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domingo, 5 de abril de 2009

La vida y la huelga de los obreros metalúrgicos, Simone Weil. Francia, junio de 1936.

(Este artículo, firmado con el pseudónimo de Simone Galois, está compuesto de manera antitética. La primera parte es un testimonio personal de la autora sobre su experiencia obrera de 1934-1935. La segunda trata de las impresiones recogidas en el curso de las visitas a las fábricas ocupadas [entre ellas la Renault] que Simone Weil realizó a principios de ese famoso mes de junio de 1936. No disimula, sin embargo, los "graves problemas" que plantea el movimiento)


¡Al fin se respira! Es la huelga de los metalúrgicos. El público que ve todo esto desde lejos no lo comprende. ¿Qué es? ¿Un movimiento revolucionario? Sin embargo, todo está tranquilo. ¿Un movimiento reivindicativo? Pero ¿por qué tan profundo, tan general, tan fuerte y tan súbito?
Cuando se tienen ciertas imágenes clavadas en la mente, en el corazón, en la propia carne, se comprende. Se comprende inmediatamente. No tengo más que dejar afluir los recuerdos.
Un taller, algún lugar del suburbio, un día de primavera, durante esos primeros calores tan abrumadores para quienes se esfuerzan. El aire está cargado de olores de pinturas y barnices. Es mi primer día en esta fábrica. El día anterior me pareció acogedora: al final de todo un día recorriendo las calles, presentando certificados inútiles, finalmente esa oficina de contratación tuvo a bien cogerme. ¿Cómo defenderse, en el primer instante, de una sensación de agradecimiento? Estoy en una máquina. Contar cincuenta piezas... colocarlas una a una sobre la máquina, de un lado, no del otro... manejar cada vez una palanca... quitar la pieza... poner otra... otra más... contar más... No voy bastante rápido. La fatiga ya se deja sentir. Hay que hacer un esfuerzo, impedir que un instante de respiro separe un movimiento del movimiento siguiente. ¡Más rápido, aún más rápido! ¡Vamos! He puesto una pieza en el lado equivocado. ¿Quién sabe si es la primera? Hay que prestar atención. Esta pieza está bien colocada. Aquella también. ¿Cuántas he hecho en los últimos diez minutos? No voy bastante rápido. Me esfuerzo más. Poco a poco, la monotonía de la tarea me lleva a soñar. Durante unos instantes, pienso en muchas cosas. Despertar brusco: ¿cuántas he hecho? No deben de ser bastantes. No soñar. Esforzarse más. ¡Si al menos supiera cómo hay que hacerlo! Miro a mi alrededor. Nadie levanta nunca la cabeza. Nadie sonríe. Nadie dice una palabra. ¡Qué solo se está! Hago 400 piezas por hora. ¿Será bastante? Con tal de que mantenga esta cadencia, al menos... El timbre de mediodía, por fin. Todo el mundo se precipita al reloj de control de entrada y salida, al vestuario, fuera de la fábrica. Hay que ir a comer. Todavía tengo algo de dinero, afortunadamente. Pero hay que estar atento. ¿Quién sabe si se quedarán conmigo aquí? ¿Si no estaré en paro todavía durante días y días? Hay que ir a unos de esos restaurantes sórdidos que rodean las fábricas. Son caros, por otra parte. Algunos platos parecen muy tentadores, pero hay que escoger otro, más baratos. También comer es un esfuerzo. Esta comida no es un alivio. ¿Qué hora es? Quedan unos momentos para vaguear. Pero sin alejarse demasiado: fichar con un munuto de retraso es trabajar una hora sin salario. El tiempo avanza. Hay que entrar. Ahí está mi máquina; mis piezas. Hay que comenzar de nuevo. Ir rápido... Me siento desfallecer de fatiga y de hastío. ¿Qué hora es? Todavía faltan dos horas para salir. ¿Cómo podré soportarlo? Se acerca el encargado. "¿Cuántas ha hecho? ¿400 a la hora? Hay que hacer 800. Si no, no la cogeré. Si a partir de ahora hace 800, tal vez acepte que se quede". Habla sin elevar la voz. ¿Por qué habría de elevarla cuando con una palabra puede provocar tanta angustia? ¿Qué responder? "Lo intentaré". Esforzarse. Esforzarse un poco más. Vencer a cada segundo esa sensación desagradable, ese hastío que paraliza. Más rápido. Se trata de doblar la cadencia. ¿Cuántas he hecho al cabo de una hora? 600. Más rápido. ¿Cuántas al cabo de esta última hora? 650. El timbre. Fichar, vestirse, salir de la fábrica, el cuerpo vacío de toda energía vital, el espíritu vacío de pensamiento, el corazón sumido en la repugnancia, en rabia muda, y, por encima de todo, un sentimiento de impotencia y sumisión. La única esperanza para el día siguiente es que se me permita pasar otra jornada semejante. En cuanto a los días que vendrán después, están demasiado lejos. La imaginación se niega a recorrer un número tan gran de minutos sombríos.
Al día siguiente, se me permite volver a mi máquina, aunque el día anterior no haya hecho las 800 piezas exigidas. Pero habrá que hacerlas esta mañana. Más rápido. Aquí está el encargado. ¿Qué me dirá? "Pare". Paro. ¿Qué querrá de mí? ¿Despedirme? Espero una orden. En lugar de una orden, llega una seca reprimenda, siempre en el mismo tono imperioso. "Cuando se le diga que se pare, tiene que levantarse para ir a otra máquina. No hay que dormirse aquí". ¿Qué hacer? Me callo. Obedecer inmediatamente. Ir inmediatamente a la máquina que se me designa. Ejecutar dócilmente los gestos que se me indican. Ningún movimiento de impaciencia: todo movimiento de impaciencia se traduce en lentitud o torpeza. La irritación es buena para los que mandan, está prohibida a los que obedecen. Una pieza. Una pieza más. ¿Hago suficientes? Rápido. He hecho mal una pieza. ¡Atención! Voy más despacio. Rápido. Más rápido...


