martes, 31 de marzo de 2009

Para que yo me llame Ángel González, 1956.



Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...

Estas palabras me despertaron la mañana de este lunes pasado. Ahora las he sacado del portal Cervantes Virtual.

jueves, 26 de marzo de 2009

Los Soviets en acción. John Reed en 1918.

Entre el coro de insultos y falsedades dirigido contra los soviets rusos por parte de la prensa capitalista se puede escuchar una voz estridente que grita con una especie de pánico: "¡No hay gobierno en Rusia! ¡No hay organización entre los trabajadores rusos! ¡No funcionará! ¡No funcionará!".
Es la táctica de la calumnia.
Como todo auténtico socialista sabe, y como los que hemos visto la revolución rusa podemos atestiguar, existe actualmente en Moscú y en todas las ciudades y pueblos de Rusia una estructura política enormemente compleja, sostenida por la mayoría del pueblo y que funciona tan bien como ningún otro gobierno popular recién nacido ha funcionado jamás. Los trabajadores de Rusia han construido a partir de sus necesidades vitales una organización económica que está evolucionando hacia una verdadera democracia industrial.


El Estado Soviético está basado en los Soviets -o Consejos- de trabajadores y en los Soviets de campesinos. Estos Consejos -instituciones características de la Revolución Rusia- se originaron en 1905, cuando durante la primera huelga general de los trabajadores, las fábricas de Petrogrado y las organizaciones obreras enviaron delegados al Comité Central. Este Comité de Huelga fue llamado Consejo de Diputados Obreros. Convocó la segunda huelga general en el otoño de 1905, mandó organizaciones a toda Rusia y por un breve lapso de tiempo fue reconocido por el Gobierno Imperial como el interlocutor autorizado de la clase trabajadora revolucionaria rusa.
Con el fracaso de la revolución de 1905, los miembros del Consejo huyeron o fueron deportados a Siberia. Pero ese tipo de unión resultó tan sorprendentemente efectiva como órgano político que todos los partidos revolucionarios incluyeron un Consejo de Diputados Obreros en su planes para un futuro levantamiento.
En marzo de 1917, cuando ante una Rusia que brama como un océano, el zar abdicó, el Gran Duque Miguel rechazó el trono y la reclutante Duma (el seudoparlamento zarista) fue forzada a tomar las riendas del gobierno, el Consejo de Diputados Obreros renació de nuevo. En pocos días fue ampliado para incluir delegados del Ejército, pasando a llamarse Consejo de Diputados de Obreros y Soldados. Excepto Kerensky, la Duma estaba compuesta de burgueses y no tenía conexión alguna con las masas revolucionarias. La lucha había de continuar, debía restablecerse el orden, mantenerse el frente ...los miembros del Comité de la Duma no estaban en condiciones de llevar a cabo esas tareas; se vieron obligados a llamar a los representantes de los trabajadores y los soldados - en otras palabras- al Consejo. El Consejo se hizo cargo del trabajo de la revolución, de la coordinación de las actividades del pueblo, de la preservación del orden. Además asumió la tarea de asegurar la revolución contra la traición de la burguesía.
Desde el momento en que la Duma se vio forzada a apelar al Consejo, en Rusia existieron dos gobiernos, y dos gobiernos lucharon por el poder hasta noviembre de 1917, cuando los soviets, bajo el control bolchevique, derribaron a la coalición de gobierno.
Había, como he dicho, Soviets de diputados tanto obreros como soldados. Algo más tarde surgieron los soviets de Diputados Campesinos. En la mayoría de las ciudades los Soviets Obreros y Soldados se reunían juntos; también convocaban sus Congresos Panrusos conjuntamente. Los soviets de Campesinos, sin embrago, estaban dominados por elementos reaccionarios y no se unieron a los obreros y soldados hasta la revolución de Noviembre y el establecimiento del Gobierno Soviético.


¿Quiénes eran los miembros de los Soviets?
El soviet se basa directamente en los trabajadores en las fábricas y en los campesinos en los campos. Al principio los delegados de los soviets de Obreros, Soldados y Campesinos, eran elegidos de acuerdo con reglas que variaban según las necesidades y la población de las diferentes localidades. En algunos pueblos los campesinos elegían un delegado por cada cincuenta electores. Los soldados en los cuarteles tenían derecho a un cierto número de delegados por regimiento, sin consideración a su fuerza; las tropas en el frente, sin embargo, elegían a sus soviets de manera diferente. En cuanto a los trabajadores en las grandes ciudades, pronto descubrieron que los soviets eran difíciles de manejar a menos que los delegados fuesen limitados a uno cada quinientos. De la misma manera, los primeros Congresos Panrusos de los Soviets se basaron aproximadamente en un delegado por cada veinticinco mil votantes, aunque de hecho los delegados representaban circunscripciones de varios tamaños.
Hasta febrero de 1918 cualquiera podía votar delegados para los Soviets. Incluso si los burgueses hubieran organizado y solicitado representación en los Soviets, se les hubiera otorgado. Por ejemplo, durante los mandatos del Gobierno Provisional, hubo una representación burguesa en el Soviet de Petrogrado -un delegado de la Unión de Hombres Profesionales, que comprendía doctores, juristas, profesores, etc.-.
El pasado marzo la constitución de los Soviets fue desarrollada con detalle y aplicada universalmente.
Restringía el derecho de voto a:
Ciudadanos de todas las Repúblicas Socialistas Soviéticas de ambos sexos que hayan cumplido dieciocho años el día de las elecciones ...
Todos aquéllos que se ganen la vida a través del trabajo productivo y útil de la sociedad y que sean miembros de los sindicatos ...
Quedaban excluidos del derecho a voto:
Los que emplean fuerza de trabajo para obtener beneficio; las personas que viven de plusvalías; comerciantes y agentes privados de negocios; empresarios de comunidades religiosas; ex-miembros de la policía y de la gendarmería; la antigua dinastía reinante; los deficientes mentales; los sordomudos; y todos los condenados por delitos menores mezquinos e indignos.
En cuanto a los campesinos, cada cien de ellos en lo pueblos eligen un representante para el Soviet del Volost, o Municipio. Los Soviets de los Volost envían delegados a los Soviets del Uyezd, o condado, el cual a su vez envía delegados al Soviet del Oblast, o provincia, para el cual también se eligen delegados de los Soviets de Trabajadores de las ciudades.


El Soviet de Petrogrado de Diputados Obreros y Soldados, que operaban cuando estuve en Rusia, puede servir como ejemplo de como funcionan las unidades urbanas de gobierno en un estado Socialista.
Constaba de unos 1200 diputados, y en circunstancias normales celebraba una sesión plenaria cada dos semanas. Entretanto elegía a un Comité Ejecutivo Central de 110 miembros, proporcionalmente a los partidos, y este Comité Central añadía por invitación a delegados de los comités centrales de los sindicatos, de los comités de las fabricas y de otras organizaciones democráticas.
Junto al Soviet de la gran ciudad, existían también los Rayon, o Soviets de distrito. Estaban compuestos de diputados electos para el soviet de la ciudad por cada distrito y administraban su zona de la ciudad. Naturalmente, en algunos distritos no había fábricas y, por tanto, tampoco representación de esos distritos, ni en el Soviet de la ciudad ni en el Soviet de distrito. Pero el sistema soviético es extraordinariamente flexible, y, si los cocineros y los camareros, o los basureros, o los porteros, o los conductores de ese distrito se organizaban y solicitaban representación, se les concedían delegados.
Las elecciones de los delegados están basadas en la representación proporcional, lo que significa que los partidos políticos están representados en proporción exacta al número total de votantes de la ciudad. Y son los partidos políticos y los programas los que votan, no los candidatos. Los candidatos son designados por los comités centrales de los partido políticos, que pueden reemplazarlos por otros miembros del partido. Asimismo, los delegados no son elegidos por un plazo de tiempo determinado, sino que pueden ser revocados en cualquier momento.
Nunca antes se creó un cuerpo político más sensible y perceptivo a la voluntad popular. Esto era necesario, pues en los períodos revolucionarios, la voluntad popular cambia con gran rapidez. Por ejemplo, durante la primera semana de diciembre de 1917 hubo desfiles y manifestaciones en favor de la Asamblea Constituyente -es decir, contra el poder soviético-. Uno de esos desfiles fue tiroteado por algún Guardia Rojo irresponsable y varias personas murieron. La reacción a esa estúpida violencia fue inmediata. Más de una docena de diputados bolcheviques fueron cesados y reemplazados por mencheviques. Pasaron tres semanas antes de que el sentimiento popular se tranquilizara y los mencheviques fueran reemplazados uno a uno de nuevo por los bolcheviques.


El Estado Soviético
Al menos dos veces al año se eligen delegados de toda Rusia para el Congreso de Soviets Panruso. Teóricamente estos delegados se eligen por designación popular directa; en las provincias uno por cada 125.000 votantes; en las ciudades uno por cada 25.000; sin embargo en la práctica, son normalmente elegidos por los soviets provinciales y urbanos. Se puede convocar una sesión extraordinaria del congreso en cualquier momento, a iniciativa del Comité Central Ejecutivo Panruso, o a petición de soviets que representen un tercio de la población trabajadora de Rusia.
Este órgano, formado por unos 2.000 delegados, se reúne en la capital en forma de gran soviet y decide sobre los asuntos esenciales de la política nacional. Elige un Comité Central Ejecutivo, como el Comité Central del Soviet de Petrogrado, que invita a los delegados de los comités centrales de todas las organizaciones democráticas.
Este Comité Central Ejecutivo de los Soviets Panruso aumentado, es el parlamento de la República Rusa. Está formado por unas 350 personas. Entre los Congresos Panrusos es la autoridad suprema, pero no debe actuar al margen de las líneas dictadas por el último Congreso y es absolutamente responsable de todos sus actos ante el siguiente Congreso.
Por ejemplo, el Comité Central Ejecutivo puede, y lo hizo, ordenar que se firmara el tratado de paz con Alemania. Pero no pudo hacer que este tratado vinculara a Rusia. Sólo el Congreso Panruso tiene poder para ratificar el tratado.
El Comité Ejecutivo Central elige entre sus miembros once delegados como presidentes de comités a cargo de los diferentes departamentos del gobierno, en el lugar de los ministros. Estos delegados pueden ser destituidos en cualquier momento. Son absolutamente responsables ante el Comité Central Ejecutivo. Los delegados eligen a un Presidente. Desde que se ha constituido el Gobierno Soviético este presidente- o primer ministro- ha sido Nicolai Lenin. Si su dirección fuera insatisfactoria, Lenin podría ser destituido en cualquier momento por la delegación de las masas del pueblo ruso o en el plazo de unas pocas semanas por el propio pueblo ruso directamente.
La principal función de los soviets es la defensa y consolidación de la revolución. Expresan la voluntad política de las masas no sólo en los Congresos Panrusos, donde su autoridad es casi suprema. Esta centralización existe porque los soviets locales crean el gobierno central y no el gobierno central los soviets locales. A pesar de la autonomía local, sin embargo, los decretos del comité Central Ejecutivo y las órdenes de los delegados son válidos para todo el país, porque en la república Soviética no hay intereses sectoriales privados que servir, y la causa de la Revolución es en todas partes la misma.


Observadores mal informados, la mayoría de ellos de la intelligentsia de clase media, acostumbran a decir que están a favor de los soviets, pero contra los bolcheviques. Esto es un absurdo. Los soviets son los órganos de representación más perfecta de la clase trabajadora, eso es verdad, pero son también las armas de la dictadura del proletariado, a la que todos los partidos anti-bolcheviques se oponen encarnizadamente. Así, la disposición de la gente a adherirse a la política de la dictadura del proletariado no sólo se mide por los miembros del partido bolchevique -partido comunista, como ahora se llama-,sino también por el crecimiento y actividad de los soviets locales de Rusia.
El ejemplo más notable de esto lo encontramos entre los campesinos, que no tomaron la dirección de la revolución, y cuyo primer y casi exclusivo interés en ella fue la confiscación de las grandes fincas. Los soviets de Diputados Campesinos no tenían al principio prácticamente otra función que la solución del problema de la tierra. Fue el fracaso en la solución a este problema el que volvió la atención de la gran masa de campesinos hacia las razones sociales que había tras este fracaso - eso, unido a la propaganda continua del ala izquierda de los partidos revolucionarios Socialistas y Bolcheviques y a la vuelta a los pueblos de los soldados revolucionarios.
El partido tradicional de los campesinos es el Partido Socialista Revolucionario. La gran masa inerte de campesinos cuyo único interés era su tierra y que nunca había tenido fuerza luchadora ni iniciativa política, al principio rechazó tener algo que ver con los soviets. Sin embargo, aquellos campesinos que participaron en los soviets, pronto despertaron a la idea de la dictadura del proletariado. Y casi invariablemente ingresaron y se convirtieron en partidarios del gobierno soviético.
En el Comisariado de Agricultura de Petrogrado hay un mapa de Rusia, salpicado de alfileres rojos. Cada uno de esos alfileres representa un Soviet de Diputados Campesino. La primer vez que vi el mapa, fijado en el viejo cuartel general de los Soviets de campesinos en Fontanka, los puntos rojos se esparcían diseminados por el vasto país, y su numero no aumentaba. En los primeros ocho meses de la revolución, había volosts, uyezds, provincias enteras, de hecho, donde sólo una o dos grandes ciudades y quizá unos cuantos pueblos dispersos tenían un Soviet de campesinos. Sin embargo, después de la revolución de noviembre podías ver a toda Rusia enrojecer ante tus ojos, a medida que pueblo tras pueblo, condado tras condado, provincia tras provincia, se levantaba y formaba su Consejo de Campesinos.
En el momento de la insurrección bolchevique podría haberse elegido una Asamblea Constituyente con una mayoría anti-soviética. Un mes después esto habría sido imposible. Yo vi tres Convenciones Panrusas de Campesinos en Petrogrado. Los delegados llegaban -la gran mayoría de ellos revolucionarios socialistas del ala derecha-. Comenzaba la sesión -y siempre eran sesiones violentas- bajo la presencia de Avksentiev o Peshekhanov. En pocos días se desplazarían hacia la izquierda y serían dominados por seudo-radicales como Tchernov. Poridonova sería elegida presidenta. Entonces la minoría conservadora se escindiría y montaría una convención alternativa que en pocos días acabaría en nada. Y la mayoría enviaría delegados para unirse a los Soviets en Smolny. Esto pasó cada una de la veces.


