraída de Rebelion

viernes, 9 de mayo de 2008

Envy

Envy "A cage it falls into" de su disco All the footprints you've ever left and the fear expecting ahead año 2001


viernes, 18 de abril de 2008

BAGDAD RAP Arturo Cisneros Samper 2004



El rap es la banda sonora del documental y la excusa para hacer un recorrido por imágenes de guerra, de protestas contra ella que se han mostrado jodidamente leves y efímeras, y de una Bagdad viva. También es el nexo de unión entre las diferentes informaciones y testimonios. Raperos como Frank.T, Arianna Puello, El señor rojo, Kase.O, Selekta Kolektiboah y alguno más ponen la banda sonora, a la vez que un conjunto de diatribas a los responsables de la guerra en Iraq y del orden mundial.
El documental muestra a un grupo de brigadistas del estado español que estuvieron en Bagdad días antes del 20 de marzo del 2003 (fecha de la declaración de la guerra) y que fueron testigos de los bombardeos. Los muertos tienen nombres y apellidos.
Hay espacio para lanzar injurias a los medios de comunicación, a una realidad que no es cuadrada como la pantalla de un televisor. Algo que intentan es mostrar una Bagdad cotidiana, donde personas curran, beben té, comercian en la calle... Un grupo de artistas pinta murales, el lenguaje plástico es internacional y una forma de expresar vida y horror. Una voz narradora recita las palabras que Picasso escribió al enterarse del bombardeo en Guernika, "la pintura no existe sólo para decorar las paredes de las casas, es un arma que sirve para atacar al enemigo y para defenderse de él"). En la televisión ves imágenes de bombardeos como si fueran los fuegos artificiales de San Mateo. Hay una consecuencia, un sufrimiento derivado de la atracción del occidental que ve el telediario mientras pela una mandarina. Suena un tema de Zénit, y se expone una radiografía del miedo en las sociedades occidentales.
Lo más impactante para este manubrio: las informaciones sobre el uso de uranio empobrecido en el armamento de la OTAN. Estas son dadas por un ex-militar paramédico en la primera guerra del golfo adiestrado en la Escuela de las Américas y por varios científicos más (uno de ellos era encargado de estudiar la reducción de toxicidad del uranio en la primera guerra del golfo y los otros dos también estaban relacionados con este material). 1943, el proyecto Manhattan propone el uso de uranio empobrecido como armamento. 1974, empiezan las pruebas y la fabricación de municiones con basura nuclear. 1985, Reagan firma con Gorbachov un tratado de desarme, la basura nuclear se mezcla con el armamento (afirma el exmilitar que los 402 billones de dólares del presupuesto militar se usan mayoritariamente para comprar silencios, una poderosa arma se fabrica con deshechos de otra). 29 países poseen armamento que contiene uranio empobrecido. Los aviones de la OTAN están cargados de armamento con uranio empobrecido. Lo usaron en los Balcanes. 375 toneladas de uranio en la primera guerra del golfo, en la segunda 2000 toneladas, en Afganisthán 1000 toneladas. 70 soldados (no sé si españoles todos o de la OTAN) han denunciado al defensor del soldado haber estado expuestos a radiaciones (se puede presenciar un testimonio de la novia de un soldado español que murió por ellas). Las mujeres de Basora (ciudad iraquí) cuando tienen hijos ya no preguntan si es niño o niña, sino si es normal o anormal. Brutales imágenes de malformaciones. El daño que sufre el ADN por efecto de la radiación se alarga durante 40000 generaciones. Leucemia, linfoma, cáncer.
Qué leves las protestas contra la guerra de Iraq, ahí estábamos simulándonos víctimas de un bombardeo.

martes, 15 de abril de 2008

Dil Se

"Chaiyya chaiyya" de la banda sonora de la película bollywoodiense Dil Se.... La canción la popularizó un remix que sale en la película de Spike Lee Plan Oculto (Inside Man el título original). Los subtítulos parece que contienen errores.