¿Qué mas recuerdos? Me vienen muy confusos. Mujeres que esperan ante la puerta de la fábrica. No se puede entrar más que diez munutos antes de la hora, y cuando se vive lejos hay que venir veinte minutos antes para no arriesgarse a un minuto de retraso. Se abre un portillo, pero oficialmente "no está abierto". Llueve a mares. Las mujeres está afuero bajo la lluvia, delante de esta puerta abierta. ¿Qué más natural que resguardarse cuando llueve y la puerta de una casa está abierta? Pero ni se piensa en hacer ese movimiento tan natural ante esta fábrica, porque está prohibido. Ninguna casa extraña es tan extraña como esta casa fábrica donde uno gasta cotidianamente sus fuerzas durante ocho horas.
Una escena de despido. Se me despide de una fábrica donde he trabajado un mes, sin que nunca se me haya hecho ninguna observación. Y, sin embargo, se contrata personal todos los días. ¿Qué tiene contra mí? No se han dignado a decírmelo. Vuelvo a la hora de la salida. Ahí está el jefe del taller. Le pido muy educadamente una explicación. Recibo como respuesta: "no tengo que rendirle cuentas", e inmediatamente se va. ¿Qué hacer? ¿Un escándalo? Me arriegaría a que no me contrataran en ninguna otra parte. No, mejor marcharse prudentemente, comenzar de nuevo a patear las calles, a estacionarse ante las oficinas de contratación y, a medida que pasan las semanas, sentir crecer, en el hueco del estómago, una sensación que se instala de manera permanente y de la que es imposible decir en qué medida es angustia y en qué medida es hambre.
¿Qué más? Un vestuario de fábrica, en una semana de invierno riguroso. El vestuario no tiene calefacción. Se entra allí, a veces justo después de haber trabajo delante de un horno. Hay un movimiento de retroceso, como ante un baño de agua fría. Pero hay que entrar. Hay que pasar allí diez minutos. Hay que meter en el agua helada las manos llenas de cortes, en carne viva, hay que frotarlas enérgicamente con serrín de madera para quitar un poco el aceite y el polvo negro. Dos veces por día. Por supuesto, se podrían soportar sufrimientos más penosos, ¡pero estos son tan inútiles! ¿Quejarse a la dirección¿ Nadie piensa en ello ni por un momento. "... Pasan completamente de nosotros". Sea verdad o no, ésa es, en todo caso, la impresión que nos dan. Mejor sufrir todo esto en silencio. Es también menos doloroso.
Conversaciones en la fábrica. Un día, una obrera lleva al vestuario a un chiquillo de nueve años. Surgen las bromas. "¿Le llevas a trabajar?". Ella responde: "Ya me gustaría que pudiese trabajar". Tiene dos chiquillos y un marido enfermo a su cargo. Gana de 3 a 4 francos por hora. Anhela el momento en que, al fin, este chiquillo pueda ser encerrado durante una larga jornada en una fábrica y le lleve unas cuantas monedas. Otra, buena camarda y afectuosa, a la que se pregunta por su familia. "¿Tienes hijos?". "No, afortunadamente. Es decir, tenía uno, pero murió". Habla de un marido enfermo que ha tenido durante ocho años a su cargo. "Murió, afortunadamente". Son hermosos, los sentimientos, pero la vida es demasiado dura...
Escenas de la paga. Se desfila como un rebaño, ante la ventanilla, bajo el ojo de los encargados. No se sabe cuanto se recibirá: habría que hacer siempre cálculos tan complicados que nadie los saca, y con frecuencia hay arbitrariedad. Imposible defenderse del sentimiento de que ese poco dinero que se nos da a través de la ventanilla es una limosna.
El hambre. Cuando se ganan 3 francos a la hora, o incluso 4, o incluso algo más, basta una desgracia, una interrupción del trabajo, una herida, para tener que trabajar durante una semana o más pasando hambre. No la subalimentación, que puede darse permanentemente, incluso sin que haya ninguna desgracia por el medio: el hambre. El hambre, unida a un duro trabajo físico, es una sensación punzante. Hay que trabajar tan rápido como de costrumbre, pues sin no tampoco se comerá la semana siguiente. Y para colmo, uno se arriesga a que le echen una bronca por producción insuficiente. Tal vez el despido. No será una excusa decir que se tiene hambre. Se tiene hambre, pero a pesar de todo hay que satisfacer las exigencias de esas personas por quienes se puede, en un isntante, ser condenado a tener más hambre todavía. Cuando no se puede más, hay que esforzarse. Siempre esforzarse. Al salir de la fábrica, volver inmediatamente a casa para evitar la tentación de cenar, y esperar la hora del sueño, que por otra parte se verá turbado porque también por la noche se tiene hambre. Al día siguiente, volver a esforzarse. Todos esos esfuerzos tendrán su contrapartida: algunos billetes, algunas monedas que se recibirán a través de una ventanilla. ¿Pedir más? No se tiene derecho a nada más. Se está allí para obedecer y callar. Se está en el mundo para obedecer y callar.
Contar céntimo a céntimo. Durante ocho horas de trabajo, se cuenta céntimo a céntimo. ¿Cuántos céntimos supondrán estas piezas? ¿Qué he ganado en esta hora? ¿Y la hora siguiente? Al salir de la fábrica, se sigue contando céntimo a céntimo. Se tiene tal necesidad de distensión, que todas las tiendas atraen. ¿Puedo tomar un café? Pero eso cuesta cincuenta céntimos. Me tomé uno ayer. Me queda tanto para estos quince días. ¿Y esas cerezas? Cuestan tantos céntimos. Se hace la compra: ¿cuánto cuestan aquí las patatas? Doscientos metros más allá cuestan diez céntimos menos. Hay que imponer esos doscientos metros a un cuerpo que se niego a caminar. Los céntimos se convierten en una obsesión. Debido a ellos, nunca se puede olvidar la coacción de la fábrica. Jamás se descansa. O, si se hace una locura, locura a la escala de unos francos, se pasará hambre. No hay que dejarse atrapar en ese círculo. Lleva al agotamiento, a la enfermedad, a la muerte. Pues cuando no se puede producir con bastante rapidez, no se tiene ya derecho a vivir. ¿No vemos a hombres de cuarenta años rechazados en todas partes, en todas las oficinas de contratación, sean cuales sean sus certificados? A los cuarenta años se le considera a uno incapaz. Desdicha de los incapaces.
La fatiga. La fatiga, abrumadora, amarga, por momentos dolorosa hasta el punto de que se desearía la muerte. Todo el mundo, en todas las situaciones saber lo que es estar fatigado, pero para esta fatiga se necesitaría otro nombre. Hombres vigorosos, en la plenitud de sus fuerzas, se duermen de cansancio en el asiento del metro. No después de un duro golpe, sino después de un día de trabajo normal. Un día como será el siguiente y el siguiente, y así siempre. Al entrar en el vagón de metro, al salir de la fábrica, una angustia ocupa todo el pensamiento: ¿encontraré asiento? Sería demasiado duro tener que estar de pie. Pero muy a menudo hay que estar de pie. ¡Cuidado, que el exceso de cansancio no impida dormir! Al día siguiente habrá que esforzarse todavía un poco más.
El miedo. Raros son los momentos del día en que el corazón no está algo comprimido por cualquier angustia. Por la mañana, la angustia de la jornada que hay por delante. En los vagones del metro que lleva Billancourt, hacia las 6.30 de la mañana, se ve la mayoría de los rostros contraídos por esta angustia. Si no se va con tiempo, el miedo al reloj de control. En el trabajo, el miedo a no ir bastante rápido para todos aquellos que tienen dificultades en conseguirlo. El miedo de hacer mal las piezas al forzar la cadencia, porque la rapidez produce una especie de embriaguez que anula la atención. El miedo a todos los pequeños accidentes que pueden ocasionar fallos o la rotura de una herramienta. De manera general, miedo a las broncas. Uno se expondría a muchos sufrimientos sólo por evitar una bronca. La menor reprimenda es una dura humillación, porque uno no se atreve a responder. ¡Y cuántas cosas pueden provocar una reprimenda! Una máquina mal regulada por el ajustador; una herramiento de acero de mala calidad; piezas que no pueden ser bien colocadas; bronca segura. Se va a busca al jefe a través del taller para que le den a uno trabajo, se gana una reprimenda. Si se hubiera esperado en su oficina, también se habría uno arriesgado a una reprimenda. Uno se queja de un trabajo demasiado duro o de un ritmo imposible de seguir, y oye cómo le recuerdan brutalmente que ocupa un lugar que cientos de parados cogerían gustosamente. Para atreverse a quejarse, es perciso no poder ya más. Y ésa es la peor angustia, la angustia de sentir que uno no se agota oque envejece, que pronto ya no podrá más. ¿Pedir un puesto menos duro? Habría entonces que reconocer que ya no se puede ocupar el puesto en que se está. Tiesgo de ser despedido. Hay que apretar los dientes. Aguantar. Como un nadador en el agua. Únicamente con la perspectiva de nadar siempre, hasta la muerte. Ninguna barca por la que poder ser recogido. Si uno se hunde lentamente, si se ahoga, nadie en el mundo se enterará. ¿Qué es uno mismo? Una unidad en los efectivos del trabajo. No cuenta. Apenas existe.
La coacción. No hacer nunca nada, ni siquiera en los detalles, que constituya una iniciativa. Cada gesto es simplemente la ejecución de una orden. En todo caso para los trabajadores especializados en una máquina. En una máquina, para una serie de piezas, hay cinco o seis movimientossimples señalados que se deben repetir a la máxima velocidad. ¿Hasta cuándo? Hasta que reciba la orden de hacer otra cosa. ¿Cuánto durará esta serie de piezas? Hasta que el jefe ordene otra serie. ¿Cuánto tiempo habrá que estar en la máquina? Hasta que el jefe mande ir a otra. En todo momento se está en la situación de poder recibir una orden. Se es una cosa entregada a la voluntad de otro. Como no es natural que un hombre se convierta en cosa, y como no hay coacción tangible, no hay látigo, no hay cadenas, hay que plegarse a esa pasividad. ¡Qué hermoso sería poder dejar el alma en la casilla donde se deja la tarjeta de fichar y cogerla a la salida! Pero no se puede. Se la lleva al taller. Todo el tiempo hay que hacerla callar. A la salida, a menudo ya no se la tiene, porque se está demasiado cansado. O si todavía se la tiene, qué dolor al llegar la noche, al darse cuenta de lo que se ha sido ocho horas durante ese día, y de lo que será ocho horas el día siguiente, y al otro...