Nunca olvidaré la Conferencia de Campesinos que tuvo lugar a finales de noviembre y cómo Tchernov luchó por el control y lo perdió, y esa maravillosa marcha de proletarios encanecidos por el polvo que marchaba hacia Smolny a través de las calles nevadas, cantando, con sus banderas rojo-sangre ondeando en el viento helado. Era noche cerrada. En los escalones de Smolny cientos de hombres trabajadores esperaban para recibir a sus hermanos campesinos, y, bajo la débil luz, las dos masas, una descendiendo y la otra ascendiendo, se fundieron rápidamente y se abrazaban, y lloraban, y aplaudían.
Los Soviets pueden aprobar decretos que supongan cambios económicos fundamentales, pero deben llevarse a cabo por las propias organizaciones populares locales.
La confiscación y distribución de la tierra, por ejemplo, se dejó en manos de los Comités de la Tierra de los Campesinos. Estos Comités de la Tierra fueron elegidos por los campesinos a propuesta del Príncipe Lvov, el primer jefe del gobierno provisional. Con respecto a la cuestión de la tierra, fue inevitable llegar a un acuerdo, según el cual, las grandes haciendas debían ser fraccionadas y distribuidas entre los campesinos. El Príncipe Lvov pidió a los campesinos que eligieran Comités de Tierra, que no sólo debían determinar sus propias necesidades agrícolas, sino también medir y hacer avalúo de las grandes fincas. Pero cuando estos comités de la Tierra intentaron funcionar, los propietarios los habían detenido.
Cuando los Soviets tomaron el poder su primera acción fue promulgar el Decreto de la Tierra. Este Decreto no era siquiera un proyecto bolchevique, sino el programa del ala derecha (o moderada) del Partido Socialista Revolucionario, desarrollado a partir de varios centenares de peticiones de campesinos. El decreto abolió para siempre los títulos privados de la tierra o recursos naturales de Rusia y dejó a los Comité de Tierra la tarea de distribuir la tierra entre los campesinos, hasta que la Asamblea Constituyente resolviera finalmente la cuestión.
Tras la disolución de la asamblea constituyente, el decreto se hizo definitivo.
Aparte de estas pocas proposiciones generales y de una sección establecida para emigración de la población excedente en vecindarios superpoblados, los detalles de la confiscación y la distribución se dejaron enteramente a los Comités Locales de la Tierra. Kalagayev, el primer Comisario de Agricultura elaboró un detallado conjunto de reglas para guiar a los campesinos en un detallado conjunto de reglas para guiar a los campesinos en su acción. Pero Lenin, en un discurso ante el Comité central Ejecutivo, persuadió al gobierno que dejara a los campesinos llevar el asunto de una manera revolucionaria, aconsejando solamente a los campesinos pobres que se organizaran contra los campesinos ricos ("Dejad que diez campesinos pobres se enfrenten a cada campesino rico" dijo Lenin).
Por supuesto ningún campesino podía poseer su tierra, no obstante, podía tomar lo que la tierra le ofrecía y tratarlo como propiedad privada. Pero la política del gobierno, actuando a través del Comité Local de la Tierra, es desalentar esta tendencia. Los campesinos que quieren convertirse en propietarios pueden hacerlo, pero no son ayudados por el gobierno. Por el contrario, a los campesinos que cultivan cooperativamente se les dan créditos, simientes, herramientas, y formación en técnicas modernas.
Adscritos a los Comités de Tierra hay expertos en agricultura y silvicultura. Para coordinar las prácticas de los Comités Locales, se elige de entre ellos un órgano central, conocido como el Comité Principal de la Tierra, que se encuentra en la capital, en estrecho contacto con el Comisariado de Agricultura.


Cuando estalló la revolución de marzo, los propietarios y administradores de muchas plantas industriales, o bien las dejaron o fueron expulsados por los trabajadores. En las fábricas del gobierno, donde el trabajo había estado mucho tiempo a merced de burócratas irresponsables designados por el zar, se dio especialmente esta situación.
Sin directores, encargados y en muchos casos ingenieros y contables, los trabajadores se encontraban enfrentados a la alternativa de continuar trabajando o morir de hambre. Se eligió un comité, con un delgado de cada "sección" o departamento, este comité, intentó dirigir la fábrica ... Por supuesto, al principio, éste pareció un plan sin futuro. Las funciones de los diferentes departamentos podían coordinarse de ésta manera, pero la falta de formación técnica por parte de los trabajadores produjo algunos resultados grotescos.
Finalmente se celebró la reunión del comité en una de las fábricas, donde un trabajador se levantó y dijo: "Camaradas, ¿Por qué nos preocupamos? La cuestión de los técnicos expertos no es difícil. Recordad que el jefe no era un técnico experto; el jefe no sabía ingeniería, química o contabilidad. Todo lo que hacía era poseer. Cuando quería ayuda técnica, contrataba hombres que se la proporcionaran. Bien, ahora nosotros somos los jefes. ¡Contratemos ingenieros, contables, etc., que trabajen para nosotros!".
En las fábricas estatales el problema era comparativamente simple, porque la Revolución destituyó automáticamente al "jefe" y realmente nunca lo substituyó por otro. Pero cuando los Comités de Delegados de Fábrica se entendieron a las fábricas de propiedad privada, fueron duramente combatidos por los propietarios de la fábricas, la mayoría de los cuales estaban estableciendo contactos con los sindicatos.
En las fábricas privadas, además, los comités de delegados eran producto de la necesidad. Después de los tres primeros meses de la Revolución, durante los cuales la clase media y las organizaciones proletarias trabajaron juntas en una armonía utópica, los capitalistas industriales comenzaron a temer el poder creciente y la ambición de las organizaciones trabajadoras -igual que los propietarios en el campo temían al comité de la tierra y los oficiales a los comités de soldados y a los Soviets-. Durante aproximadamente la primera parte de junio, comenzó la campaña más o menos consciente de toda la burguesía para detener la revolución y descomponer las organizaciones democráticas. Empezando por los Comités de delegados de Fábrica, los propietarios industriales planeaban barrerlo todo, incluidos los soviets. El ejército estaba desorganizado, se desviaban suministros, municiones y comida, y se entregaban posiciones reales a los alemanes, como Riga; en el campo, se persuadió a los campesinos para que guardaran el grano y provocaran desórdenes que dieron a los cosacos una excusa para "restaurar la paz"; y la industria. Más importante que todo lo demás, la maquinaria y el propio funcionamiento de las fábricas fueron saboteados, el transporte aún más destrozado y las minas de carbón y metal y las fuentes de materias primas dañadas lo más posible. No se ahorraron esfuerzos para cerrar las fábricas y rendir a los trabajadores, a fin de que volvieran a someterse al viejo régimen industrial.
Los trabajadores se vieron forzados a resistir a esto. El Comité de Delegados de Fábrica reaccionó y tomó el mando. Por supuesto, al principio, los trabajadores rusos cometieron absurdos errores, como se ha dicho a todo el mundo una y otra vez. Pedían salarios imposibles, intentaron llevar a cabo procesos de manufactura técnicamente complicados sin experiencia suficiente, en algunos casos incluso pidieron al jefe que volviera bajo sus propias condiciones.
Pero tales casos son una ínfima minoría; en la mayoría de las plantas trabajadoras eran lo bastante ingeniosos como para ser capaces de llevar la industria sin los jefes.
Los propietarios intentaron falsificar los libros, ocultar pedidos; el Comité de Delegados de Fábrica se vio obligado a encontrar formas de control de los libros. Los propietario trataron de robar piezas de las máquinas; así, el comité tuvo que reglamentar que nada debía entrar o salir de la planta sin permiso. Cuando la fábrica iba a cerrar por falta de combustible, materias primas o pedidos, el Comité de Delegados de Fábrica tenía que enviar hombres a través de media Rusia a las minas, o al Cáucaso a por aceite, o a Crimea a por algodón; y los trabajadores habían de enviar delegados a vender el producto. Durante el paro de los ferrocarriles, los agentes del comité tuvieron que llegar a acuerdo con el Sindicato de Ferroviarios para el transporte de cargas. Para defenderlo contra los huelguistas, el Comité tuvo que asumir la función de contratar y relevar a trabajadores.


Así el Comité de Delegados de Fábrica fue una creación de la anarquía rusa, forzada por la necesidad de aprender a dirigir la industria, para que cuando llegara el momento, los trabajadores rusos pudieran asumir el control real con pocas fricciones.
Como ejemplo de la forma en que las masas trabajan juntas, está el asunto de las 200.000 cargas de carbón, que se sacaron de las carboneras de la flota de combate báltica en diciembre y fueron transferidas por los comités de marinos para mantener en funcionamiento las fábricas de Petrogrado durante la carestía del carbón.
La Factoría Obukhov era una planta de acero que fabricaba suministros para la Armada. El presidene del comité de Obukhov era un ruso-americano, de nombre Petrovsky, bien conocido aquí como anarquista. Una día el encargado del departamento de torpedos dijo a Petrovsky que el departamento habría de cerrar, debido a la imposibilidad de obtener ciertos pequeños tubos usados por una fábrica del otro lado del río, cuya producción se había contratado para dentro de tres meses. El cierre del departamento de torpedos significaba que 400 hombres se quedarían sin trabajo.
-"Conseguiré los tubos"- dijo Petrovsky.
Fue directo a la fábrica, donde en vez de buscar al director, se dirigió al presidente del Comité de delegados de Fábrica local.
"Camarada", dijo "si no tenemos tubos en dos días nuestro departamento de torpedos tendrá que cerrar y 400 de los chicos quedarán sin trabajo".
El presiente pidió sus libros y descubrió que tres plantas privadas cercanas habían encargado varios miles de tubos. Él y Petrovsky visitaron inmediatamente estas tres plantas y llamaron a los Presidentes de sus Comités de delegados de Fábrica. En dos de las fábricas resultó que los tubos no se necesitaban inmediatamente; y al día siguiente se entregaron los tubos a la Fábrica Obukhov, y el departamento de torpedos no cerró.
En Novgorod había una fábrica textil. Al estallar la revolución, el propietario se dijo a sí mismo, "tenemos problemas. No podremos obtener beneficios mientras esta revolución continúe. Cerremos el negocio hasta que la cosa se acabe".
Así cerró la fábrica y él, los empleados de las oficinas, los químicos, ingenieros y el director, tomaron el tren a Petrogrado. Al día siguiente los trabajadores abrieron la fábrica. Pero esos trabajadores eran quizá un poco más ignorantes que la mayoría de los trabajadores. No sabían nada de procesos técnicos de manufactura, sobre la contabilidad, dirección o venta. Eligieron un Comité de Delegados de fábrica y encontraron cierta cantidad de combustible y materias primas almacenada, dispuestas para la manufactura de tela de algodón.
No sabiendo qué se hacía con la tela de algodón una vez fabricada, primero se proveyeron en cantidad suficiente para sus familias. Después, como algunos telares estaban estropeados, enviaron a un taller de maquinaria cercano a un delegado, que propuso entregar tela a cambio de asistencia técnica. Hecho esto, llegaron a un acuerdo con la cooperativa local, para proporcionar ropa a cambio de comida. Llevaron incluso el principio del trueque al extremo de cambiar piezas de tela por combustible con los mineros de carbón de Jarkov, y por transporte con el Sindicato de Ferroviarios.
Pero finalmente saturaron el mercado local de tela de algodón y entonces chocaron con una demanda que el paño no podía satisfacer -el alquiler. Esto sucedía en los días del Gobierno Provisional, cuando aún existían propietarios. El alquiler había de pagarse con dinero. Así que cargaron un tren de tela y lo enviaron, a cargo de un delegado, a Moscú. El delegado dejó el tren en la estación y recorrió la calle. Entró en una sastrería y preguntó si el sastre necesitaba tela.
-"¿Cuánta?" - Preguntó el Sastre.
-"Un tren" - Contestó el delegado.
-"¿A qué precio?"-
-"No lo sé. ¿Cuánto pagas normalmente por la tela?".
El sastre consiguió la tela casi regalada y el delegado, que nunca había visto tanto dinero junto, volvió a Novgorod enormemente contento.
Así era como en toda Rusia los trabajadores estaban adquiriendo la formación necesaria en los fundamentos de la producción industrial e incluso la distribución, para que cuando llegara la revolución de Noviembre pudieran ocupar sus puestos en la organización del control obrero.
En junio de 1917 se celebró la primera reunión de comités de delegados. En este momento los comités apenas se habían extendido fuera de Petrogrado. Fue una reunión notable, formada por los delegados de la actual base, la mayoría de ellos bolcheviques, algunos anarco-sindicalistas; y su razón de ser era la protesta contra las tácticas de los sindicatos. En el mundo político los bolcheviques repetían que ningún socialista tenía derecho a participar en un gobierno de coalición con la burguesía. La propia reunión de delegados de comités adoptó la posición de tener la misma actitud hacia la industria.
En otras palabras, los empresarios y los trabajadores no tienen ningún interés en común; ningún trabajador con conciencia de clase puede ser miembro de una mesa de arbitraje o conciliación salvó para hacer saber a los empresarios las demandas de los trabajadores. La producción industrial ha de estar absolutamente controlada por los trabajadores.


