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lunes, 27 de abril de 2009

"El honor de las injurias" de Carlos García-Alix, 2008.

Hipnótico documento que rastrea los pasos de Felipe Sandoval, el Hannibal Lecter anarquista. Qué mejor que dejar la palabra al director del documento: No hay revolución sin verdugos. Poner el foco en el verdugo es la parte más fea y dolorosa. Sandoval fue un verdugo al servicio de la revolución. Hoy es muy difícil comprender el grado de violencia feroz que asolaba España. Mi lucha ha sido no caer en buenos y malos. Es una historia de venganza.




Entrevista con Carlos García-Alix



jueves, 9 de abril de 2009

La Columna Durruti.

El 23 de julio de 1936 García Oliver se dirigió por radio a los obreros aragoneses, con un discurso incendiario, incitándolos a la lucha:
"Salid de vuestras casas. Arrojaos sobre el enemigo. No aguardéis un minuto más. En este preciso instante habéis de poner manos a la obra. En esta tarea han de destacarse los militantes de la CNT y de la FAI. Nuestros camaradas han de ocupar la vanguardia de los combatientes. Y si es preciso morir, hay que morir (...). Os decimos que Durruti y el que os habla -García Oliver- partirán al frente de las columnas expedicionarias. Mandamos una escuadrilla de aviación para bombardear los cuarteles. Los militantes de la CNT y de la FAI han de cumplir con el deber que exige la hora presente. Emplead toda clase de recursos. No aguardéis a que yo finalice mi discurso. Abandonad vuestras casas, quemad, destruid. Batid al fascismo".


El anuncio de que se estaban organizando columnas obreras para marchar sobre Aragón suscitó enorme entusiasmo en Barcelona. Los obreros acudieron a sus respectivos sindicatos para inscribirse como voluntarios y los Comités de Barrio comenzaron a tomar la iniciativa de instruir a los voluntarios en los campos de fútbol, u otros terrenos, en las normas más elementales de la lucha, así como en el lanzamiento de bombas de mano y el funcionamiento del fusil.
Entre los inscritos los había de todas las edades, yendo desde los catorce hasta los sesenta años. Y prevalecían activos y competentes militantes obreros y jóvenes libertarios. Inmediatamente se tomó conciencia de que si lo más capaz y mejor preparado de la CNT y de las Juventudes Libertarias salían para el frente, la retaguardia quedaría en manos de los últimos llegados, lo que podría poner en peligro el proceso de autogestión que se estaba llevando a cabo por los obreros, y que se extendía como mancha de aceite. El entusiasmo hubo de frenarse, reflexionando que si bien era importante pegar tiros, aún era más vital triunfar en la expropiación colectiva que se estaba llevando a término, y salir airosos en la nueva etapa económica y social, puesto que de ella dependería, en última instancia, el triunfo de la revolución con la afirmación de la capacidad política y económica de la clase obrera.


Esta movilización obrera era única en su género. No había sido decretada por nadie y brotaba directamente de la base. Los voluntarios discutían entre sí sobre la mejor manera de organizarse, porque no se quería resucitar ni el espíritu militarista ni la jerarquía de mando. Y fue de esas conversaciones entre los futuros combatientes que apareció la estructura y organización de las milicias, que se conservaría hasta la militarización general en marzo de 1937. La organización ideada era simple: diez hombres constituirían un grupo que nombraría un delegado; diez grupos formarían una centuria que elegiría a su vez su delegado de centuria; y cinco centurias formarían una Agrupación a cuya cabeza se situaría a un responsable que, junto con los delegados de centurias, formaría el Comité de Agrupación.
Pérez Farràs, en tanto que militar y asesor técnico que sería de la Columna Durruti que se estaba formando, inmediatamente mostró su desacuerdo sobre esa forma de organización, manifestándose pesimista sobre su valor combativo. Durruti se apercibió pronto que Pérez Farràs no sería mucho tiempo su asesor técnico-militar, y eligió al sargento de artillería Manzana, que comprendía mejor la psicología de los anarquistas hostiles a todo cuanto significara la práctica piramidal militar de manda y obedece. Como asesores, a Manzana y a Carreño, un maestro de escuela, Durruti les confió la tarea de dotar a la Columna con piezas de artillería, municiones y un cuerpo sanitario con médicos y enfermeras, dotados de un quirófano de urgencia.


Manzana, sin muchas explicaciones, comprendió pronto lo que Durruti deseaba de él, y se las compuso a las mil maravillas para cumplir su misión. Conocía a varios soldados de los que se incorporaron a la formación de la Columna, y también a algunos oficiales, y, contando con el apoyo de Durruti y con la idea de que pudieran servir de auxilio instructor a los demás, toda esa gente fue introduciéndose por entre los grupos formados, pero sin violencias, fraternalmente.
Sin embargo, por su lado, Pérez Farràs continuaba pensando de la misma manera, y terminó por plantear la cuestión directamente a Durruti:
"-Con ese método no se puede combatir".
Y Durruti le repuso:
"-Ya lo dije, y vuelvo ahora a repetirlo: durante toda mi vida me he comportado como anarquista, y el hecho de haber sido nombrado delegado responsable de una colectividad humana no puede hacer cambiar mis convicciones. Fue bajo esa condición que acepté cumplir la tarea que me ha encomendado el Comité Central de Milicias. Pienso -y todo cuanto está sucediendo a nuestro alrededor confirma mi pensamiento- que una milicia obrera no puede ser dirigida según las reglas clásicas del Ejército. Considero pues, que la disciplina, la coordinación y la realización de un plan, son cosas indispensables. Pero todo eso no se puede interpretar según los criterios que estaban en uso en el mundo que estamos destruyendo. Tenemos que construir sobre bases nuevas. Según yo, y según mis compañeros, la solidaridad entre los hombres es el mejor incentivo para despertar la responsabilidad individual que sabe aceptar la disciplina como un acto de autodisciplina.
Se nos impone la guerra, y la lucha que debe regirla difiere de la táctica con que hemos conducido la que acabamos de ganar, pero la finalidad de nuestro combate es el triunfo de la revolución. Esto significa no solamente la victoria sobre el enemigo, sino que ella debe obtenerse por un cambio radical del hombre. Para que ese cambio se opere es preciso que el hombre aprenda a vivir y conducirse como un hombre libre, aprendizaje en el que se desarrollan sus facultades de responsabilidad y de personalidad como dueño de sus propios actos. El obrero en el trabajo no solamente cambia las formas de la materia, sino que también, a través de esa tarea, se modifica a sí mismo. El combatiente no es otra cosa que un obrero utilizando el fusil como instrumento, y sus actos deben tender al mismo fin que el obrero. En la lucha no se puede comportar como un soldado que le mandan, sino como un hombre consciente que conoce la trascendencia de su acto. Ya sé que obtener esto no es fácil, pero también sé que lo que no se obtiene por el razonamiento no se obtiene tampoco por la fuerza. Si nuestro aparato militar de la revolución tiene que sostenerse por el miedo, ocurrirá que no habremos cambiado nada, salvo el color del miedo. Es solamente liberándose del miedo que la sociedad podrá edificarse en la libertad".
Durruti se había expresado con suma claridad, y su propósito no era otro que unir la teoría con la práctica y viceversa. Como anarquista él deseaba continuar siendo fiel a sus concepciones libertarias, a pesar de asumir la responsabilidad de dirigir una columna obrera que partía en lucha hacia el frente de Aragón.
Mientras tanto, los preparativos de la expedición a Zaragoza proseguían avanzando. Y pronto, en tierras de Aragón, iban a librarse batallas importantes, tanto en el frente de la guerra como en el frente de la revolución campesina. En Zaragoza se encontraba el cuartel general de la V División Militar bajo el mando del general Miguel Cabanellas. Las fuerzas que este general mandaba en Zaragoza comprendían:
"Dos Brigadas de Infantería: la IX (cuartel general, Zaragoza) y la X (cuartel general, Huesca), más una Brigada de Artillería, la V (Zaragoza), con cuatro Regimientos de Infantería, dos de Artillería, un Batallón de Ingenieros y los Servicios correspondientes. Había, además, como unidades no divisionarias, un Regimiento de Carros, otro de Caballería, un Destacamento del Depósito de Remonta, un grupo de Defensa contra Aeronaves, un Parque de Cuerpo de Ejército, un Batallón de Pontoneros y una Comandancia de Sanidad. Como mandos principales se encontraban los generales don Miguel Cabanellas (V División), Alvarez Arenas (IX Brigada), De Benito (X Brigada) y don Eduardo Martín González (V de Artillería). No deben olvidarse aquí las fuerzas de Orden Público. A las de Asalto de Zaragoza, había que agregar dieciocho compañías de la Guardia Civil y cinco de Carabineros. Los efectivos de las unidades del Ejército se encontraban muy mermados, pero, como compensación, puede decirse que, desde sus jefes más altos a los más subalternos, se encontraban, casi sin excepción, magníficamente dispuestos en favor de los planes del general Mola."
José Chueca, refiriéndose a la pérdida de Zaragoza, se pregunta:
"¿Pudimos haber hecho más de lo que hicimos? Es posible. Fiamos excesivamente en las promesas del gobernador civil (Vera Coronel) y concedimos demasiado valor a nuestras fuerzas; no quisimos prever que frente a una acción violenta, como la que podía desencadenar el fascismo, hacía falta algo más contundente que treinta mil obreros organizados en las Sindicatos".
Y Martínez Bande escribe:
"En la misma noche del 17, y nada más tenerse conocimiento de lo ocurrido en Marruecos, masas muy decididas de extremistas se adueñaron de las principales calles. Transcurrió en una tensa expectativa todo el día 18, en que numerosos grupos de voluntarios acudieron a los cuarteles, proclamándose en la madrugada del 19 el Estado de Guerra. Contra esta medida reaccionó la CNT, declarando el mismo día la huelga general revolucionaria, que el 22 quedaba estrangulada, gracias a las enérgicas resoluciones de las autoridades militares y no sin diversos choques.
En Calatayud, el coronel Muñoz Castellanos declaró el Estado de Guerra el día 20, sin incidentes; pero bastantes pueblos tuvieron que ser rescatados por destacamentos del Ejército, fuerzas del Orden Público y paisanos voluntarios. Al norte del Ebro, fueron siete pueblos, en las riberas, cuatro, y al sur del Ebro, diez con Belchite".
En las condiciones en que habían caído Zaragoza y Calatayud, cayeron también en manos de los sublevados Huesca y Teruel. Como un islote quedaba Barbastro en manos de los soldados que mandaba el coronel republicano Villalba.
Este era el cuadro que ofrecía el territorio aragonés, cuando Durruti, al frente de unos dos mil milicianos, se propuso conquistar Zaragoza.