¿Qué más? La extraordinaria importancia que adquiere la benevolencia o la hostilidad de los superiores inmediatos, ajustadores, jefe de equipo, encargado, aquellos que dan a su antojo el "bueno" o el "malo" al trabajo, quienes pueden a su voluntad ayudar o reprender en las desgracias. La necesidad perpetua de no desagradar. La necesidad de responder a las palabras brutales sin ningún rasgo de mal humor, e incluso con deferencia, si se trata de un encargado. ¿Qué más? El "mal trabajo". mal cronometrado, sobre el que uno se revienta para no poner dificultades al bueno, porque se arriesgaría a que le echaran una bronca por velocidad insuficiente; el que se equivoca no es nunca el cronometrador. Y si eso se produce con mucha frecuencia, se corre el riesgo de despido. Y aun matándose, no se gana casi nada, justamente porque es un "mal trabajo". ¿Qué más? Pero eso basta. Eso basta para mostrar lo que es una vida semejante, y que si uno se somete a ella, es, como dice Homero sobre los esclavos, "muy a pesar suyo, bajo la presión de una dura necesidad".
Desde el momento que se ha sentido que se debilita la presión, inmediatamente los sufrimientos, las humillaciones, los resentimientos, las amarguras silenciosamente amontonadas durante años, ha constituido una fuerza suficiente para aflojar la opresión. Esa es toda la historia de la huelga. No hay otra.
Burgueses inteligentes creyeron que la huelga había sido provocada por los comunistas para molestar al nuevo gobierno. Yo misma he oído decir a un obrero inteligente que la huelga había sido provocada, sin duda alguna, por los empresarios para molestar a ese mismo gobierno. Esta coincidencia es extraña. Pero no era necesaria ninguna provocación. Uno se doblegaba bajo el yugo. Cuando el yugo se ha aflojado, se ha levantado la cabeza. Y nada más.
¿Cómo es que ha pasado esto? ¡Oh!, muy sencillamente. La unidad sindical no ha constituido un factor decisivo. Por supuesto, es un gran triunfo, pero que representa mucho más en otras corporaciones para los metalúrgicos de la región parisiense entre los que no se contaba, hace un año, más que con algunos miles de sindicados. El factor decisivo, hay que decirlo, es el gobierno del Frente Popular. En primer lugar, se puede por fin -¡por fin!- hacer una huelga sin policía, sin gendarmes. Pero eso vale para todas las corporaciones. Lo que cuenta sobre todo es que las fábricas de mecánica trabajan casi todas para el Estado, y dependen de él para equilibrar su presupuesto. Esto lo sabe cualquier obrero. El obrero, al ver llegar al poder al Partido Socialista, tuvo la sensación de que, ante el patrón, ya no era el más débil. La reacción ha sido inmediata.
¿Por qué los obreros no han esperado la formación del nuevo gobierno? En mi opinión, no es necesario buscar maniobras maquiavélicas. Tampoco nosotros debemos apresurarnos a concluir que la clase obrera desconfía de los partidos o del poder del Estado. Luego tendríamos serias desilusiones. Por supuesto, es reconfortante constatar que los obreros prefieren todavía resolver sus propios asuntos antes que confiarlos al gobierno. Pero no es, creo ese estado de ánimo el que ha determinado la huelga. No. En pimer lugar, no ha habido fuerza para esperar. Todos los que han sufrido saben que cuando uno cree que va a ser liberado de un sufrimiento demasiado largo y demasiado duro, los últimos días de espera son intolerables. Pero el factor esencial está en otra parte. El público, y los empresarios, y el mismo León Blum, y todos aquellos que son extraños a esta vida de esclavitud, son incapaces de comprender lo que ha sido decisivo en este asunto. En este movimiento se trata de otra cosa que de una u otra reivindicación particular, por importante que sea. Si el gobierno hubiera podido obtener plena y entera satisfacción por simples negociaciones, se estaría menos contento. Después de haberse sometido siempre, de haber sufrido todo, de haber aguantado todo en silencio durante y meses años, se trata de atreverse por fin a levantarse. A ponerse de pie. Tomar la palabra. Sentirse hombres durante algunos días. Independientemente de las reivindicaciones, esta huelga es en sí misma una alegría. Una alegría pura. Una alegría sin mezcla.
Sí, una alegría. He ido a ver a los compañeros a una fábrica en la que trabajé hace unos meses. He pasado algunas horas con ellos. Alegría de entrar en la fábrica con la autorización sonriente de un obrero que vigila la puerta. Alegría de encontrar tantas sonrisas, tantas palabras de fraternal acogida. ¡Cómo se siente uno entre compñaeros en esos talleres en los que, cuando trabajaba allí, cada uno se sentía completamente sólo en su máquina! Alegría de recorrer libremente esos talleres don uno estaba clavado en la máquina, de formar grupos, de conversar, de tomar un bocado. Alegría de escuchar música, cantos y risas, en lugar del estrépito despiadado de las máquinas, símbolo tan patente de la dura necesidad bajo la que uno se doblega. Uno se pasea entre esas máquinas a las que ha dado, durante tantas y tantas horas, lo mejor de su sustancia vital, y ellas se callan, ya no cortan dedos, ya no hacen daño. Alegría de pasar delante de los jefes con la cabeza alta. Se deja por fin de tener necesidad de luchar a cada instante para conservar la dignidad a los propios ojos, contra una tendencia casi invencible a someterse en cuerpo y alma. Alegría de ver a los jefes mostrarse próximos por la fuerza, estrechar manos, renunciar completamente a dar órdenes. Alegría de verles esperar dócilmente su turno para tener el bono de salido que el comité de huelga consiente en concederles. Alegría de decir lo que se tiene en el corazón a todo el mundo, jefes y camaradas, en esos lugares donde los obreros podían trabajar durante meses uno al lado del otro sin que ninguno de los dos supiera lo que pensaba el vecino. Alegría de vivir, entre esas máquinas mudas, al ritmo de la vida humana -el ritmo que corresponde a la respiración, a los latidos del corazón, a los movimientos naturales del organismo humano- y no a la cadencia impuesta por el cronometrador. Por supuesto, esa vida tan dura volverá a comenzar en unos días. Pero no se piensa en ello, todos están como los soldados de permiso durante la guerra. Y después, llegue lo que llegue después, siempre se habrá tenido eso. Finalmente, por vez primera, y para siempre, flotarán alrededor de esas pesadas máquinas otros recuerdos que el silencio, la coacción, la sumisión. Recuerdos que pondrán un poco de orgullo en el corazón, que dejarán un poco de calor humano sobre todo ese metal.
Distensión completa. No se tiene esa energía ferozmente tensa, esa resolución mezclada con angustia tan a menudo observada durante las huelga. Hay resolución, por supuesto, pero sin angustia. Se está feliz. Se canta, pero no La Internacional, sino la Joven Guardia; se cantan canciones, simplemente, y eso está muy bien. Algunos hacen bromas, de las que se ríe por el placer de oírse reír. No hay mala intención. Por supuesto, se es feliz por hacer sentir a los jefes que ya no son los más fuertes. Les toca a ellos. Eso les hace bien. Pero no se es cruel. Se está demasiado contento. Se está seguro de que los patronos cederán. Se cree que habrá un nuevo golpe duro al cabo de algunos meses, pero se está preparado. Se dice que si ciertos patronos cierran sus fábricas, el Estado las reabrirá. No se pregunta ni por un instante si podrá hacerlas funcionar en las condiciones deseadas. Para todo francés, el Estado es una fuente de riqueza inagotable. La idea de negociar con los patronos, de lograr compromisos, no se le ocurre a nadie. Se quiere conseguir lo que se pide. Se quiere conseguir porque las cosas que se pide, se desean, pero sobre todo porque después de haber estado tanto tiempo sometidos, para una vez que se levanta la cabeza, no se quiere ceder. Nadie quiere dejarse aplastar, o ser tomado por imbécil. Después de haber ejecutado pasivamente tantas y tantas órdenes, es muy bueno poder por fin darlas por una vez a aquellos de los que se recibían. Pero lo mejor de todo es sentirse hermanos hasta tal punto...
Y las reivindaciones, ¿qué pensar de ellas? En primer lugar, hay que señalar un hecho muy comprensible, pero muy grave. Los obreros hacen la huelga, pero dejan a los militantes el cuidado de estudiar los detalles de las reivindicaciones. El hábito de la pasividad contraído cotidianamente durante años y años no se pierde en unos días, ni siquiera en unos días tan hermosos. Y además, no es en el momento en que uno se ha evadido por unos días de la esclavitud cuando se puede encontrar en uno mismo el valor de estudiar las condiciones de la coacción bajo la que se ha estado doblegado día tras día, bajo la que se seguirá doblegando. No se puede pensar en eso todo el tiempo. Hay límites en las fuerzas humanas. Uno se contenta con gozar, plenamente, sin pensar en nada más, del sentimiento de que por fin se cuenta para algo; que se va a sufrir menos; que se tendrán vacaciones pagadas -ésta, se dice con los ojos brillantes, es una reivindicación que no se arrancará ya del corazón de la clase obrera-, que se tendrán mejores salarios y algo que decir en la fábrica, y que todo esto no se habrá simplemente obtenido, sino impuesto. Por una vez, uno se deja mecer por esos dulces pensamientos; no se consideran más de cerca.
Ahora bien, este movimiento plantea graves problemas. El problema central, en mi opinión, es la relación entre los problemas materiales y los problemas morales. Hay que mirar las cosas de frente. ¿Es que los salarios reclamados superan las posibilidades de las empresas en el marco del régimen? Y si es así ¿qué hay que pensar de ello? No se trata simplemente de la metalurgia, ya que con todo derecho el movimiento reivindactivo se ha hecho general. ¿Entonces? ¿Asistiremos a una nacionalización progresiva de la economía bajo el impulso de las reivindicaciones obreras, a una evolución hacia la economía de Esta y el poder totalitario? ¿O a un recrudecimiento del desempleo? ¿O a un retroceso de los obreros, obligados a bajar la cabeza una vez más bajo la coacción de las necesidades económicas? En todos estos casos, este hermoso movimiento tendría un triste final.


Yo percibo, para mí, otra posibilidad. A decir verdad, es delicado hablar de ello públicamente en semejante momento. En pleno movimiento reivindicativo, difícilmente se atreve uno a sugerir que se limiten voluntariamente las reivindicaciones. Mala cosa. Cada cual debe asumir sus responsabilidades. Yo pienso, para mí, que el momento sería favorable, si se lo supiera utilizar, para constituir el primer embrión de un control obrero. Los patronos no pueden conceder satisfacciones ilimitadas, se entiende; que al menos no sean ya los único jueces de lo que pueden o dicen poder. Que en todas partes donde los patronos invoquen como motivo de resistencia la necesidad de equilibrar el presupuesto, los obreros establezcan una comisión de control de cuentas constituida por algunos de ellos, un representante del sindicato, un técnico miembro de una organización obrera. ¿Por qué, allá donde la distancia entre las reivindicaciones obreras y las ofertas de la patronal es grande, no se aceptaría reducir considerablemente las pretensiones hasta que la situación de la empresa mejorara y bajo la condición de un control sindical permanente? ¿Por quá incluso no prever en el contrato colectivo, para las empresas que estén al borde de la quiebra, una posible derogación de las cláusulas que se refieren a los salarios, bajo la misma condición? Habría entonces al fin y por primera vez, a continuación de un movimiento obrero, una transformación duradera en la relación de fuerzas. Vale la pena que los militantes responsables reflexionen seriamente sobre este punto.
Otro problema, que concierne más particularmente al infierno de la mecánica, debe también considerarse. Es la repercusión de las nuevas condiciones salariales sobre la vida cotidiana del taller. En primer lugar, la desigualdad entre las categorias ¿se mantendrá íntegramente o disminuirá? Sería deplorable mantenerla. Anularla sería un alivio, un progreso prodigioso en cuanto a la mejora de relaciones entre los obreros. Si uno se siente solo en una fábrica, y es normal que uno se sienta allí muy solo, es en gran parte a causa del obstáculo que para las relaciones de compañerismo suponen estas pequeñas desigualdades, grandes por relación a esos escuálidos salarios. Aquel que gana un poco menos envidia al que gana un poco más. El que gana algo más desprecia al que gana algo menos. Es así. No es así para todos, pero es así para muchos. Sin duda, todavía no se puede establecer la igualdad, pero al menos se pueden disminuir considerablemente las diferencias. Hay que hacerlo. Pero esto es lo que me parece más grave: habrá, para cada categoría, un salario mínimo. Pero se mantiene el trabajo a destajo. ¿Qué sucederá entonces en caso de los bons coulés, es decir, en el caso en que el salario calculado en función de las piezas realizadas sea inferior al salario mínimo? El patrón abonará la diferencia, por supuesto. La fatiga, la falta de vivacidad, la mala suerte de que lo que hagas sea considerado "mal trabajo" o de trabajar en una máquina estropeada no serán ya castigada automáticamente mediante una bajada casi ilimitada de salarios. No se verá ya a una obrera ganar doce francos en una jornada porque haya tenido que esperar cuatro o cinco horas a que se termine de arreglar su máquina. Muy bien. Pero es de temer entonces que ese injusto castigo de un salario irrisorio sea sustituido por un castigo más despiadado, el despido. El jefe sabrá a qué obreros ha debido aumentar el salario para observar la cláusula del contrato, sabrá qué obreros han quedado con más frecuencia por debajo del mínimo. ¿Se le podrá impedir que se les ponga en la calle por rendimiento insuficiente? ¿Pueden extenderse hasta ahí los poderes del delegado de taller? Esto me parece casi imposible, sean cuales sean las cláusulas del contrato colectivo. Desde ese momento, es de temer que a la mejora de los salarios corresponda una nueva agravación de las condiciones morales del trabajo, un terror aumentado en la vida cotidiana del taller, una agravación de esta cadencia de trabajo que ya rompe el cuerpo, el corazón y el pensamiento. Una ley implacable, desde hace veinte años, para hacer que todo ayude a la agravación de la cadencia.
Siento terminar con una nota triste. Estos días, los militantes tienen una terrible responsabilidad. Nadie sabe cómo irán las cosas. Son de temer varias catástrofes. Pero ningún temor borra la alegría de ver levantar la cabeza a aquellos que siempre, por definición, la inclinan. No tienen, por más que se suponga desde fuera, esperanzas ilimitadas. Ni siquiera sería exacto hablar en general de esperanza. Saben bien qe a pesar de las mejoras conquistadas, el peso de la opresión social, alejado por un instante, recaerá sobre ellos. Saben que se van a encontrar bajo una dominación dura, seca y sin miramientos. Pero lo que es ilinitado es la felicidad presente. Está al fin afirmados. Al fin han hecho sentir a sus amos que existen. Someterse a la fuerza es duro; dejar creer que uno quiere someterse, es demasiado. Hoy nadie puede ignorar que aquellos a los que se les ha asignado como único papel en esta tierra doblegarse, someterse y callarse, se doblegan, se someten y se callan solamente en la medida precisa en que no pueden hacer otra cosa. ¿Sucederá algo distinto? ¿Asistiremos por fin a una mejora efectiva y duradera de las condiciones del trabajo industrial? El futuro lo dirá; pero ese provenir no hay que esperarlo, hay que hacerlo.