En un primer momento los sindicatos lucharon encarnizadamente contra los Comités de Fábrica. Pero los Comités, que estaban en posición de asumir el control de la industria, consolidaron y extendieron su poder fácilmente. Muchos trabajadores podían no ver la necesidad de sindicarse, pero todos ellos veían la necesidad de participar en la elecciones del comité que controlaba sus trabajos de forma inmediata. Por otra parte los Comités de delegados reconocían el valor de los sindicatos; no se empleaba a ningún trabajador nuevo a menos que pudiera mostrar un carné de sindicato; eran los comités de delegados los que aplicaban localmente los reglamentos de los diferentes sindicatos. En este momento los sindicatos y los Comités de Fábrica trabajaban en perfecta armonía cada uno de ellos en su ámbito.
La propiedad privada de la industria no está aún abolida en Rusia. En muchas fábricas el propietario aún mantiene su título, y se le permite cierto beneficio limitado en su inversión, con la condición de que trabaje por el éxito y el aumento de la extensión de la empresa; pero se le ha quitado el control. Aquellas industrias cuyos propietarios intentan cerrar la puerta a sus trabajadores, o por el fraude o la fuerza tratan de obstaculizar las operaciones de la planta, son inmediatamente confiscadas por los trabajadores. Las condiciones, las horas y salarios de todas las industrias, de propiedad privada o estatal, son uniformes.
La razón para esta supervivencia de un semi-capitalismo en un estado proletario, reside en el pasado de la vida económica de Rusia, el estado capitalista altamente organizado circundante y la necesidad de producción industrial inmediata en Rusia, para combatir la presión de la industria extranjera.
El agente por el que el estado controla la industria, tanta el trabajo como la producción se llama Consejo de Control de Trabajadores. Este órgano central, situado en la capital está compuesto por delegados elegidos de los Consejos del Control de los Obreros locales, los cuales están formados por miembros de Comités de Delegados de Fábricas, delegados sindicales profesionales e ingenieros técnicos y expertos. Un Comité Ejecutivo Central dirige los asuntos de cada localidad, compuesto por trabajadores comunes, pero la mayoría trabajadores de otros distritos, para que sus decisiones estén libres de cualquier interés sectorial. Los consejos locales recomiendan al Consejo Panruso la confiscación de las fábricas, informan sobre las necesidades de combustible, materias primas, transporte y trabajos en sus distritos, y ayudan a los trabajadores en el aprendizaje para dirigir las diferentes industrias. El Consejo Panruso tiene autoridad para confiscar plantas y para igualar los recursos económicos de las diferentes localidades...
Si no hubiera sido por las organizaciones democráticas que existían ya antes de la revolución, no hay duda de que la revolución Rusa se habría estancado hace mucho tiempo.
La organización comercial ordinaria de distribución había sido totalmente destrozada. Sólo las sociedades cooperativas de consumidores conseguían alimentar al pueblo, y su sistema ha sido adoptado hace tiempo por los municipios, e incluso por el gobierno.
Antes de la revolución había más de veinte millones de miembros en sociedades cooperativas en Rusia. Esta es una forma muy natural para los rusos, por su parecido con la primitiva cooperación de vida rural de Rusia durante siglos.


En la fábrica Putilov, donde están empleados más de 40.000 trabajadores, la sociedad cooperativa alimentó, albergó e incluso visitó a más de 100.000 personas, proveyéndose del vestido en Inglaterra.
Es este el carácter de los rusos el que olvida la gente que piensa que Rusia no puede tener ningún gobierno porque no hay fuerza central; y cuya imagen mental de Rusia es un comité servil en Moscú, dominado por Lenin, Trotsky, y mantenido por mercenarios de la Guardia Roja.
Más bien es cierto todo lo contrario. Las organizaciones que he descrito se reproducen en casi todas las comunidades de Rusia. Y si una parte considerable de Rusia se opusiera seriamente al gobierno soviético, los Soviets no durarían ni una hora.


Este texto me lo ha pasado un compadre. Lo escribó el portlandeño John Reed en 1918 y fue publicado en la revista The Liberator en octubre de ese mismo año.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Mentenguerra

Mentenguerra "Lluvia en los zapatos" de su disco Probando el terreno, año 2007. Gran rapper madrileño.



martes, 24 de marzo de 2009

Shurik'n

Shurik'n "Samourai", hermoso tema del disco Ou je vis, del año 1998.



martes, 17 de marzo de 2009

Bugs Bunny

No es casualidad que todo lo que tiene de revolucionaria y escandalosa la obra de Georg Wilhelm Friedrich Hegel sea simbolizada, de modo excepcional -en vísperas de la segunda masacre imperialista mundial-, por un pequeño y gris conejo cuyo nombre encarna una de las resoluciones dialécticas de la contradicción: Bugs (mote de un famoso gángster); Bunny (casi un sinónimo de amabilidad).


Más o menos descendiente urbano de Br'er Rabbit, Bugs Bunny (entre cuyos antepasados se encuentra el excéntrico White Rabbit de Lewis Carroll y el psicótico March Hare) se opone decididamente al esclavismo asalariado en todas sus formas. A gusto con una modesta subsistencia en la linde del bosque, solo un buzón de correo en el que está escrito Bugs Bunny Sq., indica su lugar de residencia. Aparte de maravillosas aventuras a las que sólo una rigurosa práctica de la pereza puede conducir, su mayor "vocación" consiste en robar zanahorias de un jardín de un tal Elmer Fudd, y, en un sentido más general, incordiarle de todos los modos posibles al no parar de hacerles preguntas.
Es imposible reconocer el genio del mayor conejo del mundo sin entender a Elmer, a este calvo, lerdo, temperamental y tímido pequeño burgués con un defecto en el habla cuya principal actividad es la de defender su propiedad privada. Elmer es la perfecta encarnación de una cierta tipología moderna: el pequeño burócrata, el mediocre autoritario, sobrino o nieto del Padre Ubú. Si los Ubús (Mussolini, Hitler, Stalin) dominaron el periodo de entreguerras, en los últimos treinta años han sido los Elmers los que han dirigido nuestra miseria. Elmers y más Elmers en la Casa Blanca; Elmers y más Elmers en los comités centrales de los así llamados partidos comunistas; todos los papas son Elmers; los novelistas de best-sellers son todos Elmers; Louis Aragon y Salvador Dalí, un día anti-Elmers, degeneraron en dos de los peores Elmers entre todos los Elmers. Enfrentándose casi en solitario a todos ellos, Bugs Bunny se erige en verdadero símbolo de una recalcitrancia irreductible.
Si la coreografía Bunny/Elmer es el reflejo de un momento histórico particular en la lucha de clases (un periodo de "simetría" de clases en el que los trabajadores de cualquier lugar apenas consiguen algunas de sus demandas para a continuación ser de nuevo aprisionados en sus agujeros en el suelo), el mítico contenido de su drama excede, sin embargo, la limitación primera de sus formas. La aparición en el escenario de la historia de un personaje como Bugs Bunny es la prueba de que un día los Elmers serán vencidos; de que un día todas las zanahorias del mundo serán nuestras.


Hasta que llegue ese día, no puede uno imaginarse mejor ejemplo para enseñar a nuestros hijos que a esta osada criatura que, sobre sus cuatro patas de conejo, se erige en el amuleto de la buena suerte de la revuelta total. Encarándose con todos y cada uno de los apologistas del status quo, Bugs Bunny tiene siempre la última palabra: "No creáis que ha sido divertido, porque no lo ha sido".

Franklin Rosemont

Texto extraído del libro ¿Qué hay de nuevo, viejo? Textos y declaraciones del Movimiento Surrealista de Estados Unidos (1967-199) del Grupo Surrealista de Chicago. Pepitas de Calabaza 2008.

lunes, 16 de marzo de 2009

"Un poquito de tanta verdad" de Jill Irene Freidberg.

"Un poquito de tanta verdad" es un documental realizado por Corrugated Films y Mal de Ojo TV que registra la lucha popular que estalló en Oaxaca (México) en el 2006. Un aspecto destacable de este movimiento es la ocupación y desvío de 14 radiodifusoras y un canal de televisión. En la reciente revuelta griega de diciembre de 2008 pudimos ver la misma actuación.



domingo, 15 de marzo de 2009

The Sisters of Mercy

The Sisters of Mercy "Temple of love". Una revisión de 1992 de su mítico tema. Este viernes pasado tocaron en Baracaldo, a un precio tan elevado que disuadía de la asistencia.



sábado, 14 de marzo de 2009

Marx, teórico del anarquismo. Maximilien Rubel, 1973.

Perjudicado por discípulos que no consiguieron hacer el balance, ni trazar los límites de su teoría, ni definir las normas y el campo de su aplicación, Marx ha acabado por convertirse en un gigante mitológico, símbolo de la omnisciencia y de la omnipotencia del homo faber forjador de su destino.
La historia de la Escuela está por hacer, aunque conocemos su génesis: codificación de un pensamiento mal conocido y peor interpretado, el marxismo nació y se desarrolló cuando la obra de Marx no era aún accesible en su totalidad y cuando importantes partes estaban todavía inéditas. Así, el triunfo del marxismo como doctrina de Estado y como ideología de partido, ha precedido varias décadas a la divulgación de los escritos en los que Marx ha expuesto, de la forma más clara y más completa, los fundamentos científicos y las intenciones éticas de su teoría social. Que con la invocación de un pensamiento, cuyos principios esenciales han sido ignorados por los protagonistas del drama histórico, se hayan producido profundas transformaciones bastaría para demostrar que el marxismo es el mayor, si no el más trágico, equívoco del siglo. Pero, a su vez, podemos medir el alcance de la tesis sostenida por Marx según la cual no son ni las ideas revolucionarias ni los principios morales los que provocan la mutación de las sociedades y las transformaciones sociales, sino las fuerzas humanas y materiales; ideas e ideologías sólo sirven, casi siempre, para travestir los intereses de la clase en cuyo provecho se han realizado las transformaciones. El marxismo político no puede, al mismo tiempo, reclamar la ciencia de Marx y sustraerse al análisis crítico empleado para desenmascarar las ideologías afines al poder y a la explotación.
Ideología dominante de una clase de amos, el marxismo ha logrado vaciar de su contenido original los conceptos de socialismo y comunismo, tal como Marx y sus precursores los entendían, y substituirlos por la imagen de una realidad que es su más completa negación. Aunque ligado estrechamente a los otros dos, un tercer concepto parece, sin embargo, que ha escapado a este destino: el anarquismo. Pues si es sabido que Marx tuvo pocas simpatías con algunos anarquistas, se ignora generalmente que compartió con ellos el ideal y el objetivo: la desaparición del Estado. Conviene pues recordar que al abrazar la causa de la emancipación obrera, Marx se situaba de golpe en la tradición del anarquismo más que en la del socialismo o del comunismo. Y cuando al fin eligió llamarse comunista, este nombre no designaba, para él, una de las corrientes ya existentes del comunismo, sino un movimiento de pensamiento y un modo de acción a construir juntando todos los elementos revolucionarios herederos de las doctrinas existentes y de las experiencias de lucha del pasado.
En las siguientes reflexiones intentaremos demostrar que, con el nombre de comunismo, Marx ha desarrollado una teoría de la anarquía; mejor aún, él fue en realidad el primero en poner las bases racionales de la utopía anarquista y el primero en definir el proyecto de su realización. Debido a las dimensiones limitadas del presente ensayo, presentamos estas tesis comon temas de discusión. El recurso a la prueba literal por medio de citas se ha reducido al mínimo para destacar mejor el argumento central: Marx, teórico del anarquismo.