El 24 de julio, a las diez de la mañana, la Columna Durruti debía salir del Paseo de Gracia en dirección Zaragoza, vía Lérida. A las ocho de la mañana, Durruti habló por radio dirigiéndose a la población obrera de Barcelona para pedirles que contribuyeran con artículos alimenticios al abastecimiento de la Columna. Esta llamada insólita sorprendió a todo el mundo. Y, lógicamente, había motivo para ello. La distribución de los alimentos estaba a cargo, en parte, de los Comités de Barrio, del Sindicato de la Alimentación y del Comité Central de Milicias Antifascistas. Por tanto ¿es que dichos organismos negaban a Durruti la posibilidad de constituirse una intendencia? Pronto Durruti satisfizo la curiosidad:
"-El arma más potente de la revolución es el entusiasmo. En la revolución se triunfa cuando todo el mundo está interesado en la victoria, haciendo de ella cada uno su causa personal. La respuesta a mi llamada -les dijo a los que mostraron su sorpresa- nos dará la medida del interés que pone la ciudad de Barcelona en la revolución y su victoria. Además, esto es una manera de situar a cada uno frente a su propia responsabilidad, una ocasión para que todo el mundo tome conciencia de que nuestra lucha es colectiva y que su triunfo depende del esfuerzo de todos. Este y no otro es el sentido de nuestra llamada", concluyó Durruti.
Poco antes de salir la Columna Durruti fue cuando su delegado, que se encontraba discutiendo en el Sindicato Metalúrgico sobre una cuestión de blindaje de camiones, recibió al periodista del Toronto Star, Van Passen, que publicaría un reportaje bajo el título: "Dos millones de anarquistas luchan por la revolución". En el mismo comienza inmediatamente por poner a Durruti ante el lector:
"Es un hombre alto, moreno, de rasgos morunos. Hijo de humildes campesinos. Su voz aguda, casi gutural".
Van Passen le preguntó si él consideraba ya aplastados a los militares rebeldes:
"-No, todavía no los hemos vencido" contestó francamente. Y agregó: "Ellos tienen Zaragoza y Pamplona. Ahí es donde están los arsenales y las fábricas de municiones. Tenemos que tomar Zaragoza y después saldremos al encuentro de las tropas compuestas de Legionarios Extranjeros, que ascienden desde el Sur, mandadas por el general Franco. Dentro de dos o tres semanas nos encontraremos entregados en batallas decisivas."
-"¿Dos o tres semanas?" preguntó intrigado el periodista.
-"Dos o tres semanas o quizá un mes" -afirmó Durruti-. "La lucha se prolongará como mínimo todo el mes de agosto. El pueblo obrero está armado. En esta contienda el Ejército no cuenta. Hay dos campos: los hombres que luchan por la libertad y los que luchan por aplastarla. Todos los trabajadores de España saben que si triunfa el fascismo vendrá el hambre y la esclavitud. Pero los fascistas también saben lo que les espera si pierden. Por eso esta lucha es implacable. Para nosotros de lo que se trata es de aplastar al fascismo, de manera que no pueda levantar jamás la cabeza en España. Estamos decididos a terminar de una vez por todas con él, y esto a pesar del Gobierno..."
-"¿Por qué dice usted a pesar del Gobierno? ¿Acaso no está este Gobierno luchando contra la rebelión fascista?" pregunté sorprendido.
-"Ningún Gobierno en el mundo pelea contra el fascismo hasta suprimirlo" -me respondió Durruti-. "Cuando la burguesía -agregó- ve que el poder se le escapa de las manos, recurre al fascismo para mantener el poder de sus privilegios. Y esto es lo que ocurre en España. Si el Gobierno republicano hubiera deseado terminar con los elementos fascistas, hace ya mucho tiempo que hubiera podido hacerlo. Y en lugar de eso, temporizó, transigió y malgastó su tiempo buscando compromisos y acuerdos con ellos. Aún en estos momentos, hay miembros del Gobierno que desean tomar medidas muy moderadas contra los fascistas. ¡Quién sabe -dijo Durruti, riendo- si aún el Gobierno espera utilizar las fuerzas rebeldes para aplastar el movimiento revolucionario desencadenado por los obreros!"
-"¿Entonces -preguntó Van Passen- usted ve dificultades aun después que los rebeldes sean vencidos?"
-"Efectivamente. Habrá resistencia por parte de la burguesía, que no aceptará someterse a la revolución que nosotros mantendremos en toda su fuerza, contestó Durruti."
El periodista le señaló la contradicción en que se encontraba la revolución que mantenían los anarquistas:
"-Largo Caballero e Indalecio Prieto han afirmado que la misión del Frente Popular es salvar la República y restaurar el orden burgués. Y usted, Durruti, usted me dice que el pueblo quiere llevar la revolución lo más lejos posible. ¿Cómo interpretar esta contradicción?"
"-El antagonismo es evidente" -me respondió-. "Como demócratas burgueses, esos señores no pueden tener otras ideas que las que profesan. Pero el pueblo, la clase obrera, está cansado de que se le engañe. Los trabajadores saben lo que quieren. Nosotros luchamos no por el pueblo sino con el pueblo, es decir, por la revolución dentro de la revolución. Nosotros tenemos conciencia de que en esta lucha estamos solos, y que no podemos contar nada más que con nosotros mismos. Para nosotros no quiere decir nada que exista una Unión Soviética en una parte del mundo, porque sabíamos de antemano cuál era su actitud en relación a nuestra revolución. Para la Unión Soviética lo único que cuenta es su tranquilidad. Para gozar de esa tranquilidad, Stalin sacrificó a los trabajadores alemanes a la barbarie fascista. Antes fueron los obreros chinos, que resultaron victimas de ese abandono. Nosotros estamos aleccionados, y deseamos llevar nuestra revolución hacia adelante, porque la queremos para hoy mismo y no, quizá, después de la próxima guerra europea. Nuestra actitud es un ejemplo de que estamos dando a Hitler y a Mussolini más quebraderos de cabeza que el Ejército Rojo, porque temen que sus pueblos, inspirándose en nosotros, se contagien y terminen con el fascismo en Alemania y en Italia. Pero ese temor también lo comparte Stalin, porque el triunfo de nuestra revolución tiene necesariamente que repercutir en el pueblo ruso."


Van Passen recapitula:
"Este es el hombre que representa a una organización sindical que cuenta aproximadamente con dos millones de afiliados y sin cuya colaboración la República no puede hacer nada, incluso en el supuesto de una victoria sobre los sublevados. Yo quise conocer su pensamiento porque para comprender lo que está sucediendo en España es preciso saber cómo piensan los trabajadores. Por esa razón he interrogado a Durruti, porque por su importancia popular es un auténtico y característico representante de esos trabajadores en armas. De sus respuestas resulta claramente que Moscú no tiene ninguna influencia ni autoridad para hablar en nombre de los trabajadores españoles. Según Durruti, ninguno de los Estados europeos se siente atraído por el sentimiento libertario de la revolución española, sino deseosos de estrangularla."
-"¿Espera usted alguna ayuda de Francia o de Inglaterra, ahora que Hitler y Mussolini han comenzado a ayudar a los militares rebeldes?" pregunté.
-"Yo no espero ninguna ayuda para una revolución libertaria de ningún gobierno del mundo" respondió Durruti secamente. Y agregó: -"Puede ser que los intereses en conflictos de imperialismos diferentes tengan alguna influencia en nuestra lucha. Eso es posible. El general Franco está haciendo todo lo posible para arrastrar a Europa a una guerra, y no dudará un instante en lanzar a Alemania en contra nuestra. Pero, a fin de cuentas, yo no espero ayuda de nadie, ni siquiera, en última instancia, de nuestro Gobierno."
-"¿Pueden ustedes ganar solos?" pregunté directamente.
Durruti no respondió. Se tocó la barbilla, pensativamente. Sus ojos brillaban. Y Van Passen insistió en la pregunta:
-"Aun cuando ustedes ganaran, iban a heredar montones de ruinas" -me aventuré a interrumpir su silencio.
Durruti pareció salir de una profunda reflexión, y me contestó suavemente, pero con firmeza:
-"Siempre hemos vivido en la miseria, y nos acomodaremos a ella por algún tiempo. Pero no olvide que los obreros son los únicos productores de riqueza. Somos nosotros, los obreros, los que hacemos marchar las máquinas en las industrias, los que extraemos el carbón y los minerales de las minas, los que construimos ciudades... ¿Por qué no vamos, pues, a construir y aún en mejores condiciones para reemplazar lo destruido? Las ruinas no nos dan miedo. Sabemos que no vamos a heredar nada más que ruinas, porque la burguesía tratará de arruinar el mundo en la última fase de su historia. Pero -le repito- a nosotros no nos dan miedo las ruinas, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones", dijo, murmurando ásperamente. Y luego agregó: "Ese mundo está creciendo en este instante".


Hacia las diez de la mañana, los voluntarios que iban a integrar la Columna Durruti comenzaron a afluir al Paseo de Gracia, donde un numeroso público había acudido también a presenciar la marcha de aquella extraña caravana, compuesta de camiones, autobuses, taxis y turismos. El entusiasmo era inmenso. El triunfo rápido en Barcelona autorizaba el optimismo. Y esa expedición hacia Aragón era concebida por muchos como un rápido paseo.
Hacia el mediodía, la columna compuesta de unos dos mil hombres se puso en marcha en un delirio de vivas, de puños levantados y de estribillos de cantos revolucionarios, sonando el más potente de "¡A las Barricadas!" el himno de la CNT-FAI.
A la cabeza iba un camión con una docena de jóvenes, entre los cuales destacaba la hercúlea figura de José Hellín blandiendo una bandera rojinegra, que por defenderla en Madrid morirá el 17 de noviembre, haciendo saltar a bombazos las tanquetas italianas. Detrás seguía la centuria que llevaba como delegado al metalúrgico Arís. Luego cinco centurias, que pronto iban a destacarse como una verdadera fuerza de élite como dinamiteros: eran los mineros de Figols y Sallent; y también los marineros del Transporte Marítimo, que se destacarían como guerrilleros, llevando siempre en la delantera al marinero Setonas.
Como delegado de la III Centuria iba El Padre, viejo luchador que había formado en las filas de Pancho Villa en la revolución mexicana. La IV Centuria llevaba como delegado al obrero del textil Juan Costa; y la V, formada exclusivamente de obreros metalúrgicos, la representaba el joven libertario Muñoz, de 19 años.
Entre dos autocares marchaba un "Hispano", en el que iban Durruti y Pérez Farràs. Durruti iba silencioso, extraño y ajeno a los vivas y los puños levantados. Sentía la responsabilidad que las circunstancias le habían deparado. El setenta por ciento de los hombres que componían su columna era la flor y nata de las juventudes anarquistas de Barcelona. Jóvenes, y menos jóvenes, todos conocieron antes y durante el 19 de julio los combates callejeros y los enfrentamientos contra la Fuerza Pública. Pero no conocían la lucha en terreno descubierto, es decir, la guerra.
Antes de salir de Barcelona, Durruti se dirigió a los hombres de la Columna con un discurso en el cuartel Bakunin. En él quiso prevenir a todos sobre la diferencia que existía entre la lucha que ellos conocían y la que se iba a afrontar en Aragón. Pero él sabía que las palabras no pueden sustituir a la experiencia. Habló de los bombardeos de la aviación y de los cañonazos que precedían a los ataques. De los combates cuerpo a cuerpo con arma blanca. Y sobre todo insistió en la diferencia que existía entre un ejército burgués y el proletariado en armas, en su comportamiento con los campesinos y las poblaciones de retaguardia.
Seguía aún en pie el problema del mando. Su posición había sido netamente expuesta ante el Comité Central de Milicias Antifascistas, y repetida más tarde a Pérez Farràs. Durruti conocía la confianza que le otorgaban sus compañeros, y que yendo él delante todos le seguirían, incluso si los llevaba a la muerte. Pero la muerte no era el fin que perseguía Durruti, sino la vida. Un militar puede, desde su puesto de mando y sin ningún escrúpulo, enviar a la gente a la muerte; reemplaza las bajas y asunto concluido. Pero Durruti sabía que la mayor parte de los hombres que le seguían eran militantes revolucionarios, y tales hombres son irremplazables. En su reflexión entraban unas palabras que pronunciara Néstor Makhno en su presencia:
"La diferencia que existe entre un militar que manda y un revolucionario que dirige, reside en que el primero se impone por la fuerza, mientras que el segundo no dispone de más autoridad que la que se deriva de su propia conducta".
Vicente Guarner juzga a los dos hombres que iban al frente de la Columna:
"Durruti, el jefe, a quien traté personalmente, era de una personalidad impresionante. De unos cuarenta años, decidido, de mirada penetrante e infantil, de estatura más que mediana, había sido obrero ferroviario. Pérez Farràs, leridano, era de un valor impulsivo, vehemente en sus opiniones, alto de estatura, de frente despejada y con talento natural, oscurecido por momentáneas obcecaciones..."
[...]