Este artículo está escrito por Simone Weil con el pseudónimo Simone Galois. Se publicó en el número 224 de la revista La Révolution polétarienne el 10 de junio de 1936. Está extraído del libro Simone Weil. Escritos históricos y políticos. Editorial Trotta 2007.

jueves, 26 de marzo de 2009

Los Soviets en acción. John Reed en 1918.

Entre el coro de insultos y falsedades dirigido contra los soviets rusos por parte de la prensa capitalista se puede escuchar una voz estridente que grita con una especie de pánico: "¡No hay gobierno en Rusia! ¡No hay organización entre los trabajadores rusos! ¡No funcionará! ¡No funcionará!".
Es la táctica de la calumnia.
Como todo auténtico socialista sabe, y como los que hemos visto la revolución rusa podemos atestiguar, existe actualmente en Moscú y en todas las ciudades y pueblos de Rusia una estructura política enormemente compleja, sostenida por la mayoría del pueblo y que funciona tan bien como ningún otro gobierno popular recién nacido ha funcionado jamás. Los trabajadores de Rusia han construido a partir de sus necesidades vitales una organización económica que está evolucionando hacia una verdadera democracia industrial.


El Estado Soviético está basado en los Soviets -o Consejos- de trabajadores y en los Soviets de campesinos. Estos Consejos -instituciones características de la Revolución Rusia- se originaron en 1905, cuando durante la primera huelga general de los trabajadores, las fábricas de Petrogrado y las organizaciones obreras enviaron delegados al Comité Central. Este Comité de Huelga fue llamado Consejo de Diputados Obreros. Convocó la segunda huelga general en el otoño de 1905, mandó organizaciones a toda Rusia y por un breve lapso de tiempo fue reconocido por el Gobierno Imperial como el interlocutor autorizado de la clase trabajadora revolucionaria rusa.
Con el fracaso de la revolución de 1905, los miembros del Consejo huyeron o fueron deportados a Siberia. Pero ese tipo de unión resultó tan sorprendentemente efectiva como órgano político que todos los partidos revolucionarios incluyeron un Consejo de Diputados Obreros en su planes para un futuro levantamiento.
En marzo de 1917, cuando ante una Rusia que brama como un océano, el zar abdicó, el Gran Duque Miguel rechazó el trono y la reclutante Duma (el seudoparlamento zarista) fue forzada a tomar las riendas del gobierno, el Consejo de Diputados Obreros renació de nuevo. En pocos días fue ampliado para incluir delegados del Ejército, pasando a llamarse Consejo de Diputados de Obreros y Soldados. Excepto Kerensky, la Duma estaba compuesta de burgueses y no tenía conexión alguna con las masas revolucionarias. La lucha había de continuar, debía restablecerse el orden, mantenerse el frente ...los miembros del Comité de la Duma no estaban en condiciones de llevar a cabo esas tareas; se vieron obligados a llamar a los representantes de los trabajadores y los soldados - en otras palabras- al Consejo. El Consejo se hizo cargo del trabajo de la revolución, de la coordinación de las actividades del pueblo, de la preservación del orden. Además asumió la tarea de asegurar la revolución contra la traición de la burguesía.
Desde el momento en que la Duma se vio forzada a apelar al Consejo, en Rusia existieron dos gobiernos, y dos gobiernos lucharon por el poder hasta noviembre de 1917, cuando los soviets, bajo el control bolchevique, derribaron a la coalición de gobierno.
Había, como he dicho, Soviets de diputados tanto obreros como soldados. Algo más tarde surgieron los soviets de Diputados Campesinos. En la mayoría de las ciudades los Soviets Obreros y Soldados se reunían juntos; también convocaban sus Congresos Panrusos conjuntamente. Los soviets de Campesinos, sin embrago, estaban dominados por elementos reaccionarios y no se unieron a los obreros y soldados hasta la revolución de Noviembre y el establecimiento del Gobierno Soviético.


¿Quiénes eran los miembros de los Soviets?
El soviet se basa directamente en los trabajadores en las fábricas y en los campesinos en los campos. Al principio los delegados de los soviets de Obreros, Soldados y Campesinos, eran elegidos de acuerdo con reglas que variaban según las necesidades y la población de las diferentes localidades. En algunos pueblos los campesinos elegían un delegado por cada cincuenta electores. Los soldados en los cuarteles tenían derecho a un cierto número de delegados por regimiento, sin consideración a su fuerza; las tropas en el frente, sin embargo, elegían a sus soviets de manera diferente. En cuanto a los trabajadores en las grandes ciudades, pronto descubrieron que los soviets eran difíciles de manejar a menos que los delegados fuesen limitados a uno cada quinientos. De la misma manera, los primeros Congresos Panrusos de los Soviets se basaron aproximadamente en un delegado por cada veinticinco mil votantes, aunque de hecho los delegados representaban circunscripciones de varios tamaños.
Hasta febrero de 1918 cualquiera podía votar delegados para los Soviets. Incluso si los burgueses hubieran organizado y solicitado representación en los Soviets, se les hubiera otorgado. Por ejemplo, durante los mandatos del Gobierno Provisional, hubo una representación burguesa en el Soviet de Petrogrado -un delegado de la Unión de Hombres Profesionales, que comprendía doctores, juristas, profesores, etc.-.
El pasado marzo la constitución de los Soviets fue desarrollada con detalle y aplicada universalmente.
Restringía el derecho de voto a:
Ciudadanos de todas las Repúblicas Socialistas Soviéticas de ambos sexos que hayan cumplido dieciocho años el día de las elecciones ...
Todos aquéllos que se ganen la vida a través del trabajo productivo y útil de la sociedad y que sean miembros de los sindicatos ...
Quedaban excluidos del derecho a voto:
Los que emplean fuerza de trabajo para obtener beneficio; las personas que viven de plusvalías; comerciantes y agentes privados de negocios; empresarios de comunidades religiosas; ex-miembros de la policía y de la gendarmería; la antigua dinastía reinante; los deficientes mentales; los sordomudos; y todos los condenados por delitos menores mezquinos e indignos.
En cuanto a los campesinos, cada cien de ellos en lo pueblos eligen un representante para el Soviet del Volost, o Municipio. Los Soviets de los Volost envían delegados a los Soviets del Uyezd, o condado, el cual a su vez envía delegados al Soviet del Oblast, o provincia, para el cual también se eligen delegados de los Soviets de Trabajadores de las ciudades.


El Soviet de Petrogrado de Diputados Obreros y Soldados, que operaban cuando estuve en Rusia, puede servir como ejemplo de como funcionan las unidades urbanas de gobierno en un estado Socialista.
Constaba de unos 1200 diputados, y en circunstancias normales celebraba una sesión plenaria cada dos semanas. Entretanto elegía a un Comité Ejecutivo Central de 110 miembros, proporcionalmente a los partidos, y este Comité Central añadía por invitación a delegados de los comités centrales de los sindicatos, de los comités de las fabricas y de otras organizaciones democráticas.
Junto al Soviet de la gran ciudad, existían también los Rayon, o Soviets de distrito. Estaban compuestos de diputados electos para el soviet de la ciudad por cada distrito y administraban su zona de la ciudad. Naturalmente, en algunos distritos no había fábricas y, por tanto, tampoco representación de esos distritos, ni en el Soviet de la ciudad ni en el Soviet de distrito. Pero el sistema soviético es extraordinariamente flexible, y, si los cocineros y los camareros, o los basureros, o los porteros, o los conductores de ese distrito se organizaban y solicitaban representación, se les concedían delegados.
Las elecciones de los delegados están basadas en la representación proporcional, lo que significa que los partidos políticos están representados en proporción exacta al número total de votantes de la ciudad. Y son los partidos políticos y los programas los que votan, no los candidatos. Los candidatos son designados por los comités centrales de los partido políticos, que pueden reemplazarlos por otros miembros del partido. Asimismo, los delegados no son elegidos por un plazo de tiempo determinado, sino que pueden ser revocados en cualquier momento.
Nunca antes se creó un cuerpo político más sensible y perceptivo a la voluntad popular. Esto era necesario, pues en los períodos revolucionarios, la voluntad popular cambia con gran rapidez. Por ejemplo, durante la primera semana de diciembre de 1917 hubo desfiles y manifestaciones en favor de la Asamblea Constituyente -es decir, contra el poder soviético-. Uno de esos desfiles fue tiroteado por algún Guardia Rojo irresponsable y varias personas murieron. La reacción a esa estúpida violencia fue inmediata. Más de una docena de diputados bolcheviques fueron cesados y reemplazados por mencheviques. Pasaron tres semanas antes de que el sentimiento popular se tranquilizara y los mencheviques fueran reemplazados uno a uno de nuevo por los bolcheviques.


El Estado Soviético
Al menos dos veces al año se eligen delegados de toda Rusia para el Congreso de Soviets Panruso. Teóricamente estos delegados se eligen por designación popular directa; en las provincias uno por cada 125.000 votantes; en las ciudades uno por cada 25.000; sin embargo en la práctica, son normalmente elegidos por los soviets provinciales y urbanos. Se puede convocar una sesión extraordinaria del congreso en cualquier momento, a iniciativa del Comité Central Ejecutivo Panruso, o a petición de soviets que representen un tercio de la población trabajadora de Rusia.
Este órgano, formado por unos 2.000 delegados, se reúne en la capital en forma de gran soviet y decide sobre los asuntos esenciales de la política nacional. Elige un Comité Central Ejecutivo, como el Comité Central del Soviet de Petrogrado, que invita a los delegados de los comités centrales de todas las organizaciones democráticas.
Este Comité Central Ejecutivo de los Soviets Panruso aumentado, es el parlamento de la República Rusa. Está formado por unas 350 personas. Entre los Congresos Panrusos es la autoridad suprema, pero no debe actuar al margen de las líneas dictadas por el último Congreso y es absolutamente responsable de todos sus actos ante el siguiente Congreso.
Por ejemplo, el Comité Central Ejecutivo puede, y lo hizo, ordenar que se firmara el tratado de paz con Alemania. Pero no pudo hacer que este tratado vinculara a Rusia. Sólo el Congreso Panruso tiene poder para ratificar el tratado.
El Comité Ejecutivo Central elige entre sus miembros once delegados como presidentes de comités a cargo de los diferentes departamentos del gobierno, en el lugar de los ministros. Estos delegados pueden ser destituidos en cualquier momento. Son absolutamente responsables ante el Comité Central Ejecutivo. Los delegados eligen a un Presidente. Desde que se ha constituido el Gobierno Soviético este presidente- o primer ministro- ha sido Nicolai Lenin. Si su dirección fuera insatisfactoria, Lenin podría ser destituido en cualquier momento por la delegación de las masas del pueblo ruso o en el plazo de unas pocas semanas por el propio pueblo ruso directamente.
La principal función de los soviets es la defensa y consolidación de la revolución. Expresan la voluntad política de las masas no sólo en los Congresos Panrusos, donde su autoridad es casi suprema. Esta centralización existe porque los soviets locales crean el gobierno central y no el gobierno central los soviets locales. A pesar de la autonomía local, sin embargo, los decretos del comité Central Ejecutivo y las órdenes de los delegados son válidos para todo el país, porque en la república Soviética no hay intereses sectoriales privados que servir, y la causa de la Revolución es en todas partes la misma.