I

Cuando en febrero de 1845, en vísperas de su partido hacia el exilio de Bruselas, Marx firmó en París un contrato con un editor alemán, se comprometía a proporcionarle, en pocos meses, una obra en dos volúmenes (más de mil páginas) con el título "Crítica de la política y de la economía política". Poco podía pensar que se imponía una tarea que iba a ocupar toda su vida y de la que no podría ejecutar más que un fragmento.
La elección del tema no tenía nada de fortuito. Perdida cualquier esperanza en una carrera universitaria, Marx había transpuesto en el periodismo político los resultados de sus estudios filosóficos. Sus artículos en la Rheinische Zeitung de Colonia combaten por la libertad de prensa en Prusia, en nombre de una libertad que él concibe como la esencia del hombre y como el aderezo de la existencia humana, pero también en nombre de un Estado entendido como realización de la libertad racional, como "el gran organismo donde las libertades jurídica, moral y política deben encontrar su realización y donde el ciudadano individual, obedeciendo a las leyes del Estado, no hace más que obedecer las leyes naturales de su propia razón, de la razón humana" (Rheinische Zeitung, 10-7-1842). Pero la censura prusiana tardó poco en reducir al silencio al filósofo-periodista que no tardará en interrogarse, en la soledad de un retiro de estudios, sobre la verdadera naturaleza del Estado y sobre la dimensión racional y ética de la filosofía política de Hegel. Conocemos el fruto de esta meditación enriquecida por el estudio de la historia de las revoluciones burguesas en Francia, en Gran Bretaña y en los Estados Unidos de América: aparte del trabajo inacabado e inédito, la Crítica de la filosofía hegeliana del Estado (1843), dos ensayos polémicos, Introducción a la crítica de la filosofía hegeliana del derecho y Sobre la cuestión judía (París, 1844). Estos dos escritos constituyen un único manifiesto en el que Marx designa de una vez por todas, y condena sin restricción, las dos instituciones sociales que para él son la causa de los males y de las taras que padece la sociedad moderna y que padecerá hasta que una revolución social no las suprima: el Estado y el Dinero. Simultáneamente, Marx exalta la fuerza que, después de haber sido la principal víctima de estas dos instituciones, pondrá fin a su reinado igual que a cualquier otra forma de dominación de clase, política o económica: el proletariado moderno. La autoemancipación de este proletariado es la emancipación universal del hombre, es, después de la pérdida total del hombre, la conquista completa de lo humano.
La negación del Estado y del Dinero, igual que la afirmación del proletariado como clase liberadora, son, en el desarrollo intelectual de Marx, anteriores a sus estudios de economía política; preceden, igualmente, su descubrimiento del "hilo conductor" que le guará en sus posteriores investigaciones históricas, a saber , la concepción materialista de la historia. La ruptura con la filosofía jurídica y política de Hegel por una parte, y el estudio crítico de la historia de las revoluciones burguesas por otra, le permitieron fijar definitivamente los postulados éticos de su teoría social, cuyas bases científicas le brindará la crítica de la economía política. Habiendo captado el papel revolucionario de la democracia y del poder legislativo en la génesis del Estado burgués y de su poder gubernamental, Marx aprovecha los análisis de Alexis de Tocqueville y de Thomas Hamilton, uno y otro perspicaces observadores de las virtualidades revolucionarias de la democracia americana, para poner los fundamentos racionales de una utopía anarquista como finalidad consciente del movimiento revolucionario de la clase que su maestro Saint-Simon había llamado "la más numerosa y la más pobre". Una vez que la crítica del Estado lo había llevado a contemplar la posibilidad de una sociedad liberada de cualquier autoridad política, necesitaba emprender la crítica del sistema económico que sostenía los fundamentos materiales del Estado. En cuanto a al negación ética del dinero, implicaba igualmente el análisis de la economía política, la ciencia del enriquecimiento de unos y de la miseria de otros. Más tarde, calificará la investigación que iba a comenzar como "Anatomía de la sociedad burguesa" y, entregándose a este trabajo de anatomista sociólogo, forjará su instrumento metodológico; después, el redescubrimiento de la dialéctica hegeliana le ayudará a establecer el plan de la "Economía" en seis "rúbricas" o "Libros": Capital, Propiedad de la tierra, Trabajo asalariado; Estado, Comercio exterior, Mercado mundial (cf. Introducción a la Crítica de la economía política, 1859). De hecho, esta doble "tríada" de los temas de investigación corresponde a los dos problemas que se había propuesto tratar catorce años antes en la obra que contendría la doble crítica de la economía y de la política. Marx empezó su obra con el análisis crítico del modo de producción capitalista, pero esperaba concluir no sólo la primera tríada de rúbricas sino también la segunda que debía inaugurar el Libro sobre el Estado. La teoría del anarquismo encontraría así en Marx su primer reconocido promotor, sin necesidad de apotar la prueba indirecta. El equívoco del siglo que es el marxismo, ideología de Estado, nació de esta laguna; ella es la que ha permitido a los amos de un aparato de Estado bautizado socialista colocar a Marx entre los adeptos de un socialismo o un comunismo de Estado, e incluso de un socialismo "autoritario".
Ciertamente, como cualquier enseñanza revolucionaria, la de Marx no está exenta de ambigüedades. Manipulándolas con habilidad e invocando algunas actitudes personales del maestro, discípulos poco escrupulosos han logrado poner la obra de Marx al servicio de doctrinas y de acciones que representan su más completa negación, tanto por lo que se refiere a su verdad fundamental como a su finalidad abiertamente proclamada. En una época en que todo -teorías y valores, sistemas y proyectos- es puesto en cuestión por varias décadas de regresión en lo que se refiere a las relaciones humanas, es importante recoger la herencia espiritual de un autor que, consciente de los límites de su investigación, hizo de los postulados de la autoeducación crítica y de la autoemancipación revolucionaria el principio permanente del movimiento obrero. No es una posteridad cargada de abrumadoras responsabilidades la que ha de juzgar a un desaparecido que no puede defender su propia causa; por el contrario, nos incumbe a nosotros asumir una enseñanza dirigida hacia un futuro que, ciertamente, ha llegado a ser nuestro catastrófico presente, pero que, en su mejor parte, está aún por crear.

II

Digámoslo de nuevo: el "Libro" sobre el Estado, previsto en el plan de la Economía y que quedó sin escribir, no podría contener más que la teoría de la sociedad liberada por el Estado, la sociedad anarquista. Sin estar directamente destinados a esta obra, los materiales y los trabajos preparados por Marx en el curso de su actividad libertaria permiten, a la vez, avanzar esta hipótesis concerniendo la sustancia de la proyectada obra, y determinar su estructura general. Si la primera tríada de rúbricas se confundía con la crítica de la economía política, la segunda tríada tenía que exponer, en lo esencial, la crítica de la política. A continuación de la crítica del capital, la crítica del Estado debía establecer el determinismo de la evolución política de la sociedad moderna, de la misma forma que el Capital (seguido de los Libros sobre la la "Propiedad de la tierra" y sobre el "Trabajo asalariado") tenía que "revelar la ley económica del movimiento de la sociedad moderna" (cf. Prefacio de El Capital, 1867). Y así como en los escritos publicados e inéditos anteriores a la Crítica de la economía política (1859) se encuentran los principios y los postulados que inspiraron a Marx para fundar la crítica del capital, también podemos sacar de estos escritos las tesis y las normas que lo habrían guiado para desarrollar la crítica del Estado. No obstante, sería erróneo suponer que el pensamiento de Marx sobre la política estuviera ya fijado, no autorizando nunguna modificación en el detalle, o cerrado a cualquier enriquecimiento teórico. Al contrario, si el problema del Estado nunca cesó de obsesionarlo, no fue sólo porque se sintiera moralmente obligado a terminar su obra maestra, sino porque su participación en la Internacional obrera, desde el mes de septiembre de 1864, sus enfrentamientos polémicos en el seno de esta organización, y los acontecimientos políticos, en particular la rivalidad hegemónica entre Francia y Prusia, de una parte, y Rusia y Austria, de otra, lo tuvieron constantemente en vilo. La Europa de los tratados de Viena sólo era una ficción, mientras que habían aparecido en la escena histórica dos grandes fenómenos sociales: los movimientos de liberación nacional y el movimiento obrero. Difíciles de conciliar desde un punto de vista puramente conceptual, el combate de las naciones y la lucha de clases debían plantear a Marx y a Engels problemas de decisión teórica cuya solución los ponía en contradicción con sus propios principios revolucionarios. Engels era especialista en diferencias los pueblos y las Naciones según pudieran, o no, reivindicar, a sus ojos, el derecho histórico a la existencia nacional. Su sentido de las realidades históricas impedía a los dos amigos seguir a Proudhon en su perspectiva federalista que, en la situación de la época, les parecería, a la vez, una pura abstracción y una utopía impura; pero quedaba el riesgo de caer en un nacionalismo poco compatible con el supuesto universalismo del proletariado moderno.
Si por sus aspiraciones federalistas Proudhon parece estar más cerca que Marx de una posición anarquista, la cosa cambia cuando se considera su concepción global de las reformas que han de concluir a la abolición del capiral y del Estado. El elogio del que Proudhon es objeto en La Sagrada Familia (1845), no debe llevarnos a engaño: en este momento, las divergencias teóricas entre los dos pensadores eran ya profundas, por tanto, este elogio concedido al socialista francés cabrá interpretarlo con una reserva: la crítica proudhoniana de la propiedad es inmanente al sistema económico francés; por válida que sea, no pone fundamentalmente en cuestión las relaciones sociales de producción del sistema criticado. Al contrario, en la doctrina proudhoniana, las categorías económicas, expresiones teóricas de las instituciones del capital, son sistemáticamente conservadas. El mérito de Proudhon es haber desvelado las contradicciones inherentes a la ciencia econímica y haber demostrado la inmoralidad de la moral y del derecho burgués; su debilidad, es haber aceptado las categorías y las instituciones de la economía capitalista y haber respetado, en su programa de remedios y de reforma, todos los instrumentos de dominio de la clase burguesa y de su poder político: salario, crédito, banca, intercambio, precio, valor, beneficio, interés, impuesto, conpetencia, monopolio. Habiendo sabido aplicar la dialéctica de la negación al análisis de la evolución del derecho y de los sistemas jurídicos, se quedó a medio camino al no extender su método crítico de la negación a la economía capitalista. Proudhon ha hecho posible esta crítica, pero es Marx quien intentará hacer de este nuevo método crítico un instrumento de combate en la lucha del trabajo contra el capital y su Estado.
Proudhon hizo la crítica de la economía y del derecho burgués en nombre de la moral burguesa; Marx hará la crítica del modo de producción capitalista en nombre de la ética proletaria, cuyos criterios proceden de una visión totalmente distinta de la sociedad humana. Para esto basta con seguir en todo su rigor lógico y hasta sus últimas consecuencias el principio proudhoniano -o mejor, hegeliano- de la negación_ la Justicia con la que sueña Proudhon no se realizará más que por la negación de la justicia, de la misma forma que la filosofía sólo podrá ser realizada por la negación de la filosofía, es decir, por una revolución social que permitirá, al fin, a la humanidad deveir social y a la sociedad devenir humana. Será el fin de la prehistoria de la humanidad y el comienzo de la vida individual, la aparición del hombre totalmente desarrollado, con sus facultades universales, el advenimiento del hombre total o polimorfo (vielseitig). A la moral realista de Proudhon, que intenta salvar el "lado bueno" de las instituciones burguesas, Marx opone la ética de una utopía cuyas exigencias están a la altura de las posibilidades ofrecidas por una ciencia y una técnica suficientemente desarrolladas para poder colmar las necesidades de la especia. A un anarquismo tan respetuoso con la pluralidad de clases como favorable a la división del trabajo, y hostil al asociacionismo, propiciado por los utopistas, Marx opone un anarquismo negador de las clases sociales y de la división del trabajo, un comunismo que vuelve a su favor todo aquello que, en el socialismo utópico, pueda ser realizado por un proletariado consciente de su papel emancipador, y dueño de las fuerzas productivas. Y sin embargo, a despecho de sus puntos de vista divergentes- en particular, como veremos, de una distinta apreciación de los medios políticos- los dos tipos de anarquismo se orientan hacia una finalidad común, aquella que el Manifiesto comunista definión en estos términos:

La vieja sociedad burguesa con sus clases y sus antagonismos de clase deja sitio a una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición del libre desarrollo de todos.