A medida que la Columna avanzaba, y al pasar por los pueblos, la gente se agolpaba para ver pasar la caravana. Más de uno exclamaba, al ver a Durruti:
"-¡Pero, no puede ser un jefe! ¡No lleva galones!"
Otros, mejor informados, replicaban "que un anarquista nunca es jefe y, por la tanto, no lleva galones".
En otros lugares, los campesinos recibían a la Columna con gritos de alegría y vivas a la CNT-FAI. En todos los lugares donde la Columna hacía un alto, y los campesinos se arrimaban en tomo de los llegados, Durruti descendía del coche para hablar con los vecinos del pueblo:
"-¿Habéis organizado ya vuestra colectividad? No esperéis más. ¡Ocupad las tierras! Organizaos de manera que no haya jefes ni parásitos entre vosotros. Si no realizáis eso, es inútil que continuemos hacia adelante. Tenemos que crear un mundo nuevo, diferente al que estamos destruyendo. Si no es así, no vale la pena que la juventud muera en los campos de batalla. Nuestro campo de lucha es la revolución".
De este modo iba naciendo, al paso de la Columna, y antes de emprender la batalla contra los militares fascistas, un mundo nuevo, porque ése y no otro era el objetivo del combate.
En Caspe hubo un primer encuentro con los fascistas. El capitán de la Guardia Civil, Negrete, había dominado el pueblo. Desde el día 23 de julio, un grupo importante de milicianos que habían salido por su cuenta y riesgo de Barcelona, entre los que se encontraban los hermanos Subirats, presentaron batalla; ya estaban entregados a ella cuando llegó la Columna allí, y gracias a su intervención se liberó Caspe. Con esa conquista, la Columna fue ya engrosándose y detrás de ella fueron quedando los pueblos de Fraga, Candasnos, Peñalba, La Almanda, etc., llegando a Bujaraloz el día 27 de julio, donde, provisionalmente, se instaló el Comité de Guerra.
Al día siguiente, la Columna se puso en marcha hacia el Ebro, con objetivos en Pina y Osera para alcanzar Zaragoza. Al poco de ponerse en marcha, y a unos kilómetros de Bujaraloz, la Columna entró en contacto con la realidad de la guerra. La aviación fascista salió a su encuentro bombardeándola, acción que desmoralizó a no pocos de los milicianos que, llenos de pánico, echaron a correr. La reacción era lógica. El bombardeo, por su sorpresa, había sido mortífero, causando una docena de muertos y más de veinte heridos, entre ellos el comandante de Artillería Claudín, que mandaba las tres baterías de la Columna.


Un grupo de los que componían la Columna, obrando por instinto, se interpuso a los que corrían y con su prestancia de ánimo impidieron que se contagiara el pánico y terminar aquella expedición en una lamentable retirada. Ante aquel choque, Durruti comprendió que era preferible dar marcha atrás e informarse mejor sobre las posiciones del enemigo, evitando con ello caer en una emboscada. En ese retorno hacia Bujaraloz, Durruti se enteró que en uno de los camiones se encontraba Emilienne, enrolada también como miliciana. La miró sonriendo, sin hacer comentario alguno. Sobre este encuentro, Mimi escribe:
"Fue en ese pueblo (Bujaraloz), hoy ya histórico, donde encontré a mi compañero, después de dos semanas de separación. Pasada la primera emoción, organizamos inmediatamente el Cuartel General de la Columna. En una habitación sombría y húmeda, comenzamos las primeras tareas y sin material organizamos la primera administración de esta Columna de mil hombres que iba rápidamente a crecer. Fue de ese pequeño pueblo, triste y austero, de donde salió toda la formación de nuestra Columna, bien imperfecta al principio, pero que poco a poco estuvo en la medida de dar satisfacción a las enormes necesidades de varios miles de hombres".
Vueltos ya a Bujaraloz, Durruti tuvo una primera discusión con Pérez Farras. Como militar profesional que era éste, y no aprobando los métodos que Durruti empleaba, aprovechó la circunstancia habida para recomendarle que estructurara mejor la Columna y revisara su plan de ataque a Zaragoza. En cualquier otro momento Durruti hubiera acogido las observaciones de Farras de buen grado, pero entonces sintió un punzante orgullo herido, ya que comprendía que esas observaciones no eran desinteresadas sino que nacían de una crítica al modo de organización libertaria. Durruti le repuso que cualquiera que no fuese libertario hubiera corrido también despavorido ante el citado ataque. Pero que existía la diferencia de "que esos hombres que habían corrido hoy, mañana se batirían como leones, pero sólo si se les trataba como obreros sorprendidos y no como soldados desertores ante el enemigo".
Desde el balcón de la alcaldía de Bujaraloz, Durruti se dirigió a los hombres de la Columna que se habían concentrado en la plaza. Pronunció un discurso duro; quizá, según confesión de uno de los oyentes, el más sentido discurso que Durruti había pronunciado en su vida militante:
"Amigos, nadie ha venido a esta Columna forzado. Es cada uno de vosotros que habéis elegido libremente vuestra suerte, y la suerte de la primera columna de la CNT y de la FAI es muy ingrata. García Oliver lo anunció por radio en Barcelona: salíamos para Aragón a conquistar Zaragoza o dejar la vida en el intento. Yo repito la misma cosa: antes que retroceder, hay que morir. Zaragoza está en manos de los fascistas, y allí se encuentran centenares, miles de obreros bajo la amenaza de los fusiles, que pueden dispararse a cada instante ocasionando la muerte de nuestros hermanos. ¡¿Para qué hemos salido de Barcelona, sino es para liberarles?! Ellos nos esperan y nosotros, ante el primer ataque enemigo, echamos a correr. ¡Hermosa manera de mostrar al mundo y a nuestros compañeros el coraje de los anarquistas que se llenan de miedo ante tres aviones!
La burguesía no nos permitirá implantar el comunismo libertario simplemente porque ése es nuestro deseo. La burguesía resistirá porque ella defiende sus intereses y sus privilegios. El único medio que tenemos nosotros para implantar el comunismo libertario es destruyendo la burguesía. El camino de nuestro ideal es seguro, pero hay que seguirlo con coraje. Esos campesinos que hemos dejado tras nosotros, y que han comenzado a poner en práctica nuestras teorías, lo han hecho tomando nuestros fusiles como garantía de su cosecha. Si dejamos el camino libre al enemigo, eso quiere decir que esas iniciativas tomadas por los campesinos son inútiles, y lo que es peor aún, los vencedores les harán pagar su audacia asesinándoles. Es éste y no otro el sentido de nuestro combate. Lucha ingrata que no se parece a ninguna de las que hemos librado hasta ahora. Lo que ha pasado hoy no es nada más que una simple advertencia. Ahora la lucha va a empezar de verdad. Nos enviarán toneladas de metralla y tendremos que defendemos con bombas de mano y hasta con cuchillos. A medida que el enemigo se sienta cercado nos morderá como una bestia acorralada. Y morderá duramente. Pero aún no ha llegado a ese punto, y ahora se bate para no caer bajo el peso de nuestras armas. Y es más, él cuenta con el apoyo de Alemania y de Italia, y nosotros contamos nada más que con la fe en nuestro ideal, pero contra esa fe se han quebrado los dientes todas las represiones. Y hoy se los tiene que quebrar también el fascismo.
Nosotros contamos a nuestro favor la victoria que hemos conseguido en Barcelona, y debemos aprovechar con rapidez esa ventaja, porque si no la aprovechamos, el enemigo, abastecido por los alemanes e italianos, será más fuerte que nosotros y nos impondrá la dura ley del vencido.
Nuestra victoria depende de la rapidez de nuestra acción. Cuanto más pronto ataquemos, más posibilidades tenemos de triunfo. Hasta este momento, la victoria está de nuestro lado, pero no será consolidada si no tomamos inmediatamente Zaragoza... Mañana no puede repetirse lo de hoy. En las filas de la CNT y de la FAI no hay cobardes. No queremos entre nosotros gente que se asusta ante los primeros disparos...
A los que han corrido hoy, impidiendo a la Columna avanzar, yo les pido que tengan el coraje de dejar caer el fusil para que sea empuñado por otra mano más firme... Los que quedemos proseguiremos nuestra marcha. Conquistaremos Zaragoza, libertaremos a los trabajadores de Pamplona, y nos daremos la mano con nuestros compañeros mineros de Asturias y venceremos, dando a nuestro país un nuevo mundo. Y a los que vuelvan, después de estos combates, yo les pido que no digan a nadie lo que ha ocurrido hoy... porque nos llena de vergüenza".