Observadores mal informados, la mayoría de ellos de la intelligentsia de clase media, acostumbran a decir que están a favor de los soviets, pero contra los bolcheviques. Esto es un absurdo. Los soviets son los órganos de representación más perfecta de la clase trabajadora, eso es verdad, pero son también las armas de la dictadura del proletariado, a la que todos los partidos anti-bolcheviques se oponen encarnizadamente. Así, la disposición de la gente a adherirse a la política de la dictadura del proletariado no sólo se mide por los miembros del partido bolchevique -partido comunista, como ahora se llama-,sino también por el crecimiento y actividad de los soviets locales de Rusia.
El ejemplo más notable de esto lo encontramos entre los campesinos, que no tomaron la dirección de la revolución, y cuyo primer y casi exclusivo interés en ella fue la confiscación de las grandes fincas. Los soviets de Diputados Campesinos no tenían al principio prácticamente otra función que la solución del problema de la tierra. Fue el fracaso en la solución a este problema el que volvió la atención de la gran masa de campesinos hacia las razones sociales que había tras este fracaso - eso, unido a la propaganda continua del ala izquierda de los partidos revolucionarios Socialistas y Bolcheviques y a la vuelta a los pueblos de los soldados revolucionarios.
El partido tradicional de los campesinos es el Partido Socialista Revolucionario. La gran masa inerte de campesinos cuyo único interés era su tierra y que nunca había tenido fuerza luchadora ni iniciativa política, al principio rechazó tener algo que ver con los soviets. Sin embargo, aquellos campesinos que participaron en los soviets, pronto despertaron a la idea de la dictadura del proletariado. Y casi invariablemente ingresaron y se convirtieron en partidarios del gobierno soviético.
En el Comisariado de Agricultura de Petrogrado hay un mapa de Rusia, salpicado de alfileres rojos. Cada uno de esos alfileres representa un Soviet de Diputados Campesino. La primer vez que vi el mapa, fijado en el viejo cuartel general de los Soviets de campesinos en Fontanka, los puntos rojos se esparcían diseminados por el vasto país, y su numero no aumentaba. En los primeros ocho meses de la revolución, había volosts, uyezds, provincias enteras, de hecho, donde sólo una o dos grandes ciudades y quizá unos cuantos pueblos dispersos tenían un Soviet de campesinos. Sin embargo, después de la revolución de noviembre podías ver a toda Rusia enrojecer ante tus ojos, a medida que pueblo tras pueblo, condado tras condado, provincia tras provincia, se levantaba y formaba su Consejo de Campesinos.
En el momento de la insurrección bolchevique podría haberse elegido una Asamblea Constituyente con una mayoría anti-soviética. Un mes después esto habría sido imposible. Yo vi tres Convenciones Panrusas de Campesinos en Petrogrado. Los delegados llegaban -la gran mayoría de ellos revolucionarios socialistas del ala derecha-. Comenzaba la sesión -y siempre eran sesiones violentas- bajo la presencia de Avksentiev o Peshekhanov. En pocos días se desplazarían hacia la izquierda y serían dominados por seudo-radicales como Tchernov. Poridonova sería elegida presidenta. Entonces la minoría conservadora se escindiría y montaría una convención alternativa que en pocos días acabaría en nada. Y la mayoría enviaría delegados para unirse a los Soviets en Smolny. Esto pasó cada una de la veces.


Nunca olvidaré la Conferencia de Campesinos que tuvo lugar a finales de noviembre y cómo Tchernov luchó por el control y lo perdió, y esa maravillosa marcha de proletarios encanecidos por el polvo que marchaba hacia Smolny a través de las calles nevadas, cantando, con sus banderas rojo-sangre ondeando en el viento helado. Era noche cerrada. En los escalones de Smolny cientos de hombres trabajadores esperaban para recibir a sus hermanos campesinos, y, bajo la débil luz, las dos masas, una descendiendo y la otra ascendiendo, se fundieron rápidamente y se abrazaban, y lloraban, y aplaudían.
Los Soviets pueden aprobar decretos que supongan cambios económicos fundamentales, pero deben llevarse a cabo por las propias organizaciones populares locales.
La confiscación y distribución de la tierra, por ejemplo, se dejó en manos de los Comités de la Tierra de los Campesinos. Estos Comités de la Tierra fueron elegidos por los campesinos a propuesta del Príncipe Lvov, el primer jefe del gobierno provisional. Con respecto a la cuestión de la tierra, fue inevitable llegar a un acuerdo, según el cual, las grandes haciendas debían ser fraccionadas y distribuidas entre los campesinos. El Príncipe Lvov pidió a los campesinos que eligieran Comités de Tierra, que no sólo debían determinar sus propias necesidades agrícolas, sino también medir y hacer avalúo de las grandes fincas. Pero cuando estos comités de la Tierra intentaron funcionar, los propietarios los habían detenido.
Cuando los Soviets tomaron el poder su primera acción fue promulgar el Decreto de la Tierra. Este Decreto no era siquiera un proyecto bolchevique, sino el programa del ala derecha (o moderada) del Partido Socialista Revolucionario, desarrollado a partir de varios centenares de peticiones de campesinos. El decreto abolió para siempre los títulos privados de la tierra o recursos naturales de Rusia y dejó a los Comité de Tierra la tarea de distribuir la tierra entre los campesinos, hasta que la Asamblea Constituyente resolviera finalmente la cuestión.
Tras la disolución de la asamblea constituyente, el decreto se hizo definitivo.
Aparte de estas pocas proposiciones generales y de una sección establecida para emigración de la población excedente en vecindarios superpoblados, los detalles de la confiscación y la distribución se dejaron enteramente a los Comités Locales de la Tierra. Kalagayev, el primer Comisario de Agricultura elaboró un detallado conjunto de reglas para guiar a los campesinos en un detallado conjunto de reglas para guiar a los campesinos en su acción. Pero Lenin, en un discurso ante el Comité central Ejecutivo, persuadió al gobierno que dejara a los campesinos llevar el asunto de una manera revolucionaria, aconsejando solamente a los campesinos pobres que se organizaran contra los campesinos ricos ("Dejad que diez campesinos pobres se enfrenten a cada campesino rico" dijo Lenin).
Por supuesto ningún campesino podía poseer su tierra, no obstante, podía tomar lo que la tierra le ofrecía y tratarlo como propiedad privada. Pero la política del gobierno, actuando a través del Comité Local de la Tierra, es desalentar esta tendencia. Los campesinos que quieren convertirse en propietarios pueden hacerlo, pero no son ayudados por el gobierno. Por el contrario, a los campesinos que cultivan cooperativamente se les dan créditos, simientes, herramientas, y formación en técnicas modernas.
Adscritos a los Comités de Tierra hay expertos en agricultura y silvicultura. Para coordinar las prácticas de los Comités Locales, se elige de entre ellos un órgano central, conocido como el Comité Principal de la Tierra, que se encuentra en la capital, en estrecho contacto con el Comisariado de Agricultura.


Cuando estalló la revolución de marzo, los propietarios y administradores de muchas plantas industriales, o bien las dejaron o fueron expulsados por los trabajadores. En las fábricas del gobierno, donde el trabajo había estado mucho tiempo a merced de burócratas irresponsables designados por el zar, se dio especialmente esta situación.
Sin directores, encargados y en muchos casos ingenieros y contables, los trabajadores se encontraban enfrentados a la alternativa de continuar trabajando o morir de hambre. Se eligió un comité, con un delgado de cada "sección" o departamento, este comité, intentó dirigir la fábrica ... Por supuesto, al principio, éste pareció un plan sin futuro. Las funciones de los diferentes departamentos podían coordinarse de ésta manera, pero la falta de formación técnica por parte de los trabajadores produjo algunos resultados grotescos.
Finalmente se celebró la reunión del comité en una de las fábricas, donde un trabajador se levantó y dijo: "Camaradas, ¿Por qué nos preocupamos? La cuestión de los técnicos expertos no es difícil. Recordad que el jefe no era un técnico experto; el jefe no sabía ingeniería, química o contabilidad. Todo lo que hacía era poseer. Cuando quería ayuda técnica, contrataba hombres que se la proporcionaran. Bien, ahora nosotros somos los jefes. ¡Contratemos ingenieros, contables, etc., que trabajen para nosotros!".
En las fábricas estatales el problema era comparativamente simple, porque la Revolución destituyó automáticamente al "jefe" y realmente nunca lo substituyó por otro. Pero cuando los Comités de Delegados de Fábrica se entendieron a las fábricas de propiedad privada, fueron duramente combatidos por los propietarios de la fábricas, la mayoría de los cuales estaban estableciendo contactos con los sindicatos.
En las fábricas privadas, además, los comités de delegados eran producto de la necesidad. Después de los tres primeros meses de la Revolución, durante los cuales la clase media y las organizaciones proletarias trabajaron juntas en una armonía utópica, los capitalistas industriales comenzaron a temer el poder creciente y la ambición de las organizaciones trabajadoras -igual que los propietarios en el campo temían al comité de la tierra y los oficiales a los comités de soldados y a los Soviets-. Durante aproximadamente la primera parte de junio, comenzó la campaña más o menos consciente de toda la burguesía para detener la revolución y descomponer las organizaciones democráticas. Empezando por los Comités de delegados de Fábrica, los propietarios industriales planeaban barrerlo todo, incluidos los soviets. El ejército estaba desorganizado, se desviaban suministros, municiones y comida, y se entregaban posiciones reales a los alemanes, como Riga; en el campo, se persuadió a los campesinos para que guardaran el grano y provocaran desórdenes que dieron a los cosacos una excusa para "restaurar la paz"; y la industria. Más importante que todo lo demás, la maquinaria y el propio funcionamiento de las fábricas fueron saboteados, el transporte aún más destrozado y las minas de carbón y metal y las fuentes de materias primas dañadas lo más posible. No se ahorraron esfuerzos para cerrar las fábricas y rendir a los trabajadores, a fin de que volvieran a someterse al viejo régimen industrial.
Los trabajadores se vieron forzados a resistir a esto. El Comité de Delegados de Fábrica reaccionó y tomó el mando. Por supuesto, al principio, los trabajadores rusos cometieron absurdos errores, como se ha dicho a todo el mundo una y otra vez. Pedían salarios imposibles, intentaron llevar a cabo procesos de manufactura técnicamente complicados sin experiencia suficiente, en algunos casos incluso pidieron al jefe que volviera bajo sus propias condiciones.
Pero tales casos son una ínfima minoría; en la mayoría de las plantas trabajadoras eran lo bastante ingeniosos como para ser capaces de llevar la industria sin los jefes.
Los propietarios intentaron falsificar los libros, ocultar pedidos; el Comité de Delegados de Fábrica se vio obligado a encontrar formas de control de los libros. Los propietario trataron de robar piezas de las máquinas; así, el comité tuvo que reglamentar que nada debía entrar o salir de la planta sin permiso. Cuando la fábrica iba a cerrar por falta de combustible, materias primas o pedidos, el Comité de Delegados de Fábrica tenía que enviar hombres a través de media Rusia a las minas, o al Cáucaso a por aceite, o a Crimea a por algodón; y los trabajadores habían de enviar delegados a vender el producto. Durante el paro de los ferrocarriles, los agentes del comité tuvieron que llegar a acuerdo con el Sindicato de Ferroviarios para el transporte de cargas. Para defenderlo contra los huelguistas, el Comité tuvo que asumir la función de contratar y relevar a trabajadores.