III

Marx rehusó inventar recetas para las marmitas del futuro, pero hizo algo mejor que esto -o peor-: quiso demostrar que una necesidad histórica, como una ciega fatalidad, arrastraba a la humanidad hacia una situación de crisis en la que sería preciso encarar un dilema decisivo: ser destruida por sus propias invenciones técnicas, o sobrevivir gracias a un súbito despertar de conciencia que vuelva capaz de romper con todas las formas de alienación y de servidumbre que han marcado las fases de su historia. Sólo este dilema es fatal, la elección queda en manos de la clase social que tiene todas las razones para rechazar el orden existente, y para realizar un modo de vida profundamente distinto del antiguo. Virtualmente, el proletariado moderno es la fuerza material y moral apta para asumir esta tarea redentoral de alcance universal. Sin embargo, esta fuerza virtual sólo llegará a ser real cuando el tiempo de la burguesía haya cumplido, pues también ella cumple una misión histórica, si no siempre es consciente de ello, sus ideólogos se encargan de recordarle su papel civilizador. Crando el mundo a su imagen, la burguesía de los países industrialmente desarrollados aburguesa y proletariza a las sociedades que caen progresivamente bajo su empresa política y económica. Vistos desde el ángulo de los intereses proletarios, sus instrumentos de conquista, el capital y el Estado, son medios de servidumbre y de opresión. Cuando las relaciones de producción capitalistas, y por tanto de los Estado capitalistas, se establezcan a escala mundial, las contradicciones internas del mercado mundial revelarán los límites de la acumulación capitalista, y provocarán un estado de crisis permanente que pondrá en peligro los mismos puntos de apoyo de las sociedades esclavizadas, amenazando la supervivencia pura y simple de la especie humana. La hora de la revolución proletaria habrá sonado...
Nos ha bastado una explotación algo audaz para sacar la última consecuencia del método dialéctico empleado por Marx oara desvelar la ley econímica del movimiento de la sociedad moderna. Podríamos apoyar esta idea abstracta con referencias textuales que pueden espigarse de muchos escritos de Marx, de diversas épocas. No es menos cierto que la hipótesis más frecuente que nos ofrece Marx en sus trabajo políticos es la de una revolución proletaria en los países con un largo período de civilización burguesa y de economía capitalista; ésta debe marcar el inicio de un proceso de desarrollo englobando, poco a poco, al resto del mundo, asegurando la aceleración del progreso histórico mediante una ósmosis revolucionaria. Cualquiera que sea la hipótesis contemplada, un hecho es cieto: no hay lugar, en la teoría social de Marx, para una tercera vía revolucionaria, la de países que, privados de la experiencia histórica del capitalismo desarrollado y de la democracia burguesa, mostrarían a los países de extenso pasado capitalista y burgués el camino de la revolución proletaria.
Hace falta recordar estas verdades elementales de la concepción llamada materialista de la historia porque la mitología marxista, nacida con la revolución rusa de 1917, ha logrado imponer a los espíritus poco informados -y son legión- una imagen totalmente distinta de este proceso revolucionario: la humanidad estaría repartida entre dos sistemas de economía y de política, el mundo capitalista dominado por los países industrialmente desarrollados y el mundo socialista cuyo modelo, la URSS, ha accedido al rango de segunda potencia mundial, a consecuencia de una revolución "proletaria". En realidad la industrialización del país se debe a la creación y a la explotación de un inmenso proletariado y no al triunfo y a la abolición de éste. La ficción de una "dictadura del proletariado" forma parte del arsenal de ideas impuestas por los nuevos amos en su propio interés: varias décadas de barbarie nacionalista y militar a escala mundial nos permiten comprender el desarraigo mental de una inteligencia universal víctima del mito llamado "Octubre socialista".
No pudiendo profundizar aquí este debate, limitémonos a precisar nuestro propósito en forma de una alternativa: o bien la teoría materialista del desarrollo social es rigurosamente científica -de lo cual Marx mismo estaba, naturalmente, persuadido- y en tal caso la existencia de un mundo "socialista" es un mito; o bien el mundo socialista existe realmente y es la completa y definitiva refutación de esta teoría. En la primera hipótesis, el mito del mundo socialista puede explicarse perfectamente; se trataría del producto de una camapaña ideológica hábilmente llevada por el "primer Estado obrero" para disimular su naturaleza; en la segunda, la teoría materialista del devenir-socialista-del-mundo sería desmentida, pero las exigencias éticas y utópicas dela enseñanza de Marx serían realizadas; dicho de otra manera, refutado por la historia como hombre de ciencia, Marx habría triunfado como revolucionario.
El mito del "socialismo realizado" ha sido frabricado para justificar moralmente uno de los más poderosos modelos de sociedad de dominio y de explotación que la historia haya conocido. El problema de la naturaleza de esta sociedad ha logrado desorientar completamente a los espíritus más advertidos por las teorías, doctrinas y nociones que forman en su conjunto el patrimonio intelectual del socialismo, del comunismo y del anarquismo; pero de estas tres escuelas de ideas que contemplan una profunda mutación de sociedad humana, el anarquismo es la que menos ha padecido esta perversión: al no haber creado una verdadera teoría de la praxis revolucionaria ha podido preservarse de la corrupción política e ideológica con la que las otras escuelas de pensamiento han sido golpeadas. Procedente de sueños y de nostalgias, lo mismo que de rechazo y de rebelión, se ha constituido como la crítica más radical del principio de autoridad con todas sus desfiguraciones, y, como tal ha sido absorbido por la teoría materialista de la historia. Éste es, esencialmente, un pensamiento sobre la evolución histórica de la humanidad que pasa por etapas progresivas, de un permanente estado de antagonismos sociales a un modo de vida de armonía social y de desarrollo individual. Por tanto, igual que la crítica social transmitida por la utopía anarquista, la finalidad común de las doctrinas radicales y revolucionarias anteriores a Marx, han llegado a ser parte integrante del comnismo anarquista de este último. Con Marx, el anarquismo utópico se enriquece con una nueva dimensión, la de la comprensión dialéctica del movimiento obrero visto como autoliberación ética que engloba a toda la humanidad. Era inevitable que la tensión intelectual provocada por el elemento dialéctico en una teoría con pretensiones científicas, y naturalistas, estuviera en el origen de una ambigüedad fundamental con la que la enseñanza y la actividad de Marx han estado indeleblemente marcadas. Hombre de partido tanto como hombre de ciencia, Marx ha tratado siempre, en su actividad política, de armonizar los fines y los medios del comunismo anarquista. Pero aunque haya errado como militante, Marx no deja de ser el teórico del anarquismo. Tenemos, pues, todo el derecho de aplicar la tesis ética que él formuló a propósito del materialismo de Feuerbach (1845):

Saber si el pensamiento humano puede pretender llegar a una verdad objetiva no es una cuestión que procede de la teoría sino que es una cuestión práctica. Es en la práctica que el hombre debe probar la verdad, es decir, la realidad y la fuerza, el lado de acá de su pensamiento.

IV

La negación del Estado y del capitalismo por la clase social más numerosa y más pobre aparece en Marx como un imperativo ético antes de ser demostrada dialécticamente como una necesidad histórica. Su primer arranque, a partir de una evaluación crítica de los resultados de la Revolución francesa, equivale a una elección decisiva, la del objetivo que, según él, cualquier hombre debería esforzarse en alcanzar; y este objetivo es precisamente la emancipación humana como culminación de la emancipación política. El Estado político más libre -del cual sólo los EE.UU. nos dan un ejemplo- hace al hombre esclavo, ya que se interpone como mediador entre el hombre y su libertad, tal como el hombre religioso carga a Cristo con su propia divinidad. Políticamente emancipado, el hombre no deja de participar de una soberanía imaginaria; ser soberano disfrutando de los derechos del hombre, lleva una doble existencia, la de ciudadano, miembro de la comunidad política, y la de particular, miembro de la sociedad civil; la de un ser celeste y la de un ser profano. Ciudadano, es libre y soberano en los cielos de la política, este reino universal de la igualdad; individuo, es rebajado y se degrada él mismo en la vida real, la vida burguesa, al rango de medio para su prójimo; entonces deviene el juguete de fuerzas extranjeras, materiales y morales, como las instituciones de la propiedad privada, de la cultura, de la religión, etc. La sociedad civil separada del estado político es la esfera del egoísmo, de la guerra de todos contra todos, de la separación del hombre con el hombre. Al asegurar al hombre la libertad religiosa, la democracia política no lo ha liberado de la religión; igual que no lo libera de la propiedad al garantizarle el derecho a la propiedad; de igual forma mantiene la esclavitud y el egoísmo del trabajo al acordar a todos la libertad del trabajo. Ya que la sociedad burguesa es el mundo del tráfico y del lucro, el reino del dinero, poder universal que ha dominado la política y por tanto el Estado.
Ésta es, presentada sumariamente, la tesis inicial de Marx: crítica del Estado y del capital, procedente de un pensamiento anarquista más que de un cualquier socialismo o comunismo. Aún no tiene nada de rigurosamente científico, pero reclama y se nutre implícitamente de una concepión ética del destino humano al poner la exigencia de una realización en el orden del tiempo histórico. Por eso, sin limitarse a la crítica de la emancipación política -que reduce al hombre al estado de mónada egoísta y de ciudadano abstracto-, define el fin que conviene alcanzar y el medio para realizarlo:

Sólo cuando el hombre individual, ser real, haya recuperado al ciudadano abstracto y se haya convertido como individuo en un ser social en su vida empírica, en su actividad individual, en sus relaciones individuales; sólo cuando el hombre haya reconocido y organizado sus "propias fuerzas" como fuerzas sociales y que, por este hecho, no separará ya más de él mismo el poder social en la forma de poder político, sólo entonces se consegurá la emancipación humana. (La Cuestión judía, 1844.)

Partiendo del Contrato Social de Rousseau, teórico del ciudadano abstracto y precursor de Hegel, Marx encontró su propio camino. Habiendo rechazado un aspecto de la alienación política preconizada por los dos pensadores, llegó a la visión de una emancipación humana y social que restablecería al individuo en la integridad de sus facultades y en la totalidad de su ser. Rechazo parcial, pues al ser un dato histórico, esta etapa no puede desaparecer o ser abolida mediante un acto de voluntad. La emancipación política es un "gran progreso", es incluso la última forma de la emancipación humana en el interior del orden establecido, y como tal puede servir de medio para cambiar este orden e inaugurar la etapa de la verdadera emancipación humana. Dialécticamente antinómicos, los fines y los medios se acuerdan éticamente en la conciencia del proletariado moderno que, de esta forma, se convierte en portador y en sujeto histórico de la revolución. Clase que concentra todas las taras de la sociedad y de la cual encarna el crimen notorio, el proletariado posee un carácter universal como consecuencia de su miseria universal. No puede emanciparse sin emancipar todas las esferas de la sociedad, y es realizando los postulados de esta ética emancipadora como el proletariado rechaza su propio estatuto de proletario.
Allí donde Marx invoca la filosofía como "cabeza" y arma intelectual de la emancipación humana, de la que el proletariado sería el "corazón", nosotros preferimos hablar de ética, significando con esto que no se trata de una especulación metafísica, sino de un problema existencial: importa cambiar el mundo y resituirle su rostro humano original, y no interpretar la caricatura. Ninguna filosofía especulativa ofrece al hombre la solución a sus problemas existenciales, sólo elevando la revolución al rango de imperativo categórico, Marx razone en función de una ética normativa y no por referencia a una filosofía de la historia o a una teoría sociológica. Sólo una ciencia debía depertar entonces la atención de Marx; que no podía ni quería limitarse a la pura exigencia ética de una regeneración de los hombres y de las sociedades:la ciencia de la producción de los medios de existencia según la ley del capital.
El estudio de la economía política fue para Marx un medio de luchar por la causa a la que consagrará toda su existencia de "burgués" desclasado. Lo que hasta entonces sólo había sido una intuición visionaria y una elección ética, se convertirá, a partir de ahora, en teoría del desarrollo económico y en investigación de los determinismos sociales. Pero será también participación activa en el movimiento social llamado a poner en práctica los imperativos y las normas que se desprenden de las condiciones existenciales del proletariado industrial. La teoría de una sociedad sin Estado, sin clases, sin intercambios monetarios, sin terrores religiosos e intelectuales, implica una concepción crítica del mundo de producción capitalista,de la misma manera que el análisis revelador del proceso evolutivo debe conducir por etapas sucesivas a la sociedad comunista y anarquista. Marx escribirá más tarde:

Aun cuando una sociedad ha llegado a descubrir la pista de la ley natural que preside su movimiento [...] no puede sobrepasar de un salto ni abolir por decreto las fases de su natural desarrollo; pero puede abreviar el período de gestación y aliviar los dolores del parto. (El Capital, I, prefacio, 1867).