Y un testigo presencial comenta:
"Nadie soltó el fusil, pero aquellos que habían corrido lloraron de rabia ante sus compañeros. La lección había sido dura, pero esos hombres renacieron aquel día. Muchos de ellos fueron excelentes guerrilleros, y muchos también murieron en el transcurso de los treinta y dos meses de lucha desesperada".
La Columna Durruti emprendió su marcha hacia el Ebro, tomando Pina y Osera en combates bastante empeñados. Llegó hasta unos veinte kilómetros de Zaragoza, pero quedó detenida por el río y por la resistencia que opusieron las tropas de la capital aragonesa, estableciendo las tropas de Durruti una buena y eficaz red de trincheras y nidos de ametralladoras en sus últimas posiciones. Desde el Comité Central de Milicias se dio orden a esta Columna de detener su avance y estabilizarse, para esperar que la columna Ortiz, en el sur del Ebro, dominase Quinto y Belchite. Días antes vadearon con bastante dificultad este río fuerzas de dicha Columna, e hicieron prisioneros por sorpresa a una fuerza de caballería con un capitán y dos tenientes en el pueblo de Quinto, rechazándose con bastante frecuencia los contraataques de las tropas zaragozanas.
"Era de gran utilidad la información obtenida por esta Columna. Casi cada noche salían obreros de Zaragoza y entraban milicianos armados en la ciudad. Y así pudimos enterarnos de que muchos oficiales navarros habían sido instruidos en Italia y que, a finales de julio, al general Cabanellas le había sucedido en el mando de la V División el general Germán Gil Yuste".
La importancia de la cita anterior reside en el hecho de que, por una vez, se nos aclara de dónde partió la orden que detuvo la marcha de la Columna a veinte kilómetros de Zaragoza. Los técnicos militares todos son coincidentes en apreciar que era indispensable esperar la llegada de las Columnas que partían de Barcelona, para poder atacar frontalmente Zaragoza. Durruti, después de discutir en Bujaraloz con el coronel Villalba {oficial de confianza del C.C. de M.A. en Aragón) y otros jefes militares, pareció aceptar dicha teoría, mejorando sus posiciones entretanto con la conquista de Pina y Osera y entregándose a la vez a una reestructuración de la Columna. Sin embargo, los más destacados militantes de Aragón, como José Alberola, juzgaron erróneo el que la Columna no se lanzara a la conquista de Zaragoza, basándose en dos factores: primero, en la explotación del momento psicológico, que daba el hecho de la victoria de Barcelona y Cataluña y, segundo, que el ataque no debía ser frontal, sino por Calatayud, por la izquierda de Zaragoza y por Tardienta a su derecha. Más tarde, cuando se evidenció ya imposible la conquista de Zaragoza, Durruti hubo de reconocer su error, que él lo justificó señalando el riesgo que entrañaba un ataque en el que podía quedar completamente diezmada la Columna y, con ello, el sacrificio estéril de los compañeros que la integraban.
[...]
El profundo proceso revolucionario abierto en España atrajo hacia su tierra a infinidad de personas de las más variadas características: militantes, intelectuales, periodistas, políticos, historiadores, y, por supuesto, también a intrigantes y aventureros. La mayoría traía un cliché determinado, y bajo él deseaban apreciar los sucesos de la Península, por lo que sin conocer la historia de nuestro país ni las razones por las cuales se había producido aquella guerra, lo juzgaban todo con aires de suficiencia, observando a los españoles como bichos raros. A ese prejuicio se agregaba el hecho de que el anarquismo, que iba de capa caída en el mundo, se mantuviera lozano en España. Y, en consecuencia, como del anarquismo se tenía un falso concepto, no se podía aceptar que en España pudiera jugar un papel predominante en la vida del país como fuerza organizadora. Además, por una coincidencia histórica, en España se iba a replantear el debate que iniciaron, setenta años atrás, Carlos Marx y Miguel Bakunin. Era lógico que los seguidores de Carlos Marx se entregaran por sectarismo y siguiendo las órdenes de Stalin a denigrar cuanto no fuese obra de ellos, particularmente si los realizadores eran anarquistas. En el aspecto concreto del frente de Aragón, con relación a la organización de las milicias, los elementos de obediencia estalinista o trotskista intentaron imprimir un carácter castrense a sus fuerzas milicianas, pero hubieron de renunciar ante la oposición de los propios milicianos, aunque éstos no fueran voluntarios. El POUM intentó codificar la vida de las milicias bajo reglamento castrense, y hubo de renunciar. Aragón, con sus cuatrocientas colectividades agrícolas y los dieciséis mil combatientes de la CNT-FAI, había cambiado la fisonomía de su territorio en lo tocante a las relaciones sociales, y ya era imposible volver atrás.
La estructura "militar" de las milicias no satisfacía a los visitantes extranjeros, que la juzgaban ineficaz y condenada al fracaso. Koltsov, corresponsal ruso del diario bolchevique Pravda de Moscú, que visitó el frente de Aragón a mediados de agosto, se burlará de este sistema de milicias proletarias de la misma manera que sus colegas burgueses. No obstante, escritores y otros hombres mejor preparados para la comprensión de los problemas que presentaba la Revolución, rindieron homenaje a esas fuerzas revolucionarias que habían hecho retroceder a las fuerzas armadas insurrectas.


Entre estos últimos testimonios el más significativo de todos es el de George Orwell, combatiendo en Aragón, y no precisamente entre las fuerzas anarquistas:
"Los periodistas que se burlaban del sistema de las milicias pocas veces recordaban que éstas tuvieron que contener al enemigo mientras el Ejército Popular se adiestraba en la retaguardia. Y el mero hecho de que las milicias hayan permanecido en el frente constituye un tributo a la fuerza de la disciplina revolucionaria, pues, hasta junio de 1937, lo único que las retuvo allí fue la lealtad de clase".
Orwell podía incluso ser más concreto, preguntando a esos periodistas: ¿Qué hubiera sucedido si esos milicianos, cuando se produjo la sublevación militar, en vez de salir hacia Aragón se hubieran metido en un cuartel para aprender la "instrucción" militar y marcar el paso? No hay que ser un lince para saber que, licenciado el Ejército por la República el 20 de julio, y pasadas las tres cuartas partes de los oficiales del mismo al bando enemigo, los rebeldes se hubieran adueñado de España en 24 horas, porque no existía un Ejército para impedírselo. Fueron esas milicias las que pararon, como pudieron, el avance de los sublevados. Cuando después de un año de lucha se contaba ya con un medio Ejército, infiltrado de estalinistas, fue, como escribe Orwell, el momento de atacar no a las milicias, sino a las bases sobre las cuales descansaban esas milicias.
"Más tarde se puso de moda criticar a las milicias y sostener que los fallos debidos a la falta de armamento y de adiestramiento eran el resultado del sistema igualitario... En la práctica, el estilo revolucionario de la disciplina merece más confianza... En un Ejército compuesto por obreros, la disciplina tiene que ser voluntaria... En las milicias, los abusos que son inherentes al Ejército no se hubieran tolerado un solo momento... Los castigos militares existían, pero eran aplicados en casos muy graves... La disciplina revolucionaria depende de la conciencia política, de una comprensión de por qué deben obedecerse las órdenes; necesita tiempo para formarse, pero también se necesita tiempo para convertir a un hombre en un autómata dentro de un cuartel. Dentro de las milicias se intentó crear una especie de modelo provisto de la sociedad sin clases...".
En los primeros días de agosto, aunque no puede hablarse de inactividad, la actividad que se llevaba a cabo no satisfacía a Durruti. El no era hombre de estar sentado, ni tampoco partidario de pasar su tiempo en inocuas conversaciones, que son las que se desarrollan generalmente cuando se espera algo que no llega. Iba de un lado para otro, visitando los puestos avanzados e interesándose por todos los detalles que pudieran informarle del movimiento del enemigo. El amanecer era el momento más importante en la vida de Durruti, porque era a esa hora cuando llegaban los compañeros que habían salido en misión especial al campo enemigo o a la ciudad de Zaragoza; los informes que traían eran aprovechados para mejor reforzar las líneas defensivas de la Columna, y cuando eran de orden general, se retransmitían al Comité Central de Milicias Antifascistas.
Los golpes de mano en campo enemigo daban también sus frutos: bien fuera realizando prisioneros, haciendo saltar con dinamita posiciones enemigas o agenciándose armas o munición que comenzaba ya a escasear de manera alarmante. Pero todo esto era insuficiente para dejar satisfecho a Durruti. y fue entonces cuando fijó su atención en las colectividades campesinas que iban brotando por todo el Aragón liberado con una espontaneidad asombrosa. Las relaciones que se habían establecido entre las colectividades en el sector que ocupaba la Columna y la Columna eran sumamente fraternales. Los campesinos visitaban la Columna, bien fuera para traer víveres o para pedir a Durruti que visitara la colectividad y les diera su opinión de cómo marchaban allí las cosas. Durruti, generalmente, accedía de buen grado, y si no podía enviaba a Carreño u otro compañero, de los tantos que había en la Columna, que pudieran dar su opinión sobre la marcha de la Comunidad visitada.
En el curso de las visitas que efectuó Durruti a las diversas comunidades, valoró la importancia que dicha obra colectivista podía tener para la expansión revolucionaria, y también estimó los peligros a que esa expansión colectivista estaba expuesta si no llegaba a constituir una fuerza unida, y sugirió a los campesinos que crearan una federación que comprendiera todas las colectividades formadas en Aragón. Esa federación -les dijo- no sólo os dará una fuerza organizativa, sino que os permitirá también elaborar planes de conjunto que puedan poner en marcha una economía socialista libertaria. Eso era, según Durruti, tanto más urgente por cuanto había, por parte de los elementos que constituían algunas columnas estalinistas, un propósito deliberado de hacer la vida imposible a los colectivistas. Con la federación, pensaba Durruti, se crearán condiciones nuevas en las que la solidaridad entre los campesinos será la mejor arma de defensa contra los enemigos del colectivismo.
A la vuelta de una de esas visitas a las colectividades, propuso al Comité de Guerra que se diera a conocer a los milicianos la obra que se estaba realizando, y que en vez de permanecer ociosos colaborasen con los campesinos en esa época de la cosecha del trigo. Además, los que estuvieran mejor informados, podrían discutir con los campesinos sobre la sociedad libertaria y sus organismos económicos. Se recogieron varias iniciativas que se pasaron, en forma de volante, para su discusión en las centurias, a fin de que todo el mundo tomara conciencia de la obra que estaba naciendo en Aragón. Los resultados de esa iniciativa fueron altamente positivos. Grupos de jóvenes libertarios fueron los primeros en presentarse como voluntarios para llenar el papel de combatientes-productores. y ése fue el comienzo de lo que en breve sería la Federación de Colectividades Aragonesas, del Consejo de Defensa de Aragón.


Pero no todo era idílico. La guerra existía en su aspecto brutal, y Durruti era el primero que más conciencia tenía de ello, porque el modo de vida que la guerra impone termina por degradar hasta al más revolucionario.
"El fin del hombre no es acechar y matar, sino ¡vivir!, ¡vivir!...", prorrumpía a veces Durruti, mientras daba grandes pasos por la sala en que se había instalado el Comité de Guerra. "Si esta situación se prolonga, terminará con la revolución, porque el hombre que salga de ella tendrá más de bestia que de humano...
Tenemos que darnos prisa, mucha prisa, para terminar cuanto antes".
Estas reflexiones hacían nacer en Durruti una impaciencia devoradora. Muchas noches, sin poder alcanzar el sueño, abandonaba el jergón donde dormía y "se iba hasta los puestos de vanguardia, pasando junto a los centinelas horas enteras contemplando fijamente las luces de Zaragoza. Muchas veces el día le sorprendía en aquella actitud".
A estas preocupaciones venían a agregarse otras que se derivaban de su función de delegado de Columna. Escuchar quejas de campesinos, que se lamentaban por el comportamiento de algunos hombres de su Columna en el pueblo. En general eran cosas mínimas, pero era el signo evidente de los vicios que provoca la guerra en el soldado, aunque sea miliciano, Cuando esto ocurría, trataba de llamar la atención del interesado ante la mayor cantidad posible de gente como medio de hacer reflexionar a la colectividad...
Pero a veces no bastaba la simple reprimenda. Un día encontró a un delegado de Centuria lejos de su sector, y preguntado qué hacía allí, le respondió que cinco hombres de su centuria habían abandonado la guardia y que les buscaba. Al fin se les encontró en un pueblo vecino, entretenidos en beber vino. Durruti se dirigió a ellos:
"¿Os dais cuenta de la gravedad del acto que habéis cometido? ¿No habéis pensado que los fascistas hubieran podido pasar por el puesto que habéis abandonado, y realizar una masacre entre los compañeros que os han confiado su seguridad? ¡Vosotros no sois dignos de pertenecer ni a la Columna ni a la CNT! ¡Dadme vuestros carnets!"
Los interpelados echaron mano a sus bolsillos y le dieron sus carnets, Aquello era lo último que de Durruti podía esperarse:
"-¡Vosotros no sois cenetistas, ni obreros; sois mierda, nada más que mierda! ¡Causáis baja en la Columna! ¡Iros a vuestra casa!"
Lejos de sentirse conmovidos, más bien parecían satisfechos y esa actitud exasperó aún más a Durruti:
"-¿Sabéis que las ropas que lleváis pertenecen al pueblo? Quitaos los pantalones".
Y en calzoncillos fueron conducidos a Barcelona.