Así el Comité de Delegados de Fábrica fue una creación de la anarquía rusa, forzada por la necesidad de aprender a dirigir la industria, para que cuando llegara el momento, los trabajadores rusos pudieran asumir el control real con pocas fricciones.
Como ejemplo de la forma en que las masas trabajan juntas, está el asunto de las 200.000 cargas de carbón, que se sacaron de las carboneras de la flota de combate báltica en diciembre y fueron transferidas por los comités de marinos para mantener en funcionamiento las fábricas de Petrogrado durante la carestía del carbón.
La Factoría Obukhov era una planta de acero que fabricaba suministros para la Armada. El presidene del comité de Obukhov era un ruso-americano, de nombre Petrovsky, bien conocido aquí como anarquista. Una día el encargado del departamento de torpedos dijo a Petrovsky que el departamento habría de cerrar, debido a la imposibilidad de obtener ciertos pequeños tubos usados por una fábrica del otro lado del río, cuya producción se había contratado para dentro de tres meses. El cierre del departamento de torpedos significaba que 400 hombres se quedarían sin trabajo.
-"Conseguiré los tubos"- dijo Petrovsky.
Fue directo a la fábrica, donde en vez de buscar al director, se dirigió al presidente del Comité de delegados de Fábrica local.
"Camarada", dijo "si no tenemos tubos en dos días nuestro departamento de torpedos tendrá que cerrar y 400 de los chicos quedarán sin trabajo".
El presiente pidió sus libros y descubrió que tres plantas privadas cercanas habían encargado varios miles de tubos. Él y Petrovsky visitaron inmediatamente estas tres plantas y llamaron a los Presidentes de sus Comités de delegados de Fábrica. En dos de las fábricas resultó que los tubos no se necesitaban inmediatamente; y al día siguiente se entregaron los tubos a la Fábrica Obukhov, y el departamento de torpedos no cerró.
En Novgorod había una fábrica textil. Al estallar la revolución, el propietario se dijo a sí mismo, "tenemos problemas. No podremos obtener beneficios mientras esta revolución continúe. Cerremos el negocio hasta que la cosa se acabe".
Así cerró la fábrica y él, los empleados de las oficinas, los químicos, ingenieros y el director, tomaron el tren a Petrogrado. Al día siguiente los trabajadores abrieron la fábrica. Pero esos trabajadores eran quizá un poco más ignorantes que la mayoría de los trabajadores. No sabían nada de procesos técnicos de manufactura, sobre la contabilidad, dirección o venta. Eligieron un Comité de Delegados de fábrica y encontraron cierta cantidad de combustible y materias primas almacenada, dispuestas para la manufactura de tela de algodón.
No sabiendo qué se hacía con la tela de algodón una vez fabricada, primero se proveyeron en cantidad suficiente para sus familias. Después, como algunos telares estaban estropeados, enviaron a un taller de maquinaria cercano a un delegado, que propuso entregar tela a cambio de asistencia técnica. Hecho esto, llegaron a un acuerdo con la cooperativa local, para proporcionar ropa a cambio de comida. Llevaron incluso el principio del trueque al extremo de cambiar piezas de tela por combustible con los mineros de carbón de Jarkov, y por transporte con el Sindicato de Ferroviarios.
Pero finalmente saturaron el mercado local de tela de algodón y entonces chocaron con una demanda que el paño no podía satisfacer -el alquiler. Esto sucedía en los días del Gobierno Provisional, cuando aún existían propietarios. El alquiler había de pagarse con dinero. Así que cargaron un tren de tela y lo enviaron, a cargo de un delegado, a Moscú. El delegado dejó el tren en la estación y recorrió la calle. Entró en una sastrería y preguntó si el sastre necesitaba tela.
-"¿Cuánta?" - Preguntó el Sastre.
-"Un tren" - Contestó el delegado.
-"¿A qué precio?"-
-"No lo sé. ¿Cuánto pagas normalmente por la tela?".
El sastre consiguió la tela casi regalada y el delegado, que nunca había visto tanto dinero junto, volvió a Novgorod enormemente contento.
Así era como en toda Rusia los trabajadores estaban adquiriendo la formación necesaria en los fundamentos de la producción industrial e incluso la distribución, para que cuando llegara la revolución de Noviembre pudieran ocupar sus puestos en la organización del control obrero.
En junio de 1917 se celebró la primera reunión de comités de delegados. En este momento los comités apenas se habían extendido fuera de Petrogrado. Fue una reunión notable, formada por los delegados de la actual base, la mayoría de ellos bolcheviques, algunos anarco-sindicalistas; y su razón de ser era la protesta contra las tácticas de los sindicatos. En el mundo político los bolcheviques repetían que ningún socialista tenía derecho a participar en un gobierno de coalición con la burguesía. La propia reunión de delegados de comités adoptó la posición de tener la misma actitud hacia la industria.
En otras palabras, los empresarios y los trabajadores no tienen ningún interés en común; ningún trabajador con conciencia de clase puede ser miembro de una mesa de arbitraje o conciliación salvó para hacer saber a los empresarios las demandas de los trabajadores. La producción industrial ha de estar absolutamente controlada por los trabajadores.


En un primer momento los sindicatos lucharon encarnizadamente contra los Comités de Fábrica. Pero los Comités, que estaban en posición de asumir el control de la industria, consolidaron y extendieron su poder fácilmente. Muchos trabajadores podían no ver la necesidad de sindicarse, pero todos ellos veían la necesidad de participar en la elecciones del comité que controlaba sus trabajos de forma inmediata. Por otra parte los Comités de delegados reconocían el valor de los sindicatos; no se empleaba a ningún trabajador nuevo a menos que pudiera mostrar un carné de sindicato; eran los comités de delegados los que aplicaban localmente los reglamentos de los diferentes sindicatos. En este momento los sindicatos y los Comités de Fábrica trabajaban en perfecta armonía cada uno de ellos en su ámbito.
La propiedad privada de la industria no está aún abolida en Rusia. En muchas fábricas el propietario aún mantiene su título, y se le permite cierto beneficio limitado en su inversión, con la condición de que trabaje por el éxito y el aumento de la extensión de la empresa; pero se le ha quitado el control. Aquellas industrias cuyos propietarios intentan cerrar la puerta a sus trabajadores, o por el fraude o la fuerza tratan de obstaculizar las operaciones de la planta, son inmediatamente confiscadas por los trabajadores. Las condiciones, las horas y salarios de todas las industrias, de propiedad privada o estatal, son uniformes.
La razón para esta supervivencia de un semi-capitalismo en un estado proletario, reside en el pasado de la vida económica de Rusia, el estado capitalista altamente organizado circundante y la necesidad de producción industrial inmediata en Rusia, para combatir la presión de la industria extranjera.
El agente por el que el estado controla la industria, tanta el trabajo como la producción se llama Consejo de Control de Trabajadores. Este órgano central, situado en la capital está compuesto por delegados elegidos de los Consejos del Control de los Obreros locales, los cuales están formados por miembros de Comités de Delegados de Fábricas, delegados sindicales profesionales e ingenieros técnicos y expertos. Un Comité Ejecutivo Central dirige los asuntos de cada localidad, compuesto por trabajadores comunes, pero la mayoría trabajadores de otros distritos, para que sus decisiones estén libres de cualquier interés sectorial. Los consejos locales recomiendan al Consejo Panruso la confiscación de las fábricas, informan sobre las necesidades de combustible, materias primas, transporte y trabajos en sus distritos, y ayudan a los trabajadores en el aprendizaje para dirigir las diferentes industrias. El Consejo Panruso tiene autoridad para confiscar plantas y para igualar los recursos económicos de las diferentes localidades...
Si no hubiera sido por las organizaciones democráticas que existían ya antes de la revolución, no hay duda de que la revolución Rusa se habría estancado hace mucho tiempo.
La organización comercial ordinaria de distribución había sido totalmente destrozada. Sólo las sociedades cooperativas de consumidores conseguían alimentar al pueblo, y su sistema ha sido adoptado hace tiempo por los municipios, e incluso por el gobierno.
Antes de la revolución había más de veinte millones de miembros en sociedades cooperativas en Rusia. Esta es una forma muy natural para los rusos, por su parecido con la primitiva cooperación de vida rural de Rusia durante siglos.


En la fábrica Putilov, donde están empleados más de 40.000 trabajadores, la sociedad cooperativa alimentó, albergó e incluso visitó a más de 100.000 personas, proveyéndose del vestido en Inglaterra.
Es este el carácter de los rusos el que olvida la gente que piensa que Rusia no puede tener ningún gobierno porque no hay fuerza central; y cuya imagen mental de Rusia es un comité servil en Moscú, dominado por Lenin, Trotsky, y mantenido por mercenarios de la Guardia Roja.
Más bien es cierto todo lo contrario. Las organizaciones que he descrito se reproducen en casi todas las comunidades de Rusia. Y si una parte considerable de Rusia se opusiera seriamente al gobierno soviético, los Soviets no durarían ni una hora.