En suma, Marx se aplicará en demostrar científicamente aquello de lo que estaba ya persuadido intuitivamente y que le parecía éticamente necesario. Ya desde el primer esbozo de un critica de la economía política Marx abordará el análisis del capital desde un punto de vista sociológico, como poder de mando sobre el trabajo y sus productos, teniendo este poder el capitalista, no en virtud de sus cualidades personales o humanas, sino por el hecho de ser propietario del capital. El salariado es una esclavitud, y todo aumento autoritario del salario no será más que una mejor remuneración de los esclavos.

La misma igualdad de salario, tal como Proudhon la reclama, no hace más que generalizar la relación del obrero de hoy con su trabajo, relacionando a todos los hombres con el trabajo. Así la sociedad es concebida como un capitalista abstracto. (Introducción..., 1844, "Économíe". II, p.68.)

Esclavitud económica y servidumbre política van juntos. La emancipación política, el reconocimiento de los derechos del hombre por el Estado moderno, tienen el mismo significado que el reconocimiento de la esclavitud por el Estado antiguo (La Sagrada Familia, 1845). Esclavo de un trabajo asalariado, el obrero lo es también de su propia necesidad egoísta y de su necesidad exterior. La condición humana no escapa más a la servidumbre politica en el Estado democrático representativo que en la monarquía constitucional. "En el mundo moderno, cada uno es al mismo tiempo miembro de la esclavitud y de la comunidad" aunque aparantemente la servidumbre de la sociedad burguesa sea el máximo de libertad. Considerados generalmente como garantes de la libertad individual, propiedad, industria y religión son, de hecho, instituciones que consagran este estado de servidumbre. Robsepierre, Saint-Just y sus partidarios sucumbieron porque confundieron la antigua sociedad fundada sobre la esclavitud real con el Estado representativo moderno que reposa sobre la esclavitud emancipada, la sociedad burguesa con su competencia universal, sus ensañados intereses privados, su individualismo enajenado. Y, al comprender perfectamente la naturaleza del Estado moderno y de la sociedad burguesa, Napoleón consideró el Estado como un fin en sí, y la vida burguesa como un instrumento de sus ambiciones políticas. Para satisfacer el egoísmo de la nación francesa, instituyó la guerra permanente en lugar de la revolución permanente. Su derrota consagró la victoria de la burguesía liberal que acabó de realizar en 1830 sus sueños de 1789: hizo del Estado representativo constitucional la expresión oficial de su poder exclusivo y de sus intereses particulares.
El problema del bonapartismo fue la obsesión permanente de Marx, observador atento de la sociedad francesa en su evolución política y en su desarrollo económico. La Revolución francesa constituía para él el período clásico del espíritu político, y la tradición bonapartista una constante de la política interior y exterior de Francia. Así, llegó a esbozar una teoría del cesarismo moderno que, si parece contradecir en parte los principios metodológicos de su teoría del Estado, no modifica su inicial visión anarquista. Y fue en el mismo momento en que se preparaba para poner los fundamentos de su interpretación materialista de la historia, que formuló esta concepción del Estado que clasifica entre los defensores del anarquismo más radical.

La existencia del Estado y la existencia de la esclavitud son inseparables. [...] Cuanto más poderoso es un Estado, más político es un país, menos dispuesto está en buscar la razón de sus males sociales en el principio del Estado, en la organización social de la sociedad de la que el Estado es, él mismo, la expresión activa, consciente y oficial. (Vorwärts, 1844.)

El ejemplo de la Revolución francesa le pareció, entonces, lo suficientemente probatorio para poder anunciar una tesis que sólo parcialmente corresponde a la sociología política esbozada en la Ideología alemana y en sus reflexiones sobre el segundo Imperio sobre la Comuna de 1871:

Lejos de ver en el principio del Estado la fuente de los males sociales, los héroes de la Revolución francesa percibieron, al contrario, en las taras sociales la fuente de los males políticos. De esta manera Robespierre no ve en la gran pobreza y en la gran riqueza más que un obstáculo a la democracia pura, y desea establecer pues una espartana frugalidad general. El principio de la política es la voluntad. (Ibid.)

Cuando veintisiete años más tade, Marx vuelve, a propósito de la Comuna de París, sobre los orígenes históricos del absolutismo político representado por el Estado bonapartista, verá en la obra centralizadora de la Revolución francesa la continuación de las tradiciones monárquicas:

El aparato del Estado centralizado que, como una boa constrictor, estruja con sus órganos militares, burocráticos, eclesiásticos y judiciales, omnipresentes y complicados, el cuerpo viviente de la sociedad burguesa, fue forjado durante la monarquía absoluta como arma de la sociedad que nacía en su lucha emancipadora contra el feudalismo. [...] La primera Revolución francesa, cuya tarea era construir la unidad nacional [...] se vio obligada a desarrollar la obra comenzada por la monarquía absoluta, a saber, la centralización y la organización del poder del Estado, extender la esfera y los atributos, multiplicar los instrumentos, aumentar la independencia y la empresa sobrenatural sobre la sociedad real [...]. El más pequeño interés individual procedente de las relaciones entre los grupos sociales fue separado de la misma sociedad; vuelto independiente en forma de interés de Estado cuya defensa es confiada a sacerdotes del Estado que cumplen funciones jerárquicas determinadas. (Carta sobre la Comuna, borrador, 1871)

Esta apasionada denuncia del poder del Estado resume, de alguna manera, todo el esfuerzo de estudio y de reflexión crítica realizado por Marx en este campo, a partir del enfrentamiento con la filosofía moral y política de Hegel, pasando por el periodo de elaboración de la teoría materialista de la historia, y los quince años de periodismo libre y profesional, sin olvidar la intensa actividad en el seno de la Internacional obrera. La Comuna fue para Marx la ocasión de ofrecer su último pensamiento sobre el problema al que había reservado uno de sus seis libros de su "Economía", y de trazar aunque sólo fueran los contornos de esta libre asociación de hombres libres cuyo nacimiento había anunciado el Manifiesto comunista.

La Comuna no fue una revolución contra una forma cualquiera de poder de Estado, legitimista, constitucional, republicano o imperial. Fue una revolución contra el Estado como tal, contra este monstruoso aborto de la sociedad; fue la resurrección de la auténtica vida social del pueblo, realizada por el pueblo. (Ibid.)

V

Al comparar el modo de emancipación de los siervos en el feudalismo con el de los trabajadores modernos, Marx notaba que, a diferencia de los proletarios, los siervos debían desarrollar libremente las condiciones de vida ofrecidas, no pudiendo, por eso mismo, más que llegar al "trabajo libre"; por el contrario, los proletarios no podían afirmarse individualmente sin abolir su propia condición de vida; siendo ésta idéntica la del conjunto de la sociedad, sólo bastaba con suprimir el trabajo asalariado. Y añadia esta frase que le servirá en lo sucesivo de leitmotiv tanto en su actividad literaria como en su acción de militante comunista:

Los proletarios se encuentran pues en oposición directa a la forma en la que los individuos de la sociedad han podido, hasta ahora, darse una expresión de conjunto, a saber el Estado: deben destruir el Estado para realizar su personalidad. (Ideología alemana, 1846)

Esta fórmula, más próxima al anarquismo de Bakunin que del de Proudhon, no es fruto de un momento de irreflexión pasional ni un gesto de político arengando una asamblea obrera. Es la conclusión lógica, en forma de postulado revolucionario, de todo un desarrollo teórico que tiende a demostrar la "necesidad histórica" de la comuna anarquista. Es decir, que el advenimiento de la "sociedad humana" se inscribe, según la teoría marxiana, en un largo proceso histórico. Finalmente, surge una clase social que constituye la inmensa mayoría de la población de las sociedades industriales y que, como tal, puede asumir una tarea revolucionaria creadora. Y para demostrar la lógica de este desarrollo, Marx intentó establecer una relación de causalidad entre los progresos científicos -sobre todo de las ciencias naturales- y las instituciones políticas y jurídicas, por una parte, y el comportamiento de las clases sociales antagónicas, por otra. Contrariamente a Engels, Marx nunca pensó que la transformación revolucionaria del futuro se parecería a las revoluciones del pasado, tal como un cataclismo natural que titura hombres, cosas y conciencias. Con el adevenimiento del obrero moderno, la especie humana empezaba el ciclo de su verdadera historia; entraba en la vía de la razón y llegaba a ser capaz de realizar sus sueños, y de darse un destino a la medida de sus facultades creadoras. Las conquistas de la ciencia y de la tecnología hacían posible tal salida, pero el proletariado debía intervenir para que la burguesía y su capital ni abismaran esta evolución en curso.

Los triunfos de la ciencia parecen logrados al precio del envilecimiento moral. A medida que la humanidad domina la naturaleza, el hombre parece convertirse en la víctima de su prójimo y de su propia infamia. (Discurso ante los cartistas, 1856).

La revolución proletaria no tendrá pues nada de aventura política; será una empresa universal llevada a cabo por la inmensa mayoría de los miembros de la sociedad que han tomado conciencia de la necesidad y de la posibilidad de una regeneración total de la humanidad. Al ser la historia ya mundial, la amenaza de esclavitud, por parte del capital y su mercado alcanzar toda la tierra; de rechazo, deben aparecer una conciencia y una voluntad de masas, que tiendan hacia un cambio profundo y universal de las relaciones humanas y de las instituciones sociales. Cuando el peligro de una barbarie de dimensiones planetarias amenaza la supervivencia de los hombres, los sueños y las utopías comunistas y anarquistas representan la fuente espiritual de los proyectos racionales y de las reformas prácticas, susceptibles de devolver a la especie humana el gusto de la vida según las normas de una razón y de una imaginación vueltas igualmente hacia la primvera del destino humano.
No se salta del reino de la necesidad al reino de la libertad, como pensaba Engels, y no puede haber un pasaje directo del capitalismo al anarquismo. La barbarie de la económica y social que ha instaurado el modo de producción capitalista no podrá desaparecer como resultado de una revolución política preparada, organizada y dirigida por una élite de revolucionarios profesionales pretendiendo actuar y pensar en nombre y en provecho de la mayoría de explotados y alienados. Constituido en clase y en partido en las condiciones de la democracia burguesa, el proletariado se libera él mismo al luchar por conquistar esta democracia: convierte el sufrgio universal, todavía ayer "instrumento de engaño", en un medio de emancipación. Una clase que constituye la inmensa mayoría de una sociedad moderna, no se aliena políticamente más que para triunfar sobre la política, y no conquista el poder del Estado más que para utilizarlo contra la minoría antes dominante. La conquista del poder político es por naturaleza un acto "burgués"; sólo se convierte en acción proletaria por la finalidad revolucionaria que le confieren los autores de este cambio. Tal es el sentido de este periodo histórico que Marx no duró en llamar "dictadura del proletariado", precisamente para subrayar la diferencia con la dictadura ejercida por una élite, la dictadura en el sentido jacobino del término. Ciertamente, al atribuirse el mérito de haber descubierto el secreto del desarrollo histórico de los modos de producción y de dominio, Marx no podía imaginar que su enseñanza sería usurpada, en el siglo XX, por revolucionarios profesionales que se arrogarían el derecho de personificar la dictadura del proletariado. De hecho, Marx sólo contempló esta forma de transición social para aquellos países cuyo proletariado había sabido aprovechar el periodo de democracia burguesa para crear sus propias instituciones, y constituirse así en clase dominante de la sociedad. Comparado con los siglos de violencia y de corrupción que ha necesitado el capitalismo para dominar el universo, la duración del proceso de transición que ha de llevar a la sociedad anarquista sería otro tanto más corta, y conocería otra tanta menos violencia, que la acumulación del capital y la concetración del poder estatal opondrían un proletariado de masa a una burguesía numéricamente débil.