Durruti tenía la facultad de pasar de la irritación extrema a la calma más perfecta, debido a que no era una naturaleza mezquina. Llegado al Comité de Guerra, le dijo a Mora que llamara a Barcelona por teléfono porque deseaba hablar con Ricardo Sanz:
"-Ricardo, ¿estás enterado de que hay en Sabadell un partidillo político que tiene en su local ocho ametralladoras escondidas? Te doy 48 horas de tiempo para que me sean enviadas esas ametralladoras... Escucha, envíame también con ellas tres agrónomos".
Y colgó el teléfono, ante la extrañeza de Mora y, seguramente, aún más de la de Ricardo Sanz, que no podía compaginar eso de ametralladoras con agrónomos. Aquel día Durruti había visitado varias colectividades, y en todas se lamentaban de no disponer de personal técnico. Algunas de ellas pedían agrónomos y otro personal técnico que pudiera orientarles sobre ensayos agrícolas que querían hacer sobre nuevos cultivos; y otras, en fin, se quejaban de que los militantes de mayor capacidad habían abandonado la colectividad para enrolarse en la Columna. Durruti tomó el nombre de los militantes reclamados que se habían inscrito en su Columna. Y los mandó llamar al Comité de Guerra. Cuando los tuvo presentes, les dijo:
"-Vuestros servicios no son necesarios en la Columna".
Y viendo el efecto que habían causado sus palabras en aquellos campesinos cambió de tono y les dijo sonriendo:
"-No, no se trata de eso que vosotros pensáis. Yo sé que os batís bien. Que sois valientes y generosos, pero los compañeros de vuestros pueblos os reclaman, os necesitan para poder llevar adelante la obra que habéis comenzado... ¿Qué quedará, después de la guerra, de los tiros que pegamos? La obra que estáis realizando en vuestros pueblos es más importante que el hecho de matar fascistas, porque lo que vosotros matáis con esa obra es el sistema burgués. y lo que seamos capaces de crear en ese sentido será sólo lo único que registrará la historia".


Estos textos están extraídos de la biografía Durruti en la revolución española escrita por Abel Paz. Fundación Anselmo Lorenzo 1996.

sábado, 28 de febrero de 2009

"La guerrila de la memoria" de Javier Corcuera, 2001.

El documento deja constancia de la guerrila antifranquista en la Península Ibérica acabada la Guerra Civil.



viernes, 6 de febrero de 2009

"Vivir la utopia" de Juan Gamero, 1997.

Vivir la utopía, documental producido por TVE que a través de entrevistas a supervivientes de la época se acerca al anarcosindicalismo español y a la revolución española.



jueves, 22 de enero de 2009

La batalla de Barcelona, del 18 al 20 de julio de 1936.

¡No se puede con el ejército!
Lo recordaría siempre. Eran dos jóvenes obreros de Reus, acorralados por un pelotón de soldados a caballo. Hicieron fuego repelidas veces. Después se deshicieron de sus armas y uno le dijo al otro: «¡No se puede con el ejército!» Fue en 1909, una revolución perdida.
No sería fácil de olvidar. Esta vez ocurrió en Barcelona. En el sitio en que, años después, cayeron asesinados Seguí y Paronas. En el cruce de las calles de la Cadena y de San Rafael se levantaba una endeble barricada. Nadie la defendía, porque era batida por un cañón de tiro rápido. Inopinadamente, un obrero disparó su revólver en dirección de los artilleros y salió corriendo, se deshizo del arma y desapareció. «¡No se puede con el ejército! Fue en 1917, otra revolución perdida.
El ejército, ése era el problema. No debía atacarse al ejército en esporádicos gestos de apariencia revolucionaria, con obreros desorganizados, disparando sus revólveres en un ir y venir, para terminar desapareciendo en busca de la impunidad. Era necesario preparar a los trabajadores por y para la revolución. Algún día podrían enfrentar tácticas superiores a las tácticas de los militares en aquellas mismas calles barcelonesas.


Cuando los militares empezaron la preparación de su golpe de Estado, en el Comité de defensa confederal de Barcelona les llevábamos una ventaja de casi un año y medio en el estudio de los planes para contrarrestar la sublevación militar. El Comité de defensa confederal existía desde los primeros días de la República. Los Cuadros de Defensa confederal también. Pero nuestro aparato combatiente se preparaba para luchas revolucionarias en las que nosotros tendríamos la iniciativa. Al darnos cuenta de cuáles serían las consecuencias del triunfo electoral de las izquierdas, tuvimos que revisar nuestras concepciones de lucha. De ser nosotros los atacantes a una sociedad desprevenida, a pasar a ser organización en defensa propia, frente a un ejército que disponía de la iniciativa, mediaba una larga distancia. Se imponía realizar una valoración lo más cabal posible del emplazamiento de los cuarteles de la guarnición de Barcelona, del número de tropas en disposición de combate, de las vías de acceso de las tropas, de los centros estratégicos susceptibles de ser tomados por los sublevados, de los medios de comunicación entre el ejército en la calle y sus centros de mando.
Faltaba decidir un plan, susceptible de darnos la victoria, flexible y precavido. Los cuarteles de Barcelona eran fortalezas de reciente construcción en su mayor parte. No debíamos atacarlos, porque en ellos gastaríamos las escasas municiones de que disponíamos. Había que dejar salir las tropas a la calle y, ya lejos de sus cuarteles, atacarlas por la espalda, sin prisas, intermitentemente, para que fuesen ellas las que agotasen las municiones y les resultase difícil regresar a sus bases para reponerse.
Hacer de las Ramblas el punto clave de nuestras operaciones, pero dominando las vías de comunicación que desde las barriadas confluían al Puerto, donde debíamos hacernos fuertes, para impedir ser arrinconados en las barriadas obreras, donde la dispersión sería nuestro peor enemigo. No acudir a la declaración de huelga general, tanto para no alarmar al enemigo y que no saliese a la calle, como para no impedir que los obreros estuviesen en la calle: las huelgas generales solamente sirven para amedrentar, empezando por los propios obreros, y para crear alarma. Preparar concienzudamente a todos los rogonistas de las fábricas para que, al mandato de nuestros Comités de Defensa de las Barriadas, pusiesen en funcionamiento las sirenas ininterrumpidamente, creando condiciones sicológicas óptimas para la lucha; sembrando el pánico entre los soldados y el entusiasmo entre los obreros. Aislar completamente a las tropas sublevadas, cortándoles las comunicaciones a pie, motorizadas y telefónicas, dándoles desde la Telefónica falsas noticias sobre la marcha de la lucha en la ciudad. Concentrar la máxima cantidad posible de combatientes nuestros desarmados en torno al cuartel de San Andrés, por tener adjunta la Maestranza, depósito de más de 20 000 fusiles y de treinta millones de cartuchos de fusil. Dar órdenes a nuestros grupos dentro de la base aérea del Prat de bombardear desde el primer momento el cuartel de San Andrés, para que pudiese ser asaltado por nuestros compañeros. Y que ellos, una vez tomado el cuartel, enviasen automóviles cargados de fusiles y municiones a las Ramblas y que, por su cuenta, fuesen limpiando los focos de las dispersas unidades militares.


Nuestra preparación era superior a la simplona previsión de los militares que habían de sublevarse. Pensaban que todo sería como siempre: redoble de tambores, colocación en las paredes del bando declarando el estado de guerra y regresoa los cuarteles a dormir tranquilos. A lo sumo, como ocurrió con los escamots de Dencás y Badía en octubre de 1934, con algunos tiros, muchas corridas, y a casita. Porque, ¿quién iba a poder con el ejército? ¿No se vio en Asturias la derrota que infligieron a los mineros, a pesar de lo armados que estaban?... Sin embargo, en julio de 1936, la operación fue bastante rápida, aunque la lucha durara 30 horas en las calles de Barcelona. Cuando los miembros del Comité de Defensa confederal en pleno, sin faltar ninguno —Ascaso, Jover, Durruti, Aurelio, Sanz, Ortiz, «Valencia» y yo— íbamos a subir en los dos camiones que los cuadros de Defensa de la barriada de Pueblo Nuevo habían requisado en las fábricas textiles y ya se oía el aullido de las sirenas de las fábricas y de los barcos, se nos presentó un personaje inesperado, delgado, pequeño, pálido, desgreñado, armado de un Winchester:
—Soy Estivill. Dejadme ir con vosotros.
—¿Estivill? ¿No eres comunista? ¿Es que no salen a combatir los comunistas, que quieres venir con nosotros?
—Sí y no. Soy y no soy comunista. No sé si los comunistas saldrán a combatir. Pero ellos son cuatro gatos y lo más probable es que quieran reservarse para después.
-Anda, pues. Sube.
Por la calle Pedro IV, el Arco del Triunfo, la Ronda de San Pedro, Plaza Urquinaona, Vía Layetana, fusiles en alto, banderas rojinegras desplegadas y vivas a la revolución, llegamos al edificio del Comité regional de la CNT, en la calle Mercaders, frente al caserón de la Dirección general de Orden público, con sus guardias de Asalto aglomerados en la puerta y la acera. Estivill, sin despedirse de nosotros, se fue hacia los guardias y ya no regresó. Era un caso, un personaje ridículo y raro. Por lo visto se trataba de un sujeto todo a medias, de educación, de tamaño y de comunista. ¿Qué era ese Estivill? A lo mejor nos estuvo espiando en Pueblo Nuevo, aprovechó nuestro transporte y ahora iba a dar parte a Escofet, el comisario de Orden público.
En el edificio del Comité regional, a aquella hora, se encontraban solamente grupos de compañeros de los Cuadros de defensa de la barriada y su Comité, más algunos compañeros del ramo de Construcción, encargados de la vigilancia de su sindicato. Pero ningún miembro del Comité regional, empezando por su secretario, Marianet.
Por dicho motivo, no nos entretuvimos y, después de inquirir noticias de la situación de la barriada y sus contornos, nos dirigimos unos a pie y otros en camión, en cuya parte trasera había emplazada una ametralladora «Hotchkiss» que sería manejada por Sanz y Aurelio. Companys, refugiado desde las primeras horas del día en la Dirección general de Orden público, rodeado del capitán Escofet, del comandante Guarner, del capitán Guarner y del teniente coronel Herrando y no menos de un centenar de guardias de Asalto, no parecía muy animado a salir a la calle a pegar tiros. Como en octubre, se reservaba para la radio y para enterarse de cómo se hacían matar los demás y, en todo caso, también como en octubre, para rendirse.
En la calle Fernando, no serían todavía las siete de la mañana del día 19 de julio, un grupo de obreros acababa de asaltar una armería, en la que solamente encontraron escopetas de caza. Joaquín Cortés, conocido militante confederal, bastante reformista y signatario del manifiesto de los Treinta, estaba ensayando un puñado de cartuchos de caza en su escopeta de dos cañones. Se rió al vernos y no pude evitar decirle que, si en vez de ser «treintista» fuese «faísta», en vez de una escopeta de caza tendría un fusil ametrallador. Nos reímos todos. Cortés se incorporó a nuestra pequeña columna, en dirección a la plaza del Teatro, donde habíamos decidido fijar nuestro puesto de mando.