Este texto me lo ha pasado un compadre. Lo escribó el portlandeño John Reed en 1918 y fue publicado en la revista The Liberator en octubre de ese mismo año.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El estallido de la Revolución Alemana, noviembre de 1918.

El descontento cundía desde hacia tiempo entre los marineros de la Flota de Alta Mar alemana. Ya en 1917 se habían producido infracciones disciplinarias con tintes políticos que habían sido reprimidas con mano dura y castigadas con mucha severidad. Pero desde este incidente no se había vuelto a repetir nada similar, y nada, nada en absoluto podía hacer sospechar que ahora los amedrentados marineros, con el anhelado fin de la guerra ante sus ojos, podrían optar, en el último momento, por poner su vida en juego con un gran motín. Pero tampoco en una batalla naval. Caundo de pronto se les dio a escoger entre arriesgar su vida de un modo u otro, los hombres de algunos grandes buques (no todos, ni mucho menos) se decantaron por la desobediencia. Indudablemente no fue por cobardía -un amotinamiento en tiempos de guerra exige mucho más coraje que la lucha en la batalla- sino porque creían en la justicia.


Un par de días antes, un enviado de los marineros había subido a bordo del Thüringen, uno de los barcos de línea que se habían negado a zarpar el 30 de octubre, para comunicarle al primer oficial que el ataque naval planeado no se ajustaba a la política del nuevo gobierno. El oficial contestó con sequedad (según la posterior declaración del marinero durante la instrucción del consejo de guerra): "¡Sí, de vuestro gobierno!". Esta conversación aclara la disparidad de posturas en pocas palabras: Eran los oficiales quienes ya no reconocían al gobierno como suyo y las tropas las que creyeron que tenían que luchar por "su" gobierno. Desde su punto de vista, actuaron en legítima defensa del Estado y salieron en apoyo del marco legal establecido; si se amotinaron, entonces se puede decir que lo hicieron contra los amotinados.
El amotinamiento de Schillig-Reede -un drama oculto sobre el cual durante varios días nadie en Berlín o en el Cuartel General Supremo de Spa tuvo conocimiento alguno- terminó en tablas. Tras unos minutos de estupor durante los cuales los barcos alemanes amotinados y los que aún no lo estaban, a muy poca distancia unos de otros, se apuntaban con sus enormes cañones, los amotinados se rindieron. En este sentido, vencieron los oficiales. Pero se abandonó el planeado ataque naval: con una marinería tan poco fiable, los almirantes no quisieron arriesgarse a librar una batalla naval. En este sentido, los marineros eran los vencedores. La flota reunida en Schillig-Reede se dispersó de nuevo. Tan sólo una escuadra permaneció ante Wilhelmshaven, otra recibió orde de dirigirse a Brunbüttel y la tercera escuadra, la que no se había amotinado, navegó de vuelta a Kiel, donde llegó el viernes 1 de noviembre. Los marineros detenidos, que superaban el millar, fueron llevados a tierra, a las prisiones militares. Les esperaba un consejo de guerra y el pelotón de ejecución.
Ahora se trataba de su destino. Las tropas de la tercera escuadra regresaron hacia Kiel tan compungidos como cuando zarparon una semana antes hacia Wilhelmshaven. La "cabalgada de la muerte" hacia la que creían dirigirse entonces había fracasado. Pero ahora para sus camaradas, que la habían hecho fracasar, la amenaza de muerte era inminente. Este sentimiento revolvía y atormentaba a los marineros. En Schillig-Reede, finalmente, sólo se habían amotinado las tripulaciones del Thüringen y del Helgoland, pero prácticamente todos estaban a favor de la revuelta, aunque les faltó valor. Ahora este pensamiento los carcomía. Los camaradas del Thüringen y del Helgoland que sí habían tenido valor y de este modo se habian convertido en sus salvadores, ¿debían verse ahora condenados a morir? No los podían permitir. Pero si no lo querían permitir, necesitaban ahora mucho más coraje del que habían necesitado en el último momento, dos días antes, en Schillig-Reede, así que debían arriesgar al máximo: no sólo debían insubordinarse,sino que debían apostar por el levantamiento, el uso de la violencia y la toma del poder. ¿Y qué pasaría a continuación? Eso les atormentaba. ¿Pero dejar morir a sus compañeros? Eso era inconcebible, aún más que inconcebible.
Pasaron tres días hasta que estos hombres, que no habían tenido el valor de amotinarse en Wilhelmshaven, encontraron la fuerza suficiente para revelarse en Kiel. El primer día mandaron una delegación al comandante de la plaza para exigir la liberación de los prisioneros; obviamente esta reclamación fue rechazada. El segundo día discutieron largo y tendido en el edificio sindical de Kiel con los soldados de infantería de marina y los estibadores sobre qué era lo que podían hacer, pero no llegaron a ninguna conclusión. El tercer día, el domingo 3 de noviembre, pretendían proseguir las discusiones, pero se econtraron bloqueada la entrada del edificio sindical que estaba vigilada por una guardia armada. Por eso se reunieron al aire libre, en un campo de instrucción donde miles de trabajadores se unieron a ellos, escucharon los discursos y formaron finalmente un gran cortejo. Algunos estaban armados. En un cruce de calles, una patrulla detuvo la manifestación. El jefe de la patrulla, un tal teniente Steinhäuser, ordenó que se disgregasen, y al ver que no lo cumplían ordenó abrir fuego. Nueve muertos y veintinueve heridos quedaron tendidos sobre el pavimento. La caravana se dispersó, pero un marinero armado se adelantó y disparó al teniente Steinhäuser.
Éste fue el acto decisivo, el disparo de salida de la Revolución alemana. De pronto todo el mundo fue consciente de que ya no había marcha atrás. Y ahora todos sabían lo que debían hacer. La mañana del luner 4 de noviembre, los marineros de la Tercera Escuadra eligiaron sus consejos, desarmaron a los oficiales, se armaron e izaron en los navíos la bandera roja. Únicamente un buque el Schlesien no se unió a ellos: huyó a alta mar bajo la amenaza de los cañones de sus barcos hermanos. Sólo un comandante, el capitán Weniger del Köing, defendió con las armas su pabellón. Murió de un disparo.
Marineros armados, ahora bajo las órdenes de sus consejos de soldados, y dirigidos por un contramaestre llamado Artelt, desembarcaron en formación, ocuparon sin resistencia la prisión militar y liberaron a sus compañeros. Otros ocuparon los edificios públicos y la estación. Al mediodía llegó a Kiel un destacamento de soldados del Ejército de Tierra que había sido enviado por la comandancia de Altona para reprimir la sublevación de los marineros: pero el destacamento fue desarmado entre escenas de confraternización. El comandante de la base naval, privado de cualquier mecanismo de autoridad, recibió a regañadientes a una delegación del consejo de soldados y capituló. Los infantes de marina de la guarnición se solidarizaron con los marineros. Los estibadores de los muelles declararon una huelga general. Al atardecer del 4 de noviembre, Kiel estaba en manos de cuarenta mil marinero y soldados insurrectos.