Para transformar la propiedad privada y parecelada, objeto de trabajo individual, en propiedad capitalista se habrá necesitado más tiempo, más penas y esfuerzos que el que exigirá la metamorfosis de la propiedad capitalista en propiedad social, ya que aquella ya reposa sobre un modo de producción colectivo. Allí se trataba de la expropiación de la masa por algunos usurpadores; aquí se trata de la expropiación de algunos usurpadores por la masa. (El Capital, I, "Économie", I, p.1240)

Marx no elaboró en todos sus detalles una teoría de la transición, y podemos constatar notables diferencias entre los distintos esbozos teóricos y prácticos diseminados en su obra. De todas formas, a través de estas afirmaciones, a veces contradictorias, un principio básico permanece intacto y constante, hasta el punto de permitir la reconstrucción coherente de tal teoría. Y es quizá sobre este punto que el mito de la fundación del "marxismo" por Marx y Engels revela su nocividad. Mientras que Marx hacía del postulado de la autopraxis proletaria el criterio de cualquier acción de clase y de cualquier conquista política verdaderas, Engels acabó, sobre todo después de la muerte de su amigo, por desunir los dos elementos que forman el movimiento obrero, la acción de clase -la Selbsttätigkeit- del proletariado por una parte, y la política de partido, por otra. Marx pensaba que, más que caulquier acto político aislado, la autoeducación comunista y anarquista era parte integrante de la actividad revolucionaria de los obreros: a ellos incumbía ser capaces de conquistafr y ejercer el poder político como medio de resistir a las tentativas de la burguesía de reconquistar y recuperar su poder. El proletariado debe constituirse temporal y conscientemente en fuerza material para defender su derecho y su proyecto de transformar la sociedad, realizando progresivamente la comunidad humana. Al luchar por afirmaerse como fuerza de abolición y de creación, la clase obrera -que "de todos los instrumentos de producción es el mayor poder productivo"- asume el proyecto dialéctico de una negación creadora; se arriesga con la alienación política en vistas de volver superflua la política. Semejante proyecto nada tiene en común ni con la pasión destructiva de Bakunin, ni con el apocalipsis anarquista de Coeurderoy. El esteticismo revolucionario no cabía en este proyecto político concebido para hacer triunfar la supremacía virtual de las masas oprimidas y explotadas. La Internacional obrera podía, a los ojos de Marx, convertirse en esta organización de combate combinando el poder del número y el espíritu revolucionario que el anarquismo proudhoniano concebá de manera bien distinta. Afiliándose a la AIT, Marx no abandonó su posición contra Proudhon en 1847, cuando se trataba de definir un anarquismo antipolítico realizable por un movimiento político:

¿Quiere decir esto que después de la caída de la vieja sociedad habrá una nueva dominación de clase que se resumirá en un nuevo poder político? ¡No! [...] En el transcurso de su desarrollo, la clase trabajadora substituirá a la antigua sociedad civil por una asociación que excluirá las clases y su antagonismo, y ya no habrá más poder político propiamente dicho, ya que el poder político es precisamente el resumen oficial del antagonismo en la sociedad civil. Mientras, el antagonismo entre el proletariado y la burguesía es una lucha de clase a clase, lucha que llevada a su más alta expresión es una revolución toal. [...] No digáis que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay ningún movimiento político que no sea a la vez social. Solamente en un determinado orden de cosas, donde no habrá más clases y antagonismo de clases, las evoluciones sociales dejarán de ser revoluciones políticas. (Anti-Proudhon, 1847)

El enunciado de Marx es de un realismo fuera de cualquier interpretación "idealista". Este discurso de futuro debe entenderse como el anuncio de un proyecto normativo comprometiendo a los trabajadores a conducirse en revolucionarios, al mismo tiempo que luchan políticamente. "La clase obrera o es revolucionaria o no es nada" (carta a J.B. Scweitzer, 1865). Es el lenguaje de un pensador cuya rigurosa dialéctica le impide, contrariamente a la de Proudhon o de Stirner, deslumbrar con el empleo sistemáticamente de la paradoja gratuita y de la violencia verbal. Y si no queda ni puede quedar todo resuelto en esta dialéctica demostrativa de los fines y de los medios, no es menor su mérito de incitar a las víctimas del trabajo alienado a comprenderse y a educarse ellas mismas para, conjuntamente, emprender una enorme obra de creación colectiva. En este sentido, el llamamiento de Marx continúa siendo actual a pesar del marxismo triunfante, e incluso a causa de este triunfo.
Vemos pues con este resumen que la teoría social de Marx se presenta expresamente como una tentativa de análisis objetivo de un movimiento histórico, y no como un código moral o político de una praxis revolucionaria que tiende a realizar un ideal de vida social; como estudio científico de un proceso de desarrollo que engloba hechos e individuos, y no como una colección de normas al uso para partidos y élites aspirantes al poder. Sin embargo, esto no es más que el aspecto externo y manifiesto de esta teoría que sigue una doble trayectoria conceptual, una que posee una orientación rigurosamente determinista, y la otra que se dirige libremente hacia el objetivo imaginario de una sociedad anarquista.

No es en el pasado sino únicamente en el futuro donde la Revolución social del siglo XIX podrá encontrar la fuente de su poesía. No podrá empezar por ella misma antes de haberse liberado de cualquier creencia supersticiosa en el pasado. (Dieciocho Brumario, 1852.)

El pasado es la insoslayable necesidad, y el observador armado con todos los instrumentos de análisis es capaz de explicar el encadenamiento de los fenómenos apercibidos. Pero, si vano es esperar el cumplimiento de todos los sueños que la humanidad, a través de sus profetas y sus visionarios, ha podido alimentar, al menos el futuro podría ofrecer a los hombres el fin de las instituciones que han reducido su vida a un permanente estado de servidumbre en todos los campos sociales. Tal es, expuesta rápidamente, la relación entre la teoría y la utopía en la enseñaza de Marx, que se proclamaba formalmente "anarquista" cuando escribía:

Todos los socialistas entienden por anarquía esto: el objetivo del movimiento proletario, la abolición de las clases; una vez alcanzado, el poder del Estado, que sirve para mantener a la gran mayoría productora bajo el yugo de una pequeña minoría explotadora, desaparece, y las funciones gubernamentales se transforman en simples funciones administrativas. (La pretendidas escisiones en la Internacional, Ginebra, 1872)



Artículo extraído del libro Marx sin mito de Maximilien Rubel. Ediciones OCTAEDRO S.L. 2003.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El estallido de la Revolución Alemana, noviembre de 1918.

El descontento cundía desde hacia tiempo entre los marineros de la Flota de Alta Mar alemana. Ya en 1917 se habían producido infracciones disciplinarias con tintes políticos que habían sido reprimidas con mano dura y castigadas con mucha severidad. Pero desde este incidente no se había vuelto a repetir nada similar, y nada, nada en absoluto podía hacer sospechar que ahora los amedrentados marineros, con el anhelado fin de la guerra ante sus ojos, podrían optar, en el último momento, por poner su vida en juego con un gran motín. Pero tampoco en una batalla naval. Caundo de pronto se les dio a escoger entre arriesgar su vida de un modo u otro, los hombres de algunos grandes buques (no todos, ni mucho menos) se decantaron por la desobediencia. Indudablemente no fue por cobardía -un amotinamiento en tiempos de guerra exige mucho más coraje que la lucha en la batalla- sino porque creían en la justicia.


Un par de días antes, un enviado de los marineros había subido a bordo del Thüringen, uno de los barcos de línea que se habían negado a zarpar el 30 de octubre, para comunicarle al primer oficial que el ataque naval planeado no se ajustaba a la política del nuevo gobierno. El oficial contestó con sequedad (según la posterior declaración del marinero durante la instrucción del consejo de guerra): "¡Sí, de vuestro gobierno!". Esta conversación aclara la disparidad de posturas en pocas palabras: Eran los oficiales quienes ya no reconocían al gobierno como suyo y las tropas las que creyeron que tenían que luchar por "su" gobierno. Desde su punto de vista, actuaron en legítima defensa del Estado y salieron en apoyo del marco legal establecido; si se amotinaron, entonces se puede decir que lo hicieron contra los amotinados.
El amotinamiento de Schillig-Reede -un drama oculto sobre el cual durante varios días nadie en Berlín o en el Cuartel General Supremo de Spa tuvo conocimiento alguno- terminó en tablas. Tras unos minutos de estupor durante los cuales los barcos alemanes amotinados y los que aún no lo estaban, a muy poca distancia unos de otros, se apuntaban con sus enormes cañones, los amotinados se rindieron. En este sentido, vencieron los oficiales. Pero se abandonó el planeado ataque naval: con una marinería tan poco fiable, los almirantes no quisieron arriesgarse a librar una batalla naval. En este sentido, los marineros eran los vencedores. La flota reunida en Schillig-Reede se dispersó de nuevo. Tan sólo una escuadra permaneció ante Wilhelmshaven, otra recibió orde de dirigirse a Brunbüttel y la tercera escuadra, la que no se había amotinado, navegó de vuelta a Kiel, donde llegó el viernes 1 de noviembre. Los marineros detenidos, que superaban el millar, fueron llevados a tierra, a las prisiones militares. Les esperaba un consejo de guerra y el pelotón de ejecución.
Ahora se trataba de su destino. Las tropas de la tercera escuadra regresaron hacia Kiel tan compungidos como cuando zarparon una semana antes hacia Wilhelmshaven. La "cabalgada de la muerte" hacia la que creían dirigirse entonces había fracasado. Pero ahora para sus camaradas, que la habían hecho fracasar, la amenaza de muerte era inminente. Este sentimiento revolvía y atormentaba a los marineros. En Schillig-Reede, finalmente, sólo se habían amotinado las tripulaciones del Thüringen y del Helgoland, pero prácticamente todos estaban a favor de la revuelta, aunque les faltó valor. Ahora este pensamiento los carcomía. Los camaradas del Thüringen y del Helgoland que sí habían tenido valor y de este modo se habian convertido en sus salvadores, ¿debían verse ahora condenados a morir? No los podían permitir. Pero si no lo querían permitir, necesitaban ahora mucho más coraje del que habían necesitado en el último momento, dos días antes, en Schillig-Reede, así que debían arriesgar al máximo: no sólo debían insubordinarse,sino que debían apostar por el levantamiento, el uso de la violencia y la toma del poder. ¿Y qué pasaría a continuación? Eso les atormentaba. ¿Pero dejar morir a sus compañeros? Eso era inconcebible, aún más que inconcebible.
Pasaron tres días hasta que estos hombres, que no habían tenido el valor de amotinarse en Wilhelmshaven, encontraron la fuerza suficiente para revelarse en Kiel. El primer día mandaron una delegación al comandante de la plaza para exigir la liberación de los prisioneros; obviamente esta reclamación fue rechazada. El segundo día discutieron largo y tendido en el edificio sindical de Kiel con los soldados de infantería de marina y los estibadores sobre qué era lo que podían hacer, pero no llegaron a ninguna conclusión. El tercer día, el domingo 3 de noviembre, pretendían proseguir las discusiones, pero se econtraron bloqueada la entrada del edificio sindical que estaba vigilada por una guardia armada. Por eso se reunieron al aire libre, en un campo de instrucción donde miles de trabajadores se unieron a ellos, escucharon los discursos y formaron finalmente un gran cortejo. Algunos estaban armados. En un cruce de calles, una patrulla detuvo la manifestación. El jefe de la patrulla, un tal teniente Steinhäuser, ordenó que se disgregasen, y al ver que no lo cumplían ordenó abrir fuego. Nueve muertos y veintinueve heridos quedaron tendidos sobre el pavimento. La caravana se dispersó, pero un marinero armado se adelantó y disparó al teniente Steinhäuser.
Éste fue el acto decisivo, el disparo de salida de la Revolución alemana. De pronto todo el mundo fue consciente de que ya no había marcha atrás. Y ahora todos sabían lo que debían hacer. La mañana del luner 4 de noviembre, los marineros de la Tercera Escuadra eligiaron sus consejos, desarmaron a los oficiales, se armaron e izaron en los navíos la bandera roja. Únicamente un buque el Schlesien no se unió a ellos: huyó a alta mar bajo la amenaza de los cañones de sus barcos hermanos. Sólo un comandante, el capitán Weniger del Köing, defendió con las armas su pabellón. Murió de un disparo.
Marineros armados, ahora bajo las órdenes de sus consejos de soldados, y dirigidos por un contramaestre llamado Artelt, desembarcaron en formación, ocuparon sin resistencia la prisión militar y liberaron a sus compañeros. Otros ocuparon los edificios públicos y la estación. Al mediodía llegó a Kiel un destacamento de soldados del Ejército de Tierra que había sido enviado por la comandancia de Altona para reprimir la sublevación de los marineros: pero el destacamento fue desarmado entre escenas de confraternización. El comandante de la base naval, privado de cualquier mecanismo de autoridad, recibió a regañadientes a una delegación del consejo de soldados y capituló. Los infantes de marina de la guarnición se solidarizaron con los marineros. Los estibadores de los muelles declararon una huelga general. Al atardecer del 4 de noviembre, Kiel estaba en manos de cuarenta mil marinero y soldados insurrectos.