Ya en las Ramblas, se nos unieron los sargentos Manzana y Gordo, el cabo Soler y los soldados que iban con ellos, con sus fusiles y dos ametralladoras «Hotchkiss» que habían logrado sacar del destacamento a que pertenecían en la calle de Santa Madrona, después de haber sometido a los oficiales sublevados. Se había presentado una emergencia que podía llegar a ser grave para nuestros planes. Los militares, llegados por sorpresa al bajo Paralelo, desde la Brecha de San Pablo hasta el Puerto, se habían hecho dueños de aquella vía tan estratégica; habían batido a nuestros compañeros de los Cuadros de defensa, a quienes sorprendieron descendiendo de camiones rápidos de transporte militar totalmente cubiertos, a los que ya no pudieron desalojar, no obstante el gran número de bajas que registraban nuestros compañeros. Grave era la situación, porque desde el Paralelo, filtrándose por las estrechas calles de San Pablo, Unión, Mediodía y Carmen, podían llegar a cortar las Ramblas y salir a la Vía Layetana, desbaratando totalmente nuestros planes: nos irían arrinconando poco a poco hacia las barriadas extremas, donde no podríamos sostenernos por falta de cartuchería.
Mi resolución fue rápida. Le dije a Durruti que él, con Aurelio, Sanz y Manzana y una de sus ametralladoras, a más de la emplazada en el camión, con la mitad de los compañeros que habían venido con nosotros y la mitad de los pertenecientes a los cuadros de Defensa del Centro, impidiesen, primero, que el ejercito tomase las Ramblas y, después, dominar el Puerto, para cortar en dos al ejército enemigo. Por mi parte iría con Jover y «Valencia» y un grupo de compañeros armados por las calles Nueva, Santa Margarita, a filtrarme por la de San Pablo hasta la Brecha y cortar el Paralelo por el «Moulin Rouge». Y que Ascaso, con Ortiz y otro grupo de compañeros, hiciese lo mismo, adentrándose por la calle Conde de Asalto hasta el Paralelo, para unirnos en el chiringuito del Paralelo y calle del Rosal.
El ejército ocupaba buenas posiciones en la entrada de la calle de San Pablo y Brecha, desde donde nos recibieron con fuertes descargas de fusil y ametralladora. Ordené a los compañeros luchar cuerpo a tierra unos y de puerta en puerta otros. Así avanzamos hasta rebasar el cuartel de Carabineros sito en aquella parte de calle. Afortunadamente, los carabineros acuartelados allí nos dijeron ser leales a la República y nos aseguraron estar dispuestos a secundarnos tan pronto recibieran órdenes de hacerlo: el cuerpo de Carabineros no era de orden público, sino de vigilancia de puertos y fronteras. En esa plática estábamos cuando se nos unieron Ascaso y su gente, por no haber logrado hacer el corte del Paralelo por Conde de Asalto y haber sufrido algunas bajas, pero engrosados con compañeros de los cuadros de Defensa de la barriada.
Todos juntos proseguimos el avance, calle de San Pablo adelante, pegados al suelo o de puerta en puerta, hasta llegar a la última casa de la calle, donde empieza la Brecha de San Pablo, parte ancha de calle con plátanos enormes a ambos lados, en cuyos troncos estaban parapetados grupos de soldados que disparaban sin cesar. Al fondo, se divisaban las pilastras de unos portales, con soldados vigilando, y cerca el chiringuito desde el que disparaban con ametralladora y fusil ametrallador. Era casi imposible desalojarlos mediante un ataque frontal. Me acordé de Peer Gynt, cuando aconseja «dar la vuelta» y no insistir de frente. Por la escalerilla de la última casa, a mano derecha, pues no quería apelar a las suicidas barricadas, subí con Ascaso y unos diez compañeros armados de fusiles y winchesters. Antes de hacerlo, encargué del mando de las fuerzas de la calle a Jover y Ortiz, con instrucciones de pasarse al café Pay-Pay tan pronto oyesen nuestras descargas desde las azoteas a que pudiésemos llegar.
Así fue, con éxito completo. Los soldados se replegaron, dejando bajas, hacia los portales de enfrente y el chiringuito. Nosotros, a través del café Pay-Pay, nos pasamos a la calle Amalia y de allí, en movimiento envolvente, a la calle de las Tapias, para salir a la ronda de San Antonio, que ocupamos combatiendo cuerpo a tierra. Mientras Ascaso se encargaba de batir desde allí el flanco de los soldados, hice abrir la puerta de la cárcel de mujeres de la esquina de Tapias y Ronda, para asegurarme de que en su interior no había soldados de guardia. No los había. Sólo dos guardias de Seguridad montaban la guardia y no opusieron resistencia. Casi por la fuerza hicimos salir en libertad a las mujeres presas. Algunas de ellas no querían salir en libertad, y estaban acurrucadas por los rincones. «¡Si salimos, nos castigarán!», decían aterrorizadas. Yo les gritaba: «¡Ya nadie os castigará, ahora mandamos los anarquistas! ¡Afuera todas!».
Con los que me acompañaron en la toma de la cárcel de mujeres me incorporé a los que, cuerpo a tierra, se batían con los soldados. A mi lado, a unos dos metros, vi a un conocido de hacía muchos años, de los años 20, 21 y 22 en Tarragona, cuando él era secretario de la Federación provincial de la CNT, Eusebio Rodríguez, «El Manco», que se pasó al Partido Comunista al advenimiento de la República. Me saludó levemente con la cabeza y un «¡hola, Joanet!» Pensé que seguramente tenía razón Estivill al decir que los comunistas eran cuatro gatos y que lo más seguro es que no saliesen a luchar. «El Manco», que por toda arma llevaba una pistola star, era uno de aquellos cuatro gatos, pero le quedaba de antaño la influencia anarquista, de cuando estuvo con nosotros.
Los militares, en derrota, se fueron replegando a los pisos del edificio en cuya parte baja funcionaba el music hall Moulin Rouge. Trepando por las escaleras de las casas de enfrente, al otro lado del Paralelo, desde las azoteas y desde dos ángulos de tiro, arrasamos los balcones del último piso, hasta que atado a la punta de un fusil apareció un trapo blanco en señal de rendición. Con toda cautela nos aproximamos, pegados a las paredes, hasta llegar al amplio portal de la casa. Allí estaban unos seis oficiales, en camisa, sucios de polvo, los puños cerrados a lo largo del cuerpo, mirando al suelo, ceñudos, firmes, casi pisando con las puntas de los pies. Seguramente esperaban ser fusilados en el acto.
—¿Qué hacemos con ellos? —preguntó Ascaso.
—Que Ortiz los lleve al sindicato de la Madera, a la calle del Rosal, y que los tengan presos hasta que termine la lucha.


«¡No se puede con el ejército!» Dos veces fui testigo de este grito. De niño en Reus, cuando la revolución de 1909. Y en 1917. Grito heroico y desesperado.
Levanté en alto mi fusil ametrallador, blandiéndolo, y grité estentóreamente, causando la admiración de Jover y Ascaso: «¡Sí, se puede con el ejército!».
Al día siguiente, recién muerto Ascaso, que cayó como a veinte metros de donde nos encontrábamos al recibir la rendición de los oficiales que guarnecían el antiguo edificio de la Maestranza, en Atarazanas, también aparecían éstos con el gesto de los vencidos, descamisados, sucios, mirando al suelo, con los puños cerrados, firmes y casi de puntillas, convencidos de que los íbamos a pasar por las armas en el acto. El compañero García Ruiz, tranviario, me preguntó:
—¿Qué hago con ellos? ¿Los fusilo?
—No —le contesté—. Llévalos ahí, al sindicato de Transportes, y que los tengan presos.
Habíamos vencido totalmente. El ejército, roto, estaba a nuestros pies. Mirando hacia donde acababa de caer muerto Ascaso, grité:
—¡Sí, se puede con el ejército!


Quedaban vengadas todas las derrotas que sufriera la clase obrera española a manos de la militarada reaccionaria.
1909, con sus víctimas y mártires: ¡Vengados!
1917, con sus víctimas y mártires: ¡Vengados!
1934, con sus víctimas y mártires: ¡Vengados!
¡Vivan los anarquistas!, fue el grito que durante aquel día, 20 de julio, se oyó por todas las calles de la ciudad.
¡CNT...! ¡CNT...! ¡CNT...!, rugían los cláxones de los automóviles, camiones y ómnibus.
Fue un día muy largo aquel 20 de julio. Ese día había empezado el 18. Fue el día de la gran victoria. Fue el día que empezó la gran derrota. Y la gran derrota empezó en el momento en que Companys llamó por teléfono a la secretaría del Comité regional de la CNT de Cataluña para rogar que la CNT enviase una delegación a entrevistarse con él.
Hacía tres horas que había muerto Ascaso. Hacía un día que había muerto Alcodori. Hacía treinta horas que, uno tras otro, cerca de cuatrocientos compañeros anarcosindicalistas habían muerto en las calles de Barcelona.
Pronto serían olvidados. Solamente olvidando a lo muertos se puede hacer dejación de las ideas. Que es lo que ocurrió.