Los marineros no sabía qué hacer con el poder que acababan de conquistar. Cuando al caer la tarde de ese 4 de noviembre llegaron de Berlín dos enviados del atemorizado gobierno, el diputado socialdemócrata Gustav Noske y el secretario de Estado burgués Haussmann, muy inquietos, fueron recibidos con júbilo y alivio y Noske fue elegido inmediatamente "gobernador", lo que demuestra una vez más que los rebeldes no se levantaron contra el gobierno, sino a favor de él, y creyeron estar actuando en este sentido. Pero instintivamente tenían clara una cosa: tras haber dado en Kiel el gran salto, tras haber acabado con la autoridad local y tras tener la ciudad en sus manos, el movimiento no debía quedar circunscrito únicamente a Kiel, si no la ciudad se convertiría en una trampa. En estas circunstancias sólo les quedaba la huida hacia delante: debían salir de la ciudad y propagar el movimiento, si no su triunfo sería tan suicida como lo había sido una semana antes el triunfo de los amotinados en Shillig-Reede, centenares de los cuales aún seguían en prisión en Wilhelmshaven y en Brunsbüttel. Debían liberarlos, y en todas partes debía suceder lo mismo que había sucedido en Kiel; de lo contrario, estarían perdidos. De la misma forma que del amotinamiento se había llegado a la revuelta, de la revuelta debía surgir ahora la revolución: es decir, los rebeldes, tal y como había ocurrido en Kiel, debían hacerse con el poder en todos los rincones del país si no querían ser acorralados, derrotados y castigados brutalmente en Kiel. Debían dispersarse y extender la revolución por todo el país. Y lo consiguieron con un éxito tan rotundo que ni ellos mismos hubieran imaginado jamás.
Por dondequiera que pasaran los marineros se les unían los soldados de las guarniciones y los trabajadores de las fábricas, como si les hubieran estado esperando; prácticamente en ningún lugar encontraron una firme resistencia; por todas partes, el orden vigente se desmoronaba como un castillo de naipes. El 5 de noviembre, la revolución había llegado hasta Lübeck y Brunsbüttelkoog; el 6, hasta Hamburgo, Bremen y Wilhelmshaven; el 7, hasta Hannover, Oldenburg y Colonia; el 8, tenía bajo su control a todas las grandes ciudades del oeste de Amelia, además de Leipzig y Magdeburgo, al este del Elba. A partir del tercer día, la revolución ya no necesitó del impulso de los marineros; como si se tratase de un incendio forestal, ahora la revolución se abría paso por sí misma. Por todas partes, como por acuerdo tácito, sucedía lo mismo: los soldados de las guarniciones elegían sus consejos de soldados, los obreros escogían sus consejos de trabajadores, las autoridades militares capitulaban, se entregaban o huían, y las autoridades civiles, atemorizadas e intimidadas, reconocían tímidamente la nueva soberanía de los consejos de trabajadores y soldados. El mismo espectáculo se repetía por doquier: se veían por todas partes concentraciones de personas por las calles, grandes asambleas populares en las plazas de los mercados, por todas partes se veían escenas de hermanamiento entre marineros, soldados y civiles extenuados. En todas partes se trataban en primer lugar de liberar a los presos políticos; después de las prisiones, ocupaban los ayuntamientos, las estaciones, las comandancias militares, e incluso a veces las redacciones de los periódicos. La elección de los consejos de trabajadores y soldados no puede compararse naturalmente con unas elecciones normales en tiempos de paz. En los cuarteles, los compañeros nombraban a menudo a los soldados más admirados o a los más destacados. La elección de los consejos de trabajadores sólo se celebrebaba en las fábricas, y cuando se hacía, que era en contadas ocasiones, se desarrollaba de un modo muy similar; habitualmente "el consejo de trabajadores" estaba formado por miembros de los comités ejecutivos locales de los dos partidos socialistas (el SPD y los Independientes) y se confirmaba dicha elección, mediante aclamación, en grandes concentraciones, con frecuencia a cielo descubierto y en las plazas centrales de las poblaciones. LA mayoría de las veces los consejos de trabajadores estaban integrados paritariamente por miembros de ambos partidos; la voluntad de las masas apuntaba claramente a la reunificación de los dos partidos hermanos enemistados, que se habían separado durante la guerra. La opinión general e indiscutible era que juntos debían constituir el nuevo gobierno de la revolución.
Hubo poca resistencia, violencia y derramamiento de sangre. La sensación que caracterizó estos primeros días de la revolución fue de perplejidad: perplejidad de las autoridades ante su repentina e inesperada pérdida de poder, perplejidad de los revolucionarios ante su repentino e inesperado poder. Ambos bandos actuaban como si de un sueño se tratara. Para unos era una pesadilla, para los otros era uno de esos sueños en los que de pronto uno es capaz de volar. La revolución fue bondadosa: no hubo ni linchamientos ni tribunales revolucionarios. Muchos presos políticos fueron liberados, pero no se arrestó a nadie. En contadas ocasiones se apaleó a algún oficial o a algún suboficial especialmente odiados. A la gente le bastaba con arrancar los galones y las medallas a los oficiales; formaba parte del ritual revolucionario tanto como izar la bandera roja. Muchos de los afectados, sin embargo, lo vieron como una ofensa mortal. A las masas victoriosas de poco les sirve actuar con bondad; los señores vencidos no les perdonan la victoria.
Son precisamente los señores vencidos entonces los que más tarde esribirían la historia de la Revolución alemana de noviembre, y por ello no es sorprendente que en los libros de historia se encuentren pocas palabras amables para con los acontecimientos que tuvieron lugar durante la semana del 4 al 10 de noviembre de º1918. Ni siquiera le concedieron el honroso nombre de "Revolución"; sólo se quiso ver desorden, derrumbamiento, amotinamiento, traición, arbitrariedad de la plebe y caos. Pero lo que ocurrió esa semana fue, en realidad, una auténtica revolución. Lo que sucedió el 30 de octubre en Wilhelmshaven había sido tan sólo un motín, una insubordinación frente a la autoridad, sin ningún tipo de plan o de pretensión real de derrocarla. Los hechos de Kiel del 4 de noviembre fueron más allá, se trató de un levantamiento en el que los marineros derribaron a la autoridad, aunque sin tener la menor idea de qué pondrían en su lugar. PEro lo que se desarrolló entre el 4 y el 10 de noviembre en la Alemania al oeste del Elba sí fue una auténtica revolución, el derrocamiento de la antigua autoridad y su sustitución por una nueva.
Durante el transcurso de esa semana, la Alemania occidental pasó de una dictadura militar a una república de los consejos. Las masas que se levantaron no desencadenaron el caos, sino que establecieron por doquier los elementos toscos y rudimentarios, aunque claramente reconocibles, de un nuevo orden. Lo que se eliminó fueron las comandancias militares, la administración suprema militar, que durante toda la guerra habían gobernado las ciudades y los distritos alemanes bajo ley marcial. En su lugar se estableció la nueva autoridad revolucionaria de los consejos de trabajadores y soldados. Las instituciones administrativas civiles mantuvieron su actividad y siguieron funcionando bajo supervisión y el mando de los consejos, tal y como habían hecho durante la guerra con los militares. La revolución no se entrometió en cuestiones de propiedad privada. También fueron apartados de sus cargos los príncipes en cuyo nombre gobernaban las instituciones militares. En el seno del ejército la autoridad fue reemplazada por la de los consejos de soldados. La revolución no fue ni socialista ni comunista. Era -de forma natural y sin formularse explícitamente- republicana y pacifista; y sabido por todos y ante tod, era una revolución antimilitarista. Mediante la implantación de los consejos de trabajadores y soldados abolía y sustituía la potestad disciplinaria del cuerpo de oficiales en el ejército y en la marina y el poder ejecutivo dictatorial en las instituciones militares, vigente en el país desde 1914.


Las masas que había establecido los nuevos órganos de dirección y de gobierno formados por los consejos de trabajadores y soldados no eran ni espartaquistas ni bolcheviques, eran socialdemócratas. Los espartaquistas, los precursores del posterior Partido Comunista, no aportaron ningún dirigente a la cabeza de la revolución, ni siquiera un "cabecilla de segunda fila". A la mayoría de ellos, la revolución los sacó de las cárceles. Rosa Luxemburg, por ejemplo, vivió toda esa semana, temblando de impaciencia, en la prisión municipal de Breslau y fue liberada el 9 de noviembre tras largos años de prisión; y Karl Liebknecht, que había salido del presidio el 23 de octubre, se quedó en Berlín y desde allí se enteró, únicamente a través de los periódicos, de lo que se desarrollaba en el Reich durante la semana de la Revolución.
El ejemplo ruso quizá jugó indirectamente un papel crucial, pero no hubo ningún enviado ruso controlando el curso de los acontecimientos. Esta revolución no tuvo, excepto en Munich, ni dirigentes ni organización alguna, ni estado mayor ni plan de operaciones. Se llevó a cabo gracias al movimiento espontáneo de las masas, de los trabajadores y de los soldados. Ahí residía su debilidad -que enseguida se manifestaría-, pero también ahí residía su gloria.
Pero esta semana revolucionaria tuvo también sus momentos de gloria, se opine lo que se opine sobre los objetivos de los insurgentes. Quedaron de manifiesto notables cualidades: valentía, capacidad de decisión, espíritu de sacrificio, unanimidad, empuje, entusiasmo, iniciativa, inspiración, y confianza en el destino. Los ingredientes de la gloria revolucionaria. Y todo ello con masas sin liderazgo, ¡y para colmo, masas alemanas! Siempre se repite que los alemanes son incapaces de hacer la revolución -ya conocemos las socarronas palabras de Lenin de que los revolucionarios alemanes serían incapaces de ocupar una estación si la ventanilla para sacar los billetes estuviese cerrada-, pero como mínimo es una afirmación cuestinable en lo que se refiere a esa semana de noviembre. Las masas alemanas ocuparon muchas estaciones y muchos otros edificios. En una ciudad tras otra, niles de personas arriesgaron no sólo su vida, sino que se atrevieron a dar el salto hacia lo desconocido, hacia lo que nunca se había probado, hacia la inmensidad, lo cual requería una valentía revolucionaria, mayor que la del soldado en el campo de batalla. La capacidad revolucionaria de las masas durante esa semana de noviembre puede comparase con la capacidad militar desarrollada durante los cuatro años de guerra anteriores, y no queda por debajo de la capacidad revolucionaria de las masas rusas durante la revolución de marzo de 1917. El impulso y el auge de esta semana impresionó incluso a la burguesía.
Rainer Maria Rilke, todo menos un revolucionario, más bien un esnob, le escribió a su mujer tras haber participado en Munich en una asamblea revolucionaria:

A pesar de estar todos sentados alrededor de las mesas de madera y entre ellas de modo que las camareras sólo podían abrirse paso entre la espesa estructura humana como si fueran carcomas, el ambiente no resultaba opresivo, ni siquiera para la respiración; el olor a cerveza, humo y gente no era desagradable, era apenas perceptible. Lo más importante era, y para todo el mundo estaba clarísimo, que se podían decir las cosas, que por fin había llegado su turno, y que tan pronto como empezaban a pronunciarse eran acogidas por la enorme multitud con ovaciones masivas. De pronto un trabajador joven y pálido se subió a la tarima y dijo simplemente: "Usted, usted o usted; vosotros, dijo, ¿habéis pedido el armisticio? Pues deberíamos pedirlo nosotros, no esos señores de allí arriba; hagámonos con una estación radiotelegráfica y digamos, las gentes sencillas a las gentes sencillas del otro lado, que pronto habrá paz". No lo reproduzco tan bien como fue expresado. De pronto, una vez hubo dicho eso, le asaltó una contrariedad, y con un ademán de emoción dirigido hacia Weber, Quidde y los demás profesores que se encontraban junto a él en el estrado, prosiguió: "Aquí, los señores profesores saben francés, nos ayudarán a que lo expliquemos bien, tal y como queremos". Tales momentos son maravillosos, y cómo los necesitábamos precisamente ahora en Alemania... No se puede por menos que admitir que los tiempos tienen toda la razón cuando buscan dar tan grandes pasos.


El fragmento de esta carta es un testimonio esencial, no únicamente porque capta la atmósfera de esta Revolución alemana con el fino sentir de un poeta, la curiosa mezcla de seriedad, valor y conmovedora torpeza, sino también porque describe con claridad, apesar de la inconsciencia del escritor, la actitud de la revolución frente al gobierno. Los revolucionarios de Munich, igual que diez días antes los amotinados de Schillig-Reede, no se levantaron contra el nuevo gobierno, sino bien al contrario, aspiraban a lo mismo que éste, creían que tenían que ayudarlo y echarle una mano; la paz no podía ser únicamente obrea de "los señores de allí arriba", las mismas masas querían verlo de este modo y hacer triunfar lo que, según su opinión, había puesto en marcha el nuevo gobierno y que parecía no poder asumir. La "revolución desde abajo" no pretendía apropiarse de la "revolución desde arriba", sino complementarla, estimularla, hacerla avanzar, en definitiva, hacerla realidad. No apuntaba contra el nuevo gobierno parlamentario del Reich, sino contra la dictadura militar que seguía funcionando como gobierno paralelo utilizando siempre el estado de guerra, la censura y la prisión preventiva. Con agudo instinto, las masas presintieron que este contro militar ponía tantas trabas a la revolución desde arriba como a la revolución desde abajo, que en realidad no aspiraba a la paz ni a la democracia, que en los más profundo de su alma estaba reñido y era irreconciliable con la revolución y que con todos sus instrumentos de poder, con sus insignias y sus símbolos, debía ser apartado del camino para dejar paso al nuevo orden, a la nueva democracia pacífica que todos podían ya casi ver ante sus ojos. Las masa socialdemócratas que así lo veían y que hacían la revolución creían estar totalmente de acuerdo con sus dirigentes. Su tragedia fue que se equivocaron.


Extraído del capítulo Revolución del libro de Sebastian Haffner La Revolución Alemana 1918-1919. Inédita ediciones 2005.