Los marineros no sabía qué hacer con el poder que acababan de conquistar. Cuando al caer la tarde de ese 4 de noviembre llegaron de Berlín dos enviados del atemorizado gobierno, el diputado socialdemócrata Gustav Noske y el secretario de Estado burgués Haussmann, muy inquietos, fueron recibidos con júbilo y alivio y Noske fue elegido inmediatamente "gobernador", lo que demuestra una vez más que los rebeldes no se levantaron contra el gobierno, sino a favor de él, y creyeron estar actuando en este sentido. Pero instintivamente tenían clara una cosa: tras haber dado en Kiel el gran salto, tras haber acabado con la autoridad local y tras tener la ciudad en sus manos, el movimiento no debía quedar circunscrito únicamente a Kiel, si no la ciudad se convertiría en una trampa. En estas circunstancias sólo les quedaba la huida hacia delante: debían salir de la ciudad y propagar el movimiento, si no su triunfo sería tan suicida como lo había sido una semana antes el triunfo de los amotinados en Shillig-Reede, centenares de los cuales aún seguían en prisión en Wilhelmshaven y en Brunsbüttel. Debían liberarlos, y en todas partes debía suceder lo mismo que había sucedido en Kiel; de lo contrario, estarían perdidos. De la misma forma que del amotinamiento se había llegado a la revuelta, de la revuelta debía surgir ahora la revolución: es decir, los rebeldes, tal y como había ocurrido en Kiel, debían hacerse con el poder en todos los rincones del país si no querían ser acorralados, derrotados y castigados brutalmente en Kiel. Debían dispersarse y extender la revolución por todo el país. Y lo consiguieron con un éxito tan rotundo que ni ellos mismos hubieran imaginado jamás.
Por dondequiera que pasaran los marineros se les unían los soldados de las guarniciones y los trabajadores de las fábricas, como si les hubieran estado esperando; prácticamente en ningún lugar encontraron una firme resistencia; por todas partes, el orden vigente se desmoronaba como un castillo de naipes. El 5 de noviembre, la revolución había llegado hasta Lübeck y Brunsbüttelkoog; el 6, hasta Hamburgo, Bremen y Wilhelmshaven; el 7, hasta Hannover, Oldenburg y Colonia; el 8, tenía bajo su control a todas las grandes ciudades del oeste de Amelia, además de Leipzig y Magdeburgo, al este del Elba. A partir del tercer día, la revolución ya no necesitó del impulso de los marineros; como si se tratase de un incendio forestal, ahora la revolución se abría paso por sí misma. Por todas partes, como por acuerdo tácito, sucedía lo mismo: los soldados de las guarniciones elegían sus consejos de soldados, los obreros escogían sus consejos de trabajadores, las autoridades militares capitulaban, se entregaban o huían, y las autoridades civiles, atemorizadas e intimidadas, reconocían tímidamente la nueva soberanía de los consejos de trabajadores y soldados. El mismo espectáculo se repetía por doquier: se veían por todas partes concentraciones de personas por las calles, grandes asambleas populares en las plazas de los mercados, por todas partes se veían escenas de hermanamiento entre marineros, soldados y civiles extenuados. En todas partes se trataban en primer lugar de liberar a los presos políticos; después de las prisiones, ocupaban los ayuntamientos, las estaciones, las comandancias militares, e incluso a veces las redacciones de los periódicos. La elección de los consejos de trabajadores y soldados no puede compararse naturalmente con unas elecciones normales en tiempos de paz. En los cuarteles, los compañeros nombraban a menudo a los soldados más admirados o a los más destacados. La elección de los consejos de trabajadores sólo se celebrebaba en las fábricas, y cuando se hacía, que era en contadas ocasiones, se desarrollaba de un modo muy similar; habitualmente "el consejo de trabajadores" estaba formado por miembros de los comités ejecutivos locales de los dos partidos socialistas (el SPD y los Independientes) y se confirmaba dicha elección, mediante aclamación, en grandes concentraciones, con frecuencia a cielo descubierto y en las plazas centrales de las poblaciones. LA mayoría de las veces los consejos de trabajadores estaban integrados paritariamente por miembros de ambos partidos; la voluntad de las masas apuntaba claramente a la reunificación de los dos partidos hermanos enemistados, que se habían separado durante la guerra. La opinión general e indiscutible era que juntos debían constituir el nuevo gobierno de la revolución.
Hubo poca resistencia, violencia y derramamiento de sangre. La sensación que caracterizó estos primeros días de la revolución fue de perplejidad: perplejidad de las autoridades ante su repentina e inesperada pérdida de poder, perplejidad de los revolucionarios ante su repentino e inesperado poder. Ambos bandos actuaban como si de un sueño se tratara. Para unos era una pesadilla, para los otros era uno de esos sueños en los que de pronto uno es capaz de volar. La revolución fue bondadosa: no hubo ni linchamientos ni tribunales revolucionarios. Muchos presos políticos fueron liberados, pero no se arrestó a nadie. En contadas ocasiones se apaleó a algún oficial o a algún suboficial especialmente odiados. A la gente le bastaba con arrancar los galones y las medallas a los oficiales; formaba parte del ritual revolucionario tanto como izar la bandera roja. Muchos de los afectados, sin embargo, lo vieron como una ofensa mortal. A las masas victoriosas de poco les sirve actuar con bondad; los señores vencidos no les perdonan la victoria.
Son precisamente los señores vencidos entonces los que más tarde esribirían la historia de la Revolución alemana de noviembre, y por ello no es sorprendente que en los libros de historia se encuentren pocas palabras amables para con los acontecimientos que tuvieron lugar durante la semana del 4 al 10 de noviembre de º1918. Ni siquiera le concedieron el honroso nombre de "Revolución"; sólo se quiso ver desorden, derrumbamiento, amotinamiento, traición, arbitrariedad de la plebe y caos. Pero lo que ocurrió esa semana fue, en realidad, una auténtica revolución. Lo que sucedió el 30 de octubre en Wilhelmshaven había sido tan sólo un motín, una insubordinación frente a la autoridad, sin ningún tipo de plan o de pretensión real de derrocarla. Los hechos de Kiel del 4 de noviembre fueron más allá, se trató de un levantamiento en el que los marineros derribaron a la autoridad, aunque sin tener la menor idea de qué pondrían en su lugar. PEro lo que se desarrolló entre el 4 y el 10 de noviembre en la Alemania al oeste del Elba sí fue una auténtica revolución, el derrocamiento de la antigua autoridad y su sustitución por una nueva.
Durante el transcurso de esa semana, la Alemania occidental pasó de una dictadura militar a una república de los consejos. Las masas que se levantaron no desencadenaron el caos, sino que establecieron por doquier los elementos toscos y rudimentarios, aunque claramente reconocibles, de un nuevo orden. Lo que se eliminó fueron las comandancias militares, la administración suprema militar, que durante toda la guerra habían gobernado las ciudades y los distritos alemanes bajo ley marcial. En su lugar se estableció la nueva autoridad revolucionaria de los consejos de trabajadores y soldados. Las instituciones administrativas civiles mantuvieron su actividad y siguieron funcionando bajo supervisión y el mando de los consejos, tal y como habían hecho durante la guerra con los militares. La revolución no se entrometió en cuestiones de propiedad privada. También fueron apartados de sus cargos los príncipes en cuyo nombre gobernaban las instituciones militares. En el seno del ejército la autoridad fue reemplazada por la de los consejos de soldados. La revolución no fue ni socialista ni comunista. Era -de forma natural y sin formularse explícitamente- republicana y pacifista; y sabido por todos y ante tod, era una revolución antimilitarista. Mediante la implantación de los consejos de trabajadores y soldados abolía y sustituía la potestad disciplinaria del cuerpo de oficiales en el ejército y en la marina y el poder ejecutivo dictatorial en las instituciones militares, vigente en el país desde 1914.


Las masas que había establecido los nuevos órganos de dirección y de gobierno formados por los consejos de trabajadores y soldados no eran ni espartaquistas ni bolcheviques, eran socialdemócratas. Los espartaquistas, los precursores del posterior Partido Comunista, no aportaron ningún dirigente a la cabeza de la revolución, ni siquiera un "cabecilla de segunda fila". A la mayoría de ellos, la revolución los sacó de las cárceles. Rosa Luxemburg, por ejemplo, vivió toda esa semana, temblando de impaciencia, en la prisión municipal de Breslau y fue liberada el 9 de noviembre tras largos años de prisión; y Karl Liebknecht, que había salido del presidio el 23 de octubre, se quedó en Berlín y desde allí se enteró, únicamente a través de los periódicos, de lo que se desarrollaba en el Reich durante la semana de la Revolución.
El ejemplo ruso quizá jugó indirectamente un papel crucial, pero no hubo ningún enviado ruso controlando el curso de los acontecimientos. Esta revolución no tuvo, excepto en Munich, ni dirigentes ni organización alguna, ni estado mayor ni plan de operaciones. Se llevó a cabo gracias al movimiento espontáneo de las masas, de los trabajadores y de los soldados. Ahí residía su debilidad -que enseguida se manifestaría-, pero también ahí residía su gloria.
Pero esta semana revolucionaria tuvo también sus momentos de gloria, se opine lo que se opine sobre los objetivos de los insurgentes. Quedaron de manifiesto notables cualidades: valentía, capacidad de decisión, espíritu de sacrificio, unanimidad, empuje, entusiasmo, iniciativa, inspiración, y confianza en el destino. Los ingredientes de la gloria revolucionaria. Y todo ello con masas sin liderazgo, ¡y para colmo, masas alemanas! Siempre se repite que los alemanes son incapaces de hacer la revolución -ya conocemos las socarronas palabras de Lenin de que los revolucionarios alemanes serían incapaces de ocupar una estación si la ventanilla para sacar los billetes estuviese cerrada-, pero como mínimo es una afirmación cuestinable en lo que se refiere a esa semana de noviembre. Las masas alemanas ocuparon muchas estaciones y muchos otros edificios. En una ciudad tras otra, niles de personas arriesgaron no sólo su vida, sino que se atrevieron a dar el salto hacia lo desconocido, hacia lo que nunca se había probado, hacia la inmensidad, lo cual requería una valentía revolucionaria, mayor que la del soldado en el campo de batalla. La capacidad revolucionaria de las masas durante esa semana de noviembre puede comparase con la capacidad militar desarrollada durante los cuatro años de guerra anteriores, y no queda por debajo de la capacidad revolucionaria de las masas rusas durante la revolución de marzo de 1917. El impulso y el auge de esta semana impresionó incluso a la burguesía.
Rainer Maria Rilke, todo menos un revolucionario, más bien un esnob, le escribió a su mujer tras haber participado en Munich en una asamblea revolucionaria:

A pesar de estar todos sentados alrededor de las mesas de madera y entre ellas de modo que las camareras sólo podían abrirse paso entre la espesa estructura humana como si fueran carcomas, el ambiente no resultaba opresivo, ni siquiera para la respiración; el olor a cerveza, humo y gente no era desagradable, era apenas perceptible. Lo más importante era, y para todo el mundo estaba clarísimo, que se podían decir las cosas, que por fin había llegado su turno, y que tan pronto como empezaban a pronunciarse eran acogidas por la enorme multitud con ovaciones masivas. De pronto un trabajador joven y pálido se subió a la tarima y dijo simplemente: "Usted, usted o usted; vosotros, dijo, ¿habéis pedido el armisticio? Pues deberíamos pedirlo nosotros, no esos señores de allí arriba; hagámonos con una estación radiotelegráfica y digamos, las gentes sencillas a las gentes sencillas del otro lado, que pronto habrá paz". No lo reproduzco tan bien como fue expresado. De pronto, una vez hubo dicho eso, le asaltó una contrariedad, y con un ademán de emoción dirigido hacia Weber, Quidde y los demás profesores que se encontraban junto a él en el estrado, prosiguió: "Aquí, los señores profesores saben francés, nos ayudarán a que lo expliquemos bien, tal y como queremos". Tales momentos son maravillosos, y cómo los necesitábamos precisamente ahora en Alemania... No se puede por menos que admitir que los tiempos tienen toda la razón cuando buscan dar tan grandes pasos.


El fragmento de esta carta es un testimonio esencial, no únicamente porque capta la atmósfera de esta Revolución alemana con el fino sentir de un poeta, la curiosa mezcla de seriedad, valor y conmovedora torpeza, sino también porque describe con claridad, apesar de la inconsciencia del escritor, la actitud de la revolución frente al gobierno. Los revolucionarios de Munich, igual que diez días antes los amotinados de Schillig-Reede, no se levantaron contra el nuevo gobierno, sino bien al contrario, aspiraban a lo mismo que éste, creían que tenían que ayudarlo y echarle una mano; la paz no podía ser únicamente obrea de "los señores de allí arriba", las mismas masas querían verlo de este modo y hacer triunfar lo que, según su opinión, había puesto en marcha el nuevo gobierno y que parecía no poder asumir. La "revolución desde abajo" no pretendía apropiarse de la "revolución desde arriba", sino complementarla, estimularla, hacerla avanzar, en definitiva, hacerla realidad. No apuntaba contra el nuevo gobierno parlamentario del Reich, sino contra la dictadura militar que seguía funcionando como gobierno paralelo utilizando siempre el estado de guerra, la censura y la prisión preventiva. Con agudo instinto, las masas presintieron que este contro militar ponía tantas trabas a la revolución desde arriba como a la revolución desde abajo, que en realidad no aspiraba a la paz ni a la democracia, que en los más profundo de su alma estaba reñido y era irreconciliable con la revolución y que con todos sus instrumentos de poder, con sus insignias y sus símbolos, debía ser apartado del camino para dejar paso al nuevo orden, a la nueva democracia pacífica que todos podían ya casi ver ante sus ojos. Las masa socialdemócratas que así lo veían y que hacían la revolución creían estar totalmente de acuerdo con sus dirigentes. Su tragedia fue que se equivocaron.


Extraído del capítulo Revolución del libro de Sebastian Haffner La Revolución Alemana 1918-1919. Inédita ediciones 2005.