Con el ocaso del día 20 de julio de 1936 se inciaba el declinar de aquella gran organización sindical, única en el mundo, que luchaba por una vida social totalmente distinta a la que nos deparaba el sistema capitalista, con sus gobernantes, sus ejércitos y sus burócratas.
Cuando la delegación de la CNT que acudiera al llamamiento de Companys hubo regresado al Comité regional a dar cuenta de su cometido, vencidos ya en toda la ciudad los últimos focos de resistencia de los militares, cuando ya no era necesaria la lucha en las calles, por doquier bloqueadas por las fuertes barricadas que levantaban los confederales, por el viejo local del sindicato de la Construcción de la calle de Mercaders donde tenía una oficina el Comité regional de la CNT empezaron a desfilar muchos de los que no habían tomado parte en la gesta que acababa de realizar el proletariado confederal. Uno de los primeros fue Diego Abad de Santillán, con una enorme pistola Mauser en el cinto. Y Federica Montseny, con una minúscula pistolita metida en una coqueta funda de cuero, al cinto también, que debía tener desde hacía muchos años, para su defensa personal en aquella casa-torre en que vivía en la burguesa barriada del Guinardó.
Penoso es tener que decir la verdad. En la noche del 19-20 de julio, en la plaza del Teatro de las Ramblas, junto a mí, a Ascaso y Durruti, que dormitábamos sentados en el suelo y recostados en el tronco de un árbol, también estaba el líder socialista Vila Cuenca, con su winchester entre las piernas. Y por allí anduvo también, con su enorme pistola al cinto, Julián Gorkin, líder —con Andrés Nin— del POUM. Pero no vi a Santillán, ni a Federica, ni a Alaiz, ni a Carbó, a ninguno de los que en reuniones y asambleas iban en pos del liderazgo de la CNT-FAI, tácitamente en posesión de Ascaso, de García Oliver y de Durruti. Ellos se consideraban la plana mayor del intelectualismo, lo que, al parecer, los eximía de tener que batirse en las calles. Después hube de comprobar que, intelectualmente, tampoco servían para gran cosa.
Explicamos el resultado de la entrevista con Companys. Lo hice yo y lo hizo Durruti. Companys reconocía que nosotros solos, los anarcosindicalistas barceloneses, habíamos vencido al ejército sublevado. Declaraba que nunca se nos dio el trato que merecíamos y que habimos sido injustamente perseguidos. Que ahora, dueños de la ciudad y de Cataluña, podíamos optar por admitir su colaboración o por enviarlo a su casa. Pero que si opinásemos que todavía podía ser útil en la lucha que, si bien terminaba en la ciudad, no sabíamos cuándo y cómo terminaría en el resto de España, podíamos contar con él, con su lealtad de hombre y de político, convencido de que en aquel día moría un pasado de bochorno, y que deseaba sinceramente que Cataluña marchase a la cabeza de los países más adelantados en materia social. Que dado lo impreciso e inseguro de los momentos que se vivían en el resto de España, de muy buena gana él, en tanto que presidente de la Generalidad, estaba dispuesto a asumir todas las responsabilidades para que, todos unidos en un organismo de combate, que podría ser un Comité de Milicias Antifascistas, asumiese la dirección de la lucha en Cataluña. Esto podría hacerse inmediatamente, pues al igual que a nosotros había convocado a los representantes de todos los partidos y organizaciones antifascistas, que estaban reunidos en una sala contigua y ya se habían manifestado conformes con la idea de creación de un Comité de Milicias Antifascistas. Para que comprobásemos que era cierto, nos hizo pasar a la sala contigua, donde, en efecto, estaban Comorera, de Unió Socialista de Catalunya; Vidiella, del Partido Socialista Obrero Español; Ventura Gassol, de Esquerra Republicana; Pey Poch, de Acció Catalana; Andrés Nin, del POUM, y Calvet, de los «Rabassaires», quienes se apresuraron a saludarnos.
Salimos de donde estaban reunidos. En breve cambio de impresiones, la delegación de la CNT de Cataluña, por mi conducto, comunicó a Companys que nosotros, en la ignorancia de lo que pensaba proponernos, habíamos acudido solamente a escuchar, pero sin poder decidir, por lo que le prometíamos transmitir inmediatamente su mensaje al Comité regional de la CNT, y que, tan pronto como recayese acuerdo, se le comunicaría.
El Comité regional, en rápida deliberación en la que tomaron parte varios compañeros, acordó comunicar por teléfono a Companys que se aceptaba, en principio, la constitución de un Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña, a reserva de ponernos de acuerdo sobre la participación de cada sector y, en definitiva, esperar la resolución de un Pleno de Locales y Comarcales que se reuniría el día 23, pero sin perjuicio de que ya se fuesen dando los pasos necesarios para que, si el Pleno acordaba que sí, pudiese entrar ya en funciones. Provisionalmente, quedábamos encargados de continuar las gestiones Aurelio Fernández, Durruti y yo.
Al atardecer del mismo día, celebramos la primera reunión, todavía informal, con José Tarradellas, Artemio Aiguader y Jaime Miratvilles, de Esquerra Republicana de Cataluña; Pey Poch, de Acció Catalana; Comorera, de Unió Socialista de Catalunya; Rafael Vidiella, de la UGT y el PSOE, y Gorkin, del POUM. A propuesta de Tarradellas, se acordó excluir del Comité a Estat Cátala, por considerar Esquerra Republicana que el jefe actual de Estat Cátala, Dencás, era agente fascista, y estaba refugiado en Italia. A propuesta mía, se acordó establecer un equilibrio en el Comité de Milicias, consistente en tres puestos para la CNT, tres para la UGT, tres para Esquerra Republicana, dos para la FAI, uno para Acció Catalana, uno para el POUM, uno para los socialistas y uno para los rabassaires.


Extraído del libro de Juan García Oliver El eco de los pasos. Editorial Planeta S.A. 2008.

domingo, 5 de octubre de 2008

Un pueblo en armas. Juan Palleja y Louis Frank 1937.

Documental producido por el Sindicato de la Industria del Espectáculo de Barcelona de la CNT.



viernes, 22 de agosto de 2008

La Semana Trágica. Barcelona, a finales de julio de 1909.

La situación en Barcelona era cada vez más crítica, el gabinete de Maura anunció el 11 de julio que los reservistas se incorporarían al servicio activo en Marruecos. Esta convocatoria no fue del todo una sorpresa. Los esporádicos enfrentamientos entre las tribus rifeñas y las tropas españolas venían sucediéndose desde hacía semanas. La atmósfera bélica era palpable, y no era un secreteo para nadie que los rifeños amenazaban las rutas de abastecimiento de las valiosas minas de hierro, que eran propiedad de los principales capitalistas españoles. Para los trabajadores españoles la perspectiva de verter su sangre en defensa de las posiciones coloniales de unos pocos maganates acaudalados no resultaba particularmente tentadora. La decisión de Maura provocaría dramáticas escenas en Barcelona, principal puerto de embarque para Marruecos. Muchos reservistas eran trabajadores catalanes, sumamente pobres, cuyas familias no estaban en condiciones de prescindir ni siquiera por unos pocos días de quienes ganaban el sustento, y mucho menos de permitir que sus vidas fueran puestas en peligro en aventuras imperialistas. Un sentimiento profundamente antibelicista se extendió por todo el país. EL 18 de julio, Pablo Iglesias, un hombre que durante décadas había hecho de la prudencia la tónica de la política socialista, advirtió durante un mitin contra la guerra que si fuera necesario los trabajadores declararían una huelga general, con todas sus consecuencias.
¿Pero cuándo sería necesario? El mismo día del discurso de Iglesias, los rifeños atacaron las líneas españolas de abastecimiento, convirtiendo lo que hasta entonces habían sido una sucesión de pequeñas escaramuzas en una guerra a gran escala. Las manifestaciones en el puerto catalán se extendieron a las estaciones de ferrocarril y a otras ciudades donde se reclutaban reservistas. La crisis se agudizaría en Barcelona cuando el 21 de julio El Poble Catalá publicó una petición de los socialistas catalanes a la secretaría general de Madrid, llamando a la huelga general en toda España. Pasó casi una semana desde la advertencia de Iglesias, sin que la UGT se decidiera a tomar alguna decisión. Mientras tanto los disturbios aumentaban en todo el país. Según un editorial de el El Poble Catalá, la situación no era alentadora: "Se han cerrado las válvulas y el vapor se está calentando. ¿Quién sabe si explotará?".


Esta situación inestable desapareció el 24 de julio, cuando dos anarquistas de Barcelona, José Rodríguez Romero y Miguel Villalobos Morena, decidieron constituirse como núcleo de un Comité de huelga. Rodríguez Romero era un anarcosindicalista que trabajaba en Solidaridad Obrera, y Villalobos Morena había sido maestro de un pueblo minero, hasta que se vio forzado a abandonar la escuela por haber divulgado ideas anarquistas. Villalobos, que había pertenecido a la plantilla de la Escuela Moderna de Ferrer, representó a los "sindicalistas" en el Comité de huelga. Por supuesto, estos dos hombres, por su dedicación a los ideales de una sociedad libertaria y por su métodos libertarios de lucha, podían considerarse anarquistas.
Reunieron fonfos entre los militantes de Solidaridad Obrera y empezaron a recorrer la ciudad entrevistando a diferente líderes para obtener su participación. Enfrentados a una situación insostenible, los socialistas catalanes, que habían estado esperando noticias de Madrid, no tuvieron otra alternativa que unirse al Comité. Quedarse al margen les hubiera supuesto perder la oportunidad de desempeñar un importante papel en el proceso de huelga.
Dentro del grupo de los radicales la huelga provocaría la división entre los líderes principales y la masa de militantes. Lerroux había marchado al extranjero en febrero de 1909, huyendo de un juicio por sedición provocado por un artículo suyo. Lerroux, prudentemente, permaneció fuera hasta octubre de 1909, cuando todo rastro de conflicto había desaparecido. La direcció del partido recayó en Emiliano Iglesias Ambrosio, un astuto abogado cuya única línea política consistiría en obstaculizar todo lo posible la acción revolucionaria sin perjudicar la imagen radical. Aunque trataron de lograr el favor tanto de los altos mandos militares como de los trabajadores -dos campos esencialmente antagónicos-, los políticos radicales no consiguieron satisfacer a ninguno de los dos grupos. Si bien un año más tarde los radicales iban a lograr una amplia victoria electoral, los trabajadores catalanes ya habían abandonado por aquel entonces el partido y toda actividad política. Por su parte, el ejército formaría sus propias organizaciones, las Juntas de Defensa, y desde entonces su orientación sería casi en exclusiva reaccionaria.
El Coimité de huelga se formó la noche de un sábado, y el lunes la huelga ya estaba en marcha. Durante las primeras horas de la mañana, delegaciones del Comité se presentaron en las puertas de las fábricas, exhortando a los trabajadores a unirse al paro. Los patronos cerraron sus fábricas una vez más para proteger sus propiedades, acrecentando, como ya había ocurrido en el 1902, las filas de los huelguistas. Los anarquistas asociados a Tierra y Libertad intentaron convertir la huelga en una insurrección, pero las autoridades arrestaron de inmediato a los más importantes activistas de este grupo por incitar a las masas al ataque de los cuarteles de la policía. De este modo fueron eliminados de la escena tan pronto como se inició la huelga. Los socialistas, por otra parte, temerosos de los "desórdenes anarquistas", trataron de limitar la huelga a una protesta antibelicista y consideraron todo intento de rebelión como aventurado.
Los acontecimientos iban a asombrar al mundo entero. Durante la semana comprendida entre el 26 de julio y el primero de agosto, Barcelona ofrecía el espectáculo de una insurrección a gran escala, una sublevación prácticamente espontánea que no recibía indicaciones apenas de los líderes sindicales o del Partido Radical. Como comenta Anselmo Lorenzo en una carta a Tárrida del Mármol, que se encontraba en Londres, "lo que está sucediendo aquí es asombroso. En Barcelona ha estallado una revolución social y ha sido desencadenada por el pueblo. Nadie la ha instigado. Nadie la ha dirigido. Ni los liberales, ni los nacionalistas catalanes, ni los republicanos, ni los socialistas, ni los anarquistas".
Si Lorenzo hubiese conocido todos los detalles, habría añadido que el gobierno civil en la ciudad se había desplomado. El primer día de huelga, el entonces gobernador, don Ángel Ossorio y Gallardo, dimitió de su cargo y se retiró muy irritado a su mansión veraniega en el Tibidabo. El Capitán General de Cataluña, receloso de la guarnición local, confinó a la mayoría de su tropa en los cuarteles, dejando las calles en manos de los revolucionarios.