miércoles, 2 de abril de 2008

BHOPAL: CRIMEN CORPORATIVO




En la madrugada del 3 de diciembre de 1984, la factoría de la multinacional UNION CARBIDE situada en Bhopal, encargada de producir el milagroso insecticida SEVIN, sufre un ecape de 42 toneladas del gas letal isocianato de metilo, provocando entre 16000 y 30000 muertos y alrededor de medio millón de afectados. Hasta mediados de los años 50, el DDT era el pesticida que los agricultores del mundo usaban para liberarse de las plagas de insectos que devoran las cosechas. El DDT debido a su toxicidad empieza a ser prohibido en multitud de países, y UNION CARBIDE se lanza a la investigación de un producto que fuera eficaz contra los insectos a la vez que inocuo para el ser humano. UNION CARBIDE, multinacional norteamericana productora en sus incicios de componentes eléctricos complejos (pilas, linternas, etc) conoció una gran expansión industrial al ampliar su actividad empresarial a la industria química: fabricación de herbicidas, pesticidas y otros productos de agricultura industrial. Con el flagrante ascenso del sector químico, consigue contar bajo su nombre con 130 filiales repartidas en 40 países y una plantilla de 120000 trabajadores. En la década de los sesenta, UNION CARBIDE anuncia la construcción de una planta productora de SEVIN en el corazón de La India, mercado potencial de quinientos millones de consumidores campesinos. La ciudad elegida es Bhopal, la Bagdad de La India, capital del estado Madhýa Pradesh. La situación céntrica, las buenas comunicaciones, los abundantes recursos de agua y electricidad y la promesa de una mano de obra barata que aseguraba la afluencia de migrantes de los alrededores de la empobrecida área, eran garantías para conseguir enormes dividendos con la construcción de la factoría. Se instala a sólo 3 kilómetros de Bhopal, cerca de arrabales en los que se hacinaban gentes pobres, irrelevantes hasta para elaborar un mínimo plan de evacuación o informarles sobre unas pautas a seguir en caso de escape de isocianato de metilo. La euforia comercial de UNION CARBIDE se ve azotada por persistentes sequías que impiden a los campesinos indios adquirir el SEVIN. Al no poder vender ni la mitad de la producción, la empresa ataja un Plan de Viabilidad que hacía prever la tragedia del 3 de diciembre del 1984, por la unión de tres factores asesinos: carencia de personal técnico especializado, corrosión de los materiales y equipos, desactivación e inutilización de las medidas de seguridad. Cuando ocurrió la catástrofe, se había pasado de un plan de viabilidad a un plan de desmantelamiento, los directivos estaban barajando el destino del equipamiento que todavía conservaba condiciones aceptables. El 3 de diciembre de 1984, media hora pasada la media noche, dos altas columnas de gas, a modo de géisers, se proyectan hacia el cielo de Bhopal. Los bomberos de la fábrica son incapaces de abatir la nube con agua pulverizada, ya que el chorro de las mangueras no cobra suficiente altura, y los sistemas de seguridad de la fábrica están apagados o inutilizados. Sin posibilidad de hacer nada, la nube tóxica se va haciendo cada vez mayor y un ligero viento del norte la impulsa en dirección contraria, hacia el sur... hacia la ciudad. De 16000 a 30000 muertos y más de medio millón de afectados: afecciones respiratorias, abortos espontáneos, daños genéticos y hormonales. Contaminación de pozos acuíferos y de la tierra. UNION CARBIDE ofreció una indemnización mucho menor de la pedida por los demandantes que el gobierno indio aceptó, y en la tramitación a las víctimas se sucedieron las malversaciones.


Una nube sobre Bhopal documental de Gerardo Olivares y Larry Levene (guionista Dominique Lapierre) 2001
Era medianoche en Bhopal Dominique Lapierre y Javier Moro Editorial Planeta 2001