Todos aquellos que despuntaron de algún modo durante la insurrección eran militantes pertenecientes al Partido Radical y a Solidaridad Obrera. Debido a la falta de liderazgo de la sublevación, los militantes fueron los líderes, según observa Joan Conelly Ullman en su detallado estudio sobre la insurrección. Eran anarquistas en sus convicciones, aun cuando nominalmente fueran miembros del Partido Radical o de Solidaridad Obrera. Sus esfuerzos nunca fueron coordinados por el Comité, que rechazó dictar ningún tipo de normas y empleó la mayor parte de su tiempo intentando convencer al jefe radical Iglesias para que se uniese a ellos. Iglesias, preocupado en aquel momento únicamente por su seguridad personal, se negó a ello. Así, desde el comienzo de la insurrección siguó su propio curso. El gentío que vagaba por las calles principales trataba de manera muy diferente a soldados y a policías. Los primeros eran saludados con vivas y proclamas en contra de la guerra; los cuarteles de la Guardia Civil, por el contrario, fueron atacados ferozmente. Esta hábil estrategia tuvo éxito: la policía desapareció prácticamente de la escena, y en el Paseo de Colón un grupo de dragones se negó a obedecer la orden de abrir fuego contra la multitud. Las líneas férreas de entrada a la ciudad fueron dinamitadas, de modo que Barcelona quedó aislada por un tiempo de las guarniciones externas. En los distritos obreros se levantaron barricadas y se repartieron armas. Las mujeres desempeñaron un papel muy importante en la rebelión, y a menudo se unieron a los hombres en el momento de la lucha. La contienda no solo movilizó a trabajadores y murcianos, sino que involucró también a grupos de desclasados, especialmente prostitutas.
A pesar de las objecciones a la eficacia de la espontaneida popular, la insurrección no fue derrotada por la falta de liderazgo. El problema crucial fue la falta de apoyo exterior. La interrupción de las comunicaciones entre Barcelona y el resto de España resultó ventajosa para el gobierno, quien tergiversó los hechos y presentó la sublevación como un movimiento exclusivamente autonomista. Los obreros y campesinos no catalanes, apaciguados por esta falsa imagen de los sucesos, no tomaron ninguna iniciativa para apoyar a los revolucionarios. Con la excepción de un grupo de trabajadores de las ciudades cercanas, el proletariado de Barcelona luchó solo y lo hizo con gran coraje e iniciativa. El miércoles 28 de julio llegó a la ciudad un importante destacamento de tropas que se desplegó para ir al encuentro de los insurrectos. La intensa lucha se prolongó hasta bien entrado el día siguiente. En las barriadas de Clot y Poble Nou la resistencia de los trabajadores fue tan tenaz que fue necesaria la artillería para despejar las barricadas, y después de que éstas fueran arrasadas, la lucha continuó en el interior de los edificios y en las azoteas.
En otros lugares el combate fue esporádico. La moral de los tabajadores había decaído debido a las noticias de que la rebelión era un hecho aislado. Por ejemplo, la UGT, única federación obrera de ámbito nacional por entonces, no emitió ningún llamamiento a la huelga general hasta la noche del marte 27 de julio, dos días después del levantamiento de Barcelona. El llamamiento, además, no fue distribuido hasta el miércoles, y fijaba la huelga para el lunes siguiente, 2 de agosto, dos días después de que la insurrección de Barcelona hubiera sido reprimida.


Los objetivos de la insurrección estaban poco claros. Para los socialistas, como hemos dicho, se trataba de una sublevación en contra de la guerra; para los anarquistas, una revolución social, y para los republicanos, un ataque contra la monarquía. El marte 27 de julio se desencadenó una violenta persecución anticlerical que continuaría hasta el fin de la misma sublevación. Antes de terminar la semana, alrededor de ochenta iglesias, monasterios e insituciones católicas benéficas fueron destruidas. Hoy está probado que el enorme daño causado a las instituciones clericales fue instigado por los políticos radiclaes, que deseaban desviar a los trabajadores de la vía revolucionaria y encauzar su descontento medianta la destrucción de la propiedad eclesiástica.
No hizo falta mucho para convencerles: los trabajadores detestaban a la Iglesia, y lo mismo sucedía con la clase media radical de Barcelona. Los monasterios y conventos de monjas, se decía, eran prisiones donde las novicias indóciles eran vejadas hasta la total sumisión o sencillamente asesinadas. El pueblo asociaba a la Iglesia con el terror y la tortura, lo que dio lugar a numerosos incidentes macabros. Tras "liberar" a frailes y a monjas, los bienintencionados agresores procedieron a exhumar los cuerpos enterrados en las criptas monásticas y en los cementerios, buscando evidencias de malos tratos producidos antes de la muerte. Cuando encontraron algunos cadáveres con las extremidades atadas (una práctica habitual entre las monjas Jerónimas), llevaron los cuerpos al ayuntamiento como prueba de las torturas. En algunos casos, varios cadáveres fueron depositados delante de las casas de prohombres católicos. Un joven carbonero algo simple, Ramó Clemente García, ejecutó una danza obscena con uno de los cadáveres, como "diversión". Fue arrestado por la Guardia Civil y poco después murió en el paredón, acusado de "construir barricadas".


La lucha en Barcelona llegó a su fin el sábado 31 de julio, cuando Horta, la última avanzada de resistencia rebelde, fue dominada. Allí los rebeldes lucharon hasta que fue imposible continuar el combate. Cuando la Semana Trágica finalizó, la policía registró un saldo de bajas de sólo 8 muertos y 142 heridos. La cifra oficial de muertes entre la población civil fue de 104, pero es casi seguro que estas cifras fueron manipuladas y deben ser contrastadas con los 600 muertos de los que habla Buenacasa (Buenacasa fue uno de los participantes en la sublevación, y sus datos, si bien indicaban cifras seis veces mayores que las oficiales, no deben ser desestimados). El número de heridos no se conocerá nunca. Aunque la prensa reaccionaria exigía que se castigara "la furia del diablo con la furia de Dios", en realidad sólo dos monjes fueron asesinados deliberadanente. En los asaltos contra instituciones religiosas el objetivo no era matar sino -según Joan Conelly Ullman- "destruir la propiedad -la riqueza- del clero".
Tan pronto como terminó el alzamiento se establecieron tribunales militares para castigar a los revolucionarios. De acuerdo con la informaciones oficiales, en el periodo de los diez mese siguientes al levantamiento, 1.725 personas fueron acusadas por los tribunales militares y 214 escaparon a la persecución del ejército y no fueron nunca capturadas. Durante las investigaciones, los tribunales tuvieron que retirar los cargos sobre 469 personas y poner en libertad a otras 584. El resto de acusados, alrededor de 450, fueron juzgadas y condenadas a los más variados periodos de reclusión; 17 fueron condenados a muerte, aunque sólo se ejecutó a 5.
En cuatro de los casos en que se aplicó la pena capital, los procesos carecieron de bases judiciales: las víctimas fueron ejecutadas no porque hubiesen cometido las graves ofensas de que fueron acusadas, sino porque las autoridades querían que sirviesen de ejemplo. Los militares, al parecer, habían decidido ejecutar a una persona por cada incidente importante. La selección de víctimas fue muy arbitraria. La quinta y última persona en ser ejecutada fue Francisco Ferrer i Guardia. Ferrer había permanecido en el extranjero entre marzo y julio de 1909. Había regresado a Barcelona para visitar a su cuñada enferma y a una sobrina que estaba muy grave. Durante la insurrección pasó la mayor parte del tiempo en su casa de campo, situada a unos veinticinco kilómetros de Barcelona, y sus movimientos fueron controlados muy de cerca por la policía.


Ferrer tenía muy poca influencia entre las masas revolucionarias y los radicales de la ciudad. Aunque había protegido a anarquistas tan notorios como Anselmo Lorenzo y "Federico Urales" (Juan Montseny), los anarquistas y sindicalistas no aprobaban sus actividades financieras y la notoriedad que había alcanzado su vida privada. Los radicales estaban interesados en Ferrer por las contribuciones económicas que pudiese hacer a la causa. Los socialistas, por su parte, lo detestaban. Casi todos lo veían como un elemento necesario y se mostraban diligentes a la hora de recibir su dinero (por ejemplo, la sede central de Solidaridad Obrera había sido arrendada con un préstamo de Ferrer), pero estaban muy poco dispuestos a escuchar sus consejos.
Sin embargo, este hombre era un auténtico revolucionario. En contraste con los líderes radicales, como Iglesias, él tenía la esperanza de que la huelga general se convirtiera en una revolución. El gobierno y el clero le odiaban y era obvio que intentaría destruirle. Cuando fue capturado el 31 de agosto, después de permanecer durante cinco semanas escondido en su masía, los prelados de Barcelona enviaron una carta a Maura exigiendo públicamente una acción enérgica contra Ferrer y su Escuela Moderna. La respuesta de Maura fue la siguiente: "el gobierno obrará de acuerdo con el espíritu de vuestra carta y las líneas de conducta que señaláis".
Francisco Ferrer fue condenado a muerte por un tribunal militar que ya había dictado veredicto mucho antes de que el proceso comenzase. Los procedimientos duraron tan sólo un día. Durante el proceso ser cometieron irregularidades que escandalizaron a la opinión pública mundial: por ejemplo, se admitieron como pruebas contra el acusado rumores y declaraciones de personas anónimas. Prisionero que tenían que responder por sus propios y graves atentados, tuvieron la oportunidad de rebajar sus duras condenas a cambio de declarar en contra de Ferrer. En cambio, las pruebas a favor del acusado fueron eliminadas, y en general la actuación procesal resultó escandalosa incluso para lo que era habitual en la época. Un testigo declaró que Ferrer había participado en la quema de conventos de una barriada donde en realidad no se había producido ni un solo incendio.


La mañana del 13 de octubre de 1909, Ferrer fue ejecutado por un pelotón de fusilamiento en el castillo de Montjuïc. Se dice que se enfrentó a la muerte con gran serenidad y valor. Cuando los soldados lo apuntaron con sus armas, gritó: "¡Soy inocente! ¡Viva la Escuela Moderna!".
El asesinato judicial de Ferrer fue un acto no sólo de tremenda injusticia, sino también una enorme estupidez política. El proceso suscitó una oleada de manifestaciones por toda Europa y contribuyó directamente a la caída del gabinete de Maura. No menos importantes fueron los efectos a largo plazo que tendrían las jornadas represivas que siguieron a la sublevación. El gobierno utilizó la rebelión como excusa para suprimir los sindicatos catalanes, suspender las publicaciones de la oposición y cerrar todas las escuelas laicas privadas de la provincia. Aunque toda España estuvo sometida a la ley marcial desde el momento que comenzó la insurrección, el régimen civil no se restableció en Cataluña hasta el 7 de noviembre, es decir, seis semanas más tarde que en el resto del país. Estas medidas radicalizaron más al proletariado de catalán, al tiempo que incrementaron la influencia anarcosindicalista en el movimiento obrero.
La Semana Trágica acercó a la patronal catalana a Madrid, y fue el principio del fin de las políticas independentistas burguesas en Cataluña. En realidad, casi todo el mundo en España se volvió receloso hacia los métodos electorales y confió en el subterfugio político y la acción directa. Los miembros de las clases privilegiadas comenzaron a vivir bajo la sombra de una sola preocupación: el miedo a una insurrección en masa del proletariado urbano. El estancamiento interior de estas clases terminaría por paralizar por completo el sistema constitucional, restringiendo la vida política a maniobras que tenían lugar dentro del gobierno.
Irónicamente, la sublevación de Barcelona podría haber revitalizado el agonizante sistema del turnismo -del mismo modo que la rebelión federalista de 1873 lo había propiciado- si no hubiera sido por las maquinaciones políticas del joven rey Alfonso XIII. Su evidente intervención en asuntos parlamentarios asestaría un golpe fatal a la política electoral, conduciendo directamente a la dictadura de Primo de Rivera de los años veinte.

Texto extraído del capítulo La Semana Trágica del libro Los anarquistas españoles de Murray Bookchin. Numa ediciones 2000.